La era de la diversidad

Carlos Rodríguez Nichols

En las últimas décadas, las sociedades occidentales han evolucionado de forma cuantitativa legitimando espacios a minorías socialmente descalificadas por siglos y milenios. Ante esta realidad, es plausible la lucha de algunos segmentos de la sociedad en aras de igualdad derechos de los ciudadanos indistintamente del color de la piel, credo religioso o preferencia sexual. En otras palabras, se ha librado una guerra frente al absolutismo de rancios “patriarcas sociales” y ortodoxas arbitrariedades de los pueblos. ¡Lucha que se debe seguir llevando a cabo de forma paulatina y equilibrada!

Los verdaderos avances y evoluciones sociales no se realizan arremetiendo radicalmente de un polo a otro. Tampoco, transitando de un extremo conservador a blancos antagónicos, algunas veces igual de extremistas, que amenazan la estabilidad de considerables segmentos sociales arraigados a reglas y normas tradicionales: creencias religiosas milenarias y principios de urbanidad que datan de siglos de vigencia, es decir estructuras con virtudes e indudables erratas  que han definido el comportamiento de hombres y mujeres a lo largo de la historia.

La transformación social se debe construir sobre cimentos racionales. Esto  exige dejar atrás emocionalidades, conductas y manifestaciones carnavalescas que rallan en lo prosaico, vulgar y circense. Actitudes que en lugar de integrar a las minorías más bien crean muros y abruptos rechazos de los sectores conservadores de la sociedad. En todo caso, se trata de reforzar el lugar de los sectores minoritarios en el colectivo social y no provocar respuestas de repudio.

La única manera de conseguir una revolución sociocultural sólida y respetable es por medio de fundamentos político ideológicos edificados sobre cimientos sensatos que integren de forma racional a los diversos grupos del colectivo.  Construcción social que debe llevarse a cabo con respeto a los otros. En otros términos, buscar un lugar de igualdad de derechos sin menoscabar principios y costumbres que satisfacen al grueso de los pueblos. Si no es así, lo único que se logrará es el contundente rechazo de la mayoría y una respuesta radicalmente opuesta a lo esperado.

No es casualidad el resurgimiento de ultranacionalistas y el despertar de la ultraderecha en Europa y en algunos países del continente americano, naciones del primer mundo que se inclinan por líderes reaccionarios y políticas fascistoides que se creían enterradas en genocidios de décadas pasadas. Hoy, el mundo es testigo de políticas masivas anti inmigratorias, violencias étnicas y supremacía racial como sucedía en los albores y gran parte  del siglo veinte.  Por eso, es importante mirar de forma objetiva las razones del renacimiento de estos movimientos ultra conservadores en franca oposición al desfase comportamental de algunas minorías: conductas altisonantes que en lugar de abrir canales de aceptación más bien han incrementado sentimientos de odio y repulsión de considerables sectores sociales.

Una vez más, es importante superar las llamativas y escandalosas manifestaciones y construir espacios racionales que merezcan el respeto y tolerancia de los diferentes segmentos de la sociedad, comportamientos que contribuyan a la merecedora igualdad de derechos de miles y millones de personas discriminadas por su raza, orientación sexual o credo religioso. No es desde la vulgaridad o el exceso comportamental que se ganan las batallas sociales. Se requiere ir un paso más allá de las callejeras festividades cabareteras, el divertimento o “la pura gozadera”, y construir movimientos intelectualmente más sólidos que legitimen los derechos de las minorías, principalmente si estos grupos aspiran al reconocimiento social en sus diferentes acepciones: uniones matrimoniales entre personas del mismo sexo, adopción infantil, y espacios laborales y gubernamentales en igual medida al resto de los ciudadanos.

Vivir en sociedad exige la coordinación de esfuerzos individuales para construir un mundo de destinos compartidos. Sin embargo, intentar absolutizar los principios individuales sin considerar al grueso de la población puede transformarse en un vil atropello a los fundamentos y bienestar del colectivo.

