Los vencedores

Carlos Rodríguez Nichols

La reciente elección estadounidense fue un termómetro político para medir la gestión del presidente, congresistas y senadores. Ningún mandatario se salva de esta implacable espada, hierro que en muchos casos termina desangrando al jefe de gobierno. El actual inquilino de la Casa Blanca no fue la excepción a este riguroso escrutinio. Resultado que dejó una profunda grieta en el electorado estadounidense y un Congreso dividido: el Senado en manos de los Republicanos y la Cámara de Representantes en control de la oposición, es decir, una importante pérdida para el oficialismo que tenía el control de ambas cámaras.

En otras palabras, una álgida puñalada al patológico egocentrismo del controversial mandatario por más que él intente disfrazar la retención del Senado como un “tremendo éxito” de los conservadores: resultado nada sorprendente dado que los analistas de ambos partidos habían augurado la victoria de los Republicanos en el Senado. Lo extraordinario fue la manera en que el presidente hizo gala de su victoria ninguneando el triunfo de los Demócratas en la Cámara de Representantes. Astutamente, no solo obnubiló la conquista de la oposición, sino que aprovechó la gloria legislativa de los Republicanos para lanzar su candidatura a la contienda presidencial del 2020. Se autodenominó, una vez más, ¡el mejor presidente de la historia!

No obstante, la pérdida de la Cámara de Representantes es un indicador reprobatorio de la Administración Trump en tiempos de auge económico. Saldo electoral inconexo y desarticulado a los índices macroeconómicos en franco ascenso en el último lustro; ascenso, que el presidente adjudicó exclusivamente a su Administración. Sin embargo, su visión de la economía no impactó lo suficientemente en el grueso del electorado, ni tampoco fue un factor determinante en el colectivo social, sobre el modelo construido por Donald Trump. Referéndum en el que gran parte de los ciudadanos preponderaron los valores éticos sobre los pluses bursátiles. En otras palabras, condenaron el matonismo, la impulsividad y las pobres herramientas sociales del mandatario.

Sin duda, los conflictos suscitados por el presidente eclipsaron los resultados positivos de su gestión: incesantes confrontaciones con las potencias rivales a las que denigra y enaltece con la misma mordacidad. Al punto de amenazar al mundo con una posible guerra nuclear y después hacer caso omiso de sus vacilantes intimidaciones. Esto, sumado a la agresión verbal contra organizaciones y tratados internacionales a los que mancilla y agravia en forma permanente. El presidente olvida que una de las principales funciones del líder de la primera potencia es conciliar a las diferentes fuerzas mundiales. En su caso, más bien, confronta a tirios y troyanos creando constantes antagonismos.

Sin duda, su personalidad agresiva y frontal es referente de autoridad para sus obcecados seguidores. En su mayoría el sector conservador de la derecha, así como la población rural con escasa formación académica y una estructura sociocultural ortodoxa reaccionaria. Caldo de cultivo de políticos populistas étnico-nacionalistas, que apelan a la supremacía de grupos determinados de la sociedad, con discursos xenófobos y discriminatorios proclives a medidas autoritarias. Lineamientos neofascistas consensuados por fanáticos deseosos de agresión, sectarismos y violencia social.

Ahora, el presidente tendrá que enfrentar un Congreso dividido y la férrea resistencia democrática opuesta a las recalcitrantes políticas del mandatario, y a su soez comportamiento carente de todo refinamiento y destrezas diplomáticas. Por otro lado, los Demócratas se encuentran ante un seriecísimo escenario: develar los contubernios del presidente y de su entorno más cercano, sin desgastarse políticamente en el intento. Ante todo, deben designar un líder carismático de cara a las próximas elecciones presidenciales, sino el controversial inquilino de la Casa Blanca será nuevamente elegido Jefe de Estado de la primera potencia mundial.

