En río revuelto, ganancia de pescadores

Carlos Rodríguez Nichols

Las masas latinoamericanas se levantan con fuerza contra la inequidad económica que polariza el colectivo social. Por un lado, la reducida franja más rica de las naciones se ha empoderado de forma exponencial frente a las carencias de un importante sector de la sociedad.  Por otro lado, las clases medias consideradas el motor móvil del sistema capitalista se han desvalorizado: en muchos casos, incapaces de sostener el nivel socioeconómico que ostentaron en décadas pasadas.

Las razones de esta debacle social son numerosas: sobrepoblación en países en vías de desarrollo, reducidas posibilidades de promoción económica y consecuentemente incapacidad de ahorro. En el pasado, el ahorro era una de las varas de medición de ascenso social. Hoy, el endeudamiento y el crédito a plazos impide al asalariado común economizar con miras a futuro. Claramente, la globalización capitalista induce a las masas a consumir, comprar sin precedente alguno, invertir y gastar en artículos redundantes fuera del alcance personal o realidad salarial. Por eso, ¿habría que preguntarse si el desvanecimiento de las clases medias es causa del consumismo salvaje o si hay otros factores en juego?

Sin duda, el endeudamiento masivo se ha convertido en una de las herramientas mas eficaces utilizadas por entidades financieras para engrosar la relación “acreedores y adeudados”. Ante este escenario, enormes poblaciones apenas viven o llegan a final de mes con salarios incapaces de palear deudas crediticias o subsistir con penosas jubilaciones. A esta desproporción salarial, se suma un descarado abuso de poder de gobernantes, indistintamente, que militen en las cada vez más codiciosas y fallidas izquierdas, o derechas incapaces de proporcionar seguridad al ciudadano medio, a los hombres y mujeres de a pie que pululan las calles latinoamericanas.

Ante esto, en los últimos meses, una buena parte de las naciones latinoamericanas han sido testigo de levantamientos masivos, barricadas, homicidios y revueltas en Santiago, Bolivia, Quito y Bogotá. Sin más, un macabro escenario producto de la rabia social de miles y millones de ciudadanos que no ven una salida al obscuro túnel en el que se encuentran: mediocre educación pública; serias fallas en el sistema de salud; medios de transporte inadecuados para la cantidad de usuarios dependientes de transportación pública, y, en casos extremos, viviendas sin acceso a agua potable. Sin duda, este panorama se ha multiplicado con la entrada masiva de inmigrantes: en su mayoría, hombres y mujeres de estratos sociales desfavorecidos con niveles académicos elementales o prácticamente inexistentes. Es decir, mano de obra “pura y llana” a los que “detrás de bambalinas” se les considera intrusos de segunda o tercera categoría. Es decir, “la fuerza laboral esclavizada” del siglo veintiuno.

A estos “desclasados” hace cien años se les remuneraba con un pedazo de techo y un plato de comida. Hoy, en el mejor de los casos, se les paga con salarios inferiores a los sueldos mínimos establecidos, o se contratan en negro para  reducir gastos fijos de empresas, industrias y actividades agrícola ganaderas. En otras palabras, un descarado abuso de poder de los sectores privados y entidades estatales que se benefician de estas turbas migratorias, hordas empobrecidas que huyen de hambrunas y conflictos político militares. Según información internacional, más de cuatro millones de venezolanos han huido de su tierra desplazándose a naciones colindantes. Países sudamericanos a los que irremediablemente han causado un desequilibrio social desde diferentes ángulos que se mire: sector salud, vivienda, educación, transporte y puestos laborales.

Es superfluo e irracional pensar que Maduro está patrocinando las revueltas callejeras de Santiago y otras ciudades latinoamericanas. El régimen chavista apenas subsiste auspiciado por Rusia y China: potencias, a las que Caracas debe alrededor de veinte mil millones de dólares. En todo caso, Pekín y Moscú son los “peces gordos” detrás de estos levantamientos sociales. Insurrecciones en las que Maduro y Raúl Castro “en el mejor de los casos” juegan un papel secundario en tanto representantes regionales del Kremlin y el gigante asiático: ambos potentados proclives a desestabilizar las instituciones democráticas locales en beneficio propio. Esto, sin olvidar el poder de narco-organizaciones lideradas por mafias locales, las cuales, son orquestadas por “hombres claves” de la cúpula venezolana, colombiana, brasileira y boliviana; esto dicho, para mencionar algunos de los actores más fuertes de este submundo latinoamericano.

