El renacimiento de la ultraderecha

Carlos Rodríguez Nichols

La crisis financiera del 2008 causó un descalabro económico y social en las clases medias, pequeños empresarios y consecuentemente en el sector obrero. En otras palabras, este caos financiero perjudicó la estructura social de forma vertical trastocando de forma directa la población en términos generales. Los partidos tradicionales también se vieron afectados por las pérdida de credibilidad en las filas del electorado, descomposición que hizo tambalear la estructura bipartidista existente durante décadas en la mayoría de las naciones occidentales.

El grueso de la población se hartó de promesas incumplidas, de los partidos de centro derecha y las social democracias enraizadas en el poder. Es decir, jóvenes enojados ante un futuro incierto así como pensionistas que a duras penas llegan a fin de mes con ajustadas jubilaciones. Desde una perspectiva estrictamente económica, el electorado no soporta más el abuso de poder, la corrupción y deslealtad tanto de los partidos conservadores como de corte izquierdista:  desvergonzado asalto a las arcas estatales frente a las carencias de un importantes segmentos de la población. Sin más, Brasil, Argentina, España y México son claros ejemplos de una decadencia de valores que se extrapola a los ciudadanos. Podredumbre de los políticos ahondado a una pérdida de principios éticos y morales que permea la sociedad de forma transversal. Es decir, decadencia de gobernantes, banqueros y abogados ramificada a los diferentes estratos sociales envueltos en tráficos, extorsiones y negociaciones al margen de la ley.

Este menoscabo a las instituciones en última instancia favoreció a populistas de ultraderecha que astutamente supieron acoger a un electorado decepcionado y en algunos casos al borde de la escasez: demagogos nacionalistas en franca oposición a las elites tradicionales y al sistema financiero de la actual era globalizada. En otras palabras, gobiernos conformados por sectores ultraconservadores con una verborrea populista marcada por líneas de pensamientos extremistas con un fuerte poder de convocatoria a multitudes indignadas e inconformes.

Estas masas proclives a la ultraderecha son en su gran mayoría sujetos reaccionarios a cambios socioculturales: diversidad, inclusión social, colectivos a favor del matrimonio igualitario, feminismo, el aborto, igualdad racial y las múltiples identidades que coexisten en sociedades liberales. Grueso del electorado resistente a las políticas migratorias, al ascenso de clases “subalternas o de segunda categoría” así como a grupos minoritarios hasta hace poco carentes de voz social. Es decir, rancios a cambios que amenacen el status quo del cual se benefician, al punto de rechazar de forma visceral aquellos movimientos vanguardistas de sociedades abiertas. Cambios socioculturales que para algunos ralla en el libertinaje y lo perverso y violentan los cimientos de la familia tradicional, los intereses de las clases privilegiadas y su entramado social en términos generales.

En occidente, la Iglesia Católica ha ocupado un lugar preponderante en la educación así como en la “formación moral” de los ciudadanos. Por eso, la estrecha relación entre religión y los gobiernos de derecha, indistintamente sean democráticos moderados o  regímenes de facto radicales. Dictaduras de extrema derecha cercanas a los sectores más ortodoxos de la Iglesia Católica, cada uno haciendo-se la “mirada ciega” ante los abusos de poder y el doble discurso del socio silencioso.

En la actualidad, hay un poderoso andamiaje entre movimientos evangélicos y los gobiernos de ultra derecha. Ambas instituciones comparten la repolitización de sus entidades de acuerdo al naciente extremismo político de corte nacionalista a escala internacional. Movimientos, aunque populistas, son financiados por grupos industriales y empresariales interesados mayormente en los intereses de las clases favorecidas que en el bienestar colectivo. Para este sector de la sociedad, la pobreza y las diferencias sociales no solo son inevitables sino necesarias para el sistema capitalista. Según sus adversarios ideológicos, el capitalismo fomenta la desigualdad porque ¡“sin esclavos, no hay amo”!

