La influencia de los medios de comunicación en la delincuencia

Los medios de comunicación tienen un impacto en las conductas de masas, capaz de modificar valores y percepciones de la realidad; al punto de generar conductas delictivas en un sector de la población. Algunas de las transmisiones televisivas, videojuegos, noticias rojas y películas de mentes homicidas generan conductas agresivas, violencia y acciones criminales, que pueden llegar a modificar aspectos cognitivos y afectivos. Es decir, existe una innegable influencia negativa de los medios de comunicación en las acciones delictivas de un nada desdeñable porcentaje de los espectadores.

“El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI 2012), señala que 93 de cada 100 hogares mexicanos cuentan con televisión. Las personas mayores de 12 años pasan en promedio trece horas a la semana frente al televisor. Otros datos indican que en promedio el mexicano pasa diariamente casi cinco horas frente al televisor”. (RAMOS, R.A. 2017)

Esto indica que la familia o grupo de crianza ha delegado gran parte del tiempo destinado a la socialización primaria a los medios de comunicaciones. Así, los niños se encuentran frente a la televisión, computadora o algún tipo de aparato electrónico durante una parte importante del día. Sin duda, las imágenes televisivas son parte de la construcción y desarrollo psíquico de niños y adolescentes; un daño con considerables consecuencias a futuro. Esto, no es monopolio de las clases acomodadas.  También sucede en grupos sociales menos privilegiados. 

La gente de bajos recursos económicos es presa del aparato mediático, principalmente de la televisión nacional, con programaciones cargadas de telenovelas, intrigas y violencia. La mayoría de estas series con contenidos socioeconómicos muy distantes a sus propias realidades, que generan sentimientos de ira, enojo, envidia  y odio. En otras palabras, una polarización de la sociedad entre los que gozan de privilegios y los “otros” que “miran” desde la barrera. 

Quizás por eso, las películas de narcotraficantes tienen tanta resonancia entre un público masivo carente de lujos y privilegios; evocan historias de capos, muchos de ellos provenientes de estratos muy bajos, que han alcanzado la cima, fama y opulencia por medio de violencia, trampas, armas y dinero sucio para sobornar figuras de poder. Es decir, se convierten en “respetados hombres de negocios” a nivel  nacional e incluso internacional. Ejemplo de esto dicho es la serie acerca de la vida de El Chapo.

Desafortunadamente, los medios de comunicación masivos transmiten un corpus informativo que no es necesariamente conocimiento cultural o intelectual; más bien, es una masificación de material cargado de aspectos negativos del ser humano: uso de armas, tráfico de drogas, agresión, violencia y engaños. Construyen una realidad proyectiva, un juego especular, en la que se es víctima o victimario, mártir o verdugo, y ganador al precio que sea o un desechable perdedor. El espectador escoge.

Referencias bibliográficas:

-GARCÍA, M.F, FIGUEROA, G, SAAVEDRA, D, Influencia de los medios de comunicación en la generación de conductas criminales, Universidad de Guadalajara, México.

–RAMOS, R.A. 2017, Medios de Comunicación y criminalidad en México, Revista Ciencia, volumen 68, número 4, México DF, México.

-URIOS, R., 2015, La influencia de los medios de comunicación en la construcción de realidad. El estereotipo del delincuente. Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina.

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Factores de riesgo en la agresión sexual

Carlos Rodríguez Nichols

La agresión y el abuso sexual son fenómenos nefastos que ocurren  en los diferentes estratos socioeconómicos, tanto en las esferas más bajas del escalón social como en los sectores más privilegiados. Claro, a mayor pobreza más hacinamiento, menos posibilidades de educación, más carencias de necesidades básicas y por ende mayor incidencia en actos delictivos. Aunque es imposible definir un perfil puntual o exacto de las personas que cometen delitos sexuales, sin embargo, se encuentran similitudes conductuales y rasgos de personalidad indistintamente del estrato social o nivel de educación del agresor o abusador sexual: individuos con altos niveles de violencia que proyectan su agresión en otra persona sin importar las cicatrices físicas o psicológicas en la víctima; en muchos casos, actos potenciados por la ingesta excesiva de alcoholes y otras sustancias psicoactivas.     

Desde una perspectiva psicosocial, existen factores de riesgo que incrementan  conductas sexuales desviadas en ciertos individuos. Entre estos elementos de riesgo vale mencionar las distorsiones cognitivas que el agresor utiliza para justificar la agresión o abuso sexual a otras personas, así como la carencia de empatía para reconocer el sufrimiento o daño causado a la víctima. 

El agresor se vale de sus “propios argumentos” para legitimar su conducta errada sin reconocer las consecuencias de sus actos en la persona agredida. Ejemplo de esto dicho, es el lugar que, según el agresor, ocupa la víctima en el colectivo social: “las mujeres son inferiores por tanto deben someterse a los deseos del hombre” o “ella es una provocadora que finalmente encontró lo que buscaba”. En ambos, casos, el agresor se posiciona en un lugar de superioridad frente a su presa sexual, a la que considera inferior física, psíquica o socialmente. 

Muchos sujetos que cometen actos de agresión o abuso sexual han sufrido experiencias físicas, psicológicas y sexuales traumáticas durante la niñez o adolescencia. En estos casos, la agresión hacia otra persona es una manera de canalizar su violencia, el rencor, ira o sentimientos de odio y venganza. Agresividad que de igual forma se puede atribuir a una baja autoestima, pobre autoimagen o carencia de las herramientas psicosociales necesarias para una interacción social adecuada. 

