El Harold de Salinger

Carlos Rodríguez Nichols

En la década de los años cincuenta, Estados Unidos vivía su mayor auge imperial como potencia capitalista. Prosperidad económica fruto del desarrollo industrial y científico en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Un éxito sin precedente que situó a la nación norteamericana en la cima de la investigación, la medicina, astronomía y primera fuerza militar del mundo. Hasta la fecha, Estados Unidos sigue ocupando posiciones de excelencia en centros universitarios, tecnología, artes y ciencia a escala global; progreso que se debe en gran medida al compromiso de los ciudadanos con el desarrollo del país. 

El estadounidense, indistintamente de su origen o clase social, se identifica con el poderío nacional y la posibilidad de un crecimiento personal, el “american dream” que todos ansían alcanzar. Aquellos que se han revelado a las reglas del juego pagaron con el rechazo o castigo social, especialmente hace setenta años cuando Salinger publicó el Guardián entre el centeno.

Harold, el personaje principal de la novela, personifica la voz antisistema. Se resiste a seguir los códigos de la época impuestos por figuras de autoridad: sus padres, el director y personal docente de la escuela, así como las normas éticas y morales dictadas por el colectivo social. Harold no solo irrespeta los código sociales, sino también encarna al perdedor, el “looser” en la estructura capitalista, el individuo equis que no ansía crecimiento personal ni tampoco representa un plus para la sociedad; dicho de otro modo, carece del valor agregado fruto de una sólida construcción subjetiva. Harold simboliza la otra cara del sistema, es decir, el lado oscuro de la cultura estadounidense. 

Ante la mirada pública, la nación norteamericana está construida sobre mandatos legales y religiosos fusionados en el núcleo familiar tradicional. Y, todo aquel que se revelara contra el status quo era considerado una amenaza al orden establecido, era señalado en categoría de anarquista, rojo o comunista; en otros términos, la escoria social que bracea contra corriente. 

Harold es un poco todo eso, es el vivo retrato de la anarquía y el nihilismo a nivel personal y ciudadano. Es clara demostración del vicio en contraposición a los valores de virtud, deber ser, honor y verdad. A su temprana edad, se escapa del colegio y de casa de sus padres, deambula por bares con prostitutas y profana creencias religiosas con un lenguaje soez. De todo ángulo que se mire, Harold es el semblante de la mediocridad, el revés del éxito o deseo de superación que se espera de los ciudadanos de la nación más poderosa del mundo. Nación donde no había espacio para desechos humanos que cabalgaran a contrapelo de las normativas sociales: prostitutas, homosexuales, alcohólicos, drogadictos y, ante todo, agitadores por activa o por pasiva de los cimientos del capitalismo. 

Hoy, esto dicho resuena a un conservadorismo anacrónico pero así estaban trazados los preceptos ideológicos de Estados Unidos durante buena parte del siglo veinte; especialmente en tiempos de la Guerra Fría, periodo en que los servicios secretor de inteligencia ejercían un control silencioso sobre los ciudadanos. Una vez más, cualquiera que mostrara signos antagónicos frente el orden social simbolizaba un peligro para la sociedad y, por lo tanto, considerado persona non grata. Aún más, era la antítesis de los valores patria. 

Si es así, ¿por qué la novela de Salinger causó tanta convulsión, al punto de haber sido material censurado por muchos años? Sin duda, el personaje de Harold representa al adolescentes temerario y al adulto inconforme con la organización social. Prueba de esto es la influencia que la novela ejerció sobre reconocidos asesinos de figuras públicas, entre ellos el autor homicida de John Lennon y el desequilibrado mental que intentó poner fin a la vida del presidente Ronald Reagan. En los dos casos, ambos insociables fueron fanáticos admiradores de la obra de Salinger. 

También, puede pensarse que Harold es la puesta en escena o, dicho en otros términos, la proyección de ciertos rasgos de personalidad antisocial del mismo Salinger; es decir, el alter ego del autor mediado por los significantes socioculturales materializados en la figura de Harold. Más allá de las particularidades de carácter o el comportamiento misántropo del autor, la obra de Salinger sigue siendo reconocida a nivel mundial. Reconocimiento, no tanto por su talente literario sino por el mensaje subliminal expresado de forma muy sutil; cualidad, que en última instancia, le da un innegable valor narrativo. Además, uno de los principales atributos de la novela es el abanico de interpretaciones que ofrece al lector.

El Guardián entre el centeno puede leerse como instrumento apológico a levantamientos de masas contra el imperialismo estadounidense, nación fabricante de hombres y mujeres masificados que sirven a un bien común: el capitalismo mundial. En otras palabras, todos los ciudadanos son moldeados bajo el mismo paradigma para servir a la misma causa. Por eso, los indeseados que se enfrentan al “establishment” son abortados por el sistema. En el mejor de los casos, terminan sus días auto-eliminados de la luz pública, como fue el final de Jerome David Salinger, autor de una de las novelas más polémicas del siglo veinte.  