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Showtime…

Carlos Rodríguez Nichols

El “show” del supuesto mejor presidente de la historia de Estados Unidos está llegando a su fin. Sus virulentas amenazas de fuego y furia se transformaron en “beautiful letters” a su acérrimo enemigo norcoreano, el emergente potentado atómico con alarmante alcance nuclear y suficiente sarcasmo para burlar al actual inquilino de la Casa Blanca, a la prensa, y a la opinión pública a nivel global. Irresponsablemente, el hombre más poderoso del mundo continúa haciendo sus habituales payasadas circenses mientras las potencias rivales se asientan con mayor fuerza en la arena política internacional.

China está detrás de Corea del Norte en categoría de potencia regional y mentor del joven dictador coreano. Nada se hace sin el aval del jefe de Estado asiático en estrecha relación con el Kremlin y los ayatolas iraníes. Por eso, una invasión a Teherán no se limita exclusivamente a destronar al régimen iraní y sus más cercanos colaboradores, sino, en todo caso, atentaría contra los intereses económicos y militares de Pekín y Moscú en el Golfo Pérsico. Esto confirma que Estados Unidos no puede tutelar el planeta como lo hizo en el pasado, por más que el inepto y descalificado Comandante en Jefe pretenda lo contrario.

El “America Fisrt” sirvió como slogan electoral para cautivar a incultos y potentados codiciosos en una ficción nacionalista carente de la estructura necesaria para sostenerse en la actual era globalizada. La dicotomía imperialista ya no existe; es decir, el mundo polarizado entre el capitalismo occidental liderado por Estados Unidos y el marxismo leninismo de la entonces Unión Soviética quedó relegado a las décadas de Guerra Fría. Por más que los sectores conservadores ultraderechistas y sus obtusos seguidores insistan en la primacía estadounidense como única potencia, el mundo es orquestado por ocho naciones nucleares que conforman el equilibrio de poder mundial.  Por eso, pretender la grandiosidad de décadas anteriores no es más que una engañosa fórmula para negar la realidad multilateral del presente. En otras palabras, verdades infundadas que sirven únicamente para alimentar chovinismos y reminiscencias del pasado con inconsistencias discursivas. Un sinfín de contradicciones que conlleva graves repercusiones a escala internacional, si bien, disparates que a la postre desacreditan los principios éticos de la primera potencia.

Está demás enumerar los pactos en los que Washington ha perdido el liderazgo que se espera de la nación más poderosa. En otras palabras, la vaticinada “America First” más bien se debilita ante los ojos del mundo, principalmente frente a estrategas geopolíticos que rivalizan el planeta a nivel global. Estados Unidos en tanto líder mundial no es más fuerte que años atrás. Al contrario. En la actualidad cuenta con el menosprecio de un considerable sector de la comunidad de naciones, incluso de sus más fieles aliados, debido en gran parte al comportamiento y las constantes erratas de la actual Administración. Esto, sumado al desprestigio de los servicios de inteligencia estadounidenses descalificados hasta la saciedad por el mismo presidente en función; quizás, uno de los mayores desaciertos del egocéntrico mandatario. Su desbordante ego sobrepasa toda racionalidad y normas diplomáticas, oh sea, una personalidad concéntrica  enardecida por el esplendor de ¡cámaras, luces, acción!

Es hora de poner fin a este burdo show político que pone en peligro el equilibrio mundial. El mundo necesita ser dirigido por mentes capaces de conciliar los múltiples actores políticos en lugar de disociar fuerzas existentes. Polarizando la comunidad de naciones entre amigos y enemigos, “los míos y los otros”, lo único que logra es una constante batalla de poderes.

Hoy el mundo necesita líderes competentes aptos para integrar los diferentes sectores del colectivo social: integración transversal sin distinción de color de piel, credo religioso, género o preferencias sexuales. Se requiere mayor fusión de culturas y no disgregación de los sujetos que las conforman, si no, la violencia se adueñará cada vez más de organizaciones que siguen mandatos de fanáticos y extremistas.

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La doble moral

Carlos Rodríguez Nichols

La gran mayoría “desatiende” las malas acciones de personas socialmente reconocidas que actúan de forma contraria a lo que predican. Personas que faltan a la verdad y a los principios religiosos que firmemente defienden, es decir, comportamientos incongruentes con sus propios dichos. Claro ejemplo es la dualidad discursiva de las instituciones religiosas.