 

 

 

 

 

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Brasil: un salto a lo incierto

Bolsonaro será el próximo Jefe de Estado del gigante sudamericano, una nación marcada por la polarización del electorado. Grietas políticas entre los sectores socialistas y sus rivales que abogan por políticas conservadoras. Es decir, una relación pujante entre aquellos determinados a castigar las corrosivas políticas del Partido de los Trabajadores y el resto de la población en franca oposición a la retórica fascistoide del candidato ultraderechista en guerra verbal contra la igualdad de derechos de las minorías. Minorías que, desde la obtusa mirada del presidente electo, atentan contra los preceptos morales del sector productivo de la sociedad.

El futuro mandatario es conocido por su personalidad oscilante, sus inapropiados dichos y conductas impulsivas, así como la notoria inestabilidad personal que da cuenta de tres divorcios y una desacertada trayectoria política por siete partidos diferentes. Esto, sumado a sus anacrónicos discursos misóginos, racistas, homofóbicos, y a su rancia intolerancia al pensamiento progresista del siglo veintiuno.

Jair Bolsonaro se ubica al lado de los grupos de poder contrarios a la crisis climática que amenaza la humanidad, también opuesto a los tratados multilaterales y a negociaciones diplomáticas de entidades internacionales. Posturas abaladas por los círculos más obcecados de la sociedad y por asociaciones de corte populista-religioso implicados en el aparato estatal: mafias envueltas en credos medievales para engrosar las filas evangélicas con dogmas y doctrinas que a la postre menoscaban la razón y objetividad de los ciudadanos, es decir, preponderan la visceralidad de sus seguidores oponiéndose al pensamiento racional.

Por eso, la campaña de mandatario electo estuvo dirigida a exteriorizar los sentimientos más burdos y elementales de los votantes: rabia, rencor, odio y venganza. Estrategia electoral utilizada por líderes neofascistas para aseverar conflictos políticos, dardo, que sin duda penetró en la realidad brasileira hondamente desgarrada por la mayor recesión de la historia y los innumerables casos de corrupción. Coyunturas sociales y económicas que dejaron como saldo la furia colectiva del electorado.

El respaldo al presidente electo se puede entender como el feroz hartazgo de los votantes hacia los gobernantes, y no necesariamente un giro del electorado hacia la ultraderecha. Los brasileiros en su gran mayoría no votaron por Bolsonaro, votaron contra la decadencia y perversión institucional. En otras palabras, un voto que expresa la antipatía de los ciudadanos al sistema, la descomposición de los partidos políticos tradicionales y el abuso de gobernantes envueltos en masivos asaltos a las arcas del Estado; al extremo, de dejar a la prometedora nación brasileira en agonía social. En otros términos, una orgía de impunidades y sobornos que involucra a notorias figuras públicas implicadas en estafas y coimas políticas.

Un abanico de corruptos que incluye al expresidente Ignacio Lula de Silva, líder por antonomasia del PT, e icono de la política progresista latinoamericana, hasta empresarios, banqueros, reconocidas firmas de abogados, ministros, y altos jerarcas de la millonaria empresa petrolera de bandera nacional. Putrefacción social que dista diametralmente de la argumentación ideológica de militancias izquierdistas, “supuestamente” ejemplo sin qua non de consciencia social, cuya principal tarea es escuchar las voces de las clases menos favorecidas, los más necesitados a pesar de ser invariablemente esgrimidos por oportunistas en su ascenso político y enriquecimiento personal.

No hay duda que Bolsonaro supo surfear la ola de rabia del pueblo con firmes propuestas contra los insolentes delitos financieros y la alarmante inseguridad que vive el país; sin duda, metas absolutamente plausibles. Sin embargo, resulta repulsiva la virulenta retórica del futuro Jefe de Estado exhortando a la animadversión y hostilidad entre los ciudadanos, odio que insta a la violencia social principalmente cuando es validado por figuras de poder que impelan a regímenes dictatoriales del pasado.