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Deseo de escribir

Carlos Rodríguez Nichols

Siempre me gustó escribir. Recuerdo que cuando niño jugaba a ser el dueño de una librería. Tenía facturas, sellos y una colección de lápices extranjeros. Durante la adolescencia, asistí al primer taller de escritura donde escribí varios relatos sobre malabaristas y personajes circenses. En la universidad disfrutaba escribir ensayos sobre política y psicología, artículos en los que ponía a prueba mi capacidad de análisis y aptitud de síntesis. Aunque no pensé dedicarme al oficio de escritor, reconozco que siempre hubo en mí un mundo literario por explorar: energía que aún pulsa con mucha fuerza.

Existe un paralelismo entre la psicología y la labor de escribir. Algo del inconsciente se plasma en el papel, en ese trozo de tiempo donde se cavan sueños, verdades o incluso mentiras, un entretejido de ilusiones hiladas con frases, párrafos y cientos de palabras. Sin duda, la estrecha conexión entre Psicología y la práctica narrativa me proporcionaron herramientas para un crecimiento personal, tanto a nivel creativo como emocional. 

Claro, esto no lo hubiera logrado sin la constancia y empeño que dedico a mis artículos, principalmente ensayos sobre política internacional y realidades sociales; temas que exigen una documentación rigurosa. Aprendí a estructurar los escritos con las mismas pautas de las tesis escolásticas, pero sin la severidad de los trabajos académicos. Desde que terminé el Master en Narrativa habré escrito más de doscientos artículos. Unos buenos y otros, según algunos de mis seguidores, sobresalientes. Trato de obtener un buen resultado de mis escritos aunque mi mayor deseo consiste en compartir conocimiento, construir un corpus ideológico permeado de vivencias personales.       

En mi desarrollo como escritor también he estado expuesto a experiencias negativas. Viví un “bullying silencioso”, de tres compañeros, en un instituto de escritores cuyo nombre no es necesario recordar. Sin embargo, aprendí del personal docente y de la institución en términos generales. Hoy, no son más que situaciones relegadas al olvido por insignificantes y mezquinas. ¡Tres tristes tigres trigo comieron!…

Borges decía “que no hay mayor desprecio que el olvido”. Ésto es válido mientras no se piense en los seres despreciados, porque sino permanecerían vivos en la memoria, en un presente malsano que no termina de romper con el pasado, por más lejano o enterrado que supuestamente esté. Hoy, un lustro más tarde, lo veo como parte integral de mi superación, de una evolución intelectual como escritor y hombre adulto. Hombre adulto, en lo imperioso de ambos conceptos. 

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“El mejor presidente de la historia”

Carlos Rodríguez Nichols

Poco importa lo que el hombre fuerte de la “America First” diga o los errores que cometa, siempre ha sido y continúa siendo adulado por sus incondicionales seguidores. La mitad de la población estadounidense y sus “fans” alrededor del mundo comulgan con sus ideas, tosquedad y matonismo para gobernar. 

Se identifican con su comportamiento y forma de liderar la nación, al punto de compararlo con próceres de la estatura de Lincoln y Washington, y estadistas de la talla de Winston Churchill. Ante todo, alaban su capacidad para negociar y sus virtudes en el campo económico. En otras palabras, anteponen resultados económicos a los valores de honorabilidad, lealtad y dignidad; principios, que se esperarían del líder de la primera potencia mundial.  

A nivel internacional, la actual Administración rompió tratados comerciales con Asia y Europa, así como el acuerdo anti nuclear con Irán. Desacreditó la crisis climática y el Pacto de Paris y la labor de Naciones Unidas en las últimas siete décadas. Acusó de corrupta a la Organización Mundial de la Salud en medio del Covid-19 y se mofó de las recomendaciones sanitarias de reconocidos epidemiólogos. No obstante, Estados Unidos es el país con más contagios, hospitalizaciones y muertes por el Coronavirus, epidemia que ha causado ochenta veces más muertes que el atentado a las Torres Gemelas. 

Si la Casa Blanca no ha podido controlar y mucho menos combatir el “virus chino”, difícilmente podrá vencer al bloque nuclear-militar conformado por Beijín y Moscú, con el apoyo nuclear de los ayatolas iraníes y el dictador comunista norcoreano. Paradójicamente, mientras el supuesto “mejor presidente de la historia” se dedica a desacreditar las propias instituciones estadounidenses, las potencias nucleares se arman hasta los dientes con miras a una posible confrontación militar. En los últimos cuatro años China y Rusia han aumentado su presencia y poder global, y Corea del Norte e Irán han enriquecido exponencialmente su arsenal nuclear a espaldas de la inaptitud de la actual Administración estadounidense. 

A nivel ideológico ha polarizado a los estadounidenses entre amigos y enemigos, derechistas ultranacionalistas y socialistas liberales, empoderando a movimientos  neofascistas, conflictos interraciales y teorías de la conspiración alimentadas por organizaciones extremistas. En otros términos, ha sembrado ira y animadversión en sus incondicionales fanáticos; especialmente, los sectores rurales con una educación elemental incapaces de entender los principales ejes de geopolítica multilateral. 

