El muro de los engaños

Carlos Rodríguez Nichols

Ante la masiva migración de centroamericanos a Estados Unidos, el gobierno estadounidense pretende invertir cerca de seis billones de dólares en la construcción de un colosal muro fronterizo para poner alto a las caravanas migratorias, tropeles humanos a los que tildan en forma generalizada de narcotraficantes y criminales. No obstante, la falta de educación y las escasas posibilidades de movilización social son las principales causas de estas indignas hordas migrantes en busca de algo mejor que sus paupérrimas miserias. Pueblos explotados durante décadas por dictaduras extremistas, muchas de ellas, auspiciadas por Washington. Sin embargo, si Estados Unidos y los gobiernos centroamericanos hubieran construido políticas públicas con una mirada “largoplacista”, ahora, el resultado sería radicalmente diferente.

Por otro lado, las redes de narcotráfico no son monopolio de las bandas al sur de  Estados Unidos. Existen en ambos lados de la frontera. Por eso, es imposible señalar de agresores de la ley exclusivamente a aquellos ubicados en países limítrofes con Estados Unidos. Los estadounidenses no son pobres víctimas embaucadas en el consumo de estupefacientes, sino, los mayores consumidores de psicotrópicos del mundo.

Los servicios de inteligencia regionales y extranjeros cuentan con información exhaustiva de los cultivos de plantas psicoactivas en tierras andinas, así como del procesamiento químico de cocaína en control de las insurgencias colombianas. También conocen las rutas utilizadas en el trasiego de drogas a través de países centroamericanos, los medios de transporte empleados y las diferentes puertas de entrada a Estados Unidos. En otras palabras, un laberinto de complicidades que abarca desde el campesinado amazónico hasta las más altas esferas estadounidenses.

En territorio estadounidense existen redes de receptores que distribuyen las sustancias a lo largo de Estados Unidos; distribución, que produce la mayor ganancia en la cadena mercantil. Se calcula que a Estados Unidos ingresa alrededor de mil  doscientas toneladas de cocaína al año, material que se infiltra por vías terrestres, aéreas, en lanchas de alta velocidad y naves subacuáticas que burlan todos los mecanismos de seguridad de la primera potencia mundial; es decir, frustran las fuerzas armadas, entidades antidrogas, información satelital, tecnología de primer orden e instituciones gubernamentales implicadas, por activa o por pasiva, en el negocio más lucrativo del mundo.

Capitales ilícitos que no quedan exclusivamente en manos de productores y distribuidores de drogas. Estas fortunas mueven mercados bursátiles e inmobiliarios y la economía en términos generales: una incalculable inyección de dinero que permea diferentes sectores del sistema capitalista. Más aún, el hecho de ser productos ilegales se transforman en frutos prohibidos, en mercancías cada vez más accesibles a trasgresores de la sociedad. En otros términos, los comportamientos infractores de un importante sector de la sociedad son explotados “magistralmente” por delincuentes que actúan al margen de la ley; antisociales, tanto sudamericanos como estadounidenses, implicados en este estratégico enjambre de corrupción.

Por eso, la supuesta crisis humanitaria potencializada por el masivo consumo de estupefacientes no se soluciona construyendo billonarias fortalezas de concreto. El gobierno estadounidense, en lugar de invertir casi seis mil millones de dólares en un fortín medieval, debería de erradicar las redes de distribución de drogas dentro del territorio norteamericano. En otras palabras, llevar a acabo una asepsia social que penetre en las mafias bursátiles e imperios inmobiliarios estadounidenses: los mayores beneficiados de la venta de sustancias ilegales a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Obviamente, es más fácil engañar al electorado con murallas de cemento armado que calar de lleno en la médula del billonario negocio de las drogas. Pudrición social que salpica al sistema financiero y a políticos de ambos partidos envueltos en esta vorágine de obscuras negociaciones.

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Las huellas de Putin

Carlos Rodríguez Nichols

Putin adquiere cada vez más fuerza. Poder que no se limita exclusivamente a Moscú y al Kremlin, sino que extiende sus tentáculos a Medio Oriente y Latinoamérica. Sin duda, la intervención en Siria marcó el inicio del expansionismo ruso: injerencia que posicionó a Rusia como potencia emergente entre los grandes potentados  mundiales.