Por tanto, el mecanismo estratégico de corrupción y abuso de poder no se limita a funcionarios públicos y al sector privado. Va más allá. Implica el posicionamiento de potencias internacionales con intereses geopolíticos en la región, y las múltiples organizaciones que actúan al margen de la ley. Todos y cada uno, interesados en una contundente porción del “pastel” económico  Riquezas que no se circunscriben exclusivamente a la producción y venta de estupefacientes, sino también a la extracción de litio boliviano, el cobre chileno, la minería y el codiciado “oro negro” venezolano, y, vergonzosamente, la explotación del Amazonas con fines mercantilistas.

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La irracionalidad del fanatismo neofascista

Carlos Rodríguez Nichols

Si algo tienen en común las religiones y las políticas neofascistas es el poder de convocatoria, conductas fanáticas que superan cualquier ápice de razón. Ahí, la conexión entre dos conceptos que interactúan de forma simultanea: religión y política. Estrategias ejercidas tanto por la Iglesia como por innumerables cultos populistas existentes. De esta manera, los movimientos políticos adquieren una suerte de aura religiosa en que se yuxtapone lo trascendente a las líneas de pensamiento o ideologías mundanas. Así, se intenta conjugar los ideales político civiles y los valores espirituales: nación, patria, moral y respeto por las tradiciones sociales y religiosas.

Doctrinas cimentadas sobre dogmas establecidas desde lo intuitivo, “fe a ciegas”, que supera todo pensamiento reflexivo sobre deidades o líderes políticos, indistintamente del nivel de educación de los seguidores. De ahí, las múltiples aseveraciones de autócratas que sin fingimiento alguno se autoproclaman representantes de poderes divinos. Es decir, se instaura una suerte de adoración a estos ídolos movilizadores de masas. Claramente, un apasionado fervor y exaltación sin dar mayor importancia a las erratas, bajezas personales y despotismos de “esta suerte de gurúes” hacia aquellos que se desmarcan de  sus rigurosas líneas establecidas. En otros términos, “los indeseables del sistema” que se posicionan contra los andamiajes institucionales de esta mafia política religiosa considerada “neofascismo clerical”.

Ideología dual que fusiona la doctrina política fascista con fundamentos teológicos y elementos religiosos: relación asociante entre ambos movimientos que brindan apoyo mutuo a las instituciones políticas ultranacionalistas y al corpus clerical. Claro ejemplo de fascismo clerical fue el régimen de Francisco Franco, constructor del nacionalcatolicismo como eje estructural de su ideología dictatorial. En las últimas décadas ha habido un reposicionamiento de las religiones, no solo de la Iglesia Católica Apostólica y Romana sino también de los diversos cultos existentes. Víctimas de sus propias falencias han sufrido una significativa pérdida de sus referentes estrictamente sagrado-religiosos, obligándolos a abrir nuevos canales proselitistas y nuevas formas de poder.

Actualmente, Brasil es escenario del empoderamiento del llamado cristofascismo: modulaciones cristianas ortodoxas ahondadas a posiciones racistas, misóginas y homofóbicas de carácter fascista. Este cristofascismo brasileiro utiliza un discurso asequible a las clases bajas, en su mayoría incultos e iletrados, para combatir a los enemigos de la fe, aquellos proclives a excesos de libertad que amenazan el proyecto tradicional familiar supuestamente contrario a los cimientos y valores de la nación.

El presidente Jair Bolsonaro es fruto de la interacción de organizaciones neofascistas y del poder ejercido por la Iglesia Evangélica, agrupaciones, movilizadoras de masas a gran escala que cuentan con el apoyo económico y estratégico de tentáculos exteriores. De esta forma, quedan desdibujadas las fronteras entre un movimiento y otro, donde la actividad religiosa adquiere fuerza política al entrelazarse en el tejido institucional estatal.

En otras palabras, se atribuye a los regímenes neofascistas rasgos de religiones políticas definidas por simbolismos, ritos, creencias y culto a un líder supremo. En fin, un cúmulo de mitos, héroes y fanatismo que determinan el perfil de estas formaciones políticas cargadas de un nacionalismo religioso. Así, lo sagrado está presente en el campo político y lo político amalgamado a preceptos religiosos. Realidad, en la que la política asume contenidos religiosos: exaltación a las virtudes y obediencia ciega al Estado, la Iglesia y su líderes. Líderes considerados excepcionales e irrefutables por las élites partidistas, al extremo de posicionarlos como hombres divinizados e inspiradores de masas. Más bien, instigadores que actúan por medio de las emociones y los sentimientos más básicos del ser humano, convenciendo a sus fieles seguidores acerca de la superioridad del hombre según el color de la piel, los antecedentes genéticos o credo religioso.