Ahí, la importancia de demarcar las líneas fronterizas entre la autoridad dentro de marcos constitucionales y democráticos, y, militarismos extremos proclives a brutales torturas, pena de muerte y desaparición de hombres y mujeres que confrontan el proyecto oficialista: inadmisibles medidas de control social, independientemente de la línea ideológica de los líderes que las llevan a cabo. Las dictaduras son abominables en cualquier extremo del espectro político. Poco importa si se llama Ortega, Pinochet, Castro, Hitler, o tantos otros que han ensangrentado la historia con autócratas exigencias. Agrupaciones extremistas defensoras de la supremacía de determinados grupos sociales a los que favorecen con políticas proactivas a sus intereses sectarios y personales.

Una vez más, los mayores vencedores en la elección presidencial de Brasil son los militares, los evangélicos y los hacenderos agrícolas que ciegamente auspiciaron la candidatura de Jair Bolsonaro. En otras palabras, los parlamentarios conocidos como BBB: ¡“las balas, la Biblia y los bueyes”!

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Violencia social y política

Carlos Rodríguez Nichols

La sociedad contemporánea está asediada por violentos grupos, muchos de ellos, actuando al margen de la ley. Europa vive bajo constantes amenazas de organizaciones terroristas desestabilizadoras del equilibrio colectivo por medio de subversivos códigos radicalistas. La situación en el otro lado del Atlántico es aún menos alentadora. Latinoamérica es escenario de fuerzas políticas que se desacreditan las unas a las otras, a pesar que ambos extremos del espectro político comparten signos saturados de violencia.

Por un lado, las naciones afines a la filosofía represora bolivariana ejercen políticas públicas sin el menor respeto por las carencias de sus ciudadanos, ni tampoco un ápice de observancia por la condición humana. Ejemplo de violencias discursivas recalcitrantes y de violaciones a los derechos básicos de los más necesitados. Ante este desolado panorama, hordas migratorias de venezolanos se ven obligados a dejar familias y raíces culturales en busca de algo más que esa paupérrima nada a la que el egocentrismo de sus obtusos mandatarios los dirigió. Incompetentes gobernantes deslumbrados por la codicia hundieron al pueblo venezolano, una de las naciones más ricas del mundo, en un profundo fango. Este almacigo de resentidos se valieron del dolor de los menos privilegiados para construir imperiosas mentiras y ostentosos porvenires diametralmente opuestos a lo que atacan sin comedimiento. Una mediocre perorata de venenosas injurias para encubrir la desfachatez de estos desalmados dirigentes.

Por otro lado, reaccionaros ultraderechistas de corte fascistoide con discursos anacrónicos intentan legitimar el proyecto político con verborreas impregnadas de irracionalidad y violencia. Fuerza y poder utilizados a ultranza para violentar el equilibrio colectivo en sociedades marcadas por abruptas diferencias étnicas y sociales, con una inseguridad galopante causada por corruptos Jefes de Estado, grupúsculos de mafiosos religiosos y bandas de criminales en control de los estratos más bajos de la jerarquía: sociedades en franca descomposición hundidas en una miseria de valores y en la pérdida de los referentes de autoridad. El próximo presidente de Brasil ha prometido militarización de la sociedad no sólo en términos de seguridad ciudadana sino también en preceptos morales; los cuales, desde su reaccionario pensamiento tiñe de homofobia, irrespeto a las igualdades de género y a los derechos de las minorías. Extremismo político en el que se inmiscuye fuerza, poder, autoridad y violencia. Desafortunadamente, una realidad que no se limita en exclusiva a la idiosincrasia de los países emergentes o en vías de desarrollo.

Estados Unidos, nación que por décadas ha sido ejemplo del andamiaje democrático, hoy se desgarra en una violenta polarización más allá del color partidista del electorado. Creencias y percepciones ideológicas instan al odio entre grupos de ciudadanos, es decir, a la hostilidad como elemento instigador de conflictos políticos. En otras palabras, la puesta en marcha de una constante guerra sin cuartel entre un sector de la sociedad que puja por un modelo económico y social de carácter ultra conservador, y el grueso restante de la población que apuesta por un colectivo progresista y justo sin distinción de raza, credo o género. Dos aristas del electorado qué a pesar de ser excluyentes en muchos aspectos, siempre lucharon por preservar los valores democráticos e integradores que han caracterizado a la primera potencia mundial.