En 2015, Vladimir Putin se convirtió en el estratega militar del dictador sirio. Al punto que Bashar al Assad tras casi ocho años de guerra conserva su autoritario régimen, recuperó el territorio en manos de grupos extremistas y consolida el reconocimiento entre las fichas políticas regionales: un triunfo para el autócrata sirio en estrecha relación con el binomio militar ruso-iraní. En otras palabras, una alianza que potencializa los intereses hegemónicos de Moscú y la carrera imperialista de lo ayatolas en la región.

Sin embargo, este éxito político y militar no se limita a las tierras del Éufrates. En la actualidad, Putin pone su mirada e inversiones millonarias en Venezuela, en el fracasado proyecto económico bolivariano que aún cuenta con las mayores reservas de crudo del mundo. Ante esto, el hombre fuerte de Rusia se convierte en mecenas de Nicolás Maduro a cambio de importantes cuotas de poder en la industria petrolera. En otros términos, Maduro le entrega a Moscú cruciales activos energéticos, campos petrolíferos y yacimientos de gas a cambio de un supuesto rescate económico y su sobrevivencia política.

También, Rusia apostó por el abastecimiento de armamento bélico ruso al gobierno dictatorial venezolano, una audaz maniobra política que asegura la territorialidad militar de Rusia en Latinoamérica. Ahora, las fuerzas armadas venezolanas están equipadas con armas, tanques y aviones rusos de primer orden; bastimento militar anteriormente suministrado por Estados Unidos y las potencias occidentales. De esta forma, Rusia marca su sello comercial, militar y geopolítico en la región. Porque, más que una coyuntura ideológica, es una fría y calculada intromisión en terreno americano, en el backyard estadounidense, el patio trasero ahora en franca desatención de Washington debido a los intereses de la primera potencia en otras zonas del mundo.

Paradójicamente, mientras Washington se distancia de su aliados amurallándose de los vecinos más cercanos, Rusia se inmiscuye en los lodos de culturas coetáneas, obviamente, con fines económicos y militares. No obstante, la estrategia rusa en Venezuela no se limita a prestamos y rescates sino más bien a posiciones significativas en la industria petrolífera. Así como sucedió en Siria, salvar al Estado venezolano de la bancarrota se paga con el control de activos energéticos y el acceso directo a las decisiones internas gubernamentales. En palabras del jefe de la diplomacia rusa:

“Rusia cooperará estrechamente con Venezuela, con su pueblo y sus autoridades legítimas y seguirá profundizando sus relaciones de socios estratégicos con Caracas. Continuaremos ayudando a Venezuela para que salga de la compleja situación económica en que se encuentra”.

Por eso, una intrusión militar de Estados Unidos en Venezuela no se limitaría a un conflicto entre las fuerzas armadas estadounidenses y venezolanas. Fácilmente se podría convertir en “otra Siria”, en el escenario de potencias regionales y extranjeras, principalmente de Rusia en su expansión geopolítica a escala mundial. Esto, sin olvidar las políticas expansionistas del gigante asiático; la complejidad diplomática entre los gobiernos de Caracas y Bogotá; el compadrazgo de las organizaciones narco militares en ambos lados de la frontera colombiana-venezolana; y las amenazas del recién electo presidente brasileiro: amenazas que no pasan de un retórico sofismo debido a la deteriorada situación económica que atraviesa la nación carioca. Es decir, el panorama económico  de Brasil no está para millonarias guerras en aras de salvaguardar discursos ideológicos extremistas.

Ante estas circunstancias, una posible intervención de Estados Unidos en Venezuela sería un error cardinal dado los intereses de las potencias emergentes en los campos petrolíferos venezolanos y en las reservas de crudo como telón de fondo. Por otro lado, el desgaste político del presidente Trump, el absoluto desconocimiento del Comandante en Jefe estadounidense en materia de guerra, y su incapacidad para escuchar a expertos y estrategas militares obstaculizarían una posible victoria de Washington en la región. Realidad diametralmente antagónica a la de Vladimir Putin: ex soldado con rango de teniente, espía, director de la KGB y Jefe del Kremlin por casi dos décadas. Adorado por muchos y detestado por otros, Putin es mundialmente reconocido como el gran estratega del siglo veintiuno.

