La codicia

Carlos Rodríguez Nichols

Jair Bolsonaro no es el problema. El problema es el 47% del electorado que lo apoya como líder de una de las economías más complejas del Latinoamérica. Bolsonaro no sería quien es, si no fuera por los cincuenta millones de seguidores que consolidan su agresiva perorata y le dan voto y voz, en una nación que por décadas se ha posicionado a la vanguardia arquitectónica e intelectual. Todo esto, sin olvidar la riqueza natural de una de los mayores potentados de la región.

Eso significa que cincuenta millones de brasileños acuerpan la ideología ultraderechista de este controversial candidato regido por un pensamiento anacrónico y contradictorio. Porque, a pesar de no considerarse abiertamente evangélico, cuenta con el respaldo del sesenta por ciento de esta agrupación religiosa populista, extremistas religiosos que confabulan con las clases más incultas de las sociedades mayormente tercermundistas. Una suerte de bisagra estructural que les permite inmiscuirse en asuntos políticos más allá de sus preceptos “espirituales” dogmáticos. Por eso, Bolsonaro no solo cuenta con el patrocinio de las clases privilegiadas, máxime el territorialismo agrario, sino también con el apoyo de las capas sociales desfavorecidas que giran en la órbita satelital de la mafia evangelista.

Por un lado, este déspota político se proclama cristiano, hijo de Dios y en contra del aborto. Por otro lado, está a favor de las torturas, discriminación racial, homofobia, pertenencia de armas sin control estatal y la pena de muerte. A tal extremo de irracionalidad, que prefiere un hijo muerto a tener un hijo homosexual.  Difícilmente se puede ser pro vida y al mismo tiempo vitorear la muerte de todos aquellos opuestos al proyecto presidencial. Habría que preguntarse qué hay en esa mente enferma para exteriorizar tal odio patológico hacia las minorías y a personas con inclinaciones sexuales diferentes a las suyas. ¡Comportamiento comprensible en alguien que ha sido violentado en lo más profundo de su intimidad en condiciones desiguales! En otras palabras, uno de los tantos extremistas que aniquilan a sus pueblos según sus perturbadas convicciones, sin importar las consecuencias de sus desproporcionadas medidas políticas.

No obstante, hoy la mitad del electorado brasileño renuncia a su idiosincrasia y respeto multirracial para entregar la dirección de la nación a un evocador de discursos autoritarios y conductas genocidas, comportamiento, que tanto daño ha hecho a la humanidad. Sin duda, la historia está plegada de engendros políticos y de multitudes que llevan a estos venenosos personajes a liderar pueblos y naciones. Sin ir más lejos, Adolfo Hitler es considerado en la actualidad uno de los mayores ejemplos de brutalidad, sin embargo, su escalada política hubiera sido imposible sin el contundente apoyo de las clases privilegiadas: industriales y comerciantes alemanes, austriacos y algunas personalidades del círculo aristocrático inglés que silenciosamente apoyaron al Führer: una de las razones por la cual Eduardo VIII tuvo que abdicar a la corona británica y exiliarse en Francia hasta el día de su muerte.

Incluso, importantes capitales estadounidenses impulsaron en un principio el ascenso de Hitler, adjudicándole el crecimiento económico de Alemania, después de años de pobreza a raíz de la derrota germana en la Primera Guerra Mundial. Entre ellos, vale mencionar al millonario Henry Ford, y a Joseph Kennedy, padre del expresidente John F. Kennedy, quien fue obligado a dejar su cargo de Embajador de Washington en Londres debido a su clandestina cercanía con la composición política del Tercer Reich. Grupos de poder interesados exclusivamente en resultados macroeconómicos y bursátiles, que pretenden absoluto desconocimiento de abusos cometidos en perjuicio de hombres, mujeres y niños; muchas veces, en situaciones infrahumanas. Codiciosos que no miran más lejos de sus intereses y fortunas personales sin importarles la condición de los ciudadanos que conforman el territorio del cual lucran y se benefician.

Ante las actuales realidades sociales y políticas, hay que preguntarse qué motiva a gran parte de los electorados mundiales a identificarse con discursos tanto de extrema izquierda como ultraderechistas. Ambos, identificados con conductas violentas y represoras, y con altas cargas de venganza contra todos aquellos que no se adhieren a sus principios partidistas. Sin más, políticos con posturas ideológicas antagónicas al supuesto desarrollo civilizatorio, tecnológico y científico de los pueblos del primer mundo.