El abandono familiar así como el  rechazo afectivo o ausencia de referentes de autoridad, durante las etapas evolutivas del sujeto, pueden ser componentes de desequilibrios psíquicos y comportamientos desviados. En otras palabras, la suma de distorsiones cognitivas, ausencia de habilidades conductuales y trastornos emocionales son producto de desarrollos inadecuados en las etapas de formación; es decir, un desorden adaptativo que aumenta la posibilidad de comportamientos antisociales.

En muchos caos, progenitores incapaces de trasmitir normas o establecer límites entre los miembros del entorno familiar, donde se enseña al sujeto a comportarse según las reglas y normativas socioculturales al que pertenece. Si hay un déficit en la trasmisión de valores, reglas y límites intrafamiliares, sin duda, tendrá serias implicaciones en la vida adulta del individuo y en posibles conductas antisociales. Ahí, el papel relevante de la familia y la escuela en tanto formadores de individuos respetuosos de leyes y normas sociales. Asimismo, la importancia de estos controles sociales de observar comportamientos desviados de los niños a edades tempranas, con el objetivo de intervenir sobre aquellos factores de riesgo que podrían ser caldo de cultivo de futuras conductas de agresión o abuso sexual a otras personas. 

Se deben llevara a cabo programas preventivos que fortalezcan la autoestima, las habilidades sociales, el autocontrol emocional, capacidad de control de los impulsos y empatía hacia otros; enfatizando, ante todo, la necesidad de respetar  los derechos de otras personas indistintamente  del género, raza, preferencia sexual o edad. Esto dicho, con el fin de reducir las distorsiones cognitivas, conductas desviadas a futuro y la incapacidad de algunos sujetos de mitigar sus impulsos agresivos y violencia; en muchos casos, conductas potenciadas por la excesiva ingesta de alcohol y drogas. Este programa preventivo debe ser diseñado para una audiencia multisectorial: niños y adolescentes en formación, así como adultos y progenitores de diferentes sectores socioeconómicos.  

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Feminización y homosexualismo

Carlos Rodríguez Nichols

Las transformaciones socioculturales llevadas a cabo en las últimas décadas han reestructurado los roles del hombre, la mujer y de la familia tradicional, dando lugar a diferentes formas de agrupamientos filiares: mujeres jefas de hogar, monoparentales o del mismo sexo. En otras palabras, el núcleo familiar sufrió un cambio distributivo que alteró la potestad del hombre como padre autoritario, y el de la mujer como madre subordinada a la ley masculina. 

La gradual borradura del hombre macho-alfa, en contraposición al paulatino empoderamiento de la mujer, dio origen a la emancipación de éstas en el colectivo social:  se convirtieron en ciudadanas con voz y voto, aportando una nueva visión de lo femenino; no solamente de la feminidad sino también del feminismo como movimiento sociopolítico. Así, lo femenino permeó los diferentes estratos y géneros de la sociedad, transformando el imaginario del hombre-macho, incapaz de mostrar cualquier rasgo de sensibilidad, hacia una nueva versión de masculinidad: hombre culto y más refinado capaz de sentir emociones y expresar sus propias flaquezas personales. 

Las huellas de lo femenino no solo se plasmaron en los hombres y mujeres heterosexuales. También, a raíz de esta feminización social, se abrieron espacios a las poblaciones homosexuales, hasta entonces, denigradas al exilio social de forma inenarrable. El homosexual dejó de ser blanco de burlas y desprecio para ocupar un lugar de reconocimiento por sus talentos, principalmente en áreas intelectuales y artísticas. La figura del homosexual como escoria social evolucionó a la de ser humano poseedor del talente masculino y, al mismo tiempo, de la sensibilidad dícese femenina. Incluso, podría ser entendido como una suerte de tercer sexo que exige respeto, al igual que otras manifestaciones de la sexualidad humana. 

A este punto, cabe preguntarse si ¿la nueva visión de lo femenino y el actual rol de la mujer en la sociedad moderna tuvo repercusión en la expansión del homosexualismo de las últimas décadas; lo que los sectores más reaccionarios consideran la homosexualización de la sociedad contemporánea

Sin duda la caída del macho recalcitrante, dueño y señor del engranaje social, tuvo un fuerte impacto en el imaginario de masculinidad. Por otro lado, el reposicionamiento de la mujer tanto en el hogar como en la fuerza laboral, configuraron una nueva ruta a nivel antropológico y cultural; reestructuración social que incluye a la población homosexual.

El homosexualismo no es un patrón de conducta exclusivo de la sociedades post modernas. La homosexualidad ha existido a lo largo de la historia. No obstante, el hecho de tener más aceptación social ha permitido mayor libertad para expresar la propia identidad, la verdadera naturaleza en términos cualitativos. Identidad atravesada por una multiplicidad de factores: encadenamiento de variables biológicas, genéticas, hormonales y neuroquímicas a nivel prenatal, sumado a un contexto socio-familiar que facilitaría el desarrollo de las tendencias homosexuales. Sin duda, el entorno social es uno de los agentes facilitadores, pero no el elemento si ne qua non en la construcción homosexual. Si fuese así, entonces, la homosexualidad sería producto meramente de la influencia del contexto social o de situaciones externas al sujeto, y no de la distintiva naturaleza homosexual del individuo. 

Si se apuesta por la teoría neuropsicosocial del origen del homosexualismo, entonces, no habría cabida a la obtusa visión de homosexualización de la sociedad contemporánea, que tanto proclaman los grupos reaccionarios. Organizaciones políticas y eclesiásticas que radicalizan a sus adeptos con teorías que abogan únicamente por construcciones sociales del pasado, es decir, la estructura de familia tradicional.  