Fervientes alabadores de santidades que hacen caso omiso del abuso sexual de algunos referentes eclesiásticos: curas y obispos que por activa o por pasiva actúan en calidad de protagonistas o cómplices silenciosos de estas atrocidades sexuales. Por un lado, abogan por la familia tradicional y la fidelidad marital en franca oposición al divorcio y a medidas profilácticas para evitar descendencias no deseadas. Por otro lado, cometen la mayor infamia humana contra niños y adolescentes psíquica y físicamente incapaces de desoír el mandatado de estos supuestos representantes de Dios. Es tal el ultraje psíquico que obligan a los infantes a tener sexo con ellos en nombre del Padre.

Esta escoria debe de ser juzgada y sometida a los más estrictos mandatos de la Justicia, justicia estatal, si bien, las instituciones religiosas han demostrado absoluto encubrimiento a sus más cercanos militantes. Así cómo han callado el abuso y la perversión en sus propias filas vaticanas también han silenciado las millonarias sumas de dinero procedentes de entidades al margen de la ley, así como de personas cuestionadas ética y moralmente. No hay más que recordar el encubrimiento del Vaticano a movimientos nazis y fascistas durante la Segunda Guerra Mundial y el escándalo de la Banca Ambrosia en la década de los ochenta: desvergüenzas políticas y financieras en los que la Santa Iglesia Apostólica y Romana actuó “detrás de bambalinas”.

Los intramuros vaticanos esconden focos infecciosos desde siglos atrás, claro, ninguno ha tenido tanta exposición pública como los abusos a menores alrededor del mundo. Y no se trata de “fake news” o de información chatarra de las redes sociales, sino, verdades comprobadas que han costado a la Iglesia el descrédito y éxodo de millones de sus fieles, ahondado a astronómicas sumas de dinero retribuidas a víctimas de estos humillantes ultrajes. Según datos oficiales el 85% de los abusados son niños varones, dato que confirma la tendencia homosexual patológicamente reprimida en el Clero.

La Iglesia no puede seguir siendo el refugio de sexualidades malsanas vividas a puerta cerrada, sexualidad que en el púlpito se condena como el mayor de los pecados. Seres terrenales que se marginan de forma explícita del mundo carnal con el fin de ocultar tendencias no asumidas, es decir, naturalezas homosexuales constreñidas que consecuentemente brotan de manera perversa y enfermiza. La homosexualidad no es una desviación moral como insiste la Iglesia en condenar. Sin embargo, la perversión de algunos de los clérigos es sin duda una descomposición tanto del sujeto perverso como de la comunidad que lo encubre. A este punto cabe preguntarse si el hecho de esconder la sexualidad entre muros sagrados es una manera de huir de la mirada pública o si más bien los códigos y secretos vaticanos terminan de agravar el desequilibrio emocional y psíquico de muchos curas que ¡“pretenden” escapar del mundo carnal entregando su alma a Dios!

En todo caso, dualidades discursivas travestidos con púrpuras, joyas y ornamentos. Escenografía diametralmente opuesta al mensaje de honestidad, humildad, sencillez y santidad que según dicen las Escrituras caracterizaban a los próceres del movimiento cristiano. Esta algarabía de lujo y frenesí de poder dista del concepto universal de espiritualidad, riqueza interna, recogimiento, silencio, y transparencia. En otras palabras, una mentira generalizada que ha desvestido la podredumbre de algunos descendientes de San Pedro: contradicciones o más bien puntos nodales de la corrupción espiritual de muchos de los eclesiásticos, y de la congregación en tanto entidad religiosa.

Sin más, los valores materiales de la Iglesia no alcanzan para seguir sosteniendo este obsceno engaño. Falta a la verdad, no solo con el colectivo social y sus fieles seguidores, sino principalmente frente a Dios que según afirman: “todo lo Ve y todo lo Sabe”. Si es así, ¿qué pensará Dios de esta panda de bandidos, y de los atropellos cometidos contra los mandatos divinos, en el seno de la Iglesia ?