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La salida de Estados Unidos de Siria

Carlos Rodríguez Nichols

Estados Unidos perdió las guerras en Irak y Afganistán hace más de una década. Sin embargo, la presencia de la primera potencia mundial es necesaria como fuerza de poder en una de las zonas más conflictivas del planeta.

La salida de Estados Unidos de Oriente Medio crea sin duda un vacío en la región, vacío militar y político explotado por Rusia y China como potencias emergentes. Influencia, que permite el empoderamiento de Moscú en el ámbito político internacional y el liderazgo del Kremlin en tanto protector del dictador sirio. También, fortalece la carrera imperialista de Teherán en una de las zonas más fructíferas en petróleo, gasoductos y minerales del mundo.

Ante este des-equilibrio de poder vale preguntarse las razones de Washington para retirar el apoyo tecnológico y castrense al conflicto sirio, especialmente, en este momento que Moscú y Pekín están colaborando mutuamente en materia económica y militar: una relación bilateral estratégica frente al orden proteccionista de Estados Unidos. En otras palabras, las medidas comerciales impuestas por la Administración de Washington a China, así como las  diferencias geopolíticas entre Estados Unidos y Rusia en torno a Irán, Ucrania y la guerra siria, han contribuido a apuntalar la estrecha cercanía entre el gigante asiático y el Kremlin.

En el ámbito internacional, Rusia y China comparten posiciones similares. Ambas naciones favorecen los tratados comerciales y el intercambio de tecnología, ciencia, inteligencia y seguridad: una cercanía política, económica y militar con proyección global. Y, aunque Rusia tiene un rol más agresivo que China en Oriente Medio, Pekín se beneficia de la cercanía comercial y diplomática con Teherán y los aliados de Moscú.

Por otro lado, China cuenta con una fuerza naval y aérea cada vez más sofisticadas al punto de desafiar militarmente a Estados Unidos. En otros términos, una modernización militar y restructuración de las fuerzas armadas que la convierten en un rival amenazante a pesar de la supremacía militar estadounidense.

Sin embargo, mientras Estados Unidos se involucró en billonarias invasiones infructuosas, China se proyectó hacia un mercado armamentista a nivel global. Es decir, Pekín incrementó considerablemente la venta de armamento bélico alrededor del mundo a precios más asequibles que la industria occidental transformándose en el quinto exportador mundial de armas. Coyuntura que no solo aumenta los ingresos económicos, sino, también, la influencia militar del gigante asiático en el mundo.

Es decir, las dos potencias emergentes han tratado de crecer ante el desgaste de Estados Unidos como primera potencia mundial. Por eso, mientras Washington desacredita acuerdos internacionales y rompe con sus más fieles aliados, Moscú y Pekín se afanan en construir puentes con naciones del primer mundo, y con aquellas regiones que en décadas pasadas giraban exclusivamente en la órbita de Washington. Claro ejemplo es el creciente posicionamiento de China y Rusia en África y Latinoamérica.

Ante esta realidad, la primera potencia mundial estadounidense no puede retirarse de conflictos en zonas de alta peligrosidad, ni de regiones en las que se pone en juego los intereses económicos y políticos globales. Por tanto, en cada paso que Estados Unidos da un lado se crea un vacío de poder: vacío del cual China y Rusia sacan máximo provecho en aras de sus propios intereses hegemónicos.

Sin duda, cada errata de Washington es observada de forma minuciosa  por las potencias rivales; fuerzas emergentes que constantemente miden las contradicciones dictadas en la Oficina Oval. Por eso, las recomendaciones de Estado deben de ser expuestas cuidadosamente por expertos en inteligencia militar y servicios de seguridad en alianza con las naciones de Occidente. Si no, Moscú y Pekín seguirán escalando posiciones en la arena política internacional.