Difícilmente, las transformaciones sociológicas “involucionan” al pasado. En todo caso, habría que educar a las nuevas generaciones a aceptar la diversidad e igualdad de géneros. Algo que se esperaría de los hombres y mujeres del siglo 21 en pleno auge de la ciencia, investigación, tecnología y progresos cibernéticos: momento histórico en que impera la razón sobre el mito y la ficción, y la lógica racional supera a las fábulas milenarias, instituidas durante siglos de civilización.

La sociedad contemporánea no se ha homosexualizado como incitan y evangelizan extremistas y conservadores; en todo caso, ha vivido una modificación de los roles del hombre y la mujer, dando lugar al fortalecimiento de lo femenino y al declive del machismo en tanto imagen y autoridad social. Todo esto ha “facilitado” la convivencia de las minorías, y mayor respeto a las divergencias de pensamiento. 

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Psicópatas

Carlos Rodríguez Nichols

No todos los psicópatas son criminales o delincuentes. Hay unos cuya incidencia criminal no es parte de su perfil psicopático, lo que les permite interactuar dentro de los cánones sociales con mayor desenvolvimiento. Estos psicópatas subclínicos o integrados cumplen con los criterios de personalidad psicopática aunque no tengan antecedentes homicidas. Es decir, individuos ajenos al ámbito delictivo, con las herramientas necesarias para tener un estilo de vida socialmente “correcto”. 

No obstante, el comportamiento de los psicópatas integrados causa un severo impacto en las personas de su entorno íntimo o ámbito laboral. Los psicópatas en términos generales se caracterizan por conductas manipuladoras, que utilizan de forma brillante para alcanzar sus cometidos. No les importa las consecuencias de sus retorcidas estrategias, con tal de lograr sus propios intereses o apetencias personales. En muchos casos, intimidan a parejas, familiares y subalternos valiéndose de comentarios pasivo-agresivos o burdos maltratos psicológicos. 

Los individuos con rasgos psicopáticos de la personalidad difícilmente van a aceptar sus fallas o erratas cometidas. El “otro” siempre es el culpable. También, debido a su incapacidad de empatía no pueden interiorizar las emociones de terceros. Son incapaces de comprender el daño que causan a las personas, y carecen de las aptitudes necesarias para contener emocionalmente a otros. 

Sin embargo, cuando los psicópatas ven la posibilidad de un crecimiento personal o ascenso social, en ese caso, utilizan las herramientas más sutiles para acercarse, adular y hasta “medio enamorar” a la nueva presa: una constelación de falsas ilusiones y mentiras lo suficientemente creíbles para abonar sus aspiraciones. Claro, este teatro del absurdo funciona o al menos es más eficaz en personas con importantes carencias. Los psicópatas saben enredar a sus elegidas en macabras novelas de amor: las enamoran y luego las desprecian hasta hacerlas acabar en peligrosos vacíos existenciales. Por eso, a algunas de sus presas les es muy difícil romper de manera definitiva con estos sombríos personajes.   

En un principio, los psicópatas pondrán en acción su dominio discursivo: dicen las palabras justas en el momento adecuado para enganchar a “otros” en su ambiciosas metas. Les dicen lo que quieren escuchar y halagan, las pocas o muchas cualidades, hasta finalmente atraparlas en sus redes. Después, poco a poco, las empiezan a minar con toda clase de menosprecios; muchas veces, las llevan a auto desvalorizaciones personales, codependencia y, en casos extremos, anulación de la subjetividad. 

La distorsión conductual de los psicópatas es producto de su frialdad emocional, inseguridades sexuales y complejos de inferioridad social. Desequilibrios de la personalidad que intentan esconder con bravuconadas y altanerías. Debido a sus narcisismos patológicos, los psicópatas no aceptan un NO por respuesta ni tampoco el lugar de perdedores. 

El anhelo de fama y poder los captura a niveles irracionales. Por eso, la necesidad de controlar el tablero en todo momento: fichas o más bien peones que movilizan a su antojo, y tarde o temprano arrojan al olvido. Después de todo, ya vendrán otros que ocupen esos supuestos podios de privilegio.

Los psicópatas venden una imagen edulcorada de ellos mismos. Se presentan más inteligentes de lo que realmente son. Y, con esa pátina de refinamiento o savoir faire que los caracteriza, envuelven a algunas personas en su mundo de fantasías; ficciones que muchas veces rallan en comportamientos delirantes y conductas histriónicas. Tampoco, son tan ricos como aparentan ni tan íntegros como pretende ser. Si se les observa con mirada aguda, no son más que una farsa versión de lo real. Farsantes que van por la vida conquistando adeptos que alimenten su sed de poder y anhelo de estar. ¿Estar adónde? Quizás ellos mismos no lo saben. Al final, no tienen un lugar definido porque no pertenecen aquí ni allá. Por eso, la imposibilidad de estas retorcidas personalidades para formar sólidos lazos sociales y compromisos estables a largo plazo. 

Constantemente, transgreden las normas sociales y caminan a contrapelo de los códigos establecidos: comportamiento arrogante característico de los mundos bizarros que habitan, con el único fin de escandalizar a diestros y ambidiestros de su  propio entorno. Después de todo, en sus mentes obtusas, lo que otros digan de ellos no tiene cabida, lo importante es que hablen; bien o mal, pero que no dejen de hablar.