Ahora más que nunca se requiere de políticas públicas congruentes con las necesidades de millones que viven en el umbral de la miseria, así como  soluciones diplomáticas a conflictos internacionales. La humanidad, conformada por más de siete mil millones de personas, exige madurez emocional de sus dirigentes: el matonismo y la tosquedad son anclajes populistas y axiomas políticos de gobernantes tercermundistas inaceptables en líderes de naciones nucleares. 

Los ciudadanos de la primera potencia se manifestaron de forma democrática el pasado 3 de noviembre. Sin duda, ganó la democracia. Ahora, el  futuro de los estadounidenses y la “estabilidad mundial” pende de la voz de una mayoría del electorado que rechaza a Trump como el “mejor presidente de la historia”. 

El presidente electo hereda una nación polarizada inmersa en un espiral de tormentas viscerales, esto, sumado a las consecuencias socioeconómicas de la pandemia del siglo. Epidemia que ha terminado de cavar la desigualdad de clases y los conflictos raciales ya existentes; es decir, ha profundizado la lucha de poder entre los supremacistas blancos y las poblaciones negras o minoritarias a favor de la igualdad de derechos. Pulso entre organizaciones extremistas como QAnon o los Proud Boys y, por otro lado, los seguidores del movimiento Black Lives Matter: dos caras de la misma moneda que rivalizan el escenario político-sociocultural estadounidense. El panorama a futuro es nubloso de todo ángulo que se mire; no sólo para Estados Unidos, sino para el mundo entero.  

¡Buena suerte, Biden! 

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Delirio político

Carlos Rodríguez Nichols

Los actuales políticos populistas y sus acérrimos seguidores rozan el delirio,  “delirio compartido” donde unos y otros son copartícipes de este desquicio opuesto a toda lógica y pensamiento racional. Maquinaciones y tejemanejes en las que demagogos y aduladores construyen un corpus ideológico desconectado de la realidad. Es decir, fabrican una realidad paralela a la verdad, a postulados establecidos y certezas colectivas. En otras palabras, una ficción que se basa en guiones o narrativas ilusorias cargadas de imaginación en las que “tirios y troyanos” se cubren con el mismo manto de mentiras. 

Esta suerte de yunta electoral tiene más de compadrazgo oportunista que estrategia política. En otros términos, megalomanía con la que intentan tapar la demagogia populista y la complicidad de sus partidarios. No es nada nuevo, las políticas segregacionistas han existido a lo largo de la historia y aún son plausibles por bandos extremistas: comunistas trasnochados que perdieron el norte político y la venenosa ultraderecha a contra pelo de la ciencia y el bienestar social de las mayorías. Nacionalistas que alaban a cínicos dictadores propagadores de odio y venganza y por otro lado se persignan y encomiendan a los santos. En otras palabras, ¡“el que mata y reza, empata”! Nada más claro que la otrora relación político religiosa de Franco y Pinochet con el Opus, y actualmente Bolsonaro con la Iglesia Evangélica: control masivo de los pueblos por medio de autoridad, fuerza, pecado y culpa. Es decir, una farsa discursiva de todo ángulo que se mire.  

Delirios políticos dirigidos a espectadores que hacen oídos sordos, a públicos carentes de profundidad de pensamiento alimentados por la codicia e intereses de grupos de poder. Discursos adaptados a las necesidades de poblaciones rurales, clases medias urbanas y los sectores conservadores de la sociedad. Masas incapaces de cuestionar la veracidad de sus líderes ni tampoco capacidad de análisis para diferenciar fundamentos de falsos andamiajes. Rebaños humanos deslumbrados por oratorias hechas a la medida, guiones, en los que no importa el contenido que se diga, sino el impacto y eco de las palabras. No hay evidencia más clara de esto dicho que la deshonesta campaña electoral estadounidense.

El presidente de la primera potencia mundial pone en materia de duda la seguridad y eficacia de los servicios secretos, las entidades de inteligencia y el profesionalismo del sistema electoral. Durante cuatro años ha desacreditado la institucionalidad de Washington frente a potencias rivales. En lugar de haber construido un mejor sistema de correos durante su presidencia, se limitó a desvalorizar y denigrar la integridad del sistema norteamericano, acusando de fraudulentas las elecciones presidenciales y al partido opositor, como si se tratara de una contienda electoral en una republica bananera tercermundista.

Después de semejante pobreza de liderazgo, queda claro que China, Rusia e Irán están al tanto de las flaquezas internas de Estados Unidos: “tierra virgen” para un ataque cibernético y biológico, o, en el mejor de los escenarios la posibilidad de inmiscuirse en el “entredicho” aparato electoral a favor de uno u otro candidato. A todas luces, lamentable vergüenza de tan cuestionado personaje que, día a día, desacredita la política de Estado a los más bajos niveles de vulgaridad; conducta contraria a su investidura como el supuesto hombre más poderoso y respetado del mundo.   