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Los políticos españoles

Pedro Sánchez resucitó de sus propias cenizas. Diez meses atrás era considerado el mayor epíteto del oportunismo y merecedor de los peores atributos según gran parte de la opinión pública. Menos de un año después gana las elecciones generales con amplia mayoría, duplicando en número de escaños a su rival más cercano. ¿Cómo en tan poco tiempo un político puede lograr semejante ventaja y posicionamiento?

Sin duda, los diez meses como jefe del gobierno le sirvió de anclaje para ganar respeto entre el electorado español y un cierto prestigio en el ámbito internacional. Hoy, los resultados favorables a nivel nacional y el aval de las principales figuras del club de naciones europeas confirman el liderazgo de Pedro Sánchez como Jefe de Estado y máximo representante del Partido Socialista Español, uno de los principales referentes del movimiento socialista europeo. Sin embargo, dos realidades situacionales jugaron a favor de Sánchez en la campaña electoral: el descrédito de la extrema izquierda y el auge de Vox, el partido ultraderechista andaluz.

En el bando de la izquierda, Pablo Iglesias sufrió un enorme descrédito como líder potenciando el desplome de aquel movimiento de indignados que surgió en el 2015 a raíz de la crisis financiera, la pérdida de puestos laborales y el “venido a menos” de muchos hogares españoles de clase media. Iglesias, el joven político formado en las filas intelectuales marxistas, capturó el voto de un importante número de seguidores en edades productivas que veían sus vidas fracturadas ante el desplome económico y los masivos recortes sociales, entre ellos salud y educación. Aquel iracundo revolucionario de aula universitaria, que con aire bolchevique leninista arqueaba malestar nauseabundo contra las clases privilegiadas, perdió el norte discursivo y el apoyo de sus fieles seguidores.

Cinco años más tarde compró una vivienda valorada en un millón de euros y transformó su insolente verborrea en una suerte de “ponderado y circunspecto monje budista”: estrategia electoral que ni él mismo se creyó. Un guion tan mal orquestado que hasta sus más cercanos colaboradores le dieron la espalda, al punto de sufrir una pérdida de más de un millón de votos y terminar ocupando el cuarto lugar como movimiento político.

El debilitamiento para no decir descalabró de la extrema izquierda favoreció al partido socialista como alternativa frente el despertar de una ultraderecha andaluza tutelada por los principales conexos del nuevo nacionalismo populista, es decir, neofascistas que han polarizado la arena política internacional. Sin más, Le Pen y Salvini en estrecha relación con el jefe de gobierno húngaro para mencionar algunos de los casos europeos más recientes.

Por otro lado, el mayor extravío de los partidos de centro derecha fue evidentemente perder el centro. El hecho de haber concurrido a una manifestación conjunta con la agrupación ultraderechista en contra del gobierno, si bien, en lugar de robustecer a la oposición más bien fortaleció al jefe de gobierno. Pedro Sánchez, de manera astuta diseñó la estrategia electoral fusionando a los partidos tradicionales con el ascendente movimiento de ultraderecha.  ¡Sacro desacierto de las derechas indistintamente de sus diferentes versiones! Claro, ahora ambas fuerzas conservadoras desconocen a la extrema derecha andaluza, como si apenas fuera “conocido de otro barrio” : una lucha de poder en que se juega el liderazgo de oposición al gobierno de Pedro Sánchez.

Es tal el nivel de torpeza que Albert Rivera sigue hostigando de forma obsesiva a diestra y siniestra; agresividad pasmosa que recuerda a “aquel líder de Podemos” cuando pretendía ser comunista, es decir, antes de probar las mieles del poder y devenir esta especie de sapiencia de claustro. Incluso hoy, un mes después de las elecciones, las derechas continúan atacándose en vez de acercarse discursivamente para vigorizar el centro político. En otras palabras, ¡un par de “pijos burgueses” que han perdido el tacto, el tino y el tono!

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Violencia social

Carlos Rodríguez Nichols

Sería apocalíptico pensar que la sociedad es violenta en términos generales. Sin embargo, el sector minoritario que actúa al margen de la ley atenta contra el orden y equilibrio de la mayoría. Descomposición social que no se limita exclusivamente a los hampones o estafadores callejeros, en todo caso, esos son los “maleantes visibles”. Más bien, hay que temer a aquellas turbias personalidades infiltradas en las jerarquías políticas, eclesiásticas y organizaciones extremistas. En otras palabras, figuras que se valen de su poder para extorsionan al colectivo según sus retorcidos principios. Personajes públicos en un mundo globalizado que aparte de innegables aportes también ha producido galopantes desigualdades y abruptas polarizaciones ideológicas en el electorado.