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El Harold de Salinger

Carlos Rodríguez Nichols

En la década de los años cincuenta, Estados Unidos vivía su mayor auge imperial como potencia capitalista. Prosperidad económica fruto del desarrollo industrial y científico en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Un éxito sin precedente que situó a la nación norteamericana en la cima de la investigación, la medicina, astronomía y primera fuerza militar del mundo. Hasta la fecha, Estados Unidos sigue ocupando posiciones de excelencia en centros universitarios, tecnología, artes y ciencia a escala global; progreso que se debe en gran medida al compromiso de los ciudadanos con el desarrollo del país. 

El estadounidense, indistintamente de su origen o clase social, se identifica con el poderío nacional y la posibilidad de un crecimiento personal, el “american dream” que todos ansían alcanzar. Aquellos que se han revelado a las reglas del juego pagaron con el rechazo o castigo social, especialmente hace setenta años cuando Salinger publicó el Guardián entre el centeno.

Harold, el personaje principal de la novela, personifica la voz antisistema. Se resiste a seguir los códigos de la época impuestos por figuras de autoridad: sus padres, el director y personal docente de la escuela, así como las normas éticas y morales dictadas por el colectivo social. Harold no solo irrespeta los código sociales, sino también encarna al perdedor, el “looser” en la estructura capitalista, el individuo equis que no ansía crecimiento personal ni tampoco representa un plus para la sociedad; dicho de otro modo, carece del valor agregado fruto de una sólida construcción subjetiva. Harold simboliza la otra cara del sistema, es decir, el lado oscuro de la cultura estadounidense. 

Ante la mirada pública, la nación norteamericana está construida sobre mandatos legales y religiosos fusionados en el núcleo familiar tradicional. Y, todo aquel que se revelara contra el status quo era considerado una amenaza al orden establecido, era señalado en categoría de anarquista, rojo o comunista; en otros términos, la escoria social que bracea contra corriente. 

Harold es un poco todo eso, es el vivo retrato de la anarquía y el nihilismo a nivel personal y ciudadano. Es clara demostración del vicio en contraposición a los valores de virtud, deber ser, honor y verdad. A su temprana edad, se escapa del colegio y de casa de sus padres, deambula por bares con prostitutas y profana creencias religiosas con un lenguaje soez. De todo ángulo que se mire, Harold es el semblante de la mediocridad, el revés del éxito o deseo de superación que se espera de los ciudadanos de la nación más poderosa del mundo. Nación donde no había espacio para desechos humanos que cabalgaran a contrapelo de las normativas sociales: prostitutas, homosexuales, alcohólicos, drogadictos y, ante todo, agitadores por activa o por pasiva de los cimientos del capitalismo. 

Hoy, esto dicho resuena a un conservadorismo anacrónico pero así estaban trazados los preceptos ideológicos de Estados Unidos durante buena parte del siglo veinte; especialmente en tiempos de la Guerra Fría, periodo en que los servicios secretor de inteligencia ejercían un control silencioso sobre los ciudadanos. Una vez más, cualquiera que mostrara signos antagónicos frente el orden social simbolizaba un peligro para la sociedad y, por lo tanto, considerado persona non grata. Aún más, era la antítesis de los valores patria. 

Si es así, ¿por qué la novela de Salinger causó tanta convulsión, al punto de haber sido material censurado por muchos años? Sin duda, el personaje de Harold representa al adolescentes temerario y al adulto inconforme con la organización social. Prueba de esto es la influencia que la novela ejerció sobre reconocidos asesinos de figuras públicas, entre ellos el autor homicida de John Lennon y el desequilibrado mental que intentó poner fin a la vida del presidente Ronald Reagan. En los dos casos, ambos insociables fueron fanáticos admiradores de la obra de Salinger. 

También, puede pensarse que Harold es la puesta en escena o, dicho en otros términos, la proyección de ciertos rasgos de personalidad antisocial del mismo Salinger; es decir, el alter ego del autor mediado por los significantes socioculturales materializados en la figura de Harold. Más allá de las particularidades de carácter o el comportamiento misántropo del autor, la obra de Salinger sigue siendo reconocida a nivel mundial. Reconocimiento, no tanto por su talente literario sino por el mensaje subliminal expresado de forma muy sutil; cualidad, que en última instancia, le da un innegable valor narrativo. Además, uno de los principales atributos de la novela es el abanico de interpretaciones que ofrece al lector.

El Guardián entre el centeno puede leerse como instrumento apológico a levantamientos de masas contra el imperialismo estadounidense, nación fabricante de hombres y mujeres masificados que sirven a un bien común: el capitalismo mundial. En otras palabras, todos los ciudadanos son moldeados bajo el mismo paradigma para servir a la misma causa. Por eso, los indeseados que se enfrentan al “establishment” son abortados por el sistema. En el mejor de los casos, terminan sus días auto-eliminados de la luz pública, como fue el final de Jerome David Salinger, autor de una de las novelas más polémicas del siglo veinte.  

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“El mejor presidente de la historia”

Carlos Rodríguez Nichols

Poco importa lo que el hombre fuerte de la “America First” diga o los errores que cometa, siempre ha sido y continúa siendo adulado por sus incondicionales seguidores. La mitad de la población estadounidense y sus “fans” alrededor del mundo comulgan con sus ideas, tosquedad y matonismo para gobernar. 

Se identifican con su comportamiento y forma de liderar la nación, al punto de compararlo con próceres de la estatura de Lincoln y Washington, y estadistas de la talla de Winston Churchill. Ante todo, alaban su capacidad para negociar y sus virtudes en el campo económico. En otras palabras, anteponen resultados económicos a los valores de honorabilidad, lealtad y dignidad; principios, que se esperarían del líder de la primera potencia mundial.  