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Grietas sociopolíticas

Existen profundas grietas sociales producto de violentas confrontaciones entre segmentos antagónicos. Ya no se trata de ideologías marxistas o economías de libre mercado, sino, “ultraderechistas” y “progresistas” luchando por imponer sus agendas sin importar las consecuencias de sus empecinadas posturas. Líderes que se valen de una serie de marañas para movilizar a su antojo a masas de inconformes sin medir las implicaciones a mediano plazo ni mucho menos a futuro.

Por un lado, los gobiernos conservadores favorecen principalmente a las clases privilegiadas y al sector empresarial apadrinados por la banca y redes financieras a nivel global. Políticas que apuestan por ventajas individuales antes que el bienestar colectivo. Por otro lado el ala más progresista del electorado, compuesta en gran medida por socialistas e ideólogos de izquierda con un discurso proclive a los menos favorecidos también ha caído en desafortunados comportamientos. A pesar de las innegables reformas laborales y los beneficios en salud, vivienda y educación llevados a cabo durante el último siglo, los sectores de izquierda igualmente han incurrido en descarados abusos de poder y codiciosos deseos materialistas contrarios a los valores y posturas de sus fundadores teóricos. No hay que ir muy lejos en la historia. Las fortunas de los hermanos Castro, el clan Chaves-Maduro, los Kirchner y sus colegas bolivarianos son de dimensiones incalculables: una vergüenza que pone en entredicho la veracidad de sus postulados, supuestos, que sus rancios opositores conservadores consideran una “falacia de resentidos trasnochados”.

Por eso, unos y otros son responsable de la existente fractura social que cada día se profundiza con mayor obstinación. Brecha que va más allá de diferencias socioeconómicas y sus efectos colaterales; más bien, una irracionalidad que fragmenta la sociedad según el color de la piel, el credo religioso o identificación de género. Sorprende que en la actual era tecnológica existan viscerales movimientos de reaccionarios en franca oposición a cambios y transformaciones sociales. Aún más, es paradójico que se inviertan billonarias sumas de dinero en investigaciones científicas y viajes espaciales cuando gran parte de la humanidad sigue aferrada a mitos y creencias milenarias, divisiones étnicas y comportamientos absolutamente incompatibles con el desarrollo de  inteligencias robotizadas.

Sin duda, los populistas alrededor del mundo son los principales cuasantes de profundizar la grieta sociopolítica. Políticos, tanto de izquierda y derecha, en estrecha relación con medios de comunicación afines a su línea de pensamiento, fomentan sus intereses partidistas polarizando la sociedad entre mis amigos y los “otros” enemigos. En otras palabras, actúan de manera permisiva ante los vicios y erratas de los propios seguidores pero son feroces perros fiscales frente a todo adversario que intente oponerse a su ideología y agenda política.

Ya no se trata del gobernante de una nación, sino un complejo engranaje de actores con importantes cuotas de poder a escala global que actúan en beneficio de determinados segmentos de la sociedad. En décadas pasadas, estos grupos de poder se circunscribían principalmente a una o dos potencias mundiales y a sus satélites económicos. En la actualidad existen ocho naciones nucleares que compiten en la carrera armamentista, económica y geopolítica. Cada una de estos potentados atómicos, con sus respectivos tentáculos multinacionales y compadrazgos silenciosos, rivalizan el espinoso entretejido internacional. Pero eso no es todo.

Paralelamente a los poderes del Estado, hoy coexisten mafias terroristas y organizaciones clandestinas que luchan por un trozo del pastel económico y político planetario. Vale mencionar grupúsculos extremistas responsables de atentados, secuestros, trasiego de armas, personas y sustancias psicoactivas. En otras palabras, un abanico de poderíos que no se limita exclusivamente a Estados Unidos o la extinta Unión Soviética como sucedía en los años posteriores a las Grandes Guerras y en buena parte del siglo veinte. La ecuación cambió por más que unos cuantos testarudos apuesten por la grandiosidad exclusiva de una sola nación. Ante esta innegable coyuntura social,  es signo de miopía aferrarse a políticas y modelos económicos que fueron vigentes en décadas anteriores. Los sujetos y las  economías  no tienen carácter estático ni permanente, por lo tanto, es un error insistir en implementar axiomas que funcionaron en el pasado frente a poblacionales específicas, conflictos humanitarios determinados, o medidas ajenas a la actual y amenazante crisis climática; situaciones, en algunos casos, radicalmente disímiles a las exigencias contemporáneas.