Más aún, resulta inconcebible qué en un contexto mundial marcado por el sufrimiento de hordas migratorias en busca de refugio, siquiera existan grupos de poder que aboguen por el dominio del hombre blanco cristiano sobre una extensa masa multitudinaria a la que abruptamente descalifican. Es hora de tomar conciencia   y comprender de una vez por todas, que la situación del mundo no está para repudiar a grupos humanos por el color de la piel, credo religioso y mucho menos por condición de género: coyunturas que los asiduos seguidores de Jair Bolsonaro abominan firmemente.

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Confabulaciones mediáticas

En las últimas semanas, los medios de comunicación han asediado a sus seguidores con el supuesto intento de violación de Brett Kavanaugha Christine Ford cuando ambos eran estudiantes adolescentes. Hoy, treinta y seis años más tarde, él es candidato a ocupar uno de los lugares más prestigiosos del cuerpo jurídico estadounidense. Ella, doctora en psicología, es profesora en la Universidad de Palo Alto, y miembro del departamento de investigación de la Escuela de Medicina de la Universidad Stanford.

Sin duda, dos profesionales con prestigiosas carreras y éxitos profesionales. Por tanto, no se trata de ficciones narrativas de mujeres del bajo mundo en perjuicio de honorables personalidades. Al contrario, es la exposición mediática de una respetable científica con reconocidas credenciales académicas presa de una perversa situación que la marcó psíquicamente durante décadas.

Más allá de la atroz veracidad de los hechos, los medios de comunicación han desvirtuado la noticia al punto de convertirla en una suerte de “soap opera”, un culebrón televisivo propio de culturas tercermundistas y no lo que se espera de una nación educada del primer mundo. Empresas noticiosas con amplia audiencia y liderazgo, vergonzosamente inmiscuidas en murmurantes comadreos henchidos de “ella dijo que él dijo”.

En esta danza de habladurías, que hasta la fecha tiene más de intriga que de dato confirmado, se pone en juego los pretendidos valores éticos de la sociedad estadounidense. Todo esto, en tiempos de amplia exposición de abusos sexuales cometidos en el pasado por altos jerarcas institucionales. Nefastos comportamientos que han salpicado a diferentes entidades de la sociedad, tanto del medio cinematográfico como aquellas de carácter religioso dictadoras de cánones morales.

Es tal la vulgarización de la noticia que los espectadores apuestan por diferentes versiones, sin ni siquiera saber los pormenores de este retorcido hecho transfigurado en prosaico cotilleo. Unos, insisten que solo se trató de juegos eróticos y excesos etílicos de jóvenes adolescentes: iniciaciones sexuales en los entornos machistas de la época, en los que los hombres necesitaban manifestar su poder y las mujeres ocupar un lugar de reconocimiento en el universo masculino, a pesar de la desproporcionada desventaja de género. Para muchos de estos, las mujeres no eran más que objetos de deseo, es decir, cacerías de sus antojos varoniles.

Otros, apuestan a una patraña política para menoscabar la figura del inquilino de la Casa Blanca máximo patrocinador de la candidatura Kavanaugh, el “intachable magistrado” según la escala de valores del controversial Jefe de Estado. Estos, insisten en una estrategia de los demócratas para desmerecer el engranaje estructural presidencial y sus aspiraciones de cara al 2020, así como su intención de retener el control de las cámaras en manos del partido Republicano.

Pero eso no es todo. Algunos consideran que esta parafernalia sexista no tiene otro fin que desviar el foco de interés público a otro ángulo social en momentos convulsos a nivel global, principalmente, en Asia y Oriente Próximo donde Rusia, China y Europa apuestan por alianzas que desfavorecen la hegemonía estadounidense.

En este hipotético caso, las redes informativas serían parte de una obscena danza de contubernios: socios silenciosos de este “juego de abalorios” en el cual utilizan tácitamente a políticos y al público en general como instrumentos de vil control social. Ante esta posible peripecia, la doctora Ford y el juez Kavanaugh serían, entonces, los piones de un ajedrez político tutelado por los medios de comunicación proclives a una redistribución de poderes.

