El sentimiento de“odio”, más vivo que nunca

Carlos Rodríguez Nichols

La creencia del hombre civilizado capaz de comprender las diversidades culturales es un mito o, en otras palabras, el falso “liberalismo” de la sociedad contemporánea. Hoy existen expresiones discriminatorias hacia minorías sexuales, razas y creencias religiosas que han resurgido con fuerza en el último lustro. Ante esta realidad, cabe preguntarse qué ha suscitado el florecimiento de la intolerancia y antipatía hacia ciertos grupos sociales después de décadas de pensarlas en el olvido o al menos enterradas en las desdichas del pasado.

No hay más que mirar los recientes incidentes antisemitas cometidos en Francia: tumbas franqueadas con esvásticas negras y rabiosos insultos lanzados contra la comunidad judía, todo esto, sumado a los agravios callejeros cometidos hacia entidades islámicas y a poblaciones migrantes afincadas en Europa. Conductas segregacionistas contra poblaciones determinadas, mayormente, entre fanáticos y seguidores de neoconservadurismos ideológicos. Este comportamiento de los sectores ultra conservadores no es más que el desvergonzado acto de desenmascararse; finalmente, quitarse la pesada coraza y presentarse públicamente como “racistas, ultraderechistas, homofóbicos y misóginos”. Los más osados incluso responsabilizan a las poblaciones minoritarias de la decadencia de Occidente. Poblaciones a las que señalan de lacras humanas.

A pesar que el ocho de marzo las principales ciudades fueron testigo de millones marchando por la reivindicación social de la mujer, el mundo aún es liderado por hombres, por machos alfas que imponen la supremacía de género. Dicho de otra manera, la superioridad masculina insiste en establecer una categorización jerarquizante de los grupos humanos, una estigmatización y rechazo a todos los otros, a aquellas personas que escapan a la heterogeneidad del colectivo social.

Sentimientos fóbicos hacia personas desarticuladas de las recalcitrantes normas impuestas por ciertos grupos de poder. Principalmente, un contundente rechazo a los movimientos que luchan por la igualdad de género y la aceptación de la sexualidad en sus diversas manifestaciones. Es decir, comportamientos que en términos generales amenazan la hegemonía del hombre blanco, heterosexual y dícese cristiano; primacía que se remonta a siglos y milenios de historia.

O sea, un rechazo social a los sectores incapaces de plegarse a los mandatados o preceptos socialmente establecidos. Sin más, sentimientos de animadversión a poblaciones que escapan al yugo impositor y a las conductas consideradas políticamente correctas, ¡aunque muchos de sus predicadores, en ámbitos privados, se comportan de forma absolutamente antagónica a la escala de valores que proclaman en vías públicas!

Pero el odio no se genera sólo de “arriba hacia abajo”. Esta animosidad tiene un efecto boomerang que produce rencor y resentimiento en el rechazado social. Así como los poderos utilizan sus herramientas para segregar a otros, también los segregados se valen de las medidas necesarias para vengar su encono, esa inquina de clase que intoxica tanto a la persona venenosa como a la colectividad de forma transversal.

Estos “descalificados de la sociedad” contratacan utilizando sus propias armas: homicidios, crímenes, rebeliones masivas y revueltas callejeras. Ejemplos vivos de este  descontento son las manifestaciones lideradas por el movimiento “chalecos amarillos” en Francia con posibles tentáculos al resto de Europa. Aversión al “otro”,  debido en gran parte a la cizaña sembrada por políticos interesados en complacer a sus bases electorales, sin medir las devastadoras consecuencias sociales de sus irresponsables acciones. Políticos que han polarizado a los pueblos entre ultraconservadores y progresistas, pobres y ricos, liberales y republicanos, socialistas y capitalistas: polarización de las sociedades primermundistas con serias ramificaciones a escala  doméstica e internacional.

Muchos pensarán que siempre ha sido igual. Posiblemente. El error fue pensar que el supuesto hombre civilizado de la era tecnológica había superado los toscos comportamientos trogloditas del pasado. No es así. Por más avances científicos, aún existe un grueso de la población mundial aferrada a ideologías conservadoras, en otras palabras, obstinados reaccionarios que se resisten a aceptar los cambios sociales.