Ahora más que nunca se requiere unir a los diversos grupos que constituyen el colectivo social, indistintamente de sus rasgos culturales, creencias y orientaciones personales. Enjuiciando al diferente lo único que se logra es una sociedad fragmentada en la que el odio, el rencor y la envidia contaminan la humanidad de forma patológica. En un momento histórico de tal fragilidad sociopolítica y la alarmante capacidad de destrucción masiva de los pueblos, es indispensable reducir los niveles de agresión de ambos sectores antagónicos, sino las sociedades serán de nuevo testigos de masacres y genocidios que se pensaban desarticulados en el presente. Desafortunadamente, hoy los grupos extremistas están más fuerte y organizados que en el pasado dado que las tóxicas multitudes reaccionarias cuentan con tecnología que anteriormente era inaccesible a estas violentas poblaciones.

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El renacimiento de la ultraderecha

Carlos Rodríguez Nichols

La crisis financiera del 2008 causó un descalabro económico y social en las clases medias, pequeños empresarios y consecuentemente en el sector obrero. En otras palabras, este caos financiero perjudicó la estructura social de forma vertical trastocando de forma directa la población en términos generales. Los partidos tradicionales también se vieron afectados por las pérdida de credibilidad en las filas del electorado, descomposición que hizo tambalear la estructura bipartidista existente durante décadas en la mayoría de las naciones occidentales.

El grueso de la población se hartó de promesas incumplidas, de los partidos de centro derecha y las social democracias enraizadas en el poder. Es decir, jóvenes enojados ante un futuro incierto así como pensionistas que a duras penas llegan a fin de mes con ajustadas jubilaciones. Desde una perspectiva estrictamente económica, el electorado no soporta más el abuso de poder, la corrupción y deslealtad tanto de los partidos conservadores como de corte izquierdista:  desvergonzado asalto a las arcas estatales frente a las carencias de un importantes segmentos de la población. Sin más, Brasil, Argentina, España y México son claros ejemplos de una decadencia de valores que se extrapola a los ciudadanos. Podredumbre de los políticos ahondado a una pérdida de principios éticos y morales que permea la sociedad de forma transversal. Es decir, decadencia de gobernantes, banqueros y abogados ramificada a los diferentes estratos sociales envueltos en tráficos, extorsiones y negociaciones al margen de la ley.

Este menoscabo a las instituciones en última instancia favoreció a populistas de ultraderecha que astutamente supieron acoger a un electorado decepcionado y en algunos casos al borde de la escasez: demagogos nacionalistas en franca oposición a las elites tradicionales y al sistema financiero de la actual era globalizada. En otras palabras, gobiernos conformados por sectores ultraconservadores con una verborrea populista marcada por líneas de pensamientos extremistas con un fuerte poder de convocatoria a multitudes indignadas e inconformes.

Estas masas proclives a la ultraderecha son en su gran mayoría sujetos reaccionarios a cambios socioculturales: diversidad, inclusión social, colectivos a favor del matrimonio igualitario, feminismo, el aborto, igualdad racial y las múltiples identidades que coexisten en sociedades liberales. Grueso del electorado resistente a las políticas migratorias, al ascenso de clases “subalternas o de segunda categoría” así como a grupos minoritarios hasta hace poco carentes de voz social. Es decir, rancios a cambios que amenacen el status quo del cual se benefician, al punto de rechazar de forma visceral aquellos movimientos vanguardistas de sociedades abiertas. Cambios socioculturales que para algunos ralla en el libertinaje y lo perverso y violentan los cimientos de la familia tradicional, los intereses de las clases privilegiadas y su entramado social en términos generales.