Si fuera así, Brett Kavanaugh y la Christine Ford podrían resultar siendo los “personajes inmolados” de esta saga televisiva. Él, por tener que enfrentar las injurias de su sinuoso pasado, incluso, muy cerca de haber visto frustrada su candidatura al Tribunal Supremo de Estados Unidos. Ella, por exponerse ante la mirada pública en una nación harto polarizada: grieta que no se limita a los partidos políticos, sino que ahora alcanza la Corte Suprema de Justicia.

Más aún, desde una perspectiva estrictamente electoral, cualquiera de los dos resultados perjudicaría las aspiraciones oficialistas en las próximas elecciones de noviembre. Si los senadores finalmente se inclinan por favorecer la nomenclatura del magistrado, dicha resolución enfurecerá principalmente al voto femenino en feroz oposición a la desigualdad de género y en franca batalla campal contra el imperio sexista masculino; al punto, que la población femenina puede convertirse en pivote político de las siguientes contiendas electorales. Escenario que sin duda tendrá nocivas repercusiones para los republicanos. Por otro lado, si el Comité de Justicia del Senado se opone a la nominación de Brett Kavanaugh esto, innegablemente, debilitaría la figura presidencial y al sector más conservador de la derecha partidista.

Por eso, ambas concluyentes tendrán un impacto negativo para el oficialismo en un ambiente de incertidumbre y exigua valorización del mandatario a nivel nacional; esto, sumado a las deshonrosas acusaciones imputadas a los hombres más cercanos al presidente. Contexto político qué, a cinco semanas de las elecciones de las cortes, augura una importante pérdida de poder del ala reaccionaria estadounidense.

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Vicios privados, virtudes públicas

Carlos Rodríguez Nichols

Por siglos las normas sociales impusieron discreción, recato y silencio absoluto ante cualquier manifestación de conducta que irrumpiera el orden establecido. Aquellos que nacían al margen de los preceptos sociales tenían que vivir su naturaleza en claustro mutismo, apresando las consideradas desviaciones del ser entre fortalezas de vergonzosos deseos. Toda conducta que intentara romper el exigido comportamiento ético y moral debía anularse, en algunos casos, incluso hasta con la muerte.

Decisiones dictadas por dirigencias con suficiente poder social para imponer los lineamientos colectivos, reprimiendo todo comportamiento que atentara la supuesta integridad de los ciudadanos. De ahí, la connotación victoriana de vicios privados, virtudes públicas. Sociedades doble discursivas que por intentar esconder lo impresentable terminaron cosechando patológicas deformaciones humanas encubiertas con pomposos ropajes púrpura. Togas imperiales transformadas en míticas vestiduras intentando disfrazar de santa verdad la obscura y perversa realidad.

Hoy sale a la luz pública las escandalosas falacias de instituciones supuestamente respetables. Entidades responsables de moldear la moral pública al extremo de imponer normas de proceder ante la mirada implacable de un solo credo universal. Artificios mitológicos que hacen caso omiso del aporte de filósofos, genios y eruditos milenarios constructores de la historia del pensamiento.

Sin embargo, esta falaz retórica que ha dictado la conducta occidental por más de dos siglos parece desdibujarse ante atroces descréditos. Los demostrados testimonios de abusos sexuales evidencian la malformación espiritual de estos pretendidos paladines de la moral. Porque no se trata de uno ni cien casos, sino de miles de niños alrededor del mundo obligados a mantener obsceno silencio por los mismos pedófilos que arruinaron sus vidas. Pero, estos escándalos no se limitan a los intramuros vaticanos.

La sociedad finalmente se atreve a desenmascarar la descomposición social existente en los diferentes ámbitos institucionales. Reconocidas figuras políticas no escapan a los propios abusos cometidos en el pasado, muchos de ellos en el limbo del olvido como si el pasar del tiempo borrara las heridas de sus víctimas. Vicios que en la actualidad se confrontan públicamente defenestrando a los victimarios por sus actos monstruosos. Ante este desfase moral, altos jerarcas han visto sus reputaciones y brillantes carreras caer en el mayor de los desprecios.

