La democracia en ebullición

Carlos Rodríguez Nichols

Décadas atrás los presidentes se “escogían a dedo” entre aquellos que pertenecían a la oligarquía social, a la elite que decidía y mandaba según sus intereses de clase. Sólo se utilizaba al grueso de la población para legitimar esos mandatos de corte feudal. Esto quiere decir que actuaban según sus voluntades propias y no de quienes los eligían.  Hoy, la ecuación cambió.

Se acabó el tiempo en que las esferas políticas y la Iglesia hicieron de las multitudes incultas sus caballo de Troya para conseguir el poder, potestad, que alimentó la autoridad de los sectores privilegiados, de esa casta de escogidos por nacimiento o azar de la vida que alcanzaron los podios sociales. Desafortunadamente, estas élites en su mayoría carecen de sensibilidad para entender las precariedades de los desfavorecidos. En sus estrechas mentes el mundo esta dividido entre nosotros los muy pocos y ¡esas multitudes apenas visibles sin nombre ni mucho menos apellido!

Por eso, la clase obrera con sueldos muchas veces precarios reclaman exigencias inimaginables años atrás. En otras palabras, pretenden hacer valer su voto a cambio de mejores salarios, transporte público organizado, facilidades a vivienda digna y mayores oportunidades financieras para los pequeños empresarios. Pero ante todo, reclaman un nivel de salud y educación de primer orden. De esta forma, intentan valuar su soberanía a cambio de garantías que protejan los derechos fundamentales y la libertad individual.

Es decir, apelan a una democracia “participativa en la que por medio del sufragio eligen figuras públicas afines a sus prioridades vitales, obviamente en contraposición a las inequidades y desigualdades existentes. Desproporciones que en última instancia son caldo de cultivo de ponzoñosos populistas responsables de intoxicar a poblaciones vulnerables. Desorientación discursiva e ideológica que en lugar de reducir la disparidad y polarización social más bien exacerban las diferencias. Está demás mencionar las “dictaduras-democráticas” de las izquierdas sudamericanas que han llevado a sus pueblos a niveles económicos inenarrables, engaño que ha enriquecido con sumas billonarias a estos vergonzosos lideres supuestamente representantes de poblaciones más desfavorecidas.

Ante esta mentira compulsiva de la izquierda y derecha, una considerable parte de las clases medias han tenido que reducir su nivel de vida, actividades recreacionales y su seguridad laboral. Familias que a duras penas llegan a final de mes. En Europa las tazas de desempleo vuelven a dispararse forzando a las generaciones en edades productivas a conformarse con empleos desacreditados y mal retribuidos. En otros términos, se ha quebrantado el respeto a los gobernantes, al sistema, y ante todo,  desesperanza a posibles asensos sociales. De cara a esta realidad, los estratos medios se encuentran decepcionados frente a un futuro amenazante cada vez más insostenible para la mayorías. Por otro lado, los sectores  populares se ven desorientados ante movimientos de izquierda que resultan tan codiciosos y sedientos de dinero como los más férreos capitalistas.

Todo esto, ha enardecido la furia de importantes sectores alrededor del mundo: los virulentos atropellos en Cataluña, el levantamiento del pueblo boliviano hasta el hartazgo de los abusos de poder, así como las violentas manifestaciones en Santiago que no son más que el ahogo de décadas de inequidad. Esto, para mencionar algunas de las revueltas callejeras de alta peligrosidad.

A pesar que en Chile los niveles de pobreza han disminuido de forma considerable durante las últimas décadas, los beneficios sociales no se equiparan al crecimiento estatal de un país considerado modelo de bonanza macroeconómica a nivel regional.  Por eso, hay que responder estas preguntas: ¿Cuenta Chile con un sistema de educación gratuito de primer orden de acuerdo a su crecimiento económico? ¿Los sistemas de salud y el transporte público son dechados o paradigmas de un país que se afana de ocupar los puestos más respetables de crecimiento en el continente americano? ¿El Estado chileno ha sido lo suficientemente responsable para proporcionar condiciones dignas a la cantidad de refugiados que pululan las calles de Santiago, inmigrantes que han aumentado los niveles de miseria y desigualdad social ya existentes?