No hay más que escuchar la ferocidad de algunos jefes de gobierno esgrimiendo una serie de mentiras, o la mirada distraída de los “supuestos representantes de Dios en la tierra” frente a los escabrosos abusos sexuales cometidos por algunos de los púrpuras militantes. Aversión que intentan disfrazar con ángeles, deidades y santos para cubrir sus aberrantes conductas. Sus más cínicos defensores alegan que este desafortunado comportamiento es la mala formación espiritual de “unos cuantos”.

Sin ir muy lejos en la historia, el reciente homicidio del periodista árabe llevados cabo por altos funcionarios de la Embajada de Riad en Estambul. Una suerte de trituración humana a la usanza medieval orquestada por la casa Real saudí, los mismos que patrocinan a movimientos fanáticos religiosos involucrados con grupos islamistas en la región. Príncipes saudíes protegidos por el Comandante en Jefe estadounidense, especialmente, después de haberles vendido cien mil millones de dólares en armamento bélico para ser utilizado en la invasión a Yemen, el mayor genocidio de la historia contemporánea. Pero, la codicia mercantilista de algunos grupos de poder hace caso omiso a estos atroces crímenes en serie y, más aún, niegan la participación del principado saudí en calidad de actores intelectuales de las masacres. Sin más, los colegas, compadres y socios silenciosos de Washington.

Siguiendo en el campo internacional, qué más paradójico que las sanciones impuestas por Occidente al Kremlin por la “anexión” de Crimea al territorio ruso. Parece que las potencias imperialistas olvidan los abusos cometidos en sus colonias africanas hace menos de un siglo, la explotación de los británicos en Irán, y el adueñamiento de Estados Unidos en una parte de México, hoy el estado texano norteamericano. Claro, siempre se puede atribuir este “mal accionar” a comportamientos del pasado inadmisibles en tiempos modernos, actualmente, regidos por regulaciones internacionales. Derecho Internacional que se respeta o se veta según los intereses de los cinco países más poderosos del mundo: naciones que potencializan conflictos armados para afincar su poder en zonas determinadas o incluso para poner a prueba equipo castrense de última generación. Las invasiones a Irak, Afganistán y Libia son algunos ejemplos de esto dicho. En otras palabras, violaciones a la verdad que violentan al conjunto en su totalidad. Es decir, la violencia de unos pocos carcome al colectivo social produciendo sentimientos de odio, revanchismo y venganza.

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Europa en alerta roja

Carlos Rodríguez Nichols

La Unión Europea cuenta aproximadamente con 500 millones de habitantes, capital humano que permite tener importantes cuotas de poder a escala mundial, es decir, una economía lo suficientemente robusta para competir con otras regiones del mundo. Sin embargo, enfrenta varios desequilibrios estructurales. Entre ellos, la heterogeneidad de algunos de sus miembros con realidades tan disimiles como Francia y Serbia o Alemania y Portugal. Naciones que comparten integración comercial, política exterior común y cooperación en materia judicial y seguridad, pero, al mismo tiempo deben responder a constituciones soberanistas y credos culturales muchas veces en clara oposición al corpus ideológico de la UE: visiones de Estado que ponen en evidencia contradicciones económicas y sociales entre los socios europeos.

A pesar que la Unión Europea ha atravesado varios escollos, la crisis financiera del 2008 y sus  secuelas colaterales es una de las flaquezas más contundentes de la historia reciente. Vale mencionar la masiva pérdida de puestos laborales afectando a millones de personas en edades productivas, en el mejor de los casos paliados con insipientes contratos temporales. De igual manera, sectores de la población perdieron su hogar debido a créditos hipotecarios imposibles de solventar con inestables salarios. Esto dicho, sumado a recortes en educación y salud que menoscaban los pilares del desarrollo social. En otras palabras, presentes y futuros truncados ante obscuras maniobras de entidades bancarias en beneficio de pocos a costa de las penurias y limitaciones de una considerable parte de la clase media, si bien, motor del sistema capitalista. Desoladora relaidad que afectó a un vasto segmento de la sociedad que apenas sale a flote después de doce años de incertidumbre.