La única diferencia entre los retuertos victorianos y las vergonzosas desviaciones actuales radica en la desnudez de los hechos despojados de falsas vestimentas. Perversión al rojo vivo, sin filtros, que impida la mirada aguda y transversal de estas escabrosas realidades. En otras palabras, un salto de aquel laberinto obscuro y roñoso en que imperaba un ocultamiento morboso, a la máxima exponenciación de los hechos sin ninguna clase de veladuras ni simulados arrepentimientos. En todo caso, ahora más que nunca, sobresale la necesidad de enfrentar sin miramientos los excesos cometidos por estos tortuosos impenitentes incapaces de controlar sus impulsos, esos instintos primarios del ser humano que en algunos casos trastoca la brutal animalidad del hombre.

Así, el comportamiento social pasó de un mutismo forzoso a la imposición pública en su más amplia expresión. Contrario a lo establecido durante décadas y siglos, ahora se desafía el adulterado valor de la virtud que en numerables ejemplos bordea conductas disipadas, esas denominadas deformaciones del ser según los falsarios decires de esos perversos sofistas de la moral.

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Matrimonio por conveniencia

Carlos Rodríguez Nichols

Rusia y China confirman su alianza con un despliegue de ejercicios militares llevados a cabo en Siberia, en los que participan uniformados, tanques, helicópteros y aviones de las dos naciones. Espectáculo que comprueba el potentado militar de los mayores presupuestos armamentistas del mundo después de Estados Unidos.

Estas maniobras militares denominadas Vostock 2018 evidencian la modernización de los aparatos castrenses de Moscú y Pekín en calidad de potencias mundiales, corroborando así su estrecha relación defensiva frente a los desafíos de Occidente en Ucrania, Irán, Siria y Corea del Norte. Intereses geopolíticos y comerciales que requieren de pactos estratégicos, la cooperación ruso-china en economía y la unión de fuerzas entre ambas naciones.

Si bien, esta exhibición no tiene “supuestamente” un destinatario exclusivo como en tiempos de la Guerra Fría, sin duda, es una puesta en escena de la preponderancia militar de ambas naciones frente al mundo entero. De esta forma, Rusia y China se potencializan en estrecha cercanía ante las políticas de intimidación de la actual Administración de Washington. Políticas interpretadas por las naciones rivales como intentos de coacción que no favorecen a ninguna de las partes y perjudican a los consumidores en términos generales, así como al entramado global al que chinos y rusos apuestan con firmeza.

China tuvo un crecimiento exponencial en materia defensiva en la última década. La expansión naval del monstruo asiático hoy cuenta con una flota armada capaz de desafiar, o al menos hacer frente, la supremacía estadounidense y el equilibrio de fuerzas en el Pacífico, principalmente, en el disputado territorio de las aguas del Mar de China rivalizadas entre Pekín, Washington y sus aliados.

Una vez más, el escenario mundial no se disputa entre dos potencias como en décadas pasadas sino entre las ocho naciones atómicas, esto sumado al desarrollo nuclear de Corea del Norte que tanto desvelo produce al poder estadounidense en el Pacífico. Coyuntura que requiere de estrategia y conocimiento para enfrentar a los “duchos” de la inteligencia: Putin, Xi Jinpin y el joven dictador coreano, que a pesar de su corta edad ha demostrado espuela política heredada de sus antecesores.

Por tanto, Estados Unidos no puede experimentar con novatos carentes de herramientas diplomáticas. Para eso existen instituciones de alto vuelo en materia de inteligencia, defensa y relaciones intercontinentales. Poner en manos de inexpertos tan serias y delicadas negociaciones, a lo único que conlleva es a la desestabilización del equilibrio mundial y al debilitamiento de Estado Unidos como primera potencia del mundo. A los jefes de gobierno de Moscú, Pekín y Pyongyang no se amedrentan con insultos, amenazas a medias, ni mucho menos con represalias comerciales. Ellos, no solo tienen recorrido en inteligencia y seguridad, sino que controlan el aparato estatal al punto de hacer y deshacer a su antojo, situación adversa a la de las naciones democráticas occidentales. Razón por la cual, en el hipotético caso de un conflicto de Estados Unidos contra la alianza rusa-china, Washington estaría en posición desfavorable.