Sin duda, los célebres Chicago Boys construyeron una estructura que produjo resultados económicos invaluables, pero y un gran pero, este indiscutible andamiaje no llegó, en la proporción deseable, a los más necesitados, a esos que hoy violentan la seguridad de la ciudadanía con barricadas, incendios, asaltos y asesinatos. Conductas intolerables e inexcusables de cualquier ángulo que se mire. No obstante, estos actos deplorables son achacables a profundos trasfondos sociales de inequidad; es decir, a magras condiciones de vida. Vidas en muchos casos incapaces de solventar las necesidades básicas del ser humano.

Ante esto, la única forma de salvar la democracia es tomar consciencia. Cada uno desde su subjetividad debe fomentar la construcción de sociedades más equitativas, colectivos donde la mayoría tenga acceso a sistemas de salubridad y educación gratuitos y profesionales, es decir, entornos saludables que permitan crecimientos personales y mayores posibilidades de ascenso socioeconómico. Si no, el mundo continuará siendo testigo de constantes revueltas callejera y revoluciones de masas. Indiscutiblemente, el siglo veintiuno es claro ejemplo de un entorno altamente tóxico, insano no solo a nivel ambiental sino, más aún, político y social.

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Inequidad ética y desigualdad social

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo está inmerso en un torbellino de adversidades debido a la sobre población planetaria, hambrunas, y epidemias resurgentes después de años de erradicación.  En gran parte, fruto de hordas migratorias huyendo de invasiones territoriales y de la crisis climática que amenaza la agricultura y al medio ambiente en términos generales: sequías e inundaciones que desafortunadamente afectan a las poblaciones más vulnerables, esos miles y millones que subsisten, si vale el término, alrededor de ríos desbordados, volcanes en erupción y derrumbes montañosos. Desastres poblacionales que dan pie a infortunios generalizados palpables mayormente en las clases rurales, así como en los sectores urbano marginales.

Hay incuestionables índices de miseria a pesar que el mundo es menos pobre y más desarrollado que en siglos anteriores. Es cierto. Existen avances tecnológicos  inadmisibles en décadas pasadas, sin embargo, también el mundo es testigo de desigualdades e inequidades sin parangón. Esta realidad ha crispado a multitudes a cometer vandalismos, asesinatos, hurtos y actos terroristas que sin duda tienen profundas raíces en estos comportamientos bestiales.

Este innegable descontento popular se ha convertido en piedra angular de movimientos antisistema en diferentes ciudades del mundo: Hong Kong, Cataluña, Líbano, y en varias naciones del cono sur americano. Manifestaciones que semejan maremotos callejeros se han apoderado de las principales vías y ciudades  de Chile, Ecuador y Bolivia, alterando los preceptos cívicos y la seguridad de los ciudadanos. Esto dicho, sin olvidar el malestar generalizado frente a las “calañas” políticas argentinas y brasileiras: corruptas mafias gubernamentales que han conducido las economías según sus intereses personales  y partidistas por generaciones. El desenlace de estos abusos de poder son los múltiples actos subversivos que atentan contra el ordenamiento de la sociedad civil y las garantías institucionales.

¿Son estos multitudinarios brotes producto de hechos contingentes, al azar, o existe una raíz común que fundamenta el descontento popular alrededor del mundo? Sin más, un profuso enfado señalado por “algunos” como viles conductas sediciosas o  comportamientos antisociales de activistas agitadores de masas urbanas. Sin duda los son. Sin embargo, hay que rasgar un poco más a fondo y profundizar en las razones o causantes de esta ira multitudinaria.

Existe un malestar generalizado entre las poblaciones mundiales acerca del abuso de poder de algunos sectores privilegiados tanto en el ámbito público como privado. Pero, la mayor molestia o inconformidad radica en la inequidad y desigualdad entre esa franja acaudalada cada vez más reducida de la sociedad y una apabullante mayoría carente de las necesidades vitales básicas del ser humano, es decir, poblaciones que sobreviven en medio de toda clase de carencias e incluso miseria. En otras palabras, un descalabro social y político que afecta en última instancia a las poblaciones más frágiles y endebles: jóvenes con futuros sombríos, jefes de familia con escasas posibilidades de cubrir insuficiencias alimentarias, y personas de la tercera edad imposibilitadas a sufragar gastos personales con vergonzosas jubilaciones; especialmente, teniendo en cuenta los cuidados requeridos y las necesidades salubres de este grupo poblacional en edades avanzadas.