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Decisiones basadas en falsas apreciaciones

Carlos Rodríguez Nichols

La historia es testigo de dictadores y jefes de gobierno que han proyectado sus desbalances personales en las políticas de Estado. Líderes que escalaron prestigiosas posiciones a pesar de inestabilidades personales, desequilibrios que pudieron capotear a lo largo de la vida. Sin embargo, los constantes desafíos gubernamentales y los altos niveles de estrés fácilmente se traducen en erradas apreciaciones y equívocas decisiones. Desbordes que se manifiestan en oscilaciones temperamentales y conductas impulsivas difícilmente inadvertidas ante la pericia del foco público: ¡esa mega lupa que mide hasta el más recóndito pliegue de la consciencia!

Claro ejemplo es la obstinada personalidad del mandatario estadounidense. El inquilino de la Casa Blanca insiste en imponer su obcecado criterio desoyendo las implicaciones de sus arbitrajes. Políticas implementadas muchas veces en función de sus bases electorales, esos millones de fervientes devotos que de manera constante retroalimentan su patológico ego. En su mayoría, fanáticos extremistas ávidos de medidas radicales contra aquellos  opuestos a sus rígidas estructuras de pensamiento.

Entre las erratas decretadas por el mandatario en los últimos dos años, vale mencionar el retiro de Estados Unidos del Tratado de Pacífico, el enfriamiento diplomático con los aliados europeos, el descrédito a la crisis climática y la insensata retirada de las tropas de Siria. Conflicto que, aunque Estados Unidos perdió hace diez años, aún exige la presencia de la primera potencia en Oriente Medio, zona extremadamente conflictiva considerada uno de los focos más virulentos del planeta. Esta determinación ejecutiva fue refutada por los grandes Generales del Pentágono, en especial por el Ministro de Defensa, James Mattis, quien renunció a su cargo al objetar de forma tajante las desvirtuadas políticas presidenciales.

Una vez más, los constantes “pasos en falso” de la Casa Blanca no solo desacreditan al mandatario sino debilitan la imagen de Estados Unidos como primera potencia mundial. La decisión presidencial de retirarse del conflicto sirio supone una importante pérdida de poder de Estados Unidos en la región y consecuencias negativas para el conflicto armado, si bien, la principal función de los efectivos estadounidenses es brindar apoyo tecnológico y servicio de inteligencia a fuerzas contrarias a organizaciones extremistas.

Sin duda, la salida de Washington de Damasco posibilita el empoderamiento de Moscú como mecenas del dictador sirio y socio militar de los ayatolas iraníes en la carrera armamentista de la región. Ante esto, cabe preguntarse qué hay de fondo en la determinación del presidente estadounidense de abandonar Siria y Afganistán dejando un vacío político y militar en Medio Oriente. Vacío del cual Putin sacará provecho extendiendo su red influencia a la escena mundial, escenario internacional  que Washington rivaliza con el gigante asiático y con una Rusia restablecida después de la derrota sufrida en la Guerra Fría.

En la actualidad, Estados Unidos, China y Rusia  conforman el triángulo de equilibrio de poder. Sin embargo, así como en décadas pasadas se gestó una alianza estratégica entre Estados Unidos y Pekín para contener el poder de la antigua Unión Soviética, en los últimos años, la dinámica de contrapesos se modificó dando lugar a un intercambio comercial y cooperación militar entre Pekín y Moscú. Transformación geopolítica en la que China y Rusia comparten un objetivo mutuo: limitar la hegemonía y el nacionalismo proteccionista de Washington en Asia, Medio Oriente y Europa.

En otras palabras, una relación estratégica para contrarrestar el orden mundial liderado por Estados Unidos por medio de políticas arbitrarias y amenazas punitivas como si el planeta girara exclusivamente alrededor de la órbita de Washington. No es así. Hoy el mundo se rige por una estructura multilateral conformada por ocho actores nucleares con capacidad militar de proyección global. Por lo tanto, ahora más que nunca, las políticas de la Oficina Oval deben de ser fundamentadas con datos ponderados por expertos, agencias de inteligencia y servicios de seguridad. Determinaciones que no pueden ser fruto de los desequilibrios presidenciales ni de la ignorancia del mandatario en política exterior.