Por eso, no hay que perder de vista los estragos llevados a cabo por dicotomías extremistas que lideraron el mundo durante buena parte del siglo pasado: el comunismo soviético marxista leninista y el fascismo nacionalsocialista de la Alemania nazi. Fuerzas ideológicas que determinaron el pensamiento político de Occidente en tiempos de guerras mundiales y, posteriormente, durante la bipolaridad hegemónica soviética-norteamericana en los años de la Guerra Fría. Coyuntura política y económica que a la postre evolucionó hacia la díada izquierda-derecha, dentro de parámetros democráticos de pacificación por medio de tratados y acuerdos multilaterales.

Sin embargo, en el último lustro las organizaciones internacionales han visto una pérdida de poder institucional frente al re-surgimiento de partidos de extrema izquierda de corte leninista, y nacionalismos populistas con tintes neofascistas. Violencia discursiva legitimadora de políticas públicas autoritarias que evidencian un retroceso o involución social: guerras ideológicas en las que elementos de violencia ponen en riesgo  los pilares democráticos que han definido el pensamiento político filosófico de las naciones occidentales durante los últimos setenta años.

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La inteligencia emocional

Carlos Rodríguez Nichols

A lo largo de la civilización el hombre se ha cuestionado el significado de la inteligencia entendida, en un principio, como atributo unitario biológico, congénito o incluso determinado por factores hereditarios. Criterios que han evolucionado en los últimos siglos, pero lejos de construir una definición única y exacta más bien han desarrollado múltiples teorías acerca de este amplísimo axioma del ser humano: potencial que comprende tanto habilidades sociales y mecánicas, así como el entendimiento de conceptos abstractos. Elucubraciones racionales de carácter intelectual sobre realidades tangibles científicamente demostrables, hasta aprehensiones metafísicas vinculadas a necesidades y vacíos subjetivos: ese algo inmaterial que miles de millones conceptualizan como Fe, pero imposible de intelectualizar por más que teólogos y estudiosos intenten racionalizarlo.

Se puede pensar la inteligencia como la capacidad de análisis, adaptación al medio y facultad de discernimiento producto de observaciones y reflexiones preponderadas. Es decir, evaluación de una situación determinada acorde a circunstancias específicas y a las posibles impactos en la propia subjetividad. En sí, la agudeza necesaria para valorar las condiciones que circunscriben la realidad inmediata. Pero, la inteligencia no se reduce exclusivamente a resolver ecuaciones matemáticas, memorizar datos históricos o entender fórmulas químicas. El desarrollo de competencias emocionales es un factor relevante de la capacidad intelectual.

Por eso, la importancia de la inteligencia emocional o lo que muchos llaman sentido común a pesar de ser en muchos casos el menos común de los razonamientos. Esa suerte de sensibilidad o “finesse d´esprit” para no trascender los límites del otro, esas líneas rojas o fronteras tácitas e indecibles que existen entre las personas más allá de cualquier vínculo sanguíneo o amistad entrañable. La capacidad de controlar los pensamientos y, más aún, hacer una conexión entre lo que se piensa y se dice, dado que una palabra de más implica inmiscuirse en la intimidad o el campo existencial del receptor. Traspasar esas sutiles demarcaciones conlleva franquear la emocionalidad del Otro. El otro con mayúscula, porque no solamente tiene un lugar como ser social, sino que requiere el respeto de sus semejantes. Transponer estas barreras inmateriales es signo de pobre conducción y, una vez más, inhabilidad para leer significantes abstractos y sus correspondientes significados; sin más, incapacidad de percibir lenguajes que trascienden palabras, idiomas y vocablos.