Todo esto ha producido un furia en la gente de a pie, en los hombres y mujeres “normales y corrientes”, hasta el hartazgo de arbitrariedades impuestas desde arriba. Compadrazgos que benefician a las argollas dirigentes sin importar las consecuencias vitales de los más necesitados a corto, mediano y mucho menos largo plazo. Hoy, las revueltas callejera en Chile y el vandalismo popular vivido en Hong Kong y Bolivia no son más que el resultado de políticas sesgadas, medidas ejecutadas de forma transversal para favorecer una vez más a los sectores prominentes del colectivo social.

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El ocaso de la razón

Carlos Rodríguez Nichols

La sociedad democrática hija de la Ilustración se construyó sobre la razón y no la emocionalidad o el sentimentalismo. Racionalidad que apela al fundamento de la verdad, la comprobación, el conocimiento científico y la reflexión como pilares del entendimiento. Así, el Renacimiento y los siglos posteriores se convirtieron en pozo del saber documentado. Valores como la honestidad y lealtad fueron los cimientos de la idiosincrasia de Oriente y Occidente, culturas en las que la rectitud fue piedra angular y elemento constitutivo del colectivo social en términos generales.

La modernidad proporcionó espacios de libertad insospechados en épocas anteriores, sin embargo también pulverizó reglas y normas de comportamiento interpersonales dando mayores márgenes a la individualidad, el egocentrismo y un narcisismo desenfrenado; es decir, idolatría al mercantilismo y al dinero duro y puro al precio que sea, irrespetando todo referente de autoridad. Autoridades que no solo se demarcaron sino que en muchos casos han sido cómplices de las conductas más insanas del ser humano.

Esto ha causado una descomposición social a gran escala en la que un importante número de políticos, ciudadanos, curas y delincuentes van por la libre actuando según sus más perturbados intereses. Es tal el irrespeto a los valores y normas establecidas que la humanidad se perfila hacia una vorágine colectiva,  desorden social en el que cada uno es dueño y señor de su propia vida escapando  por todo medio posible a la justicia, justicia que muchas veces es todo menos justa, diáfana o transparente.

Por eso, la necesidad de populistas y “demagogos pseudo-religiosos” de recurrir a la emocionalidad. Emocionalidad utilizada en gran medida por movimientos extremistas de izquierda y derecha para exacerbar la falacia, el mito y la intuición de la mayoría; es decir, de los menos ilustrados o escasamente favorecidos a nivel intelectual. Un retroceso al guion narrativo, a la ficción, la inventiva de utopías de grandiosidad incongruentes con todo pensamiento racional fundamentado en la veracidad de los hechos.

Ahora parece no importar el engaño o tergiversación de  la realidad, después de todo siempre hay corruptos ansiosos de poder que se vender al mejor postor. Así, los transgresores de la ley salvan su paupérrima integridad, saliendo muchas veces ilesos de comportamientos mafiosos o negocios al margen de la legaidad. La trama se basa en manipular las variantes de tal manera que no se encuentre vestigios de irregularidad alguna.

Es vergonzoso como miles de curas acusados de las más viles y perversas acciones se esconden bajo la potestad de la Iglesia para huir del castigo de la ley. De igual forma, mandatarios y funcionarios públicos intentan escapar al yugo de la justicia amparándose en el poder de su dinero comprando supuestos verdugos. Resultan degradantes las recientes artimañas llevadas a cabo por la Casa Blanca para proteger al presidente, señalado desde diferentes flancos como auténtico corruptor de la verdad. Sin embargo, debido a su carente refinamiento intelectual él se enreda en sus propias incongruencias, en una falacia compulsiva marcada por constantes contradicciones. No solo actúa inadecuadamente según los preceptos constitucionales sino que repetidamente obstruye la justicia para evitar males mayores contra su persona o los de la organización familiar que tras bambalinas aún dirige.