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El desprestigio de los partidos políticos

Carlos Rodríguez Nichols

Actualmente existe un desencanto con los partidos políticos tradicionales, los gobernantes, y el sistema democrático en términos generales. La espiral de erratas de los partidos centristas ha causado una falta de credibilidad en gran parte de los ciudadanos: hombres y mujeres inconformes ante un futuro sombrío que se vislumbra poco esperanzador para las nuevas generaciones.

El falso discurso benefactor de los grupos de izquierda, así como el oportunismo altruista de las agrupaciones de derecha ya no calan en el grueso de la sociedad ni en los millones de asalariados que apenas llegan a final de mes. Ciudadanos indignados con la verborrea de gobernantes que no cumplen sus promesas a cambio de votos electorales. Esta falsa retórica ha producido un demérito de las clases políticas frente a las poblaciones menos favorecidas. Descrédito que se debe en gran medida a la corrupción de las élites políticas instaladas en posiciones estratégicas para escalar jerarquías de dominio. En otros términos, alianzas silenciosas entre las altas esferas gubernamentales y los grupos de poder, ambos, con insaciable sed de codicia: ¡el desenfrenado deseo de prestigio y dinero al parecer imposibles de aplacar!

Esta farsa política ha causado un desgaste del sistema democrático dando lugar a nuevos modelos ideológicos, principalmente movimientos populistas de corte nacionalista tanto de extrema izquierda como de ultra derecha. Claro ejemplo es la reciente victoria del actual presidente mexicano, después de décadas de gobiernos priistas envueltos en toda clase de espesuras al margen de la ley. Obscuras negociaciones que enriquecieron a un robusto sector del empresariado, la industria petrolera, supuestos abogados respetables y a directores del sistema bancario nacional.

Un enjambre de oportunistas en asociaciones ilícitas con el presidente de turno, los carteles del narco, y redes de la mafia insertadas en la médula del sistema político y financiero con el único fin de saquear las arcas del Estado: reducido fragmento de la sociedad que ha frenado el desarrollo social, potencializando la inseguridad y discrepancias entre los ciudadanos. En síntesis, políticos que por más de medio siglo engrosaron sus fortunas personales en lugar de invertir en ciencia y conocimiento, sistemas de salud, infraestructura y educación pública; ejes del crecimiento y el desarrollo humano que se esperaría de uno de los países latinoamericanos más prósperos en recursos naturales. Pero, la obtusa mirada de las autoridades ha impedido educar al pueblo de forma transversal imposibilitando las oportunidades de ascensos socioeconómicos. Sin duda, la desproporción económica entre los privilegiados y los millones que apenas subsisten en los márgenes de la pobreza es la principal causa de repudio a los partidos tradicionales.

La falta de credibilidad en los políticos ha facilitado el empoderamiento de partidos emergentes muchas veces liderados por “aprendices” con discursos políticamente incorrectos. Encantadores de serpientes lo suficientemente astutos para marear con falsas expectativas a los menos letrados, envolviendo en su mentira a un afluente fragmento del electorado. En otras palabras, la ausencia de alternativas afines a las necesidades de los ciudadanos hace que los votantes busquen otras opciones en outsiders de la política como sucedió en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses. El dominio de Trump del foco público hizo que la contienda electoral se convirtiera en un reality show, un espectáculo televisivo en que él actuaba como magnate, personaje farandulero y hasta payaso circense. Hoy, su borrascoso pasado le pasa cuantiosos importes al punto de encontrarse prácticamente noqueado contra las cuerdas, es decir, en la lupa del Poder Judicial, el fisco, los servicios de inteligencia y el FBI.

Al otro lado del Atlántico, los ciudadanos franceses decepcionados de los clanes de izquierda y derecha también votaron por un outsider de la política europea: Emmanuel Macron. Contrario a su homólogo estadounidense, éste cuenta con una espléndida formación académica, una refinada elocuencia y una exitosa carrera en la banca privada francesa. No es necesario hilar delgado para saber que el presidente francés representa los intereses de las élites y la alta burguesía francesa muy lejos de las carencias de los “chalecos amarillos”. Esos cientos y miles de manifestantes callejeros que claman el malestar de los ciudadanos ante las medidas gubernamentales y las fracciones políticas en general, partidos tradicionales en  franco desgaste después de lustros de excesos y corrupciones impunes.