No obstante, en algunos casos se transgreden los límites de forma inconsciente. Cargas proyectivas de las propias nimiedades exteriorizadas en otras personas, ya sea por la imposibilidad de reconocer los propios errores y defectos o, en el peor de los casos, por la grosera necesidad de vulnerar emocionalmente a los otros. Una manera de cortarle las alas a quien vuela más alto, rebajándolo a ras del suelo hasta hacerlo sentirse humano, humanísimo, tan humano como el resto de los mortales. Ahí, en ese lugar, donde no existen espejos que reflejen la mediocridad, ¡ese sentimiento de incompetencia que amenaza a los que solo tienen poco más que nada! Por eso, la necesidad de algunos de anular a otros en la medida de lo posible, no tanto por la incapacidad de aceptar el éxito de los demás, sino, más bien, por rechazar su propia nada: eso indeterminado, insulso e incoloro que lo convierte en uno más de la multitud.

Sin embargo, esa nada produce una especie de nausea existencial, un exceso o plus de negatividad que hay que expulsar de cualquier forma, y en muchos casos en perjuicios de los más allegados. Conducta que también se puede entender hinchada de envidia, sin duda el sentimiento más ruin del ser humano, tan desleal y obsceno que rebasa y obscurece cualquier otro valor de nobleza, es decir, la manifestación más prosaica de indigencia interna.

Carecer de inteligencia emocional impide la autoevaluación y por ende la restructuración de sí mismo hacia un crecimiento individual. Introspección en la que se pone en juego la historia personal y las herramientas psíquicas necesarias para lidiar con dichas flaquezas emocionales. Por eso, la importancia de sentir, regular y modificar las propias turbaciones al igual que entender los baches afectivos de los otros. Mirar de frente las propias fragilidades y aceptarlas como parte constitutiva de un cúmulo de méritos y deméritos a los que nadie escapa. Es decir, la destreza para comprender los claroscuros psíquicos tanto propios como ajenos; principalmente, en la sociedad contemporánea marcada por altos niveles competitivos, exigencias de pericias individuales, y el equilibrio emocional para un apto desarrollo de habilidades sociales competentes.

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La codicia

Carlos Rodríguez Nichols

Jair Bolsonaro no es el problema. El problema es el 47% del electorado que lo apoya como líder de una de las economías más complejas del Latinoamérica. Bolsonaro no sería quien es, si no fuera por los cincuenta millones de seguidores que consolidan su agresiva perorata y le dan voto y voz, en una nación que por décadas se ha posicionado a la vanguardia arquitectónica e intelectual. Todo esto, sin olvidar la riqueza natural de una de los mayores potentados de la región.

Eso significa que cincuenta millones de brasileños acuerpan la ideología ultraderechista de este controversial candidato regido por un pensamiento anacrónico y contradictorio. Porque, a pesar de no considerarse abiertamente evangélico, cuenta con el respaldo del sesenta por ciento de esta agrupación religiosa populista, extremistas religiosos que confabulan con las clases más incultas de las sociedades mayormente tercermundistas. Una suerte de bisagra estructural que les permite inmiscuirse en asuntos políticos más allá de sus preceptos “espirituales” dogmáticos. Por eso, Bolsonaro no solo cuenta con el patrocinio de las clases privilegiadas, máxime el territorialismo agrario, sino también con el apoyo de las capas sociales desfavorecidas que giran en la órbita satelital de la mafia evangelista.

Por un lado, este déspota político se proclama cristiano, hijo de Dios y en contra del aborto. Por otro lado, está a favor de las torturas, discriminación racial, homofobia, pertenencia de armas sin control estatal y la pena de muerte. A tal extremo de irracionalidad, que prefiere un hijo muerto a tener un hijo homosexual.  Difícilmente se puede ser pro vida y al mismo tiempo vitorear la muerte de todos aquellos opuestos al proyecto presidencial. Habría que preguntarse qué hay en esa mente enferma para exteriorizar tal odio patológico hacia las minorías y a personas con inclinaciones sexuales diferentes a las suyas. ¡Comportamiento comprensible en alguien que ha sido violentado en lo más profundo de su intimidad en condiciones desiguales! En otras palabras, uno de los tantos extremistas que aniquilan a sus pueblos según sus perturbadas convicciones, sin importar las consecuencias de sus desproporcionadas medidas políticas.