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La intervención militar en Venezuela

Carlos Rodríguez Nichols

Venezuela está sumida en un caos social, económico e institucional donde el pueblo vive uno de los capítulos más sombríos de su historia. Crisis que ha obligado a millones de venezolanos a refugiarse en países colindantes, y a la mayoría permanecer en la miseria por carecer de medios necesarios para siquiera migrar. Indigencia ciudadana que afecta tanto al pueblo venezolano como a las naciones fronterizas al tener que cubrir las necesidades básica de estas poblaciones migrantes; es decir, cargas financieras en salud, vivienda y educación que afectan el equilibrio económico de los países receptores. Ahí, el gran interés del Grupo de Lima en lograr una solución inmediata al conflicto venezolano.

Sin embargo, una intervención militar en Venezuela no se limita exclusivamente a derrocar el régimen chavista. Esto, de resultar exitoso sólo sería la punta del iceberg. Lo más importante, en todo caso, es el compromiso de la comunidad de naciones para restablecer el orden institucional de forma sostenible, tarea que es todo menos sencilla. No es tan simple como: “muerto el perro acabada la rabia”. Sin duda, la ecuación es mucho más compleja que eso. Requiere el convenio de las naciones industrializadas en la reconstrucción de una nación socioeconómicamente destruida. En otras palabras, el caos coyuntural venezolano no se resuelve con una incursión militar para deponer a Nicolás Maduro y, luego, dejar al país desangrado como sucedió en Irak, Siria y Libia: naciones que hoy se encuentran en peor estado al que estaban antes de las intervenciones extranjeras.

Por otro lado, en la última década Venezuela se convirtió en uno de los focos de interés geopolítico de las potencias mundiales, potestades que han invertido grandes sumas de dinero en la región con fines estratégicos. Moscú y Pekín han construidos importantes “espacios económicos y políticos” en el continente americano desafiando la hegemonía de Washington en la zona. Por lo tanto, un fracaso militar de Estados Unidos en Venezuela reforzaría el poder político y económico de Rusia, China e Irán, así como la permanencia de la narco dictadura bolivariana.

En el supuesto caso de una intervención militar en Venezuela, ésta no producirá los frutos esperados si no existe el sólido compromiso de la oposición, en estrecha relación con la comunidad de naciones, en una profunda incursión del entretejido social venezolano: masas a los que se les ha negado un presente digno y, aún menos, la posibilidad de construir proyectos a futuro. Es imposible pretender un crecimiento económico cuando la mano de obra y la fuerza laboral en términos generales se encuentra en precarias condiciones de vida. Si bien, un pueblo sumido en escasez alimenticia y acceso a mínimas posibilidades de salud difícilmente puede aportar las herramientas humanas necesarias para un desarrollo competitivo en el primer mundo. Por tanto, el deseado desarrollo económico de Venezuela supondría la implementación de medidas eficaces que proporcionen seguridad y estabilidad social a los ciudadanos. Es decir, políticas económicas que ofrezcan posibilidades de crecimiento a los ciudadanos indistintamente del estrato social.

Ante esto, la oposición venezolana tendría una enorme tarea frente al pueblo venezolano: reedificar un sistema democrático basado en preceptos realistas y principios éticos. Es decir, una reestructuración del aparato estatal y del andamiaje social construido de abajo hacia arriba y no necesariamente basado en los intereses de determinados grupos de poder o en los beneficio de las grandes potencias mundiales. Una vez más, ¡derrocar a Maduro es sólo la punta del iceberg!

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Un secreto a gritos

Carlos Rodríguez Nichols

En la actualidad hay una crisis de valores debido en gran medida a la pérdida de referentes de autoridad. Los principios de honestidad, lealtad e integridad se han desdibujado dando mayor peso al dinero, indistintamente si se trata de capitales hechos de manera honesta o fraudulenta. Esta decadencia ética ha instaurado un doble discurso, una moral permisiva que pretende desoír lo “incorrecto“ y permitir lo indebido. En otros términos, la codicia y ambición material han transgredido los principios que conformaron la columna vertebral en el pasado.

A pesar que la corrupción ha existido a lo largo de la historia, en la actualidad esta toxicidad permea los estratos sociales de manera vertical. Una descomposición que salpica las diferentes instancias del Estado, desde los ramplones ciudadanos envueltos en toda clase de transgresiones, hasta empresarios, mercados financieras, legisladores, jueces, y altos mandos del Poder Ejecutivo. Es tal la desfachatez, que algunos mandatarios mienten de modo compulsivo enredando al electorado en sus patológicas falacias, es decir, se valen de cortinas de huno para velar sus propios engaños.