La negligencia de las autoridades para combatir la escandalosa descomposición institucional ha servido de caldo de cultivo a agrupaciones extremistas, es decir, terreno fértil de movimientos fascistas que se pensaban circunscritos a décadas pasadas. Desafortunadamente, estos recalcitrantes gremios de exaltados fanáticos están más activos que nunca.

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Asediado por los cuatro costados

Carlos Rodríguez Nichols

El mandatario estadounidense menoscabó la institucionalidad de la primera potencia mundial haciendo caso omiso de los pilares del sistema democrático: entidades de inteligencia, seguridad y justicia a las que abiertamente desacreditó en campaña presidencial y en los años al frente de la Casa Blanca. Hoy, a la mitad de su mandato, empiezan a salir a la luz pública las componendas y engaños del entorno presidencial.

Un escenario político que vaticina una guerra sin cuartel. Un sálvese quien pueda, en el que no habrá consideración alguna por la figura presidencial. En otras palabras, un ataque de las instancias gubernamentales en aras de salvaguardar la verdad; la verdad, como “supuesta” piedra angular de la idiosincrasia  estadounidense.

El presidente, a los pocos días de asumir la presidencia le declaró su antipatía a la CIA, una de las entidades de inteligencia internacionales con mayor peso mundial. Hizo público las flaquezas de la institución y los errores cometidos en el pasado achacándole al servicio de inteligencia la derrota de Estados Unidos en Irak y Afganistán. Independiente de la veracidad de sus palabras, el presidente de la primera potencia mundial no puede enlodarse en una batalla frontal contra la entidad que le brinda información clasificada de los Estados aliados y de potencias rivales. Porque, al desprestigiar la inteligencia estadounidense de forma pública lo único que logra es deteriorar la potestad de Washington a nivel internacional.

También, le declaró la guerra al FBI una de las instituciones más respetadas por el pueblo norteamericano. Su mayor equivocación fue despedir a James Comey, director de la agencia de investigación, para encubrir sus obscuras andanzas con la mafia rusa y los jaques saudíes: oligarcas internacionales envueltos en contubernios al margen de la ley que utilizaron su millonaria organización neoyorkina para blanquear colosales fortunas antes y durante la campaña presidencial.

Ante este derroche de erratas y falacias, el entonces advenedizo mandatario no encontró mejor opción que poner en duda el sistema judicial de la nación que preside. Sistema que no se doblegó ante las amenazas y el desconocimiento del Jefe de Estado, sino que llevó el caso hasta las últimas consecuencias con tal de salvar la institucionalidad de uno de los ejes más valiosos del sistema democrático de Estados Unidos. En otros términos, este empresario cuestionado en connivencias y conspiraciones internacionales no es ejemplo de honestidad y transparencia para reconstruir el Poder Judicial estadounidense.

Por más que el péndulo de la economía corrió a su favor y la situación financiera estadounidense haya florecido notablemente en el último lustro, la historia lo recordará como un mentiroso compulsivo que ha intentado saltar toda clase de obstáculos en su vida empresarial y como presidente de la primer potencia del mundo. Pero, poco a poco su castillo de mentiras y confabulaciones se desploma una a una. El sistema judicial que tanto desacreditó es ahora responsable de acomodar las piezas de este puntilloso rompecabezas, sin más, un afinado ajedrez político que compromete a potencias rivales en “compadrazgos” financieros e institucionales y, principalmente, en la umbrosa trama cibernética que atenta contra la seguridad de Estados Unidos.