No obstante, hoy la mitad del electorado brasileño renuncia a su idiosincrasia y respeto multirracial para entregar la dirección de la nación a un evocador de discursos autoritarios y conductas genocidas, comportamiento, que tanto daño ha hecho a la humanidad. Sin duda, la historia está plegada de engendros políticos y de multitudes que llevan a estos venenosos personajes a liderar pueblos y naciones. Sin ir más lejos, Adolfo Hitler es considerado en la actualidad uno de los mayores ejemplos de brutalidad, sin embargo, su escalada política hubiera sido imposible sin el contundente apoyo de las clases privilegiadas: industriales y comerciantes alemanes, austriacos y algunas personalidades del círculo aristocrático inglés que silenciosamente apoyaron al Führer: una de las razones por la cual Eduardo VIII tuvo que abdicar a la corona británica y exiliarse en Francia hasta el día de su muerte.

Incluso, importantes capitales estadounidenses impulsaron en un principio el ascenso de Hitler, adjudicándole el crecimiento económico de Alemania, después de años de pobreza a raíz de la derrota germana en la Primera Guerra Mundial. Entre ellos, vale mencionar al millonario Henry Ford, y a Joseph Kennedy, padre del expresidente John F. Kennedy, quien fue obligado a dejar su cargo de Embajador de Washington en Londres debido a su clandestina cercanía con la composición política del Tercer Reich. Grupos de poder interesados exclusivamente en resultados macroeconómicos y bursátiles, que pretenden absoluto desconocimiento de abusos cometidos en perjuicio de hombres, mujeres y niños; muchas veces, en situaciones infrahumanas. Codiciosos que no miran más lejos de sus intereses y fortunas personales sin importarles la condición de los ciudadanos que conforman el territorio del cual lucran y se benefician.

Ante las actuales realidades sociales y políticas, hay que preguntarse qué motiva a gran parte de los electorados mundiales a identificarse con discursos tanto de extrema izquierda como ultraderechistas. Ambos, identificados con conductas violentas y represoras, y con altas cargas de venganza contra todos aquellos que no se adhieren a sus principios partidistas. Sin más, políticos con posturas ideológicas antagónicas al supuesto desarrollo civilizatorio, tecnológico y científico de los pueblos del primer mundo.

Más aún, resulta inconcebible qué en un contexto mundial marcado por el sufrimiento de hordas migratorias en busca de refugio, siquiera existan grupos de poder que aboguen por el dominio del hombre blanco cristiano sobre una extensa masa multitudinaria a la que abruptamente descalifican. Es hora de tomar conciencia   y comprender de una vez por todas, que la situación del mundo no está para repudiar a grupos humanos por el color de la piel, credo religioso y mucho menos por condición de género: coyunturas que los asiduos seguidores de Jair Bolsonaro abominan firmemente.

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Confabulaciones mediáticas

En las últimas semanas, los medios de comunicación han asediado a sus seguidores con el supuesto intento de violación de Brett Kavanaugha Christine Ford cuando ambos eran estudiantes adolescentes. Hoy, treinta y seis años más tarde, él es candidato a ocupar uno de los lugares más prestigiosos del cuerpo jurídico estadounidense. Ella, doctora en psicología, es profesora en la Universidad de Palo Alto, y miembro del departamento de investigación de la Escuela de Medicina de la Universidad Stanford.

Sin duda, dos profesionales con prestigiosas carreras y éxitos profesionales. Por tanto, no se trata de ficciones narrativas de mujeres del bajo mundo en perjuicio de honorables personalidades. Al contrario, es la exposición mediática de una respetable científica con reconocidas credenciales académicas presa de una perversa situación que la marcó psíquicamente durante décadas.