En occidente, la Iglesia Católica ha ocupado un lugar preponderante en la educación así como en la “formación moral” de los ciudadanos. Por eso, la estrecha relación entre religión y los gobiernos de derecha, indistintamente sean democráticos moderados o  regímenes de facto radicales. Dictaduras de extrema derecha cercanas a los sectores más ortodoxos de la Iglesia Católica, cada uno haciendo-se la “mirada ciega” ante los abusos de poder y el doble discurso del socio silencioso.

En la actualidad, hay un poderoso andamiaje entre movimientos evangélicos y los gobiernos de ultra derecha. Ambas instituciones comparten la repolitización de sus entidades de acuerdo al naciente extremismo político de corte nacionalista a escala internacional. Movimientos, aunque populistas, son financiados por grupos industriales y empresariales interesados mayormente en los intereses de las clases favorecidas que en el bienestar colectivo. Para este sector de la sociedad, la pobreza y las diferencias sociales no solo son inevitables sino necesarias para el sistema capitalista. Según sus adversarios ideológicos, el capitalismo fomenta la desigualdad porque ¡“sin esclavos, no hay amo”!

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Showtime…

Carlos Rodríguez Nichols

El “show” del supuesto mejor presidente de la historia de Estados Unidos está llegando a su fin. Sus virulentas amenazas de fuego y furia se transformaron en “beautiful letters” a su acérrimo enemigo norcoreano, el emergente potentado atómico con alarmante alcance nuclear y suficiente sarcasmo para burlar al actual inquilino de la Casa Blanca, a la prensa, y a la opinión pública a nivel global. Irresponsablemente, el hombre más poderoso del mundo continúa haciendo sus habituales payasadas circenses mientras las potencias rivales se asientan con mayor fuerza en la arena política internacional.

China está detrás de Corea del Norte en categoría de potencia regional y mentor del joven dictador coreano. Nada se hace sin el aval del jefe de Estado asiático en estrecha relación con el Kremlin y los ayatolas iraníes. Por eso, una invasión a Teherán no se limita exclusivamente a destronar al régimen iraní y sus más cercanos colaboradores, sino, en todo caso, atentaría contra los intereses económicos y militares de Pekín y Moscú en el Golfo Pérsico. Esto confirma que Estados Unidos no puede tutelar el planeta como lo hizo en el pasado, por más que el inepto y descalificado Comandante en Jefe pretenda lo contrario.

El “America Fisrt” sirvió como slogan electoral para cautivar a incultos y potentados codiciosos en una ficción nacionalista carente de la estructura necesaria para sostenerse en la actual era globalizada. La dicotomía imperialista ya no existe; es decir, el mundo polarizado entre el capitalismo occidental liderado por Estados Unidos y el marxismo leninismo de la entonces Unión Soviética quedó relegado a las décadas de Guerra Fría. Por más que los sectores conservadores ultraderechistas y sus obtusos seguidores insistan en la primacía estadounidense como única potencia, el mundo es orquestado por ocho naciones nucleares que conforman el equilibrio de poder mundial.  Por eso, pretender la grandiosidad de décadas anteriores no es más que una engañosa fórmula para negar la realidad multilateral del presente. En otras palabras, verdades infundadas que sirven únicamente para alimentar chovinismos y reminiscencias del pasado con inconsistencias discursivas. Un sinfín de contradicciones que conlleva graves repercusiones a escala internacional, si bien, disparates que a la postre desacreditan los principios éticos de la primera potencia.

Está demás enumerar los pactos en los que Washington ha perdido el liderazgo que se espera de la nación más poderosa. En otras palabras, la vaticinada “America First” más bien se debilita ante los ojos del mundo, principalmente frente a estrategas geopolíticos que rivalizan el planeta a nivel global. Estados Unidos en tanto líder mundial no es más fuerte que años atrás. Al contrario. En la actualidad cuenta con el menosprecio de un considerable sector de la comunidad de naciones, incluso de sus más fieles aliados, debido en gran parte al comportamiento y las constantes erratas de la actual Administración. Esto, sumado al desprestigio de los servicios de inteligencia estadounidenses descalificados hasta la saciedad por el mismo presidente en función; quizás, uno de los mayores desaciertos del egocéntrico mandatario. Su desbordante ego sobrepasa toda racionalidad y normas diplomáticas, oh sea, una personalidad concéntrica  enardecida por el esplendor de ¡cámaras, luces, acción!