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El renacer de la extrema derecha

Carlos Rodríguez Nichols

La extrema derecha prolifera por el mundo entero. Se ramifica desde el norte de Europa hasta los confines del continente americano. Ultranacionalistas demagogos apuestan por discursos populistas dirigidos al colectivo social de forma trasversal. Apelan a los sectores rurales y a los clases medias urbanas, así como a los sectores más conservadores de la sociedad.

Por un lado, las clases obreras se sienten cada vez más defraudadas de las “nuevas izquierdas aburguesadas”, que han demostrado sed insaciable por el estatus que tanto odian y el dinero que siempre anhelaron. No hay más que mirar de cerca los falsos montajes escénicos de la familia Kirchener, el clan Chaves- Maduro y sus billonarios beneficiarios, así como la escandalosa fortuna de los hermanos Castro. Todos ellos a costa de pueblos sumidos en la pobreza y toda clase de carencias. Por otro lado, el inevitable hastío de las clases medias urbanas defraudadas de los partidos tradicionales de centro derecha incapaces de solventar las necesidades básicas de la mayorías: estabilidad laboral, sueldos acorde a los índices inflacionarios, y ante todo la esperanza de un ascenso social.

La suma de descontentos de los sectores rurales y urbanos han movido el péndulo político hacia la derecha, a una extrema derecha que enardece el ultranacionalismo y los supuestos “ideales tradicionales” aunque descontextualizados en el presente: oposición absoluta a la crisis ambiental, desregulación de medio ambiente, apertura y uso de parques nacionales para fines mercantilistas sin importar las consecuencias a largo plazo, menosprecio racial, oposición a la inmigración, absoluto irrespeto por la igualdad de género y los derechos de hombres y mujeres sin distinción de credo o predilección sexual, y obviamente oposición a la interrupción terapéutica de embarazos.

En otras palabras, acoso al “Otro” que  no cumpla con los parámetros o paradigmas incriminados por esta suerte de cúpula política de carácter inquisitivo. Asimismo, esta clase política ultraconservadora es caldo de cultivo del sector más recalcitrante y ortodoxo de la sociedad. Aquellos que por décadas permanecieron en silencio obligatorio ocultando su admiración por caudillos extremistas, por xenófobos dictadores que jugaron con la humanidad a su antojo exterminando hombres, mujeres y niños según sus creencias, afiliaciones políticas o tendencias personales.

Esos miles y millones que alabaron los “aportes” de Adolfo Hitler a la economía alemana, al precio que fuera mientras no afectara el entorno personal. Neofascistas que aún admiran a Francisco Franco sin importar su doble moral: por un lado su estrecha relación con el Opus y la Iglesia Católica y por otro lado su encubrimiento al nazismo y a las atroces políticas de exterminio del Tercer Reich.

Por eso, uno de los errores más contundentes del Partido Socialista Obrero Español fue reclamar de forma insistente la exhumación de los restos del dictador Francisco Franco que yacía en la inadvertencia de la mayoría de los españoles. Pedro Sánchez con su retórica oportunista quiso hacer del ex autócrata una des las piedras angulares de su campaña presidencial. Desafortunadamente, en política los resultados no siempre resultan como muchas veces se calculan: la exhumación de Franco avivó el fervor de los admiradores del dictador, de la extrema derecha, del ultranacionalismo y de ese amplio sector de la población inconforme con los partidos tradicionales. Esto dicho, le dio alas al animal ponzoñoso, le dio fuerza y posicionamiento a VOX, el partido neofascista liderado por Santiago Abascal, al punto de convertirse en la tercera fuerza política, duplicando el número de diputados en sólo once meses de presencia en la arena política española.

Pero esto no es todo. El reciente pacto entre el Partido Socialista Obrero Español y Unidos Podemos, acuerdo aún en fase embrionaria, es la interacción de dos movimientos izquierdistas, es decir, un acuerdo entre el socialismo moderado español, y el partido comunista ortodoxo marxista-leninista. Una jugada de alta peligrosidad ante la mirada de inversores extranjeros y, consecuentemente, frente al crecimiento económico español “en vilo” según la opinión de doctos en la materia.