A nivel internacional, la actual Administración rompió tratados comerciales con Asia y Europa, así como el acuerdo anti nuclear con Irán. Desacreditó la crisis climática y el Pacto de Paris y la labor de Naciones Unidas en las últimas siete décadas. Acusó de corrupta a la Organización Mundial de la Salud en medio del Covid-19 y se mofó de las recomendaciones sanitarias de reconocidos epidemiólogos. No obstante, Estados Unidos es el país con más contagios, hospitalizaciones y muertes por el Coronavirus, epidemia que ha causado ochenta veces más muertes que el atentado a las Torres Gemelas. 

Si la Casa Blanca no ha podido controlar y mucho menos combatir el “virus chino”, difícilmente podrá vencer al bloque nuclear-militar conformado por Beijín y Moscú, con el apoyo nuclear de los ayatolas iraníes y el dictador comunista norcoreano. Paradójicamente, mientras el supuesto “mejor presidente de la historia” se dedica a desacreditar las propias instituciones estadounidenses, las potencias nucleares se arman hasta los dientes con miras a una posible confrontación militar. En los últimos cuatro años China y Rusia han aumentado su presencia y poder global, y Corea del Norte e Irán han enriquecido exponencialmente su arsenal nuclear a espaldas de la inaptitud de la actual Administración estadounidense. 

A nivel ideológico ha polarizado a los estadounidenses entre amigos y enemigos, derechistas ultranacionalistas y socialistas liberales, empoderando a movimientos  neofascistas, conflictos interraciales y teorías de la conspiración alimentadas por organizaciones extremistas. En otros términos, ha sembrado ira y animadversión en sus incondicionales fanáticos; especialmente, los sectores rurales con una educación elemental incapaces de entender los principales ejes de geopolítica multilateral. 

Ahora más que nunca se requiere de políticas públicas congruentes con las necesidades de millones que viven en el umbral de la miseria, así como  soluciones diplomáticas a conflictos internacionales. La humanidad, conformada por más de siete mil millones de personas, exige madurez emocional de sus dirigentes: el matonismo y la tosquedad son anclajes populistas y axiomas políticos de gobernantes tercermundistas inaceptables en líderes de naciones nucleares. 

Los ciudadanos de la primera potencia se manifestaron de forma democrática el pasado 3 de noviembre. Sin duda, ganó la democracia. Ahora, el  futuro de los estadounidenses y la “estabilidad mundial” pende de la voz de una mayoría del electorado que rechaza a Trump como el “mejor presidente de la historia”. 

El presidente electo hereda una nación polarizada inmersa en un espiral de tormentas viscerales, esto, sumado a las consecuencias socioeconómicas de la pandemia del siglo. Epidemia que ha terminado de cavar la desigualdad de clases y los conflictos raciales ya existentes; es decir, ha profundizado la lucha de poder entre los supremacistas blancos y las poblaciones negras o minoritarias a favor de la igualdad de derechos. Pulso entre organizaciones extremistas como QAnon o los Proud Boys y, por otro lado, los seguidores del movimiento Black Lives Matter: dos caras de la misma moneda que rivalizan el escenario político-sociocultural estadounidense. El panorama a futuro es nubloso de todo ángulo que se mire; no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo entero.  

¡Buena suerte, Biden! 

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Delirio político

Carlos Rodríguez Nichols

Los actuales políticos populistas y sus acérrimos seguidores rozan el delirio,  “delirio compartido” donde unos y otros son copartícipes de este desquicio opuesto a toda lógica y pensamiento racional. Maquinaciones y tejemanejes en las que demagogos y aduladores construyen un corpus ideológico desconectado de la realidad. Es decir, fabrican una realidad paralela a la verdad, a postulados establecidos y certezas colectivas. En otras palabras, una ficción que se basa en guiones o narrativas ilusorias cargadas de imaginación en las que “tirios y troyanos” se cubren con el mismo manto de mentiras. 

Esta suerte de yunta electoral tiene más de compadrazgo oportunista que estrategia política. En otros términos, megalomanía con la que intentan tapar la demagogia populista y la complicidad de sus partidarios. No es nada nuevo, las políticas segregacionistas han existido a lo largo de la historia y aún son plausibles por bandos extremistas: comunistas trasnochados que perdieron el norte político y la venenosa ultraderecha a contra pelo de la ciencia y el bienestar social de las mayorías. Nacionalistas que alaban a cínicos dictadores propagadores de odio y venganza y por otro lado se persignan y encomiendan a los santos. En otras palabras, ¡“el que mata y reza, empata”! Nada más claro que la otrora relación político religiosa de Franco y Pinochet con el Opus, y actualmente Bolsonaro con la Iglesia Evangélica: control masivo de los pueblos por medio de autoridad, fuerza, pecado y culpa. Es decir, una farsa discursiva de todo ángulo que se mire.  

Delirios políticos dirigidos a espectadores que hacen oídos sordos, a públicos carentes de profundidad de pensamiento alimentados por la codicia e intereses de grupos de poder. Discursos adaptados a las necesidades de poblaciones rurales, clases medias urbanas y los sectores conservadores de la sociedad. Masas incapaces de cuestionar la veracidad de sus líderes ni tampoco capacidad de análisis para diferenciar fundamentos de falsos andamiajes. Rebaños humanos deslumbrados por oratorias hechas a la medida, guiones, en los que no importa el contenido que se diga, sino el impacto y eco de las palabras. No hay evidencia más clara de esto dicho que la deshonesta campaña electoral estadounidense.