Es tal la desfachatez que en repetidas ocasiones se ha prestado a seguir las directrices marcadas por sus rivales políticos con tal de abonar su terreno a futuro. En otras palabras, es un “ganso” de Vladimir Putin y la argolla de oligarcas moscovitas cada vez más fuertes a nivel geopolítico y económico. Maniobran al mandatario estadounidense a cambio de ocultar irregularidades de su pasado o en el mejor de los casos favorecer sus millonarias inversiones inmobiliarias a mediano y largo plazo. Los rusos no son los únicos que lucran con el aval o la mirada ciega del Despacho Oval.

Los príncipes saudíes son tan cercanos al presidente norteamericano que la Casa Blanca de forma repetida ha negado los nexos financieros de Arabia Saudí con grupos extremistas, así como la autoría intelectual de la familia real saudí en el macabro descuartizamiento de un periodista, corresponsal, conocido por sus álgidas críticas a las políticas del principado petrolero a nivel internacional. Irregularidades de la actual Administración de Washington, pasadas por alto o escusadas por sus fervientes seguidores.

Aún hay un importante sector de la población que apoya a este suerte de filibusteros políticos. En el ámbito internacional, Cristina Kirchner será relegida vicepresidenta de Argentina después de haber usurpado una  colosal fortuna de las arcas estatales durante la risible “década ganada kirchnerista”. Indistintamente de los discursos políticos, todos estos populistas e inmorales religiosos tienen algo en común: venden una ficción, una narrativa construida a la medida de un importante fragmento de la sociedad incapaz de ir más allá del irracional guion novelado. Tristemente, son viles mercaderes de irrealidades, de  sueños de grandiosidad imposibles de alcanzar. En otras palabras, vendedores de falsas promesas para embaucar a los más sencillos de pensamiento, a ese grueso de la población carente de las herramientas necesarias para construir análisis realistas basados en datos comprobados. Esos son los que alimentan a estas organizaciones religiosas que rallan en el fundamentalismo de políticos corruptos y  movimientos extremistas.

No es nada nuevo, esto ha existido a lo largo de la historia. Vulgos que apoyaron a retorcidas personalidades políticas hasta en el ocaso de sus lechos mortales o escondites subterráneos: Nerón, los Borja, Hitler, Castro y Maduro son algunos de los miles de desalmados que han destruido a sus pueblos. Hoy, ¡a estos vulgares y apasionados prosélitos los llaman las bases partidistas!

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La religión

Carlos Rodríguez Nichols

Las religiones han existido a lo largo de culturas y civilizaciones, indistintamente del origen o procedencia de los pueblos: sedentarios, nómadas y bárbaros hasta los sujetos de la era tecnológica. Es la necesidad de relegarse a una fuerza superior, un Todo Poderoso en el que se busca las herramientas emocionales para medianamente comprender el misterio de la vida, la muerte, el ser desde su primer instante de gestación hasta el último suspiro de vida. Interrogantes sin respuesta que los individuos, de una forma u otra, se han planteado desde su hábitat más primitivo hasta en el mega mundo de la nano tecnología. Quizás, la necesidad de intuir si solo se trata de un cuerpo pensante y digestivo o la existencia de una energía que trasciende lo físico, el espacio y el tiempo.

Por eso, es respetable como algunos seres humanos han construido una relegación con poderes monoteístas o incluso deidades representantes de fuerzas naturales. En otras palabras, una manera de representar-se en lo intangible, metafísico e incorpóreo por medio de conceptos que al menos se asemejen, en alguna medida, a nuestra idiosincrasia y realidad humana, humanísima. Ya decía Max Scheler el filosofo alemán: “la naturaleza es el alma visible, y el alma es la naturaleza invisible”. Es decir, ante esta inmensidad de desconocimiento no queda más que acercarse desde lo más puro y oriundo del ser humano. Entender que en cada mantra, oración o plegaría hay un sentimiento que al menos intenta abordar estos misterios de enorme magnitud. Creencia que sostiene a millones de seres en situaciones azarosas, pérdidas invaluables o circunstancias de gran sufrimiento.