Es hora de poner fin a este burdo show político que pone en peligro el equilibrio mundial. El mundo necesita ser dirigido por mentes capaces de conciliar los múltiples actores políticos en lugar de disociar fuerzas existentes. Polarizando la comunidad de naciones entre amigos y enemigos, “los míos y los otros”, lo único que logra es una constante batalla de poderes.

Hoy el mundo necesita líderes competentes aptos para integrar los diferentes sectores del colectivo social: integración transversal sin distinción de color de piel, credo religioso, género o preferencias sexuales. Se requiere mayor fusión de culturas y no disgregación de los sujetos que las conforman, si no, la violencia se adueñará cada vez más de organizaciones que siguen mandatos de fanáticos y extremistas.

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La doble moral

Carlos Rodríguez Nichols

La gran mayoría “desatiende” las malas acciones de personas socialmente reconocidas que actúan de forma contraria a lo que predican. Personas que faltan a la verdad y a los principios religiosos que firmemente defienden, es decir, comportamientos incongruentes con sus propios dichos. Claro ejemplo es la dualidad discursiva de las instituciones religiosas.

Fervientes alabadores de santidades que hacen caso omiso del abuso sexual de algunos referentes eclesiásticos: curas y obispos que por activa o por pasiva actúan en calidad de protagonistas o cómplices silenciosos de estas atrocidades sexuales. Por un lado, abogan por la familia tradicional y la fidelidad marital en franca oposición al divorcio y a medidas profilácticas para evitar descendencias no deseadas. Por otro lado, cometen la mayor infamia humana contra niños y adolescentes psíquica y físicamente incapaces de desoír el mandatado de estos supuestos representantes de Dios. Es tal el ultraje psíquico que obligan a los infantes a tener sexo con ellos en nombre del Padre.

Esta escoria debe de ser juzgada y sometida a los más estrictos mandatos de la Justicia, justicia estatal, si bien, las instituciones religiosas han demostrado absoluto encubrimiento a sus más cercanos militantes. Así cómo han callado el abuso y la perversión en sus propias filas vaticanas también han silenciado las millonarias sumas de dinero procedentes de entidades al margen de la ley, así como de personas cuestionadas ética y moralmente. No hay más que recordar el encubrimiento del Vaticano a movimientos nazis y fascistas durante la Segunda Guerra Mundial y el escándalo de la Banca Ambrosia en la década de los ochenta: desvergüenzas políticas y financieras en los que la Santa Iglesia Apostólica y Romana actuó “detrás de bambalinas”.

Los intramuros vaticanos esconden focos infecciosos desde siglos atrás, claro, ninguno ha tenido tanta exposición pública como los abusos a menores alrededor del mundo. Y no se trata de “fake news” o de información chatarra de las redes sociales, sino, verdades comprobadas que han costado a la Iglesia el descrédito y éxodo de millones de sus fieles, ahondado a astronómicas sumas de dinero retribuidas a víctimas de estos humillantes ultrajes. Según datos oficiales el 85% de los abusados son niños varones, dato que confirma la tendencia homosexual patológicamente reprimida en el Clero.

La Iglesia no puede seguir siendo el refugio de sexualidades malsanas vividas a puerta cerrada, sexualidad que en el púlpito se condena como el mayor de los pecados. Seres terrenales que se marginan de forma explícita del mundo carnal con el fin de ocultar tendencias no asumidas, es decir, naturalezas homosexuales constreñidas que consecuentemente brotan de manera perversa y enfermiza. La homosexualidad no es una desviación moral como insiste la Iglesia en condenar. Sin embargo, la perversión de algunos de los clérigos es sin duda una descomposición tanto del sujeto perverso como de la comunidad que lo encubre. A este punto cabe preguntarse si el hecho de esconder la sexualidad entre muros sagrados es una manera de huir de la mirada pública o si más bien los códigos y secretos vaticanos terminan de agravar el desequilibrio emocional y psíquico de muchos curas que ¡“pretenden” escapar del mundo carnal entregando su alma a Dios!