Una vez, más el electorado no soporta las triquiñuelas y artimañas de los partidos constitucionales, caminatas  a oscuras por callejuelas sin salida con tal de ocupar las altas esferas gubernamentales. La reciente negociación entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es una demostración de las tantas falacias y subterfugios de dos políticos sedientos de poder al precio y coste que sea; sin importar, obviamente, las consecuencias ni la estabilidad de la nación que pretenden presidir.

Este nexo aparte de ser contraproducente para la pujanza de España, uno de los 27 miembros de la Unión Europea, sin duda reforzará a corto y mediano plazo el posicionamiento y poder de la extrema derecha española. “Vamos por ellos”, es el lema que exclaman los fervientes seguidores neofascistas que conforman la nueva ultraderecha española.

Esta tendencia ultranacionalista no es la excepción a la corrupción, al deseo de poder ni a las confabulaciones partidistas. Pero, para muchos puede ser la manera de poner un alto y cortar con las mentiras, el clientelismo y las jugarretas descaradas de los partidos tradicionales instalados en el poder desde hace más de cuarenta años.

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Europa. ¡Treinta años después!

Carlos Rodríguez Nichols

Hace treinta años el mundo celebraba la caída del Muro de Berlín, la unión de las dos Alemanias y el final de la rivalidad ideológica en una de las naciones más prodigiosas de la historia occidental: tierra de escritores, filósofos, científicos y célebres músicos y pintores. Territorio representativo de la idiosincrasia y cultura europea, la vieja Europa en el buen sentido de la palabra; vieja en cuanto a sabiduría, añejamiento, tradiciones y refinamiento.

También, nido de extremistas, de beligerantes xenófobos, desalmados ultranacionalistas que durante décadas desdibujaron los lauros de esta gran nación. Dicotomía de gloria y grandeza, así como de lo más bajo y terrenal del ser humano. Difícilmente, una nación ha producido hombres y mujeres de tan alto calibre y, de igual manera, raros especímenes humanos de la pequeñez de Adolfo Hitler y sus fervientes seguidores, fanáticos que no solo apoyaron sus demoníacos  preceptos, sino excusaron sus maltrechos pasos hasta el ocaso de su vida.

Tres décadas atrás el reloj mundial marcaba el fin de la atroz Guerra Fría, y con ella la constante incertidumbre de ver el mundo desaparecer en mil pedazos por error humano o, más aún, fruto de la irracionalidad de los hombres más poderosos del planeta: Nikita Kruschev a la cabeza del Kremlin y el clan Kennedy en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

El descenso de la Unión Soviética imposibilitó la sostenibilidad de sus “colonias económicas”, entre ellas, las naciones de Europa Oriental y su anclaje en el continente americano enraizado en la dictadura marxista leninista cubana. Los últimos años de la década de los ochenta del siglo veinte marcaron el otoño invernal del otrora esplendor soviético como potencia mundial.

La disgregación de la potencia soviética dejó al pueblo ruso en total irrelevancia ante el mundo entero: una economía por los suelos y un desequilibrio ideológico, social y político sin precedentes. Al punto que muchos pusieron en duda la verdadera potestad del régimen soviético. Para unos fue una contrabalanza al poderío de Washington, para otros fue una falacia maquillada de éxito y supremacía. Los más cautos apuestan a las dos teorías.

En fin, el Kremlin fue lo suficientemente “pujante” para mantener una rivalidad tensional, un  “codo a codo” con Estados Unidos durante más de cuarenta años, hasta terminar cayendo en el mayor desprecio global, en un absoluto desprestigio como potencia mundial. Así, el mundo dejó de ser dirigido por dos potencias para convertirse en una potencia unipolar. No solo potestad unilateral geopolíticamente hablando, sino orquestado por los fundamentos del libre mercado, la globalización comercial y el capitalismo salvaje vivido en las décadas de los noventa y principios de este siglo.