Por otro lado, Europa difícilmente sacrificaría sus intereses para favorecer a Estados Unidos. Potencia mundial que en el último lustro desacreditó la institucionalidad de la OTAN marcando lineamientos contrarios a las políticas establecidas en pactos internacionales que datan de décadas atrás. Tratados que contaron con la aprobación de expertos en materia comercial, defensa y nuclear de las naciones involucradas. En ningún caso se trató de medidas disparatadas de los Jefes de Estado de turno para satisfacer vanidades personales, partidistas o incluso intereses estrictamente nacionales. El pacto nuclear con los ayatolas iraníes estuvo en la palestra por más de una década. No fue un capricho de George W. Bush o Barack Obama en beneficio de sus propias administraciones, sino la tarea conjunta de Secretarios de Estado, el Pentágono y las Agencias Internacionales de Inteligencia. Acuerdo que lejos de perfecto al menos instaba al dialogo en materia atómica con Irán, claramente, una de las fuerzas regionales en Oriente Medio, auspiciada por Rusia con el beneplácito de China.

Indudablemente, la relación de Moscú y Pekín tiene múltiples aristas. Cercanía que no se limita solo a tratados comerciales, sino que profundiza los lazos estratégicos y geopolíticos de ambas potencias a nivel global. Los recientes ejercicios militares en Siberia son manifestaciones conjuntas del posicionamiento y poder de las dos naciones en la escena mundial.

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Los preceptos económicos de Hitler en tiempos de Trump

Carlos Rodríguez Nichols

La Primera Guerra Mundial hundió a Alemania en una miseria económica y moral con índices hiperinflacionarios, desempleo masivo y pobreza extrema. Esto, sumado a las deudas astronómicas impuestas por los vencedores del conflicto mundial según estipulado en el Tratado de Versalles. Ante este desolado horizonte surge Adolf Hitler, político emergente con un categórico mensaje dirigido principalmente a las clases medias desfavorecidas: “Alemania tiene que volver a ser la más grande de todas las naciones”. Para ello, había que acabar con las abrumadoras cifras de desocupados reactivando la economía con infraestructura y obra pública; medidas que lo consagraron como líder de la mayoría de alemanes. Hitler pensaba que el armazón social se consigue mediante la estabilización de la clase obrera por medio de empleo y estado de bienestar.

Sin embargo, el advenedizo autócrata no podía llevar a cabo su proyecto de manera sostenible sin el apoyo de empresarios, industriales y banqueros: el sector de la sociedad que conformaba la burguesía alemana deseosa de conservar el estatus económico y privilegios al precio que fuera. Por eso, una de las primeras claves del Führer fue bajar los impuestos al sector industrial con el fin de agilizar la economía y tener el respaldo de las clases altas siempre embriagadas de robustas sumas financieras. A estos, no les importó los abusos de poder del tirano o la ruptura de los tratados internacionales, entre ellos el dicho acuerdo de Versalles que obligaba a Alemania a pagar los daños causados en la gran guerra, ni tampoco el incumplimiento de compromisos comerciales previamente establecidos con las naciones europeas. Más bien, aplaudieron la furiosa verborrea del dictador culpabilizando a las potencias rivales de la ruina germana, países a los que masacró con toda clase de epítetos hasta finalmente retirar a Alemania de la Liga de Naciones.

Sus seguidores no vieron más allá de la “recuperación económica” de Alemania, al extremo de cegarse ante uno de los genocidios más vergonzosos de la reciente historia europea. Sin más, se convirtieron en la parte vital de la corte nazi y cimientos del proyecto geopolítico expansionista del maquiavélico dictador. En otras palabras, viles cómplices de este desequilibrado narcisista que llevó al pueblo germano a vivir el capítulo más humillante de la cultura alemana. Es decir, vendieron el honor y distinción de honorables antepasados ante la promesa de una economía boyante ideada por este vulgar palurdo carente de todo respeto por la condición humana: un absoluto desprecio a las minorías que humilló hasta hacerlas cenizas y escombros en escalofriantes cámaras de gas. En otros términos, la nación cuna de filósofos, científicos y músicos prodigios se convirtió en un matadero humano en el que millones de inocentes fueron víctimas de este perturbado mental; quizás, la personalidad política más retorcida y perversa del siglo veinte.