El presidente de la primera potencia mundial pone en materia de duda la seguridad y eficacia de los servicios secretos, las entidades de inteligencia y el profesionalismo del sistema electoral. Durante cuatro años ha desacreditado la institucionalidad de Washington frente a potencias rivales. En lugar de haber construido un mejor sistema de correos durante su presidencia, se limitó a desvalorizar y denigrar la integridad del sistema norteamericano, acusando de fraudulentas las elecciones presidenciales y al partido opositor, como si se tratara de una contienda electoral en una republica bananera tercermundista.

Después de semejante pobreza de liderazgo, queda claro que China, Rusia e Irán están al tanto de las flaquezas internas de Estados Unidos: “tierra virgen” para un ataque cibernético y biológico, o, en el mejor de los escenarios la posibilidad de inmiscuirse en el “entredicho” aparato electoral a favor de uno u otro candidato. A todas luces, lamentable vergüenza de tan cuestionado personaje que, día a día, desacredita la política de Estado a los más bajos niveles de vulgaridad; conducta contraria a su investidura como el supuesto hombre más poderoso y respetado del mundo.   

¡Ahí, la diferencia entre vulgar populismo de espectáculo y la popularidad decorosa de un mandatario serio y responsable!    

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Crisis mundial

Carlos Rodríguez Nichols

Hoy el mundo vive una de las coyunturas más desesperanzadoras de la historia contemporánea. Desequilibrio que amenaza la salud física y mental a escala planetaria con consecuencias devastadoras principalmente en los sectores menos favorecidos de la sociedad. El Covid ha azotado a la humanidad produciendo una hecatombe económica y social a escala planetaria. 

Si las naciones más poderosas se han visto afectadas, claramente, las economías en vías de desarrollo están viviendo uno de los descalabros más contundentes del último siglo. En la mayoría de países latinoamericanos el grueso de las poblaciones no puede cubrir las necesidad básicas, y otra gran parte a duras penas llega a final de mes. Esta obscura realidad social que se remonta a décadas anteriores se ha magnificado en tiempos de pandemia. No hay más que mirar alrededor para entender las atrocidades causadas por esta epidemia; enfermedad que ha profundizado la miseria y desigualdad de clases. Es decir, la mayoría de la población mundial naufraga océanos de pobreza en un presente cada vez más pálido e incierto. 

Ante esto hay que preguntarse: ¿es el Covid-19 la causa o la consecuencia de la crisis socioeconómica que vive la humanidad? En el caso que la pandemia sea responsable de la actual debacle mundial, entonces, la vacuna sería la respuesta y solución óptima a un problema transitorio y circunstancial. Es más, si ninguna de las vacunas lograra inmunizar las poblaciones, sin duda la ciencia desarrollaría tratamientos paliativos para alargar la vida de pacientes infectados. 

Pero, y un gran pero, qué sucede si el Coronavirus es consecuencia de los excesos y desmesuras cometidas por el hombre en la última mitad del siglo pasado hasta la fecha. Si fuese así, Covid-19 es la nomenclatura, en sentido figurado, de un encadenamiento de desproporciones, exuberancias y opulencias de un reducido porcentaje de la población mundial tanto a nivel macro político como micro social. 

A escala macro política, los gobiernos de naciones poderosas fabrican armas nucleares y biológicas de destrucción masiva con el único fin de obtener potestad sobre potencias rivales. No importa cuántos mueren o quedan desvalidos, lo único que interesa es el imperioso sello de fuerza y poder sobre posiciones enemigas. 

A nivel micro social existe una pérdida de valores en términos generales, desde los estratos más bajos de la jerarquía hasta los sectores favorecidos con acceso a formación académica, centros educativos y salud de primer orden. En otras palabras, aquellos con la “supuesta responsabilidad” de conducir la sociedad con ejemplo de rectitud y honestidad. Desafortunadamente, en muchos casos no es así. 

El consumismo salvaje y el afán de ascender y pertenecer ha sumido a las minorías en una deplorable desproporción de codicia. Es decir, ha producido una crisis de integridad y desvalorización de los principios éticos y morales ejes de la construcción humana. Al punto que, con tal de salvar los propios intereses económicos, privilegios y favoritismos, muchos de ellos se hacen la vista ciega ante las artimañas de algunos vivarachos que ironizan las normas legales. Aún más, no imputan a los que infringen la ley valiéndose de toda clase de artificios para escabullir obligaciones fiscales. Estos, incluso son vistos como astutos trapecistas en este circo de falacias y mentiras. 

Todo este engaño colectivo ha producido una caída de referentes de autoridad y una desvalorización de los principios universales de honor, lealtad y verdad. Aquel anticuado mandato de limpiar el nombre propio, y actuar de acuerdo a los códigos y ordenanzas establecidos, quedó relegado al pasado. Ahora, los “sin-vergüenza” han llegado a tal extremo que los tránsfugas y delincuentes de cuello blanco hacen alarde de sus perversas destrezas para burlar el ordenamiento civil. Cómo dicen algunos: ¡“la vergüenza pasa, y la plata queda en casa…”!   

Por eso, la crisis mundial no se limita exclusivamente al Covid-19 o a la supuesta vacuna milagrosa pivote de la recuperación económica hacia la entredicha normalidad, al otrora capitalismo salvaje. El Coronavirus es el significante de una enfermedad socioeconómica y la putrefacción del orden establecido por las grandes potencias mundiales; es decir, un sistema económico que no alcanza a solventar la extrema miseria y la altos índices de pobreza que azotan al mundo. Ante todo, es el claro ejemplo de la pérdida de filtros o contenciones que intentan aquietar la bestia, esa animalidad encarcelada en el ser humano. Animalidad travestida de codicia, egocentrismo, decadencia y perversión. 