Pero, ¿cómo es posible que treinta años después de la precipitosa caída de la Unión Soviética, hoy Rusia se haya fortalecido al punto de ser uno de las naciones más determinantes del planeta? Sin duda, el liderazgo de Vladimir Putin como Jefe de Estado tiene gran cuota de relevancia en el asentimiento de la Rusia actual. En otras palabras, él tuvo la tenacidad para hacer resurgir la pujanza de la extinta Unión Soviética de sus propias cenizas. Le dio esperanza al pueblo ruso, desalmado y desacreditado, después de perder el lugar como potencia mundial. Tuvo la astucia de poder recuperar el orgullo nacional, restaurando así la importancia de Rusia a nivel global. La inteligencia de Putin, su vasto conocimiento de política internacional, de servicios de inteligencia y espionaje, así como sus contactos y estrategias inescrupulosas de carácter mafioso, han sido elementos claves para el fortalecimiento de Moscú y la recuperación del Kremlin en su rol geoestratégico de primer orden.

Sin duda, la intromisión exitosa de Rusia en el conflicto sirio sumado a la cercanía del Kremlin con China, Irán, la ambivalencia hacia Turquía, así como la injerencia económica en Latinoamérica han permitido fortalecer la potestad geopolítica rusa alrededor del mundo. Claro, esto no hubiera sido posible sin la “retracción” de Estados Unidos de tratados y acuerdos internacionales, al igual que la pérdida de liderazgo estadounidense en zonas conflictivas, protocolo, que corresponde a las primeras potencias mundiales. Una vez más, la existente relación entre Moscú, Pekín, Corea del Norte y Teherán, funciona como pivote axial antagónico al posicionamiento regional de Arabia Saudí y Washington como aliados sine qua non: ¡socios cada vez menos silenciosos!

Queda un paso importante por dar: el acercamiento de Rusia a Europa, a Bruselas como centro neurológico continental. La posible proximidad  entre la potencia rusa en asenso y el continente europeo, significaría la unión de mercados y economías conformadas por 500 millones de europeos, 150 millones de rusos y cuantiosas riquezas naturales en el territorio euroasiático. Sin más, implicará una sólida huella en la estructura geopolítica mundial.

Claramente, la restauración de relaciones comerciales y diplomáticas entre Bruselas y Moscú dependerá en gran medida del entendimiento y cooperación mutua de dos filosos estrategas: Emmanuel Macron y Vladimir Putin.  De igual modo, el éxito de la interacción comercial y diplomática ruso-europea afianzaría también las relaciones entre el continente europeo y la región asiática liderada por el gigante chino en estrecha cercanía con el Kremlin.

De producirse esta convivencia diplomática, Rusia consolidaría su liderazgo entre las ocho naciones más poderosas de la tierra. Esto dicho, ante la cada vez más desdibujada presencia de la primera potencia mundial en la arena política internacional.

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La democracia en ebullición

Carlos Rodríguez Nichols

Décadas atrás los presidentes se “escogían a dedo” entre aquellos que pertenecían a la oligarquía social, a la elite que decidía y mandaba según sus intereses de clase. Sólo se utilizaba al grueso de la población para legitimar esos mandatos de corte feudal. Esto quiere decir que actuaban según sus voluntades propias y no de quienes los eligían.  Hoy, la ecuación cambió.

Se acabó el tiempo en que las esferas políticas y la Iglesia hicieron de las multitudes incultas sus caballo de Troya para conseguir el poder, potestad, que alimentó la autoridad de los sectores privilegiados, de esa casta de escogidos por nacimiento o azar de la vida que alcanzaron los podios sociales. Desafortunadamente, estas élites en su mayoría carecen de sensibilidad para entender las precariedades de los desfavorecidos. En sus estrechas mentes el mundo esta dividido entre nosotros los muy pocos y ¡esas multitudes apenas visibles sin nombre ni mucho menos apellido!

Por eso, la clase obrera con sueldos muchas veces precarios reclaman exigencias inimaginables años atrás. En otras palabras, pretenden hacer valer su voto a cambio de mejores salarios, transporte público organizado, facilidades a vivienda digna y mayores oportunidades financieras para los pequeños empresarios. Pero ante todo, reclaman un nivel de salud y educación de primer orden. De esta forma, intentan valuar su soberanía a cambio de garantías que protejan los derechos fundamentales y la libertad individual.