¡Ahí, la diferencia entre vulgar populismo de espectáculo y la popularidad decorosa de un mandatario serio y responsable!    

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Crisis mundial

Carlos Rodríguez Nichols

Hoy el mundo vive una de las coyunturas más desesperanzadoras de la historia contemporánea. Desequilibrio que amenaza la salud física y mental a escala planetaria con consecuencias devastadoras principalmente en los sectores menos favorecidos de la sociedad. El Covid ha azotado a la humanidad produciendo una hecatombe económica y social a escala planetaria. 

Si las naciones más poderosas se han visto afectadas, claramente, las economías en vías de desarrollo están viviendo uno de los descalabros más contundentes del último siglo. En la mayoría de países latinoamericanos el grueso de las poblaciones no puede cubrir las necesidad básicas, y otra gran parte a duras penas llega a final de mes. Esta obscura realidad social que se remonta a décadas anteriores se ha magnificado en tiempos de pandemia. No hay más que mirar alrededor para entender las atrocidades causadas por esta epidemia; enfermedad que ha profundizado la miseria y desigualdad de clases. Es decir, la mayoría de la población mundial naufraga océanos de pobreza en un presente cada vez más pálido e incierto. 

Ante esto hay que preguntarse: ¿es el Covid-19 la causa o la consecuencia de la crisis socioeconómica que vive la humanidad? En el caso que la pandemia sea responsable de la actual debacle mundial, entonces, la vacuna sería la respuesta y solución óptima a un problema transitorio y circunstancial. Es más, si ninguna de las vacunas lograra inmunizar las poblaciones, sin duda la ciencia desarrollaría tratamientos paliativos para alargar la vida de pacientes infectados. 

Pero, y un gran pero, qué sucede si el Coronavirus es consecuencia de los excesos y desmesuras cometidas por el hombre en la última mitad del siglo pasado hasta la fecha. Si fuese así, Covid-19 es la nomenclatura, en sentido figurado, de un encadenamiento de desproporciones, exuberancias y opulencias de un reducido porcentaje de la población mundial tanto a nivel macro político como micro social. 

A escala macro política, los gobiernos de naciones poderosas fabrican armas nucleares y biológicas de destrucción masiva con el único fin de obtener potestad sobre potencias rivales. No importa cuántos mueren o quedan desvalidos, lo único que interesa es el imperioso sello de fuerza y poder sobre posiciones enemigas. 

A nivel micro social existe una pérdida de valores en términos generales, desde los estratos más bajos de la jerarquía hasta los sectores favorecidos con acceso a formación académica, centros educativos y salud de primer orden. En otras palabras, aquellos con la “supuesta responsabilidad” de conducir la sociedad con ejemplo de rectitud y honestidad. Desafortunadamente, en muchos casos no es así. 

El consumismo salvaje y el afán de ascender y pertenecer ha sumido a las minorías en una deplorable desproporción de codicia. Es decir, ha producido una crisis de integridad y desvalorización de los principios éticos y morales ejes de la construcción humana. Al punto que, con tal de salvar los propios intereses económicos, privilegios y favoritismos, muchos de ellos se hacen la vista ciega ante las artimañas de algunos vivarachos que ironizan las normas legales. Aún más, no imputan a los que infringen la ley valiéndose de toda clase de artificios para escabullir obligaciones fiscales. Estos, incluso son vistos como astutos trapecistas en este circo de falacias y mentiras. 

Todo este engaño colectivo ha producido una caída de referentes de autoridad y una desvalorización de los principios universales de honor, lealtad y verdad. Aquel anticuado mandato de limpiar el nombre propio, y actuar de acuerdo a los códigos y ordenanzas establecidos, quedó relegado al pasado. Ahora, los “sin-vergüenza” han llegado a tal extremo que los tránsfugas y delincuentes de cuello blanco hacen alarde de sus perversas destrezas para burlar el ordenamiento civil. Cómo dicen algunos: ¡“la vergüenza pasa, y la plata queda en casa…”!   

Por eso, la crisis mundial no se limita exclusivamente al Covid-19 o a la supuesta vacuna milagrosa pivote de la recuperación económica hacia la entredicha normalidad, al otrora capitalismo salvaje. El Coronavirus es el significante de una enfermedad socioeconómica y la putrefacción del orden establecido por las grandes potencias mundiales; es decir, un sistema económico que no alcanza a solventar la extrema miseria y la altos índices de pobreza que azotan al mundo. Ante todo, es el claro ejemplo de la pérdida de filtros o contenciones que intentan aquietar la bestia, esa animalidad encarcelada en el ser humano. Animalidad travestida de codicia, egocentrismo, decadencia y perversión. 