Así, la otrora Alemania estirpe del conocimiento durante siglos de Ilustración se convirtió en una suerte de filosa guillotina de judíos, intelectuales y aquellos que discreparan de los lineamientos dictatoriales establecidos por el Führer. Este masivo crimen estuvo  bajo el control propagandística del Partido Nazi encargado de ocultar el antisemitismo de cara a la opinión pública internacional. Estrategia que explica el  contundente respaldo al Tercer Reich tanto en Alemania como en el exterior, principalmente, entre las células nazis radicadas en Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia y la España franquista.

Setenta años más tarde, el mundo fue testigo de otro atroz atentado perpetuado por fanáticos extremistas, esta vez, contra el corazón financiero de Estados Unidos. Si la Primera Guerra Mundial tuvo repercusiones aniquilantes para la economía alemana, el asalto a las torres Gemelas sumado a la trillonaria guerra de Estados Unidos en Irak y la crisis financiera del 2008 fueron factores desestabilizadores de la economía estadounidense. Esta depresión económica afectó la capacidad de consumo del pueblo norteamericano, rezagó el sector industrial y aumentó el desempleo menoscabando el nivel de vida del pueblo estadounidense. ¡Después de un siglo de grandiosidad, los estadounidenses se vieron ante la inminente desescalada de la primera potencia mundial! Coyuntura económica y social que el empresario neoyorquino astutamente canalizó en campaña electoral, ofreciendo a esas “masas venidas a menos” la esperanza de volver a ser los ciudadanos de la nación más poderosa del mundo. ¡America First Again!

Pero, esto no se puede lograr sin el respaldo del sector empresarial al que favoreció con importantes reducciones de cargas impositivas: paralelismo con las políticas implementadas por el dictador germano siete décadas atrás. Una vez más, las burguesías obnubiladas con las economías boyantes anteponen los réditos financieros a la educación, las formas y el valor de la diplomacia como herramienta política invaluable. Atributos ausentes tanto en el dictador germano como también en el actual inquilino de la Casa Blanca y su horda de fieles seguidores.

En otras palabras, políticos populistas que valiéndose de discursos radicales nacionalistas embaucan tanto a las clases desfavorecidas como a codiciosos oligarcas que con tal de engrosar sus fortunas personales se venden al mejor postor. Demagogos que alcanzan el poder prometiendo hasta lo indecible a los más necesitados, a esas poblaciones estancadas en una inmovilidad social fruto de erróneas medidas e inoperantes Jefes de Estado. Desafortunadamente, hay un extenso camino entre lo dicho y el hecho. Los acalorados mítines en plazas públicas permiten exaltar las emociones y los sentimientos más básicos del ser humano, de esos millones de fanáticos ciegos de lealtad a los que engañan con falsas evasivas, y, más aún, con promesas vacías carentes de soluciones pragmáticas a sus inciertos futuros.

Las erratas comportamentales del Führer llevaron a Alemania a un desprestigio internacional y a una situación socioeconómica incluso peor a la realidad existente antes de su autoritario mandato. En el caso de Estados Unidos, el futuro próximo se encargará de dictar sentencia a los yerros, insultos e improperios que el actual mandatario expele al mundo entero. ¡Un castillo de aire que él mismo bufa y desmorona cada día!

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Humano, humanísimo

Carlos Rodríguez Nichols

McCain fue marinero, piloto de guerra, testigo de torturas en carne propia, descendientes de almirantes navales, padre y esposo íntegro, senador por más de treinta años y candidato a la presidencia de la primera potencia mundial; es decir, ejemplo de patriotismo, decencia y honor. Sin duda ocupará un lugar entre las personalidades más prestigiosas de la historia de Estados Unidos.

Su funeral, más que un rito protocolario, fue homenaje a un hijo de la patria fruto del esplendor estadounidense de décadas pasadas, reconocimiento internacional hoy menoscabado. La afirmación de una vida dedicada al bien de la nación, y, más aún, legado al país que lo vio nacer y por el que luchó hasta el último de sus días.