Sin embargo, es incomprensible como seres supuestamente espirituales desvalorizan esta supuesta experiencia mística rebajándola a lo más vulgar, instintivo, animal e indecoroso del ser humano: la política. Política no en cuanto congregación de ciudadanos pensantes a favor del bien común, sino la politiquería enfangada de mentiras, codicia y lo más vil de hombres y mujeres. Ese deseo incontrolable de riqueza, poder y protagonismo muy lejos de conceptos como alma, naturaleza y pureza. Desafortunadamente, esta descomposición conceptual  entre política y religión no es nada nuevo!

La política y la religión están tan ligadas que difícilmente se pueden destrincar por más laico que el Estado pretenda ser. Por una razón: ambas se necesitan la una a ala otra para dogmatizar a la inmensa mayoría: el vulgo. Incluso algunos, más allá de su capacidad racional e intelectual, son presa de mitos y leyendas milenarias, de supuestos milagros que en algunos casos tienen más de profano que de santidad; en fin, fábulas que se han construido por siglos y milenios con el único fin de calmar la irracionalidad y la incultura de las multitudes. Es decir, la religión con sus ficciones, fantasía y supersticiones alimentan las mentes más básicas, menos competentes a la reflexión y en el peor de los casos carentes de toda profundidad de pensamiento.

En contraposición a los fundamentos religiosos, la filosofía fue considerada desde la Antigüedad fuente de conocimiento de sabios y eruditos. Por eso, durante siglos la educación se circunscribió a un sector determinado negando el derecho de instrucción y desarrollo reflexivo a las clases populares; digresiones o lucubraciones  que se limitaban exclusivamente a un reducido segmento de “escogidos” provenientes de las esferas más cultas.

Resulta paradójico que en la actual sociedad moderna un cúmulo de ciudadanos alrededor del mundo apoyen las insensateces de mandatarios que valiéndose del Nombre de Dios y con el apoyo de grupos ultraconservadores  enardecen las mentes y corazones de los electorados más incultos. No les importa arder los bosques amazónicos, considerados pulmón de la humanidad, con tal de complacer la codicia de ganaderos y agricultores, “autores intelectuales” de la victoria del actual presidente brasileño Jair Bolsonaro: mandatario de corte neofascista aliado a los sectores más poderosos de la estructura gubernamental brasileira: la agricultura, los militares y la Iglesia evangélica. Según sus decires: ¡“los bueyes, las balas y la biblia”!

Este chabacano “slogan de campaña” ha sido esgrimido con rigurosidad sin interesar los daños colaterales ni las consecuencias climáticas a escala mundial; crisis que no solo desdeñan sino que menoscaban con entusiasta ironía. En otras palabras, ordinarios palurdos que cuantifican con mayor rigor sus propias ganancias materiales que el bienestar de los pueblos. Aún más, de la estirpe humana.

Sin duda, para este sector ultranacionalista no existe el menor respeto por la naturaleza y mucho menos tributo alguno por las sabias palabras del filósofo alemán mencionado anteriormente: “la naturaleza es el alma visible, y el alma es la naturaleza invisible”. (Max Scheler).

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La era de la diversidad

Carlos Rodríguez Nichols

En las últimas décadas, las sociedades occidentales han evolucionado de forma cuantitativa legitimando espacios a minorías socialmente descalificadas por siglos y milenios. Ante esta realidad, es plausible la lucha de algunos segmentos de la sociedad en aras de igualdad derechos de los ciudadanos indistintamente del color de la piel, credo religioso o preferencia sexual. En otras palabras, se ha librado una guerra frente al absolutismo de rancios “patriarcas sociales” y ortodoxas arbitrariedades de los pueblos. ¡Lucha que se debe seguir llevando a cabo de forma paulatina y equilibrada!