Claro ejemplo de esta falsedad política es la obstinación del presidente estadounidense acerca del billonario muro fronterizo entre Estados Unidos y México. La insistencia en la muralla fronteriza no se limita exclusivamente a cumplir promesas de campaña o satisfacer las demandas de las bases republicanas con fines electorales. Va más allá de eso. Es la necesidad de crear una estrategia mediática lo suficiente estridente para intentar amortiguar el impacto noticioso de las pesquisas llevadas a cabo por el fiscal Robert Muller. Investigación que involucra a consejeros y jefes de campaña del presidente así como al abogado personal del magnate neoyorkino durante su carrera inmobiliaria: trayectoria empresarial que es todo menos intachable y escrupulosa.

En otros términos, veladuras que pretenden ocultar la interacción del entorno más cercano del presidente con entidades extranjeras de dudosa procedencia, negociaciones, que salpican tácita o directamente a la familia del Jefe de Estado y complican cada vez más al mandatario. Ante todo, es una táctica de la Administración Trump para desviar la atención pública del ojo de la tormenta, de las supuestas conspiraciones entre el magnate neoyorkino y las mafias apadrinadas por el Kremlin.

También, es notorio el proceder de la actual Administración de Washington al hacer caso omiso de la intromisión de potencias rivales en el meollo estatal estadounidense. Un plan estratégicamente diseñado por Moscú para menoscabar el poderío y liderazgo estadounidense: complot a escala  internacional que involucra a las altas esferas rusas, iranís y chinas, los mentores del dictador norcoreano, con posibles repercusiones hegemónicas a mediano y largo plazo. ¡Un secreto a gritos cada día más difícil de acallar!

Además, llama la atención la insistencia del presidente Trump en denigrar los informes de inteligencia estadounidenses acerca de la incursión del Kremlin en el cerebro estatal norteamericano. Esto, no se trata del espionaje al partido opositor como fue el escándalo Watergate durante la Administración Nixon, sino la incursión estratégica de Rusia, archienemigo de Estados Unidos por generaciones, en el foco neurológico de la institucionalidad norteamericana. Entonces, cabe preguntarse ¿por qué el discurso presidencial norteamericano se centra exclusivamente en la amenaza migratoria a lo largo de la frontera sur, y niega hasta la saciedad la intromisión de Moscú en el aparato estatal de Washington?

Es necesario entender que la trama rusa, aparte de haber impactado a favor de uno de los candidatos en las últimas elecciones presidenciales, desnuda la vulnerabilidad de los servicios de seguridad estadounidenses y pone en tela de juicio el dominio de la nación más poderosa del planeta. En otras palabras, una ventana al mundo que muestra las flaquezas de Washington frente a la fortaleza cibernética de las potencias rivales… Dicho en otros términos, una guerra de hegemonías que se libera en espacios virtuales y no en campos de batalla como en siglos anteriores.

Por lo tanto, la supuesta emergencia nacional no es la multitud de hondureños ingresando de forma ilegal a Estado Unidos sino en todo caso la infiltración cibernética de Moscú en la institucionalidad estadounidense. Inteligencia secreta rusa que tiene mayor impacto en la soberanía de la primera potencia mundial que las hordas de ilegales colándose a través de bayas fronterizas. Una vez más, la obcecada insistencia en la construcción del muro es un montaje escénico para encubrir las confabulaciones existentes entre las altas esferas de la Administración Trump y entidades extranjeras inmiscuidas en la médula de la inteligencia estadounidense. Injerencia cibernética liderada por el presidente Putin, que cuenta con la mirada silenciosa de prominentes personalidades de la Casa Blanca. En otras palabras, el mayor ejemplo de deslealtad, deshonor y traición a la patria.

Sin más, deshonras institucionales que corroboran la crisis de valores de la sociedad contemporánea o, dicho de otra manera, la des-valorización del hombre ante la brutal y feroz “materialidad” que caracteriza al siglo veintiuno.