La herencia más importante de McCain fue su empeño en unir a republicanos y demócratas, poniendo los valores y la dignidad más allá de los intereses partidistas. Por eso, él mismo planeó cuidadosamente sus propias honras fúnebres, invitando personalmente a expresidentes y respetables figuras políticas estadounidenses, indistintamente de la ideología partidista, en calidad de oradores a su sepelio. Entre estos, George W. Bush, Barack Obama, Joe Biden, Henry Kissinger, Al Gore, Nancy Pelosi y Paul Ryan. Todos ellos asistieron excepto el actual Comandante en Jefe de Estados Unidos, quien no fue requerido a este acto solemne digno de un Jefe de Estado. En otras palabras, el presidente no está a la altura de sus antecesores mandatarios ni tiene el prestigio de la familia del fallecido congresista. Una bofetada pública que tuvo impacto y repercusión mundial.

La ausencia del presidente fue el deseo explícito del senador McCain. La orden fue clara y contundente: “Donald Trump y la Primera Dama no estarán presentes ni formarán parte de ninguno de los actos ceremoniales”. Decisión que tiene un alcance mucho más profundo que cualquier desavenencia política de carácter coyuntural. Se trata de un rechazo absoluto a los des-valores del actual inquilino de la Casa Blanca, su arbitrariedad, prepotencia y prosaica soberbia. Pero, más que un desprecio al presidente fue una lección al pueblo estadounidense, una apuesta a los fundamentos de la patria contrarios a la chabacanería del inmoderado actual Jefe de Estado.

Los escándalos del empresario neoyorkino con prostitutas, mafia rusa y obscuras conexiones en el bajo mundo han enlodado la figura presidencial. Sin duda, los desdichados comentarios y sus excesivas formas han producido anticuerpos en la casta política estadounidense y entre sus pares a nivel internacional. Por eso, no es la primera vez que la presencia del mandatario estadounidense es vetada. No fue invitado al sepelio de Bárbara Bush, esposa y madre de dos ex presidentes. Tampoco estuvo convocado a la boda real del nieto de la Reina Isabel, ni mucho menos recibido en Londres con recepciones oficiales como el resto de los ex Jefes de Estado estadounidenses. La soberana inglesa lo recibió en el palacio de caza, durante veinte minutos, frente al rechazo de multitudinarias manifestaciones callejeras que repudiaban la visita del inquilino de la Casa Blanca al Reino Unido.

Es innegable que las políticas de este supuesto paladín de la economía han contribuido al crecimiento de la industria y el comercio estadounidense, si bien a un costo desmerecedor de la institucionalidad de la primera potencia. El mandatario ha puesto a pelear a unos contra otros confrontando a sus más cercanos aliados, vecinos y socios comerciales. En lugar de acusar a sus pares de rapiñas y abusadores de Estados Unidos, más bien, debería proponer revisiones a los acuerdos vigentes con la habilidad diplomática que se espera del presidente de la nación más poderosa del mundo, y a la altura de su investidura.

Eludir el vergonzoso comportamiento del presidente alegando, como excusa, los actuales rendimientos económicos de Estados Unidos, es igual a anteponer el dinero y lo material a la educación, la transparencia y los principios de honestidad. Pues, no hay nada más áspero y burdo que el poder económico sin refinamiento o sin el talento “de saber estar”; principios que valen tanto para personas comunes como personalidades públicas, principalmente si se trata de Jefes de Estado.

De ahí la relevancia del funeral de John McCain, senador irreprochable y caballero en toda la magnitud y extensión de este concepto: señorío, sencillez y dignidad. Razón por la cual, las figuras de mayor peso político en las filas de demócratas y republicanos le otorgaron una de las máximas distinciones: héroe de la patria. Una vez más imperó la instrucción y sensibilidad de la condición humana frente al espíritu vulgar, arrogante y ostentoso; esa innata y repugnante tosquedad que el dinero mal habido intenta enmascarar.

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Humano, humanísimo

Carlos Rodríguez Nichols

McCain fue marinero, piloto de guerra, testigo de torturas en carne propia, descendientes de almirantes navales, padre y esposo íntegro, senador por más de treinta años y candidato a la presidencia de la primera potencia mundial; es decir, ejemplo de patriotismo, decencia y honor. Sin duda ocupará un lugar entre las personalidades más prestigiosas de la historia de Estados Unidos.