No se puede seguir haciendo caso omiso y perdonar las fechorías de corruptos gobernantes simplemente por favorecer los intereses económicos de una clase acomodada en un entorno de privilegios. Tampoco, permitir el doble discurso político de la corrupta izquierda o la retorcida extrema derecha involucradas en asociaciones ilícitas con grupos de poder y organizaciones silenciosas: capos de la mafia envueltos en  el lavado de millonarias sumas de dinero a través del tráfico de armas y estupefacientes. Ejemplo de esto es el compadrazgo de Maduro con los altos mandos del narcotráfico colombiano, estos últimos, ligados al mismo tiempo a la estructura política colombiana tradicional. Entonces, ¿es el Covid-19 solamente una virus que ataca el sistema respiratorio de ciertos grupos poblacionales o, más allá del deterioro orgánico, es la viva representación de la descomposición política y socioeconómica a escala mundial? 

Es importante que la ciencia avance en el desarrollo de tratamientos seguros y eficaces para combatir esta epidemia, enfermedad social que ha costado la vida de más de un millón de personas y ha afectado la condición física de una treintena de millones a lo largo y ancho del planeta en los últimos seis meses. Sin embargo, lo más importante es un reposicionamiento del hombre ante una sociedad que se destruye a sí misma, debido a la pérdida de valores y un ordenamiento integral como ser humano. Se requiere una verdadera toma de consciencia: una racionalización del pensamiento y un sólido replanteamiento de los valores universales. 

Si no hay un giro de tuerca hacia la reconstrucción de sociedades más sanas y equitativas, entonces, la humanidad seguirá siendo azotada por virus y pandemias, por epidemias que afectan de forma transversal las economías. Poblaciones donde la gran mayoría son testigo de escases y pobreza mientras las minorías viven inmersas en burbujas de excesos: una dicotomía entre muy pocos privilegiados y miles de millones al borde del hambre. En otras palabras, una umbrosa realidad de muchos cuya única salida es engrosar las filas de la delincuencia, el narcotráfico y toda clase de trueques sigilosos a la sombra de la ley.  

El aislamiento físico y social debido al Covid-19 debe servir como medio de interiorización para reflexionar acerca del futuro a nivel personal, solidario y planetario. Volver a los excesos materiales, la frivolidad social, la promiscuidad y decadencia del pasado sería seguir caminando en arenas movedizas, en ese lodo obscuro y profundo que tarde o temprano termina matando la mente, el cuerpo y lo poco que queda de espíritu.

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China y Rusia: artífices del espionaje internacional

Carlos Rodríguez Nichols

El fin de la guerra Fría dio paso al multilateralismo geopolítico a nivel mundial. Actualmente, los ocho Estados más poderosos del mundo invierten billonarias sumas de dinero en tecnologías y estrategias de espionaje que permiten inmiscuirse, interferir y manipular los escenarios políticos de naciones rivales. El internet se convirtió en el canal de conexión del ciberespionaje; es decir, un medio idóneo para espiar, controlar y beneficiarse de la vulnerabilidad de otras naciones. En fin, piraterías tecnológicas y comerciales que violan los principios básicos del Derecho en aras de determinados intereses políticos. En otros términos, poderosos aparatos de espionaje destinados a robar información militar, nuclear y documentos confidenciales. 

Esto ha dado lugar a nuevas tácticas de confrontación: las guerras cibernéticas. Ya no se trata de hombre en el frente o la conquista de vastos territorios; sino, obtener información secreta de otras potencias para ejercer dominio sobre los recursos naturales mundiales y el liderazgo tecnológico a escala global. Durante siglos, las potencias mundiales han utilizado el espionaje para beneficio propio irrespetando tanto la soberanía de estados enemigos como de supuestos aliados políticos. En la actual era cibernética, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación de masas han servido como maquinaria de influencia masiva; un feroz control social donde la realidad es “trastocada” según el receptor al que se dirige. En otras palabras, “verdades” que no son necesariamente infalibles pero comunican lo que ciertos sectores quieren escuchar, es decir, métodos de desinformación instrumentados para satisfacer la ira y hostigamiento de poblaciones específicas. 

China y Rusia son los paladines de estas maniobras propagandistas o estrategias mediáticas, cuya finalidad es desacreditar las democracias de Occidente. Esto, no significa que los chinos y rusos son más retorcidos o perversos que la casta política occidental, sino, en todo caso, son los artífices del espionaje internacional y las nuevas guerras cibernéticas. Ciberinteligencia actualmente liderada por el bloque nuclear-dictatorial conformado por Rusia y China, estratégicamente aliados con Irán y Corea del Norte. Cuatro estados autócratas que intentan debilitar la hegemonía de Estados Unidos como primera potencia mundial. 

Para ello, se valen de sofisticadas armas tecnológicas capaces de inmiscuirse en la inteligencia estatal, las instituciones gubernamentales y organizaciones financieras; interfiriendo, de esta forma, en las políticas internacionales de Washington. Una guerra cibernética en la que participan hackers altamente especializados en ciberinteligencia, teorías de la conspiración y estrategias destinadas a polarizar las sociedades. Lo que en décadas pasadas se limitaba a la instalación de virus informáticos con fines fraudulentos, actualmente se ha transformado en una compleja red de “delincuentes de la ingeniería” que amenazan la seguridad mundial de forma cada vez más devastadora. Organizaciones clandestinas que han sacado a la luz pública documentos confidenciales acerca de supuestas filtraciones y derrocamientos de políticos opuestos a los intereses de las potencias. Información secreta que si desvela de forma irresponsable puede causar serios daños a las relaciones internacionales y a la comunidad de naciones en términos generales.