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El abusador

Carlos Rodríguez Nichols

El abuso sexual permea la sociedad de forma transversal sin distinción de clase social, situación económica o capacidad intelectual. Por tanto, dado que los abusadores proliferan en la heterogeneidad del colectivo social es imposible encasillarlos con etiquetas preestablecidas o perfiles determinados. No obstante, se sabe que la mayoría de las denuncias de abuso sexual proceden de los estratos menos favorecidos, ya que los individuos con condiciones privilegiadas tienen conexiones y recursos económicos para escapar a denuncias, detenciones y en última instancia a la justicia.

Para muchos, es incomprensible cómo estos sujetos con reconocimiento y poder se ven envueltos en esta espiral de humillaciones que deshonran las glorias y fama del pasado. Por eso, sus leales seguidores difícilmente pueden hacer una escisión entre el personaje merecedor de beneméritos y respeto, y el sujeto patológico al que imputan comportamientos depravadas o desequilibrios psíquicos, es decir, extravíos lujuriosos que coexisten con el perfil público de sobresalientes empresarios, brillantes estadistas y hasta nobles hijos de la patria. Individuos suficientemente integrados a la sociedad para mantener fachadas irreprochables o “vidas paralelas” en las que entrelazan vicios privados y virtudes públicas.

Indistintamente de la formación académica o éxito profesional, los abusadores sexuales son incapaces de controlar los impulsos más básicos del ser humano, esa animalidad humana que en ciertos casos pulsa de forma patológica, es decir son esclavos de su propio descontrol pulsional. Vergonzosa realidad que tarde o temprano sale a la luz cundo alguna de sus rapiñas se atreve a abrir la vedada caja de pandora, esa cripta imaginaria que el abusador pretende ocultar ante la mirada social. Así, el abusador camina al borde del precipicio desafiando el vértigo de su propia caída.

El abuso es una aberración que impide un razonamiento objetivo de la propia conducta, y, de los daños causados a otras personas con sus actos licenciosos. Transgresores que vulneran la intimidad de sus presas dejándolas atrapadas en una vorágine de sentimientos viscerales hacia el agresor, y hacia todos aquellos que optan por tener una mirada silenciosa frente a estos depravados acontecimientos. En otras palabras, acciones de sujetos desadaptados que conllevan consecuencias irreparables a las personas ofendidas, muchas veces acusadas de farsantes provocadoras o desviadas mentales.

Sin embargo, la ecuación cambia de forma abrupta cuando son varias las víctimas ultrajadas por el mismo agresor. En este caso, el incriminado difícilmente puede defender su aparente inocencia disminuyendo los hechos a banales “historias de faldas” como intentan eludir sus incondicionales cómplices en jergas machistas. Un reduccionismo de la verdad que no solo pone en evidencia el desequilibrio del abusador sino también el cinismo de los defensores.

Una vez más, en el abuso sexual se conjugan factores sociales, psíquicos, emocionales y variables del entorno más íntimo del  agresor. Descréditos que se remontan a la estructura familiar de origen, tan primarias como el lugar que ocupa el padre en el desarrollo del abusador o la relación de éste con la figura materna; ambos, paradigmas emblemáticos en el proceso de socialización. Por eso, los abusos sexuales no se pueden limitar a comportamientos antisociales que requieren exclusivamente el castigo o el perdón de la justicia. No se trata solo de encerrar a estos agresores con exhaustas penas carcelarias, sino, realizar un profundo trabajo psicoterapéutico que permita ahondar en los submundos de las estructuras perversas. Si no es así, las posibilidades de reinserción social perecerán en el intento.

En todo caso, el abuso sexual exige abordajes multidisciplinarios que interpelen esta patología psicosocial desde diferentes aristas: biológico, emocional, psíquico y judicial. Se requiere seguimientos profesionales adecuados que permitan a la población agresora concientizar el patológico control de sus impulsos y los gravísimos daños a otras personas; mujeres, en su mayoría, a las que agreden vulnerando lo más íntimo de la subjetividad.

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Venezuela, la otra Siria

Carlos Rodríguez Nichols

Existen coyunturas políticas, sociales y económica muy similares entre Venezuela y Siria. Las dos naciones están regidas por sistemas autoritarios a la sombra de potencias extranjeras que rivalizan entre sí con fines estrictamente económicos y geopolíticos: actores internacionales que proclaman y destituyen dictadores según sus propios intereses, utilizando las crisis humanitarias como telón de fondo para destronar a regímenes opuestos a sus proyectos mercantilistas.