No se puede seguir haciendo caso omiso y perdonar las fechorías de corruptos gobernantes simplemente por favorecer los intereses económicos de una clase acomodada en un entorno de privilegios. Tampoco, permitir el doble discurso político de la corrupta izquierda o la retorcida extrema derecha involucradas en asociaciones ilícitas con grupos de poder y organizaciones silenciosas: capos de la mafia envueltos en  el lavado de millonarias sumas de dinero a través del tráfico de armas y estupefacientes. Ejemplo de esto es el compadrazgo de Maduro con los altos mandos del narcotráfico colombiano, estos últimos, ligados al mismo tiempo a la estructura política colombiana tradicional. Entonces, ¿es el Covid-19 solamente una virus que ataca el sistema respiratorio de ciertos grupos poblacionales o, más allá del deterioro orgánico, es la viva representación de la descomposición política y socioeconómica a escala mundial? 

Es importante que la ciencia avance en el desarrollo de tratamientos seguros y eficaces para combatir esta epidemia, enfermedad social que ha costado la vida de más de un millón de personas y ha afectado la condición física de una treintena de millones a lo largo y ancho del planeta en los últimos seis meses. Sin embargo, lo más importante es un reposicionamiento del hombre ante una sociedad que se destruye a sí misma, debido a la pérdida de valores y un ordenamiento integral como ser humano. Se requiere una verdadera toma de consciencia: una racionalización del pensamiento y un sólido replanteamiento de los valores universales. 

Si no hay un giro de tuerca hacia la reconstrucción de sociedades más sanas y equitativas, entonces, la humanidad seguirá siendo azotada por virus y pandemias, por epidemias que afectan de forma transversal las economías. Poblaciones donde la gran mayoría son testigo de escases y pobreza mientras las minorías viven inmersas en burbujas de excesos: una dicotomía entre muy pocos privilegiados y miles de millones al borde del hambre. En otras palabras, una umbrosa realidad de muchos cuya única salida es engrosar las filas de la delincuencia, el narcotráfico y toda clase de trueques sigilosos a la sombra de la ley.  

El aislamiento físico y social debido al Covid-19 debe servir como medio de interiorización para reflexionar acerca del futuro a nivel personal, solidario y planetario. Volver a los excesos materiales, la frivolidad social, la promiscuidad y decadencia del pasado sería seguir caminando en arenas movedizas, en ese lodo obscuro y profundo que tarde o temprano termina matando la mente, el cuerpo y lo poco que queda de espíritu.

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China y Rusia: artífices del espionaje internacional

Carlos Rodríguez Nichols

El fin de la guerra Fría dio paso al multilateralismo geopolítico a nivel mundial. Actualmente, los ocho Estados más poderosos del mundo invierten billonarias sumas de dinero en tecnologías y estrategias de espionaje que permiten inmiscuirse, interferir y manipular los escenarios políticos de naciones rivales. El internet se convirtió en el canal de conexión del ciberespionaje; es decir, un medio idóneo para espiar, controlar y beneficiarse de la vulnerabilidad de otras naciones. En fin, piraterías tecnológicas y comerciales que violan los principios básicos del Derecho en aras de determinados intereses políticos. En otros términos, poderosos aparatos de espionaje destinados a robar información militar, nuclear y documentos confidenciales. 

Esto ha dado lugar a nuevas tácticas de confrontación: las guerras cibernéticas. Ya no se trata de hombre en el frente o la conquista de vastos territorios; sino, obtener información secreta de otras potencias para ejercer dominio sobre los recursos naturales mundiales y el liderazgo tecnológico a escala global. Durante siglos, las potencias mundiales han utilizado el espionaje para beneficio propio irrespetando tanto la soberanía de estados enemigos como de supuestos aliados políticos. En la actual era cibernética, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación de masas han servido como maquinaria de influencia masiva; un feroz control social donde la realidad es “trastocada” según el receptor al que se dirige. En otras palabras, “verdades” que no son necesariamente infalibles pero comunican lo que ciertos sectores quieren escuchar, es decir, métodos de desinformación instrumentados para satisfacer la ira y hostigamiento de poblaciones específicas. 

China y Rusia son los paladines de estas maniobras propagandistas o estrategias mediáticas, cuya finalidad es desacreditar las democracias de Occidente. Esto, no significa que los chinos y rusos son más retorcidos o perversos que la casta política occidental, sino, en todo caso, son los artífices del espionaje internacional y las nuevas guerras cibernéticas. Ciberinteligencia actualmente liderada por el bloque nuclear-dictatorial conformado por Rusia y China, estratégicamente aliados con Irán y Corea del Norte. Cuatro estados autócratas que intentan debilitar la hegemonía de Estados Unidos como primera potencia mundial. 

Para ello, se valen de sofisticadas armas tecnológicas capaces de inmiscuirse en la inteligencia estatal, las instituciones gubernamentales y organizaciones financieras; interfiriendo, de esta forma, en las políticas internacionales de Washington. Una guerra cibernética en la que participan hackers altamente especializados en ciberinteligencia, teorías de la conspiración y estrategias destinadas a polarizar las sociedades. Lo que en décadas pasadas se limitaba a la instalación de virus informáticos con fines fraudulentos, actualmente se ha transformado en una compleja red de “delincuentes de la ingeniería” que amenazan la seguridad mundial de forma cada vez más devastadora. Organizaciones clandestinas que han sacado a la luz pública documentos confidenciales acerca de supuestas filtraciones y derrocamientos de políticos opuestos a los intereses de las potencias. Información secreta que si desvela de forma irresponsable puede causar serios daños a las relaciones internacionales y a la comunidad de naciones en términos generales.