En todo caso, dualidades discursivas travestidos con púrpuras, joyas y ornamentos. Escenografía diametralmente opuesta al mensaje de honestidad, humildad, sencillez y santidad que según dicen las Escrituras caracterizaban a los próceres del movimiento cristiano. Esta algarabía de lujo y frenesí de poder dista del concepto universal de espiritualidad, riqueza interna, recogimiento, silencio, y transparencia. En otras palabras, una mentira generalizada que ha desvestido la podredumbre de algunos descendientes de San Pedro: contradicciones o más bien puntos nodales de la corrupción espiritual de muchos de los eclesiásticos, y de la congregación en tanto entidad religiosa.

Sin más, los valores materiales de la Iglesia no alcanzan para seguir sosteniendo este obsceno engaño. Falta a la verdad, no solo con el colectivo social y sus fieles seguidores, sino principalmente frente a Dios que según afirman: “todo lo Ve y todo lo Sabe”. Si es así, ¿qué pensará Dios de esta panda de bandidos, y de los atropellos cometidos contra los mandatos divinos, en el seno de la Iglesia ?

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Los políticos españoles

Pedro Sánchez resucitó de sus propias cenizas. Diez meses atrás era considerado el mayor epíteto del oportunismo y merecedor de los peores atributos según gran parte de la opinión pública. Menos de un año después gana las elecciones generales con amplia mayoría, duplicando en número de escaños a su rival más cercano. ¿Cómo en tan poco tiempo un político puede lograr semejante ventaja y posicionamiento?

Sin duda, los diez meses como jefe del gobierno le sirvió de anclaje para ganar respeto entre el electorado español y un cierto prestigio en el ámbito internacional. Hoy, los resultados favorables a nivel nacional y el aval de las principales figuras del club de naciones europeas confirman el liderazgo de Pedro Sánchez como Jefe de Estado y máximo representante del Partido Socialista Español, uno de los principales referentes del movimiento socialista europeo. Sin embargo, dos realidades situacionales jugaron a favor de Sánchez en la campaña electoral: el descrédito de la extrema izquierda y el auge de Vox, el partido ultraderechista andaluz.

En el bando de la izquierda, Pablo Iglesias sufrió un enorme descrédito como líder potenciando el desplome de aquel movimiento de indignados que surgió en el 2015 a raíz de la crisis financiera, la pérdida de puestos laborales y el “venido a menos” de muchos hogares españoles de clase media. Iglesias, el joven político formado en las filas intelectuales marxistas, capturó el voto de un importante número de seguidores en edades productivas que veían sus vidas fracturadas ante el desplome económico y los masivos recortes sociales, entre ellos salud y educación. Aquel iracundo revolucionario de aula universitaria, que con aire bolchevique leninista arqueaba malestar nauseabundo contra las clases privilegiadas, perdió el norte discursivo y el apoyo de sus fieles seguidores.

Cinco años más tarde compró una vivienda valorada en un millón de euros y transformó su insolente verborrea en una suerte de “ponderado y circunspecto monje budista”: estrategia electoral que ni él mismo se creyó. Un guion tan mal orquestado que hasta sus más cercanos colaboradores le dieron la espalda, al punto de sufrir una pérdida de más de un millón de votos y terminar ocupando el cuarto lugar como movimiento político.

El debilitamiento para no decir descalabró de la extrema izquierda favoreció al partido socialista como alternativa frente el despertar de una ultraderecha andaluza tutelada por los principales conexos del nuevo nacionalismo populista, es decir, neofascistas que han polarizado la arena política internacional. Sin más, Le Pen y Salvini en estrecha relación con el jefe de gobierno húngaro para mencionar algunos de los casos europeos más recientes.

Por otro lado, el mayor extravío de los partidos de centro derecha fue evidentemente perder el centro. El hecho de haber concurrido a una manifestación conjunta con la agrupación ultraderechista en contra del gobierno, si bien, en lugar de robustecer a la oposición más bien fortaleció al jefe de gobierno. Pedro Sánchez, de manera astuta diseñó la estrategia electoral fusionando a los partidos tradicionales con el ascendente movimiento de ultraderecha.  ¡Sacro desacierto de las derechas indistintamente de sus diferentes versiones! Claro, ahora ambas fuerzas conservadoras desconocen a la extrema derecha andaluza, como si apenas fuera “conocido de otro barrio” : una lucha de poder en que se juega el liderazgo de oposición al gobierno de Pedro Sánchez.