Ambas economías son comandadas por jerarquías castrenses en estrecha colaboración con organizaciones criminales a escala transnacional. Todo esto, a la luz de una brecha social insostenible fruto de la explotación del sector militar sobre las clases menos privilegiadas a las que fomentan con falsas promesas y venenosos discursos  antiimperialistas. En otras palabras, militares erguidos en el poder a costa de poblaciones carentes de necesidades básicas.

A pesar que Siria no cuenta con riquezas petrolíferas como las naciones circundantes de la región, sin duda tiene una posición estratégica en el mapa de Oriente Medio. Situación que la convierte en diana política de los países occidentales interesados en minimizar los costos del petróleo saudí hacia los mercados europeos. Cadena de producción en la que lucran de forma indecorosa los gobiernos locales, así como las grandes potencias involucradas en la distribución del tan anhelado “oro negro”.

En la última década, Siria se convirtió en el laboratorio militar de las potencias regionales, en otras palabras, en terreno de batalla de Rusia e Irán para poner a prueba equipos armamentistas de última generación sin afectar directamente al grueso de sus poblaciones. Esto, a cambio de proteger al dictador sirio y asegurar la permanencia de este sátrapa en el poder, ¡el mismo, al que hace ocho años la comunidad internacional vaticinó tener las horas contadas!… ¿Error de cálculo o doble discurso político de las potencias involucradas en el conflicto armado?

Debido a la escasez alimentaria y la decadencia institucional, alrededor de quinientos mil sirios han muerto, cinco millones han sido desplazados, y aproximadamente seis millones han buscado asilo principalmente en Europa. Hordas migratorias que han tenido que enfrentar el rechazo de gran parte de la opinión pública europea en franca oposición a las políticas de fronteras abiertas y asilo sin control a refugiados.

Por otro lado, la realidad venezolana es igual de desalentadora. La codicia de políticos envueltos por generaciones en abusos y escándalos de corrupción sirvió de caldo de cultivo a la descomposición social que vive el pueblo venezolano: corrupción generalizada de políticos que han saqueado de forma desvergonzada las arcas estatales de uno de los países más ricos de Latinoamérica.

Venezuela es considerado entre mayores productores de petróleo y derivados del mundo, pilares fundamentales de desarrollo económico de las naciones industrializadas, así como columna vertebral de los mercados mundiales y de la política exterior a nivel global. Sin embargo, a pesar de su abundancia natural, hoy es testigo de una quiebra estatal y desprestigio político a lo largo y ancho del planeta. Debacle económico fruto en gran parte a las irresponsables medidas llevadas acabo por el régimen chavista durante las últimas dos décadas.

En el último lustro, casi cuatro millones de venezolanos han huido del sistema autócrata implantado por los narcodictadores bolivarianos estratégicamente orquestados por  fuerzas militares externas. Según recientes estudios demográficos, gran parte del éxodo venezolano se concentra en los países fronterizos del cono sur. Si bien, lo que en un principio fue visto por estas naciones receptoras como surplus laboral, ahora es considerado una carga financiera para los Estados suramericanos que apenas subsisten a las erradas políticas económicas de gobernantes populistas.

Populistas que de forma estridente aplaudieron las medidas instauradas por el entonces “paladín” de la Revolución Bolivariana, el mecenas de la “década ganada” kirchnerista y de la corrupción generalizada brasileira. En otras palabras, Chávez fue el cajero de esa panda de desvergonzados que se hicieron llamar la nueva izquierda latinoamericana, aunque tienen más de ávidos afanosos que de empáticos benefactores.

El escenario venezolano es confuso de todo ángulo que se mire debido a la congruencia de grandes potencias compitiendo por sus propios beneficios. Un abanico de actores que abarca a potestades internacionales salvaguardando sus millonarias inversiones y, por otro lado, a organizaciones criminales intentando convertir a Venezuela en un narco estado petrolero con tentáculos en el mundo entero. Dicho de otra manera, un ajedrez político que incluye a Rusia, China, Estados Unidos, Irán, Hezbolá, Las Farc y la decrépita Cuba castrense, cada uno, luchando por sus utilidades económicas y expansión geopolítica. Solamente el tiempo dirá si la oposición venezolana puede vencer al régimen chavista o, como en el caso de Siria, las fuerzas proclives al dictador terminarán imponiendo su dominio sobre la nación petrolera.