Los verdaderos avances y evoluciones sociales no se realizan arremetiendo radicalmente de un polo a otro. Tampoco, transitando de un extremo conservador a blancos antagónicos, algunas veces igual de extremistas, que amenazan la estabilidad de considerables segmentos sociales arraigados a reglas y normas tradicionales: creencias religiosas milenarias y principios de urbanidad que datan de siglos de vigencia, es decir estructuras con virtudes e indudables erratas  que han definido el comportamiento de hombres y mujeres a lo largo de la historia.

La transformación social se debe construir sobre cimentos racionales. Esto  exige dejar atrás emocionalidades, conductas y manifestaciones carnavalescas que rallan en lo prosaico, vulgar y circense. Actitudes que en lugar de integrar a las minorías más bien crean muros y abruptos rechazos de los sectores conservadores de la sociedad. En todo caso, se trata de reforzar el lugar de los sectores minoritarios en el colectivo social y no provocar respuestas de repudio.

La única manera de conseguir una revolución sociocultural sólida y respetable es por medio de fundamentos político ideológicos edificados sobre cimientos sensatos que integren de forma racional a los diversos grupos del colectivo.  Construcción social que debe llevarse a cabo con respeto a los otros. En otros términos, buscar un lugar de igualdad de derechos sin menoscabar principios y costumbres que satisfacen al grueso de los pueblos. Si no es así, lo único que se logrará es el contundente rechazo de la mayoría y una respuesta radicalmente opuesta a lo esperado.

No es casualidad el resurgimiento de ultranacionalistas y el despertar de la ultraderecha en Europa y en algunos países del continente americano, naciones del primer mundo que se inclinan por líderes reaccionarios y políticas fascistoides que se creían enterradas en genocidios de décadas pasadas. Hoy, el mundo es testigo de políticas masivas anti inmigratorias, violencias étnicas y supremacía racial como sucedía en los albores y gran parte  del siglo veinte.  Por eso, es importante mirar de forma objetiva las razones del renacimiento de estos movimientos ultra conservadores en franca oposición al desfase comportamental de algunas minorías: conductas altisonantes que en lugar de abrir canales de aceptación más bien han incrementado sentimientos de odio y repulsión de considerables sectores sociales.

Una vez más, es importante superar las llamativas y escandalosas manifestaciones y construir espacios racionales que merezcan el respeto y tolerancia de los diferentes segmentos de la sociedad, comportamientos que contribuyan a la merecedora igualdad de derechos de miles y millones de personas discriminadas por su raza, orientación sexual o credo religioso. No es desde la vulgaridad o el exceso comportamental que se ganan las batallas sociales. Se requiere ir un paso más allá de las callejeras festividades cabareteras, el divertimento o “la pura gozadera”, y construir movimientos intelectualmente más sólidos que legitimen los derechos de las minorías, principalmente si estos grupos aspiran al reconocimiento social en sus diferentes acepciones: uniones matrimoniales entre personas del mismo sexo, adopción infantil, y espacios laborales y gubernamentales en igual medida al resto de los ciudadanos.

Vivir en sociedad exige la coordinación de esfuerzos individuales para construir un mundo de destinos compartidos. Sin embargo, intentar absolutizar los principios individuales sin considerar al grueso de la población puede transformarse en un vil atropello a los fundamentos y bienestar del colectivo.

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Grietas sociopolíticas

Existen profundas grietas sociales producto de violentas confrontaciones entre segmentos antagónicos. Ya no se trata de ideologías marxistas o economías de libre mercado, sino, “ultraderechistas” y “progresistas” luchando por imponer sus agendas sin importar las consecuencias de sus empecinadas posturas. Líderes que se valen de una serie de marañas para movilizar a su antojo a masas de inconformes sin medir las implicaciones a mediano plazo ni mucho menos a futuro.