Ejemplo de esto dicho es la innegable injerencia cibernética rusa en el cerebro del partido Demócrata durante las elecciones estadounidense del 2016. También, la participación del Kremlin en el referéndum del Reino Unido sobre de la salida de la Unión Europea, y el apoyo de Moscú a grupos extremistas en Francia, España, Italia y Venezuela, para mencionar algunos de los satélites que giran alrededor de las políticas y medidas económicas de Rusia y China. ¿Con qué fin? alterar la geopolítica mundial y el balance de poder de las grandes potencias occidentales a escala global.

Ante esto, cabe preguntarse si las próximas elecciones en Estados Unidos estarán intervenidas por la ciberinteligencia china-rusa con el único fin de mantener en la Casa Blanca al actual presidente: un inepto en estrategia política internacional, que en lugar de fortalecer a Estados Unidos como líder del mundo más bien a empoderado a Moscú y Pekín al podio de supremacías mundiales. Hoy, cuatro años más tarde, América está desgastada internacionalmente y el bloque constituido por China y Rusia con el apoyo estratégico de Irán y Corea del Norte avanzan con más fuerza, profundizando la impronta geopolítica de Pekín y Moscú a nivel global. 

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Batallas ideológicas

Carlos Rodríguez Nichols

El reciente asesinato del afroamericano a manos de tres déspotas policías blancos es uno de los miles de homicidios en las calles estadounidenses. La muerte de George Floyd no se limita solamente a un problema racial; en todo caso, es el detonante que rebalsó el enojo colectivo contra la barbarie de la autoridad ante la mirada ciega de los sectores privilegiados. En otras palabras, defenestró una manifestación social frente al abuso de poder de las élites políticas, ejes de un sistema que dicta ser igualitario y equitativo, pero, es todo menos imparcial y distributivo. 

Detrás del brutal asesinato de Floyd se esconden una serie de cabos sueltos, que se remontan a décadas y siglos de exclusión. Minorías relegadas a las “segundas filas” del aparato social, en su mayoría proscritas a los anillos marginales escenarios de delincuencia, narcotráfico y prostitución. Realidad social en que la pobreza al rojo vivo es el elemento resonante de ese mundo bizarro. Es decir, entornos en que las poblaciones desfavorecidas son víctimas y victimarios de la umbrosa escoria social. 

Las protestas a lo largo y ancho de Estados Unidos con repercusiones en el mundo entero, no fueron solo actos de duelo por la muerte de un desconocido. Son expresiones del descontento global frente a políticas de orden dictatorial en naciones supuestamente democráticas, aunque en muchas ocasiones  irrespetuosas de los fundamentos y pilares de la república

Este descontento  no se limitó exclusivamente a marchas de orden pacífico. Detrás de ellas habían grupos extremistas de izquierda y derecha, organizaciones antifascistas y grupos neonazis, milicias armadas encubiertas, anarquistas, mercenarios, y también saqueadores de bienes en tiempos de pandemia y altísimo índice de desempleo. Es decir,  movimientos antisistema orquestados por extremistas ideológicos sagazmente infiltrados entre los defensores de la equidad racial y derechos de las minorías. 

Minorías que a la fecha se rigen por cánones impuestos por los sectores dominantes; mayormente hombres blancos, cristianos, políticamente conservadores,  con el poder económico y social para legislar a favor de sus interese personales y las élites privilegiadas a las que pertenecen. Para estos, los “otros” son simplemente sujetos de inferior estatura social a los que consideran y tratan de forma discriminatoria. Aún en el presente, indígenas y negros en países tercermundistas son testigo de escabrosas condiciones semejantes a las que vivían esclavos en siglos pasados. Hoy, los excluidos sociales gozan de una “libertad” que les permite mayor movilidad aunque siempre encadenados a la miseria con escaso acceso a servicios de salud, educación, y, en casos extremos, posibilidad de cubrir las necesidades básicas. En otros términos desechos de la sociedad.

No es suficiente aceptar y confirmar el maltrato de las autoridades y grupos de poder contra las minorías. Se requiere un profundo cambio cultural que respete las diversas identidades y la igualdad de derechos sin distinción de credo, color de piel, preferencia sexual o posición social. Al fin, nadie vale más por tener ventajas socioeconómicas o pertenecer a los sectores de poder. 

Los hombres y mujeres, adolescentes y niños del futuro no pueden volver a presenciar la brutalidad vivida durante las últimas semanas en Estados Unidos, la primera potencia del mundo con la responsabilidad global que esto implica. Para lograr un cambio profundo se necesita, antes que nada, un crecimiento individual y un compromiso ciudadano frente al colectivo social; colectivo, dirigido por  líderes progresistas que apuesten por la vanguardia multicultural. 

Las culturas no son entes inertes. Son procesos humanos dinámicos que evolucionan según las transformaciones y el desarrollo. Por lo tanto, es responsabilidad de cada uno, desde su propia subjetividad, apostar por los derechos y respeto a las minorías; sectores, que deben gozar de las mismas oportunidades que los ciudadanos más favorecidos. Es la única forma de invalidar la exclusión social que vive gran parte de las poblaciones mundiales. Si no, el mundo se convertirá en un campo de batallas ideológicas sin el menor respeto por la vida.

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