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El crimen organizado

Carlos Rodríguez Nichols

En las últimas décadas, la criminalidad se ha incrementado exponencialmente a nivel mundial. El crimen organizado ejerce control del colectivo social por medio de mecanismos de violencia, secuestro de personas, y extorción a gobiernos y funcionarios públicos. Es decir, la conjunción de tareas criminales llevadas a cabo con estrategias cuidadosamente planificadas a través de redes interconectadas a escala trasnacional.

Existen elementos estructurales que caracterizan el perfil de los delincuentes. Por un lado, son considerados desechos excluidos de la sociedad. Ciudadanos del bajo mundo vistos por la mayoría como sujetos de “segunda categoría” con escasas posibilidades de salir del submundo del que proceden. En otras palabras, sujetos con pobrísimas herramientas sociales carentes de los valores formativos necesarios para integrarse a un bien común y, por tanto, relegados a comportamientos antisociales y conductas delictivas en las que exteriorizan los sentimientos más viles del ser humano: odio y resentimiento. Enojo con el sistema que, desde su perspectiva antisocial, los considera desmerecedores de las necesidades básicas y una vida medianamente digna. En otras palabras, una espiral de sentimientos de venganza contra los representantes del poder político y económico, hacia el amo, en sentido figuradoque los esclaviza al estrato más bajo de la sociedad.

Por otro lado, estas masas de desfavorecidos sin metas ni rumbo definido encuentran en las organizaciones criminales un lugar de reconocimiento y la posibilidad de ascender económicamente. La criminalidad les ofrece la ilusión de ser alguien entre esa multitud de miles y millones de “seres-nadie” que pululan los inframundos de favelas brasileiras, la insurgencia mexicana o las maras salvadoreñas. Ahora, cuentan con una poderosa arma social: la violencia. La violencia como instrumento de dominio les permite acceder a actividades ilícitas, fuentes de riqueza y empoderamiento personal.

Pero, la criminalidad organizada no se limita exclusivamente a los delincuentes marginales ya que toca diferentes aristas del espectro político doméstico e internacional: funcionarios públicos, altas jerarquías gubernamentales y el sistema financiero en sus diversas ramificaciones. Por eso, las organizaciones criminales confabulan con la “delincuencia de cuello blanco” insertada hasta la médula del andamiaje estatal: los senadores y congresistas de turno, jefes de aduanas, cuerpo policial y miembros del ejercito, para mencionar algunos de los “mandos” que se prestan a esta millonaria complicidad. Entonces, surge la interrogante si la inoperancia frente al crimen organizado es fruto de la incapacidad de los servicios de inteligencia ante este carcinoma social o, si más bien, existe un compadrazgo silencioso entre los gobiernos locales  y las organizaciones al margen de la ley.

Hasta el momento ningún gobierno de izquierda o derecha ha podido erradicar las bandas criminales consideradas la mayor amenaza a la seguridad pública mundial. Ejemplo de esto fue la inhabilidad del Partido de los Trabajadores para detener el crimen organizado y la violencia en Brasil, principales razones por las cuales accedió al poder el ultraderechista Jair Bolsonaro con un discurso tan violento como el de las organizaciones delictivas. También, la ineficiencia de los partidos tradicionales mexicanos frente a los grupos criminales permitió el asenso del demagogo izquierdista López Obrador a la presidencia de México. Dos políticos antagónicos, situados en los extremos del espectro ideológico latinoamericano, enfrentados a la misma descomposición social producida por organizaciones delictivas y sus tentáculos criminales.

Brasil y México, independiente de las variables poblacionales, étnicas y económicas, ocupan los primeros lugares en inseguridad ciudadana y homicidios de la región. Estos gigantes continentales son fieles testigos de la intromisión de las bandas del crimen en el aparato estatal de ambas naciones; intrusión que permea a empresarios, abogados, banqueros, las Iglesias según sus diferentes credos e intereses políticos y económicos, y sectores de las fuerzas armadas lucrando del trasiego clandestino de armamento.

Dado la incapacidad de las instituciones políticas para extirpar la criminalidad organizada, se debe de construir redes o rediseñar puentes de información multilateral que actúen como “inteligencia contracriminal” frente a competencias delictivas estratégicamente interconectadas. Eso requiere extraer, de raíz, la putrefacción implantada en las mafias financieras y en los capos del mercado negro armamentista, autores intelectuales y los mayores usureros de esta escoria mundial.