Por un lado, los gobiernos conservadores favorecen principalmente a las clases privilegiadas y al sector empresarial apadrinados por la banca y redes financieras a nivel global. Políticas que apuestan por ventajas individuales antes que el bienestar colectivo. Por otro lado el ala más progresista del electorado, compuesta en gran medida por socialistas e ideólogos de izquierda con un discurso proclive a los menos favorecidos también ha caído en desafortunados comportamientos. A pesar de las innegables reformas laborales y los beneficios en salud, vivienda y educación llevados a cabo durante el último siglo, los sectores de izquierda igualmente han incurrido en descarados abusos de poder y codiciosos deseos materialistas contrarios a los valores y posturas de sus fundadores teóricos. No hay que ir muy lejos en la historia. Las fortunas de los hermanos Castro, el clan Chaves-Maduro, los Kirchner y sus colegas bolivarianos son de dimensiones incalculables: una vergüenza que pone en entredicho la veracidad de sus postulados, supuestos, que sus rancios opositores conservadores consideran una “falacia de resentidos trasnochados”.

Por eso, unos y otros son responsable de la existente fractura social que cada día se profundiza con mayor obstinación. Brecha que va más allá de diferencias socioeconómicas y sus efectos colaterales; más bien, una irracionalidad que fragmenta la sociedad según el color de la piel, el credo religioso o identificación de género. Sorprende que en la actual era tecnológica existan viscerales movimientos de reaccionarios en franca oposición a cambios y transformaciones sociales. Aún más, es paradójico que se inviertan billonarias sumas de dinero en investigaciones científicas y viajes espaciales cuando gran parte de la humanidad sigue aferrada a mitos y creencias milenarias, divisiones étnicas y comportamientos absolutamente incompatibles con el desarrollo de  inteligencias robotizadas.

Sin duda, los populistas alrededor del mundo son los principales cuasantes de profundizar la grieta sociopolítica. Políticos, tanto de izquierda y derecha, en estrecha relación con medios de comunicación afines a su línea de pensamiento, fomentan sus intereses partidistas polarizando la sociedad entre mis amigos y los “otros” enemigos. En otras palabras, actúan de manera permisiva ante los vicios y erratas de los propios seguidores pero son feroces perros fiscales frente a todo adversario que intente oponerse a su ideología y agenda política.

Ya no se trata del gobernante de una nación, sino un complejo engranaje de actores con importantes cuotas de poder a escala global que actúan en beneficio de determinados segmentos de la sociedad. En décadas pasadas, estos grupos de poder se circunscribían principalmente a una o dos potencias mundiales y a sus satélites económicos. En la actualidad existen ocho naciones nucleares que compiten en la carrera armamentista, económica y geopolítica. Cada una de estos potentados atómicos, con sus respectivos tentáculos multinacionales y compadrazgos silenciosos, rivalizan el espinoso entretejido internacional. Pero eso no es todo.

Paralelamente a los poderes del Estado, hoy coexisten mafias terroristas y organizaciones clandestinas que luchan por un trozo del pastel económico y político planetario. Vale mencionar grupúsculos extremistas responsables de atentados, secuestros, trasiego de armas, personas y sustancias psicoactivas. En otras palabras, un abanico de poderíos que no se limita exclusivamente a Estados Unidos o la extinta Unión Soviética como sucedía en los años posteriores a las Grandes Guerras y en buena parte del siglo veinte. La ecuación cambió por más que unos cuantos testarudos apuesten por la grandiosidad exclusiva de una sola nación. Ante esta innegable coyuntura social,  es signo de miopía aferrarse a políticas y modelos económicos que fueron vigentes en décadas anteriores. Los sujetos y las  economías  no tienen carácter estático ni permanente, por lo tanto, es un error insistir en implementar axiomas que funcionaron en el pasado frente a poblacionales específicas, conflictos humanitarios determinados, o medidas ajenas a la actual y amenazante crisis climática; situaciones, en algunos casos, radicalmente disímiles a las exigencias contemporáneas.

Ahora más que nunca se requiere unir a los diversos grupos que constituyen el colectivo social, indistintamente de sus rasgos culturales, creencias y orientaciones personales. Enjuiciando al diferente lo único que se logra es una sociedad fragmentada en la que el odio, el rencor y la envidia contaminan la humanidad de forma patológica. En un momento histórico de tal fragilidad sociopolítica y la alarmante capacidad de destrucción masiva de los pueblos, es indispensable reducir los niveles de agresión de ambos sectores antagónicos, sino las sociedades serán de nuevo testigos de masacres y genocidios que se pensaban desarticulados en el presente. Desafortunadamente, hoy los grupos extremistas están más fuerte y organizados que en el pasado dado que las tóxicas multitudes reaccionarias cuentan con tecnología que anteriormente era inaccesible a estas violentas poblaciones.