Es decir, apelan a una democracia “participativa en la que por medio del sufragio eligen figuras públicas afines a sus prioridades vitales, obviamente en contraposición a las inequidades y desigualdades existentes. Desproporciones que en última instancia son caldo de cultivo de ponzoñosos populistas responsables de intoxicar a poblaciones vulnerables. Desorientación discursiva e ideológica que en lugar de reducir la disparidad y polarización social más bien exacerban las diferencias. Está demás mencionar las “dictaduras-democráticas” de las izquierdas sudamericanas que han llevado a sus pueblos a niveles económicos inenarrables, engaño que ha enriquecido con sumas billonarias a estos vergonzosos lideres supuestamente representantes de poblaciones más desfavorecidas.

Ante esta mentira compulsiva de la izquierda y derecha, una considerable parte de las clases medias han tenido que reducir su nivel de vida, actividades recreacionales y su seguridad laboral. Familias que a duras penas llegan a final de mes. En Europa las tazas de desempleo vuelven a dispararse forzando a las generaciones en edades productivas a conformarse con empleos desacreditados y mal retribuidos. En otros términos, se ha quebrantado el respeto a los gobernantes, al sistema, y ante todo,  desesperanza a posibles asensos sociales. De cara a esta realidad, los estratos medios se encuentran decepcionados frente a un futuro amenazante cada vez más insostenible para la mayorías. Por otro lado, los sectores  populares se ven desorientados ante movimientos de izquierda que resultan tan codiciosos y sedientos de dinero como los más férreos capitalistas.

Todo esto, ha enardecido la furia de importantes sectores alrededor del mundo: los virulentos atropellos en Cataluña, el levantamiento del pueblo boliviano hasta el hartazgo de los abusos de poder, así como las violentas manifestaciones en Santiago que no son más que el ahogo de décadas de inequidad. Esto, para mencionar algunas de las revueltas callejeras de alta peligrosidad.

A pesar que en Chile los niveles de pobreza han disminuido de forma considerable durante las últimas décadas, los beneficios sociales no se equiparan al crecimiento estatal de un país considerado modelo de bonanza macroeconómica a nivel regional.  Por eso, hay que responder estas preguntas: ¿Cuenta Chile con un sistema de educación gratuito de primer orden de acuerdo a su crecimiento económico? ¿Los sistemas de salud y el transporte público son dechados o paradigmas de un país que se afana de ocupar los puestos más respetables de crecimiento en el continente americano? ¿El Estado chileno ha sido lo suficientemente responsable para proporcionar condiciones dignas a la cantidad de refugiados que pululan las calles de Santiago, inmigrantes que han aumentado los niveles de miseria y desigualdad social ya existentes?

Sin duda, los célebres Chicago Boys construyeron una estructura que produjo resultados económicos invaluables, pero y un gran pero, este indiscutible andamiaje no llegó, en la proporción deseable, a los más necesitados, a esos que hoy violentan la seguridad de la ciudadanía con barricadas, incendios, asaltos y asesinatos. Conductas intolerables e inexcusables de cualquier ángulo que se mire. No obstante, estos actos deplorables son achacables a profundos trasfondos sociales de inequidad; es decir, a magras condiciones de vida. Vidas en muchos casos incapaces de solventar las necesidades básicas del ser humano.

Ante esto, la única forma de salvar la democracia es tomar consciencia. Cada uno desde su subjetividad debe fomentar la construcción de sociedades más equitativas, colectivos donde la mayoría tenga acceso a sistemas de salubridad y educación gratuitos y profesionales, es decir, entornos saludables que permitan crecimientos personales y mayores posibilidades de ascenso socioeconómico. Si no, el mundo continuará siendo testigo de constantes revueltas callejera y revoluciones de masas. Indiscutiblemente, el siglo veintiuno es claro ejemplo de un entorno altamente tóxico, insano no solo a nivel ambiental sino, más aún, político y social.

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Inequidad ética y desigualdad social

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo está inmerso en un torbellino de adversidades debido a la sobre población planetaria, hambrunas, y epidemias resurgentes después de años de erradicación.  En gran parte, fruto de hordas migratorias huyendo de invasiones territoriales y de la crisis climática que amenaza la agricultura y al medio ambiente en términos generales: sequías e inundaciones que desafortunadamente afectan a las poblaciones más vulnerables, esos miles y millones que subsisten, si vale el término, alrededor de ríos desbordados, volcanes en erupción y derrumbes montañosos. Desastres poblacionales que dan pie a infortunios generalizados palpables mayormente en las clases rurales, así como en los sectores urbano marginales.