Ejemplo de esto dicho es la innegable injerencia cibernética rusa en el cerebro del partido Demócrata durante las elecciones estadounidense del 2016. También, la participación del Kremlin en el referéndum del Reino Unido sobre de la salida de la Unión Europea, y el apoyo de Moscú a grupos extremistas en Francia, España, Italia y Venezuela, para mencionar algunos de los satélites que giran alrededor de las políticas y medidas económicas de Rusia y China. ¿Con qué fin? alterar la geopolítica mundial y el balance de poder de las grandes potencias occidentales a escala global.

Ante esto, cabe preguntarse si las próximas elecciones en Estados Unidos estarán intervenidas por la ciberinteligencia china-rusa con el único fin de mantener en la Casa Blanca al actual presidente: un inepto en estrategia política internacional, que en lugar de fortalecer a Estados Unidos como líder del mundo más bien a empoderado a Moscú y Pekín al podio de supremacías mundiales. Hoy, cuatro años más tarde, América está desgastada internacionalmente y el bloque constituido por China y Rusia con el apoyo estratégico de Irán y Corea del Norte avanzan con más fuerza, profundizando la impronta geopolítica de Pekín y Moscú a nivel global. 

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Batallas ideológicas

Carlos Rodríguez Nichols

El reciente asesinato del afroamericano a manos de tres déspotas policías blancos es uno de los miles de homicidios en las calles estadounidenses. La muerte de George Floyd no se limita solamente a un problema racial; en todo caso, es el detonante que rebalsó el enojo colectivo contra la barbarie de la autoridad ante la mirada ciega de los sectores privilegiados. En otras palabras, defenestró una manifestación social frente al abuso de poder de las élites políticas, ejes de un sistema que dicta ser igualitario y equitativo, pero, es todo menos imparcial y distributivo. 

Detrás del brutal asesinato de Floyd se esconden una serie de cabos sueltos, que se remontan a décadas y siglos de exclusión. Minorías relegadas a las “segundas filas” del aparato social, en su mayoría proscritas a los anillos marginales escenarios de delincuencia, narcotráfico y prostitución. Realidad social en que la pobreza al rojo vivo es el elemento resonante de ese mundo bizarro. Es decir, entornos en que las poblaciones desfavorecidas son víctimas y victimarios de la umbrosa escoria social. 

Las protestas a lo largo y ancho de Estados Unidos con repercusiones en el mundo entero, no fueron solo actos de duelo por la muerte de un desconocido. Son expresiones del descontento global frente a políticas de orden dictatorial en naciones supuestamente democráticas, aunque en muchas ocasiones  irrespetuosas de los fundamentos y pilares de la república

Este descontento  no se limitó exclusivamente a marchas de orden pacífico. Detrás de ellas habían grupos extremistas de izquierda y derecha, organizaciones antifascistas y grupos neonazis, milicias armadas encubiertas, anarquistas, mercenarios, y también saqueadores de bienes en tiempos de pandemia y altísimo índice de desempleo. Es decir,  movimientos antisistema orquestados por extremistas ideológicos sagazmente infiltrados entre los defensores de la equidad racial y derechos de las minorías. 

Minorías que a la fecha se rigen por cánones impuestos por los sectores dominantes; mayormente hombres blancos, cristianos, políticamente conservadores,  con el poder económico y social para legislar a favor de sus interese personales y las élites privilegiadas a las que pertenecen. Para estos, los “otros” son simplemente sujetos de inferior estatura social a los que consideran y tratan de forma discriminatoria. Aún en el presente, indígenas y negros en países tercermundistas son testigo de escabrosas condiciones semejantes a las que vivían esclavos en siglos pasados. Hoy, los excluidos sociales gozan de una “libertad” que les permite mayor movilidad aunque siempre encadenados a la miseria con escaso acceso a servicios de salud, educación, y, en casos extremos, posibilidad de cubrir las necesidades básicas. En otros términos desechos de la sociedad.

No es suficiente aceptar y confirmar el maltrato de las autoridades y grupos de poder contra las minorías. Se requiere un profundo cambio cultural que respete las diversas identidades y la igualdad de derechos sin distinción de credo, color de piel, preferencia sexual o posición social. Al fin, nadie vale más por tener ventajas socioeconómicas o pertenecer a los sectores de poder. 

Los hombres y mujeres, adolescentes y niños del futuro no pueden volver a presenciar la brutalidad vivida durante las últimas semanas en Estados Unidos, la primera potencia del mundo con la responsabilidad global que esto implica. Para lograr un cambio profundo se necesita, antes que nada, un crecimiento individual y un compromiso ciudadano frente al colectivo social; colectivo, dirigido por  líderes progresistas que apuesten por la vanguardia multicultural. 