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Las caras del terrorismo

Carlos Rodríguez Nichols

“Cualquier acto destinado a causar la muerte o lesiones a un civil o un no combatiente cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar un acto o abstenerse de hacerlo”. (Kofi Annan, 2005, ex Secretario Naciones Unidas).

A pesar del esfuerzo de la comunidad internacional para regular el sistema financiero y el blanqueo de capitales aún queda mucho camino por recorrer. Porque, así como los extremistas han modificado sus técnicas terroristas también se han “profesionalizado” los mecanismos de financiamiento a estas causas fanáticas. La financiación a actividades terroristas se convirtió en una vía idónea para blanquear dineros procedentes de operaciones al margen de la ley, de transacciones que no pueden reinsertarse en la economía de forma legal. En otras palabras, capitales ilícitos camuflados por medio de operaciones encubiertas y entidades constituidas para enmascarar patrimonios de oscura naturaleza.

El narcotráfico es una de las fuentes más importantes de financiamiento de grupos terroristas, y por eso  existe una estrecha conjunción entre las mafias del narco y organizaciones armadas extremistas. Ambas, operando en la clandestinidad se dan apoyo mutuo a través de redes globalmente interconectadas: una alianza estratégica en materias de información, inteligencia criminal y tecnología que constituye una amenaza permanente a nivel mundial.

En algunos casos, los grupos violentos tienen absoluto control sobre la cadena de producción de estupefacientes. Enlace que abarca el cultivo, el procesamiento químico, y la distribución de sustancias psicoactivas. Así, las utilidades son invertidas en la financiación de sus propios proyectos terroristas sin tener que depender de terceros, es decir, un dominio total de la actividad delictiva y los beneficios materiales. De esta manera, los radicales obtienen unas de las mayores entradas económicas aparte de los aportes devenidos de asociaciones políticas que favorecen móviles extremistas.

Otro de los instrumentos de financiamiento es el tráfico de armas. Material bélico extraído de poblaciones sometidas por ellos mismos en la expansión  político y territorial terrorista. Armamento saqueado de cuarteles militares y posteriormente puesto a la venta o canjeado en el mercado negro según las necesidades inmediatas de estas organizaciones sectarias. Un universo de irregularidades que se extrapola a la tenencia de armas personales en la sociedad civil, si bien, sociedades plagadas de artefactos mortíferos en manos de personas emocionalmente incompetentes para manipular armamento de forma responsable.

Detrás de los negocios delictivos de armas hay un escenario de violencia, exclusión, pobreza y, obviamente, los intereses económicos de las grandes potencias inmiscuidas en esta trama criminal. Los conflictos en Yemen, Irak y Siria, son algunos ejemplos del poder de la industria armamentista y mafias conexas que participan de este festín de corrupción global. Bandos que promueven movimientos bélicos sin importar las pérdidas materiales y humanas de poblaciones avasalladas por sus victimarios.

La trata de personas es otro importante filtro de financiación de los grupos radicales. Jóvenes transferidos a países extranjeros donde se les explota laboralmente y se fuerzan a prostituirse. No importa si son niñas puberales o adolescentes, todos, sin distinción de género son considerados productos negociables en el meat market, en ese mercado humano en que se truecan órganos y personas por otros servicios. ¡Una objetivación de los individuos en que se anula todo rasgo de subjetividad!

Difícilmente, las organizaciones terroristas se habrían expandido mundialmente sin el financiamiento del narcotráfico, el mercado negro y la trata de seres humanos. Mafias empoderadas con capitales ilícitos procedentes de submundos circunscritos a las drogas, las balas y fanatismos religiosos. Grupos legalmente marginales que actúan ante la mirada ciega y cómplice de Estados Unidos, Rusia, China y las naciones poderosas de Europa: las ocho naciones más prósperas del mundo implicadas en activa o por pasiva en esta espiral de convenios al costado de la legalidad, componendas que ellos mismos callan o disfrazan.

Por eso hay que ir a la médula de esta cruda realidad, a la verdad sin antifaces, y enfrentar a los grupos de poder enlodados en organizaciones promotoras del terror. Movimientos fanáticos, financiados por los paladines del sistema, que anteponen sus causas extremistas a la vida de adultos y niños inocentes. Es decir, grupos extremadamente violentos que se valen de maniobras atroces para extorsionar a personas y gobiernos.

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