Su funeral, más que un rito protocolario, fue homenaje a un hijo de la patria fruto del esplendor estadounidense de décadas pasadas, reconocimiento internacional hoy menoscabado. La afirmación de una vida dedicada al bien de la nación, y, más aún, legado al país que lo vio nacer y por el que luchó hasta el último de sus días.

La herencia más importante de McCain fue su empeño en unir a republicanos y demócratas, poniendo los valores y la dignidad más allá de los intereses partidistas. Por eso, él mismo planeó cuidadosamente sus propias honras fúnebres, invitando personalmente a expresidentes y respetables figuras políticas indistintamente de la ideología partidista en calidad de oradores a su sepelio. Entre estos, George W. Bush, Barack Obama, Joe Biden, Henry Kissinger, Al Gore, Nancy Pelosi y Paul Ryan. Todos ellos asistieron excepto el actual Comandante en Jefe de Estados Unidos, quien no fue requerido a este acto solemne digno de un Jefe de Estado. En otras palabras, el presidente no está a la altura de sus antecesores mandatarios ni tiene el prestigio de la familia del fallecido congresista. Una bofetada pública que tuvo impacto y repercusión mundial.

La ausencia del presidente fue el deseo explícito del senador McCain. La orden fue clara y contundente: “Donald Trump y la Primera Dama no estarán presentes ni formarán parte de ninguno de los actos ceremoniales”. Decisión que tiene un alcance mucho más profundo que cualquier desavenencia política de carácter coyuntural. Se trata de un rechazo absoluto a los des-valores del actual inquilino de la Casa Blanca, su arbitrariedad, prepotencia y prosaica soberbia. Pero, más que un desprecio al presidente fue una lección al pueblo estadounidense, una apuesta a los fundamentos de la patria contrarios a la chabacanería del inmoderado actual Jefe de Estado.

Los escándalos del empresario neoyorkino con prostitutas, mafia rusa y obscuras conexiones en el bajo mundo han enlodado la figura presidencial. Sin duda, los desdichados comentarios y sus excesivas formas han producido anticuerpos en la casta política estadounidense y entre sus pares a nivel internacional. Por eso, no es la primera vez que la presencia del mandatario estadounidense es vetada. No fue invitado al sepelio de Bárbara Bush, esposa y madre de dos ex presidentes. Tampoco estuvo convocado a la boda real del nieto de la Reina Isabel, ni mucho menos recibido en Londres con recepciones oficiales como el resto de los ex Jefes de Estado estadounidenses. La soberana inglesa lo recibió en el palacio de caza, durante veinte minutos, frente al rechazo de multitudinarias manifestaciones callejeras que repudiaban la visita del inquilino de la Casa Blanca al Reino Unido.

Es innegable que las políticas de este supuesto paladín de la economía han contribuido al crecimiento de la industria y el comercio estadounidense, si bien a un costo desmerecedor de la institucionalidad de la primera potencia. El mandatario ha puesto a pelear a unos contra otros confrontando a sus más cercanos aliados, vecinos y socios comerciales. En lugar de acusar a sus pares de rapiñas y abusadores de Estados Unidos, más bien, debería proponer revisiones a los acuerdos vigentes con la habilidad diplomática que se espera del presidente de la nación más poderosa del mundo, y a la altura de su investidura.

Eludir el vergonzoso comportamiento del presidente alegando, como excusa, los actuales rendimientos económicos de Estados Unidos, es igual a anteponer el dinero y lo material a la educación, la transparencia y los principios de honestidad. Pues, no hay nada más áspero y burdo que el poder económico sin refinamiento o sin el talento “de saber estar”; principios que valen tanto para personas comunes como personalidades públicas, principalmente si se trata de Jefes de Estado.

De ahí la relevancia del funeral de John McCain, senador irreprochable y caballero  en toda la magnitud y extensión de este concepto: señorío, sencillez y dignidad. Razón por la cual, las figuras de mayor peso político tanto en las filas de los demócratas como republicanos le otorgaron una de las máximas distinciones: héroe de la patria. Una vez más imperó la instrucción y sensibilidad de la condición humana frente al espíritu vulgar, arrogante y ostentoso; esa innata y repugnante tosquedad que el dinero mal habido intenta enmascarar.

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