El hombre de los casinos, las mujeres de la noche y abogados mafiosos no podrá mantener por mucho más tiempo su turbio pasado encorazado en la investidura presidencial. Él mismo lo dijo: “Yo nunca pensé que iba a ganar”. Entonces, si es así, la carrera presidencial fue una plataforma para fortalecer su imagen empresarial entre los mega magnates que juegan en las grandes ligas internacionales. Una apuesta que empieza correr en su contra, y aún faltan testimonios concluyentes por salir a la luz pública. Información proveniente de esas entidades que tanto desprestigió sin el menor reparo. Cómo dicen popularmente: “la jarana, tarde o temprano, sale a la cara” !

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Siembra vientos y recogerás tormentas

Carlos Rodríguez Nichols

Andalucía vive un atraso económico y social producto en gran medida de las erróneas políticas de los socialistas afincados en el poder desde hace treinta y seis años, y de los desvergonzados casos de corrupción que han desestabilizado el territorio en las últimas décadas. Sin duda, la victoria de la extrema derecha andaluza y el reposicionamiento fascista europeo renace en el seno del inconformismo del electorado. En otras palabras, el voto protesta de los indignados  ha favorecido a la extrema derecha.

Hasta hace poco tiempo, era habitual la magra conexión entre los partidos de derecha y las clases más desfavorecidas. Sin embargo, llama la atención la exigua relación entre los partidos de izquierda y los más necesitados del colectivo social siendo esta población el leit motivo del discurso ideológico izquierdista. Parece que los epítetos venenosos de la extrema izquierda hacia los grupos de poder no fueron lo necesariamente habilidosos para calmar las carencias de millones de españoles: el masivo desempleo, inseguridad laboral y escaso ascenso social de aquellos que conforman el grupo menos beneficiado de la sociedad.

Por eso, el triunfo de la ultraderecha en Andalucía se debe al descontento del electorado con los partidos centristas, y, con  los argumentos populistas de la extrema izquierda personificada en la descreditada figura de Pablo Iglesias, jefe de la agrupación Podemos. El vacío discursivo de la izquierda, sumado a la  soberbia y prepotencia de sus líderes, hizo que el mensaje no calara lo suficientemente hondo en las clases obreras ni en el sector urbano marginal; prueba de ello, es el estancamiento electoral de las asociaciones izquierdistas en los últimos comicios nacionales.

Actualmente, España es testigo de dos realidades que impactan a la sociedad en su conjunto: el movimiento independista de Cataluña, con posibles repercusiones en otras regiones del territorio español, y el descontrol inmigratorio que azota a la mayoría de Europa. Ambas coyunturas afectan al grueso del pueblo español, que apenas empieza a respirar después de la crisis financiera del 2008 y las nefastas consecuencias sociales.

La inoperancia de los partidos centristas frente a los separatistas, y ante la crisis migratoria, es percibida por gran parte de la clase obrera como una amenaza a su seguridad ciudadana y estabilidad ocupacional. Conmoción sociocultural resultado de la incompetencia institucional de las dirigencias políticas que depositan el peso de la migración sobre los ciudadanos.  Pero, antes de señalar al pueblo por su flaco sentido de humanidad se debe en todo caso responsabilizar a las élites gubernamentales por sus erradas políticas tanto hacia al pueblo español como a los extranjeros migrantes: seres humanos a los que hay que darles algo más que un paupérrimo refugio temporal.

Acoger estas multitudes de forma responsable requiere planificación a largo plazo. Un compromiso colectivo más allá del subsidio impositivo que en mayor o menor medida afecta la economía de las familias españolas,  asalariados que a duras penas llegan a final de mes. Por eso, la clase obrera es el sector de la sociedad mayormente opuesto a la inmigración. Los hombres y mujeres de a pie que ven peligrar sus puestos laborales ante la llegada de mano de obra extranjera dispuesta a trabajar por bajas compensaciones salariales.

Estos, los de abajo, son los que han votado a la extrema derecha andaluza. Un voto protesta  en contra de las ambivalentes políticas de los partidos centristas y de la venenosa izquierda comprometida con falaces discursos bolivarianos. Los indignados de las clases menos favorecidas fueron los que le dieron la victoria al ultra derechismo andaluz, el mismo grupo social que apoya a Marianne Le Penn en Francia, a Jair Bolsonaro en Brasil, y a los neofascistas esparcidos por en el mundo entero.

 

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