Las culturas no son entes inertes. Son procesos humanos dinámicos que evolucionan según las transformaciones y el desarrollo. Por lo tanto, es responsabilidad de cada uno, desde su propia subjetividad, apostar por los derechos y respeto a las minorías; sectores, que deben gozar de las mismas oportunidades que los ciudadanos más favorecidos. Es la única forma de invalidar la exclusión social que vive gran parte de las poblaciones mundiales. Si no, el mundo se convertirá en un campo de batallas ideológicas sin el menor respeto por la vida.

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Hacia un capitalismo progresista más humano

Carlos Rodríguez Nichols

La humanidad está enferma de codicia, de un insaciable deseo de tener más, cada vez más. Por eso, la gente consume productos innecesarios con el único fin de llenar la falta, ese faltante que nunca termina de satisfacerse. Es decir, se intenta saciar “el interminable vacío” subordinándose a los parámetros consumistas de una sociedad mordazmente neurótica.

El mandato es muy claro: producir, consumir, desechar, y, ante todo, gastar hasta lo que no se tiene. Un derroche de dinero y objetos que movilizan la economía sin importar los efectos colaterales de miles de millones de productos basura que mal-nutren a las mayorías, a multitudes incapaces de ponderar las consecuencias de estas tóxicas ingestas. Miopes industriales cuyas miradas están dirigidas a enriquecer sus intereses personales sin medir los perjuicios socio ambientales: crisis climática, contaminación de ríos y océanos y polución de grandes urbes. Mientras el modelo económico esté enfocado hacia el exclusivo enriquecimiento de un segmento de la sociedad, sin duda, prevalecerá la inequidad de los pueblos, desigualdad cada vez más profunda.

Este unilateral esquema socioeconómico conlleva serias implicaciones. A largo plazo, afecta tanto a las mayorías desfavorecidas como a los sectores privilegiados: aumento de la criminalidad, odio de clase, inseguridad ciudadana, sub economías y actividades al margen de la ley; en síntesis, sociedades malsanas en las que los individuos toman la ley en sus manos con tal de sobrevivir.

Se requiere un contundente cambio sociocultural y una reestructuración del orden global. No se trata de implementar modelos comunistas obsoletos ni izquierdismos venenosos setenteros; sino, más bien, fortalecer el sistema capitalista de forma más humana y progresista. Un capitalismo a favor del desarrollo industrial y tecnológico que beneficie a los sectores privados y al grueso de la población. Un giro socioeconómico que favorezca el bien-estar de los amplios sectores sociales.

Si no se logran estos cambios, el mundo seguirá padeciendo desigualdades, conflictos sociales, destrucción ambiental y epidemias; pandemias, que dejan profundas huellas en los sistemas sanitarios, los mercados financieros y la psique de los pueblos. El COVID-19 es claro ejemplo de esto dicho. Ante esta realidad habría que preguntarse:

¿Volverá el mundo a vivir el mismo desenfreno económico, el excesivo consumo de productos, muchas veces innecesarios, a precios escandalosos? ¿Seguirá la humanidad intoxicando los mares con toda clase de desechos plásticos, y produciendo cuerpos obesos fruto de “alimentos” con grasas saturadas, preservantes químicos y manipulados genéticamente? En fin, ¿continuará el hombre destruyendo-se, envenenado el planeta de forma irresponsable, ahogando a la humanidad en pobreza, y excluyendo a una buena parte de los pueblos de las necesidades básicas?

Una vez más, se necesita dar un paso  hacia un capitalismo más humano y menos egoísta, a políticas públicas que aboguen por la seguridad socioeconómica  de las mayorías y no solo el empoderamiento de unos pocos: ese capitalismo salvaje que ha globalizado el poder de las minorías, de unos cuantos que imponen las reglas de juego pero son incapaces de fortalecer los cimientos de las clases medias y desfavorecidas. En otras palabras, se requiere un nuevo esquema de globalización, un crecimiento más integral e incluyente con mayores posibilidades de asenso profesional y una distribución de ingresos mas equitativa. No es rebosando a la gente con “comidas chatarras”, ni tampoco inundando los mercados con teléfonos celulares y toda clase de baratijas, como progresan los pueblos.

Si se pretende construir pueblos educados, capaces de caminar al ritmo de la vanguardia científico-tecnológica, entonces, hay que proveer formación académica  y servicios de salud pública de primer orden: las herramientas más eficaces para cultivar ciudadanos cultos y responsables. Sin más, un sistema socioeconómico en el cual los ciudadanos tengan mayor acceso a los avances y frutos del desarrollo.

Esto no es comunismo, largo de ello. Es capitalismo inteligente. Un capitalismo con mirada a futuro que beneficie a productores, industriales, empresarios, y también nutra de forma sana y equilibrada las mentes y organismos de las mayorías.