Es tal el nivel de torpeza que Albert Rivera sigue hostigando de forma obsesiva a diestra y siniestra; agresividad pasmosa que recuerda a “aquel líder de Podemos” cuando pretendía ser comunista, es decir, antes de probar las mieles del poder y devenir esta especie de sapiencia de claustro. Incluso hoy, un mes después de las elecciones, las derechas continúan atacándose en vez de acercarse discursivamente para vigorizar el centro político. En otras palabras, ¡un par de “pijos burgueses” que han perdido el tacto, el tino y el tono!

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Violencia social

Carlos Rodríguez Nichols

Sería apocalíptico pensar que la sociedad es violenta en términos generales. Sin embargo, el sector minoritario que actúa al margen de la ley atenta contra el orden y equilibrio de la mayoría. Descomposición social que no se limita exclusivamente a los hampones o estafadores callejeros, en todo caso, esos son los “maleantes visibles”. Más bien, hay que temer a aquellas turbias personalidades infiltradas en las jerarquías políticas, eclesiásticas y organizaciones extremistas. En otras palabras, figuras que se valen de su poder para extorsionan al colectivo según sus retorcidos principios. Personajes públicos en un mundo globalizado que aparte de innegables aportes también ha producido galopantes desigualdades y abruptas polarizaciones ideológicas en el electorado.

No hay más que escuchar la ferocidad de algunos jefes de gobierno esgrimiendo una serie de mentiras, o la mirada distraída de los “supuestos representantes de Dios en la tierra” frente a los escabrosos abusos sexuales cometidos por algunos de los púrpuras militantes. Aversión que intentan disfrazar con ángeles, deidades y santos para cubrir sus aberrantes conductas. Sus más cínicos defensores alegan que este desafortunado comportamiento es la mala formación espiritual de “unos cuantos”.

Sin ir muy lejos en la historia, el reciente homicidio del periodista árabe llevados cabo por altos funcionarios de la Embajada de Riad en Estambul. Una suerte de trituración humana a la usanza medieval orquestada por la casa Real saudí, los mismos que patrocinan a movimientos fanáticos religiosos involucrados con grupos islamistas en la región. Príncipes saudíes protegidos por el Comandante en Jefe estadounidense, especialmente, después de haberles vendido cien mil millones de dólares en armamento bélico para ser utilizado en la invasión a Yemen, el mayor genocidio de la historia contemporánea. Pero, la codicia mercantilista de algunos grupos de poder hace caso omiso a estos atroces crímenes en serie y, más aún, niegan la participación del principado saudí en calidad de actores intelectuales de las masacres. Sin más, los colegas, compadres y socios silenciosos de Washington.

Siguiendo en el campo internacional, qué más paradójico que las sanciones impuestas por Occidente al Kremlin por la “anexión” de Crimea al territorio ruso. Parece que las potencias imperialistas olvidan los abusos cometidos en sus colonias africanas hace menos de un siglo, la explotación de los británicos en Irán, y el adueñamiento de Estados Unidos en una parte de México, hoy el estado texano norteamericano. Claro, siempre se puede atribuir este “mal accionar” a comportamientos del pasado inadmisibles en tiempos modernos, actualmente, regidos por regulaciones internacionales. Derecho Internacional que se respeta o se veta según los intereses de los cinco países más poderosos del mundo: naciones que potencializan conflictos armados para afincar su poder en zonas determinadas o incluso para poner a prueba equipo castrense de última generación. Las invasiones a Irak, Afganistán y Libia son algunos ejemplos de esto dicho. En otras palabras, violaciones a la verdad que violentan al conjunto en su totalidad. Es decir, la violencia de unos pocos carcome al colectivo social produciendo sentimientos de odio, revanchismo y venganza.

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