Por otro lado, el mal manejo de la Unión Europea frente a la crisis migratoria ha cuestionado la competencia de Bruselas ante esta catástrofe humana. Millones de niños y adultos huyendo de guerras y miserias se refugian en naciones receptoras ante el desprecio de ciudadanos y políticos. Más aún, muchas veces  son utilizados por grupos extremistas en carácter de “chivos expiatorios” para nutrir sus tajantes posturas de cara a este cruel éxodo masivo, en todo caso, fruto de un mundo globalizado extremadamente desigual.

Este caos social  se ha convertido en el “leit motiv” de los partidos políticos. Políticos emergentes con verborreas construidas sobre ilusorias propuestas sin medir los posibles perjuicios de sus palabras. Populistas capaces de militarizar masas callejeras pero incapaces de concretar el descontento social en las urnas debido en gran parte a discursos viscerales más que factibles: una guerra abierta contra todo y todos en lugar de ofrecer soluciones a erratas del pasado. En otras palabras, el desequilibrio migratorio sumado a la falta propuestas sostenibles y el descontento con los partidos tradicionales han sido caldo de cultivo de movimientos extremistas europeos. Muchos de ellos, adheridos a organizaciones fascistas de corte neonazi abanderados bajo insignias nacionalistas.

Conservadurismo radical europeo que se han afianzado en los últimos lustros, al punto de situarse entre las primeras fuerzas opositoras con miras a gobernar en un futuro cercano. Vale mencionar el alarmante apoyo recibido por Marine Le Penn en las últimas elecciones presidenciales francesas, el auge del movimiento La Liga italiana, y la escalada de partidos ultraderechistas en Alemania, Austria y Suecia orquestados por lo mismos tutores que llevaron al populista estadounidense a ocupar la Oficina Oval de la Casa Blanca.

Estos, cuentan con el apoyo silencioso de un importante sector empresarial y financiero, si bien, élites oligárquicas que defienden su poder social y económico al precio que sea. Para ellos, es necesario una “profunda limpia”, lo que en sus estrechas visión de mundo y su paradójicas convicciones consideran la escoria de la sociedad. Extremistas que se valen de la codicia de poderosos y la ignorancia de los más necesitados para lograr el anhelado deseo de gobernar. No importa si se trata de ultras o progreso, porque al final buscan lo mismo: el control institucional y robustecer sus egos personales.

Sin embargo tanto los partidos de extrema izquierda como la derecha recalcitrante, al no alcanzar los resultados esperados, han tenido que hacer un drástico viraje hacia el centro; claro, más por estrategia electoral que convicción ideológica. Afortunadamente el electorado ha sido lo suficiente cauto para leer entre líneas las contradicciones de estos “supuestos antisistema” que después de cinco años peloteando en la arena política ahora son tan “sistema” como aquellos dinosaurios que tanto critican.

Una vez más, la Unión Europea atraviesa uno de los momentos más álgidos y complejos desde su creación: realidad política y social que se vislumbra todo menos positiva a corto y mediano plazo. Aparte de lo mencionado anteriormente, la guerra económica entre Washington y Pekín tarde o temprano le pasará factura a los países miembros de la UE. También, el Brexit dejará huellas profundas en el viejo continente tanto a nivel regional como a las naciones de forma particular. Esto, sin menoscabar el eminente conflicto entre Irán, Estados Unidos y sus respectivos aliados con inevitables repercusiones continentales.

Ante esta alarmante polarización ideológica, el próximo 26 de mayo los europeos tienen que derrocar en las urnas a los movimientos extremistas, a la anacrónica izquierda ortodoxa y al ultra derechismo, que tanto daño causan a las sociedades a escala global. Europa debe luchar por conservar los fundamentos y principios democráticos, su lugar preponderante como potencia regional y el invaluable peso cultural que se remonta a siglos de historia del conocimiento.