Más allá de la atroz veracidad de los hechos, los medios de comunicación han desvirtuado la noticia al punto de convertirla en una suerte de “soap opera”, un culebrón televisivo propio de culturas tercermundistas y no lo que se espera de una nación educada del primer mundo. Empresas noticiosas con amplia audiencia y liderazgo, vergonzosamente inmiscuidas en murmurantes comadreos henchidos de “ella dijo que él dijo”.

En esta danza de habladurías, que hasta la fecha tiene más de intriga que de dato confirmado, se pone en juego los pretendidos valores éticos de la sociedad estadounidense. Todo esto, en tiempos de amplia exposición de abusos sexuales cometidos en el pasado por altos jerarcas institucionales. Nefastos comportamientos que han salpicado a diferentes entidades de la sociedad, tanto del medio cinematográfico como aquellas de carácter religioso dictadoras de cánones morales.

Es tal la vulgarización de la noticia que los espectadores apuestan por diferentes versiones, sin ni siquiera saber los pormenores de este retorcido hecho transfigurado en prosaico cotilleo. Unos, insisten que solo se trató de juegos eróticos y excesos etílicos de jóvenes adolescentes: iniciaciones sexuales en los entornos machistas de la época, en los que los hombres necesitaban manifestar su poder y las mujeres ocupar un lugar de reconocimiento en el universo masculino, a pesar de la desproporcionada desventaja de género. Para muchos de estos, las mujeres no eran más que objetos de deseo, es decir, cacerías de sus antojos varoniles.

Otros, apuestan a una patraña política para menoscabar la figura del inquilino de la Casa Blanca máximo patrocinador de la candidatura Kavanaugh, el “intachable magistrado” según la escala de valores del controversial Jefe de Estado. Estos, insisten en una estrategia de los demócratas para desmerecer el engranaje estructural presidencial y sus aspiraciones de cara al 2020, así como su intención de retener el control de las cámaras en manos del partido Republicano.

Pero eso no es todo. Algunos consideran que esta parafernalia sexista no tiene otro fin que desviar el foco de interés público a otro ángulo social en momentos convulsos a nivel global, principalmente, en Asia y Oriente Próximo donde Rusia, China y Europa apuestan por alianzas que desfavorecen la hegemonía estadounidense.

En este hipotético caso, las redes informativas serían parte de una obscena danza de contubernios: socios silenciosos de este “juego de abalorios” en el cual utilizan tácitamente a políticos y al público en general como instrumentos de vil control social. Ante esta posible peripecia, la doctora Ford y el juez Kavanaugh serían, entonces, los piones de un ajedrez político tutelado por los medios de comunicación proclives a una redistribución de poderes.

Si fuera así, Brett Kavanaugh y la Christine Ford podrían resultar siendo los “personajes inmolados” de esta saga televisiva. Él, por tener que enfrentar las injurias de su sinuoso pasado, incluso, muy cerca de haber visto frustrada su candidatura al Tribunal Supremo de Estados Unidos. Ella, por exponerse ante la mirada pública en una nación harto polarizada: grieta que no se limita a los partidos políticos, sino que ahora alcanza la Corte Suprema de Justicia.

Más aún, desde una perspectiva estrictamente electoral, cualquiera de los dos resultados perjudicaría las aspiraciones oficialistas en las próximas elecciones de noviembre. Si los senadores finalmente se inclinan por favorecer la nomenclatura del magistrado, dicha resolución enfurecerá principalmente al voto femenino en feroz oposición a la desigualdad de género y en franca batalla campal contra el imperio sexista masculino; al punto, que la población femenina puede convertirse en pivote político de las siguientes contiendas electorales. Escenario que sin duda tendrá nocivas repercusiones para los republicanos. Por otro lado, si el Comité de Justicia del Senado se opone a la nominación de Brett Kavanaugh esto, innegablemente, debilitaría la figura presidencial y al sector más conservador de la derecha partidista.