Hay incuestionables índices de miseria a pesar que el mundo es menos pobre y más desarrollado que en siglos anteriores. Es cierto. Existen avances tecnológicos  inadmisibles en décadas pasadas, sin embargo, también el mundo es testigo de desigualdades e inequidades sin parangón. Esta realidad ha crispado a multitudes a cometer vandalismos, asesinatos, hurtos y actos terroristas que sin duda tienen profundas raíces en estos comportamientos bestiales.

Este innegable descontento popular se ha convertido en piedra angular de movimientos antisistema en diferentes ciudades del mundo: Hong Kong, Cataluña, Líbano, y en varias naciones del cono sur americano. Manifestaciones que semejan maremotos callejeros se han apoderado de las principales vías y ciudades  de Chile, Ecuador y Bolivia, alterando los preceptos cívicos y la seguridad de los ciudadanos. Esto dicho, sin olvidar el malestar generalizado frente a las “calañas” políticas argentinas y brasileiras: corruptas mafias gubernamentales que han conducido las economías según sus intereses personales  y partidistas por generaciones. El desenlace de estos abusos de poder son los múltiples actos subversivos que atentan contra el ordenamiento de la sociedad civil y las garantías institucionales.

¿Son estos multitudinarios brotes producto de hechos contingentes, al azar, o existe una raíz común que fundamenta el descontento popular alrededor del mundo? Sin más, un profuso enfado señalado por “algunos” como viles conductas sediciosas o  comportamientos antisociales de activistas agitadores de masas urbanas. Sin duda los son. Sin embargo, hay que rasgar un poco más a fondo y profundizar en las razones o causantes de esta ira multitudinaria.

Existe un malestar generalizado entre las poblaciones mundiales acerca del abuso de poder de algunos sectores privilegiados tanto en el ámbito público como privado. Pero, la mayor molestia o inconformidad radica en la inequidad y desigualdad entre esa franja acaudalada cada vez más reducida de la sociedad y una apabullante mayoría carente de las necesidades vitales básicas del ser humano, es decir, poblaciones que sobreviven en medio de toda clase de carencias e incluso miseria. En otras palabras, un descalabro social y político que afecta en última instancia a las poblaciones más frágiles y endebles: jóvenes con futuros sombríos, jefes de familia con escasas posibilidades de cubrir insuficiencias alimentarias, y personas de la tercera edad imposibilitadas a sufragar gastos personales con vergonzosas jubilaciones; especialmente, teniendo en cuenta los cuidados requeridos y las necesidades salubres de este grupo poblacional en edades avanzadas.

Todo esto ha producido un furia en la gente de a pie, en los hombres y mujeres “normales y corrientes”, hasta el hartazgo de arbitrariedades impuestas desde arriba. Compadrazgos que benefician a las argollas dirigentes sin importar las consecuencias vitales de los más necesitados a corto, mediano y mucho menos largo plazo. Hoy, las revueltas callejera en Chile y el vandalismo popular vivido en Hong Kong y Bolivia no son más que el resultado de políticas sesgadas, medidas ejecutadas de forma transversal para favorecer una vez más a los sectores prominentes del colectivo social.

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El ocaso de la razón

Carlos Rodríguez Nichols

La sociedad democrática hija de la Ilustración se construyó sobre la razón y no la emocionalidad o el sentimentalismo. Racionalidad que apela al fundamento de la verdad, la comprobación, el conocimiento científico y la reflexión como pilares del entendimiento. Así, el Renacimiento y los siglos posteriores se convirtieron en pozo del saber documentado. Valores como la honestidad y lealtad fueron los cimientos de la idiosincrasia de Oriente y Occidente, culturas en las que la rectitud fue piedra angular y elemento constitutivo del colectivo social en términos generales.

La modernidad proporcionó espacios de libertad insospechados en épocas anteriores, sin embargo también pulverizó reglas y normas de comportamiento interpersonales dando mayores márgenes a la individualidad, el egocentrismo y un narcisismo desenfrenado; es decir, idolatría al mercantilismo y al dinero duro y puro al precio que sea, irrespetando todo referente de autoridad. Autoridades que no solo se demarcaron sino que en muchos casos han sido cómplices de las conductas más insanas del ser humano.

Esto ha causado una descomposición social a gran escala en la que un importante número de políticos, ciudadanos, curas y delincuentes van por la libre actuando según sus más perturbados intereses. Es tal el irrespeto a los valores y normas establecidas que la humanidad se perfila hacia una vorágine colectiva,  desorden social en el que cada uno es dueño y señor de su propia vida escapando  por todo medio posible a la justicia, justicia que muchas veces es todo menos justa, diáfana o transparente.