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Los socios de Maduro

Carlos Rodríguez Nichols

Rusia y China tienen estrechas alianzas en materia militar y comercial con el régimen chavista, compromisos que se traducen en deudas billonarias a Moscú y Pekín. En otras palabras, Caracas debe alrededor de 17,000 millones de dólares a las dos potencias. En posición de acreedores, apoyan firmemente al gobierno bolivariano e intentan imponer las reglas del juego en el caos venezolano a pesar de tratarse de un conflicto en territorio americano, es decir en el supuesto backyard estadounidense ¡según nomenclaturas imperialistas en décadas de Guerra Fría! Atributos geopolíticos que se han desdibujado en el actual mundo multilateral donde las ocho naciones nucleares más poderosas del planeta controlan la maquinaria mundial.

Recientemente el Kremlin ratificó millonarios contratos de defensa con el gobierno de Venezuela sumado al contundente aporte castrense ruso al régimen autócrata venezolano: bombarderos con capacidad nuclear, maniobras militares conjuntas, y personal especializadoen asesoramiento al ejercito bolivariano. De esta forma se confirma la solidaridad del Kremlin con el gobierno de Nicolás Maduro y al “pueblo venezolano”. Cínico eufemismo dada las penurias que vive gran parte de la población venezolana, masivos desplazamientos a países fronterizos y una pobreza ignominiosa contrapuesta al enriquecimiento vergonzoso de la cúpula chavista.

Por otro lado, la deuda financiera de Caracas con Pekín no es un tema menor. China ha revalidado acuerdos bilaterales generadores de billonarias inversiones en Venezuela, prestamos que ha desembolsado a cambio de exportaciones petroleras al gigante asiático. Ante estas cuantiosas sumas, Pekín se opone a la injerencia occidental en asuntos internos de Venezuela y respalda los esfuerzos del Gobierno venezolano de mantener su soberanía, independencia y estabilidad.

Ante esto, China y Rusia no sólo respaldan incondicionalmente el régimen bolivariano sino emplazan a Washington a derogar los planes intervencionistas militares en Venezuela. Más aún, advierten a Estados Unidos de posibles graves consecuencias si continúa patrocinando a Juan Guaidó y el derrocamiento del “legítimo” gobierno de Nicolás Maduro. En palabras de los Jefes de Estado de Rusia y China, “el apoyo al autoproclamado presidente venezolano es una transgresión a las normas del derecho internacional”.

No obstante, el liderazgo de Guaidó se debilita día a día y su plan de deponer a Maduro se estanca a pasos agigantados. Fracaso del que no se puede responsabilizar exclusivamente a Guaidó o a los diferentes sectores de la oposición sino, en todo caso, a la errónea política de Washington. Estados Unidos ha demostrado total incapacidad en la ejecución de medidas de seguridad en el continente americano, especialmente en la caótica crisis venezolana: vivo ejemplo de los desaciertos de la Casa Blanca.

A todas luces el mandatario estadounidense carece de posturas coherentes a escala global. Aparte de su bulliciosa verborrea y amenazas inconsistentes  no ha conseguido rediseñar las supuestas erratas del pasado, al contrario, hoy el mundo es más peligroso y polarizado que en años anteriores. Pero, el mayor responsable de las incongruentes acciones estadounidense en Venezuela es John Bolton, Asesor en Seguridad Nacional de la Administración Trump y ejecutor de los desastrosos resultados militares en Irak y Afganistán. Venezuela sería el tercer fracaso de Bolton.

Una intervención militar estadounidense convertirá a la nación petrolera en el campo de batalla de las grandes potencias como sucedió en Medio Oriente durante la última década. Conflicto que no se limita a la lucha de intereses imperialistas, sino a una sangrienta guerra civil donde organizaciones extremistas y redes del narco tendrían importantes cuotas de poder.

Después de las múltiples derrotas de Estados Unidos en Vietnam, Irak, Afganistán, Siria, y la malograda presencia en Centroamérica, parece poco probable una victoria estadounidense en el vasto territorio venezolano, territorio que comprende zonas amazónicas controladas por violentas guerrillas que se gobiernan según sus propios códigos y mandatos, es decir… ¡la ley de la selva!

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