Por eso, ambas concluyentes tendrán un impacto negativo para el oficialismo en un ambiente de incertidumbre y exigua valorización del mandatario a nivel nacional; esto, sumado a las deshonrosas acusaciones imputadas a los hombres más cercanos al presidente. Contexto político qué, a cinco semanas de las elecciones de las cortes, augura una importante pérdida de poder del ala reaccionaria estadounidense.

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Vicios privados, virtudes públicas

Carlos Rodríguez Nichols

Por siglos las normas sociales impusieron discreción, recato y silencio absoluto ante cualquier manifestación de conducta que irrumpiera el orden establecido. Aquellos que nacían al margen de los preceptos sociales tenían que vivir su naturaleza en claustro mutismo, apresando las consideradas desviaciones del ser entre fortalezas de vergonzosos deseos. Toda conducta que intentara romper el exigido comportamiento ético y moral debía anularse, en algunos casos, incluso hasta con la muerte.

Decisiones dictadas por dirigencias con suficiente poder social para imponer los lineamientos colectivos, reprimiendo todo comportamiento que atentara la supuesta integridad de los ciudadanos. De ahí, la connotación victoriana de vicios privados, virtudes públicas. Sociedades doble discursivas que por intentar esconder lo impresentable terminaron cosechando patológicas deformaciones humanas encubiertas con pomposos ropajes púrpura. Togas imperiales transformadas en míticas vestiduras intentando disfrazar de santa verdad la obscura y perversa realidad.

Hoy sale a la luz pública las escandalosas falacias de instituciones supuestamente respetables. Entidades responsables de moldear la moral pública al extremo de imponer normas de proceder ante la mirada implacable de un solo credo universal. Artificios mitológicos que hacen caso omiso del aporte de filósofos, genios y eruditos milenarios constructores de la historia del pensamiento.

Sin embargo, esta falaz retórica que ha dictado la conducta occidental por más de dos siglos parece desdibujarse ante atroces descréditos. Los demostrados testimonios de abusos sexuales evidencian la malformación espiritual de estos pretendidos paladines de la moral. Porque no se trata de uno ni cien casos, sino de miles de niños alrededor del mundo obligados a mantener obsceno silencio por los mismos pedófilos que arruinaron sus vidas. Pero, estos escándalos no se limitan a los intramuros vaticanos.

La sociedad finalmente se atreve a desenmascarar la descomposición social existente en los diferentes ámbitos institucionales. Reconocidas figuras políticas no escapan a los propios abusos cometidos en el pasado, muchos de ellos en el limbo del olvido como si el pasar del tiempo borrara las heridas de sus víctimas. Vicios que en la actualidad se confrontan públicamente defenestrando a los victimarios por sus actos monstruosos. Ante este desfase moral, altos jerarcas han visto sus reputaciones y brillantes carreras caer en el mayor de los desprecios.

La única diferencia entre los retuertos victorianos y las vergonzosas desviaciones actuales radica en la desnudez de los hechos despojados de falsas vestimentas. Perversión al rojo vivo, sin filtros, que impida la mirada aguda y transversal de estas escabrosas realidades. En otras palabras, un salto de aquel laberinto obscuro y roñoso en que imperaba un ocultamiento morboso, a la máxima exponenciación de los hechos sin ninguna clase de veladuras ni simulados arrepentimientos. En todo caso, ahora más que nunca, sobresale la necesidad de enfrentar sin miramientos los excesos cometidos por estos tortuosos impenitentes incapaces de controlar sus impulsos, esos instintos primarios del ser humano que en algunos casos trastoca la brutal animalidad del hombre.

Así, el comportamiento social pasó de un mutismo forzoso a la imposición pública en su más amplia expresión. Contrario a lo establecido durante décadas y siglos, ahora se desafía el adulterado valor de la virtud que en numerables ejemplos bordea conductas disipadas, esas denominadas deformaciones del ser según los falsarios decires de esos perversos sofistas de la moral.

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