Por eso, la necesidad de populistas y “demagogos pseudo-religiosos” de recurrir a la emocionalidad. Emocionalidad utilizada en gran medida por movimientos extremistas de izquierda y derecha para exacerbar la falacia, el mito y la intuición de la mayoría; es decir, de los menos ilustrados o escasamente favorecidos a nivel intelectual. Un retroceso al guion narrativo, a la ficción, la inventiva de utopías de grandiosidad incongruentes con todo pensamiento racional fundamentado en la veracidad de los hechos.

Ahora parece no importar el engaño o tergiversación de  la realidad, después de todo siempre hay corruptos ansiosos de poder que se vender al mejor postor. Así, los transgresores de la ley salvan su paupérrima integridad, saliendo muchas veces ilesos de comportamientos mafiosos o negocios al margen de la legaidad. La trama se basa en manipular las variantes de tal manera que no se encuentre vestigios de irregularidad alguna.

Es vergonzoso como miles de curas acusados de las más viles y perversas acciones se esconden bajo la potestad de la Iglesia para huir del castigo de la ley. De igual forma, mandatarios y funcionarios públicos intentan escapar al yugo de la justicia amparándose en el poder de su dinero comprando supuestos verdugos. Resultan degradantes las recientes artimañas llevadas a cabo por la Casa Blanca para proteger al presidente, señalado desde diferentes flancos como auténtico corruptor de la verdad. Sin embargo, debido a su carente refinamiento intelectual él se enreda en sus propias incongruencias, en una falacia compulsiva marcada por constantes contradicciones. No solo actúa inadecuadamente según los preceptos constitucionales sino que repetidamente obstruye la justicia para evitar males mayores contra su persona o los de la organización familiar que tras bambalinas aún dirige.

Es tal la desfachatez que en repetidas ocasiones se ha prestado a seguir las directrices marcadas por sus rivales políticos con tal de abonar su terreno a futuro. En otras palabras, es un “ganso” de Vladimir Putin y la argolla de oligarcas moscovitas cada vez más fuertes a nivel geopolítico y económico. Maniobran al mandatario estadounidense a cambio de ocultar irregularidades de su pasado o en el mejor de los casos favorecer sus millonarias inversiones inmobiliarias a mediano y largo plazo. Los rusos no son los únicos que lucran con el aval o la mirada ciega del Despacho Oval.

Los príncipes saudíes son tan cercanos al presidente norteamericano que la Casa Blanca de forma repetida ha negado los nexos financieros de Arabia Saudí con grupos extremistas, así como la autoría intelectual de la familia real saudí en el macabro descuartizamiento de un periodista, corresponsal, conocido por sus álgidas críticas a las políticas del principado petrolero a nivel internacional. Irregularidades de la actual Administración de Washington, pasadas por alto o escusadas por sus fervientes seguidores.

Aún hay un importante sector de la población que apoya a este suerte de filibusteros políticos. En el ámbito internacional, Cristina Kirchner será relegida vicepresidenta de Argentina después de haber usurpado una  colosal fortuna de las arcas estatales durante la risible “década ganada kirchnerista”. Indistintamente de los discursos políticos, todos estos populistas e inmorales religiosos tienen algo en común: venden una ficción, una narrativa construida a la medida de un importante fragmento de la sociedad incapaz de ir más allá del irracional guion novelado. Tristemente, son viles mercaderes de irrealidades, de  sueños de grandiosidad imposibles de alcanzar. En otras palabras, vendedores de falsas promesas para embaucar a los más sencillos de pensamiento, a ese grueso de la población carente de las herramientas necesarias para construir análisis realistas basados en datos comprobados. Esos son los que alimentan a estas organizaciones religiosas que rallan en el fundamentalismo de políticos corruptos y  movimientos extremistas.

No es nada nuevo, esto ha existido a lo largo de la historia. Vulgos que apoyaron a retorcidas personalidades políticas hasta en el ocaso de sus lechos mortales o escondites subterráneos: Nerón, los Borja, Hitler, Castro y Maduro son algunos de los miles de desalmados que han destruido a sus pueblos. Hoy, ¡a estos vulgares y apasionados prosélitos los llaman las bases partidistas!

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