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El renacimiento de la ultraderecha

Carlos Rodríguez Nichols

La crisis financiera del 2008 causó un descalabro económico y social en las clases medias, pequeños empresarios y consecuentemente en el sector obrero. En otras palabras, este caos financiero perjudicó la estructura social de forma vertical trastocando de forma directa la población en términos generales. Los partidos tradicionales también se vieron afectados por las pérdida de credibilidad en las filas del electorado, descomposición que hizo tambalear la estructura bipartidista existente durante décadas en la mayoría de las naciones occidentales.

El grueso de la población se hartó de promesas incumplidas, de los partidos de centro derecha y las social democracias enraizadas en el poder. Es decir, jóvenes enojados ante un futuro incierto así como pensionistas que a duras penas llegan a fin de mes con ajustadas jubilaciones. Desde una perspectiva estrictamente económica, el electorado no soporta más el abuso de poder, la corrupción y deslealtad tanto de los partidos conservadores como de corte izquierdista:  desvergonzado asalto a las arcas estatales frente a las carencias de un importantes segmentos de la población. Sin más, Brasil, Argentina, España y México son claros ejemplos de una decadencia de valores que se extrapola a los ciudadanos. Podredumbre de los políticos ahondado a una pérdida de principios éticos y morales que permea la sociedad de forma transversal. Es decir, decadencia de gobernantes, banqueros y abogados ramificada a los diferentes estratos sociales envueltos en tráficos, extorsiones y negociaciones al margen de la ley.

Este menoscabo a las instituciones en última instancia favoreció a populistas de ultraderecha que astutamente supieron acoger a un electorado decepcionado y en algunos casos al borde de la escasez: demagogos nacionalistas en franca oposición a las elites tradicionales y al sistema financiero de la actual era globalizada. En otras palabras, gobiernos conformados por sectores ultraconservadores con una verborrea populista marcada por líneas de pensamientos extremistas con un fuerte poder de convocatoria a multitudes indignadas e inconformes.

Estas masas proclives a la ultraderecha son en su gran mayoría sujetos reaccionarios a cambios socioculturales: diversidad, inclusión social, colectivos a favor del matrimonio igualitario, feminismo, el aborto, igualdad racial y las múltiples identidades que coexisten en sociedades liberales. Grueso del electorado resistente a las políticas migratorias, al ascenso de clases “subalternas o de segunda categoría” así como a grupos minoritarios hasta hace poco carentes de voz social. Es decir, rancios a cambios que amenacen el status quo del cual se benefician, al punto de rechazar de forma visceral aquellos movimientos vanguardistas de sociedades abiertas. Cambios socioculturales que para algunos ralla en el libertinaje y lo perverso y violentan los cimientos de la familia tradicional, los intereses de las clases privilegiadas y su entramado social en términos generales.

En occidente, la Iglesia Católica ha ocupado un lugar preponderante en la educación así como en la “formación moral” de los ciudadanos. Por eso, la estrecha relación entre religión y los gobiernos de derecha, indistintamente sean democráticos moderados o  regímenes de facto radicales. Dictaduras de extrema derecha cercanas a los sectores más ortodoxos de la Iglesia Católica, cada uno haciendo-se la “mirada ciega” ante los abusos de poder y el doble discurso del socio silencioso.

En la actualidad, hay un poderoso andamiaje entre movimientos evangélicos y los gobiernos de ultra derecha. Ambas instituciones comparten la repolitización de sus entidades de acuerdo al naciente extremismo político de corte nacionalista a escala internacional. Movimientos, aunque populistas, son financiados por grupos industriales y empresariales interesados mayormente en los intereses de las clases favorecidas que en el bienestar colectivo. Para este sector de la sociedad, la pobreza y las diferencias sociales no solo son inevitables sino necesarias para el sistema capitalista. Según sus adversarios ideológicos, el capitalismo fomenta la desigualdad porque ¡“sin esclavos, no hay amo”!

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