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Las potencias mundiales en tiempos de Coronavirus

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo sufre una crisis sanitaria de alarmantes dimensiones, posiblemente una de las pandemias más severas de los últimos cien años. Las personas que viven en condiciones de hacinamiento y expuestas a multitudes públicas tienen más riesgo de contraer enfermedades infecciosas y padecer serias consecuencias de salud. Esto, sumado a escasos hábitos de higiene personal, obesidad, malnutrición y secuelas patológicas derivadas del brutal desequilibrio e inequidad de los pueblos. Siguiendo esta línea, las personas menos favorecidas están más expuestos a contraer el COVID-19. Pero, las plagas no solo afectan física y económicamente a los ciudadanos, también dejan una profunda impronta en la subjetividad y el colectivo en términos generales.

En este momento, la humanidad gira alrededor de un gran dilema: sacrificar vidas, o, profundizar la crisis económica que significa mayores tazas de desempleo, pobreza e incluso aumento de criminalidad. Una apuesta que afecta el desarrollo y tiene implicaciones  sociales y económicas. ¡Si se reabre la economía a destiempo se perderán vidas, y, si no se abre, las clases menos privilegiadas tendrán que hacer lo imposible por sobrevivir! Este experimento sociopolítico pone en peligro la vida de adultos y niños, en su gran mayoría aquellos socialmente menos aventajados; sin olvidar las derivaciones negativas en las clases medias, motor del capitalismo.

Las pérdidas humanas no se limitan a un número estadístico de ciudadanos fallecidos, también afectan el mercado, la producción, la industria, las empresas y a pequeños comerciantes: a mayor número de bajas en la fuerza laboral, mayores secuelas en el engranaje mercantil y financiero. Es decir, un golpe transversal al sistema capitalista, principalmente a las naciones democráticas occidentales.

China en tanto cuna de la epidemia va un paso adelante de Occidente. Durante semanas, Pekín mantuvo silencio acerca de la nueva cepa del Coronavirus con el único fin de controlar los mercados e intereses financieros del gigante asiático. En marzo, cuando el virus se expandía por el resto del mundo, ya el pueblo chino tenía meses en aislamiento: estrategia que permitió reabrir la economía asiática cuando Europa y América apenas imponían medidas restrictivas y cuarentenas. Esto, claramente puso en jaque a Washington. De esta forma, China presionó a la potencia estadounidense a también reabrir la economía, más allá de las implicaciones sanitarias y posibles consecuencias socioeconómicas de una apertura anticipada. Decisión que, en el  caso de numerosas pérdidas humanas y económicas, afectaría a gran parte de la sociedad estadounidense.

En otras palabras, el Coronavirus se ha convertido en una apuesta ideológica de las naciones más poderosas del planeta por liderar la arena política internacional; sin duda, determinará el posicionamiento de las potencias mundiales del siglo 21. Un ajedrez entre China y sus aliados nucleares contra las naciones de Occidente; dicho en otras palabras, una contienda en la que mentes estrategas asiáticas y rusas intentan debilitar la potestad de Washington. Poder estadounidense en manos de un incapaz Jefe de Estado desconocedor de política internacional y, ante todo, ignorante en temas de Estrategia y Servicios Secretos: materias en las que el Kremlin y el Partido Comunista Chino, ambos regímenes dictatoriales, son los capos y “master-minds” de esta sinuosa ruleta política: curtidos ajedrecistas que al día de hoy lideran la jugada.

¡Ya los dados están tirados! A la humanidad no le queda otra opción que “observar” los estragos económicos y las perdidas humanas causadas por el COVID-19, y, sobre todo, el “cuestionable manejo de las grandes potencias de cara a la pandemia.

A los más ávidos de información, el sistema los “distrae” con noticias sensacionalistas, teorías de la conspiración o, en el mejor de los casos, “permitiéndoles” elucubrar opiniones personales; algunas acertadas, aunque la mayoría carentes de transparencia y veracidad. De igual forma, las líneas editoriales favorecen los intereses ideológicos y económicos de determinados sectores de la sociedad, es decir, les susurran al oído lo único que quieren escuchar. Por eso, ¡la misma noticia tiene tantos vectores como caminos que llevan a Roma! …todo depende del prisma con que se mire.

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Impacto emocional del Coronavirus

Carlos Rodríguez Nichols

La pandemia COVID-19 toca a la población mundial sin distinción de nacionalidad, clase social o género. Obviamente, las personas con una alimentación equilibrada, hábitos de higiene personal y regulación sanitaria preventiva tienen mayores posibilidades de sobrevivir la pandemia. Es decir, aquellos con mejor nivel de educación y urbanismo cuentan con más herramientas para afrontar con responsabilidad esta crisis.

Sin embargo, las secuelas emocionales del aislamiento impuesto por el Coronavirus afectan a los ciudadanos en términos generales. Dejan profundas huellas psicológicas y psicopatologías fruto de extensos períodos de  reclutamiento. Encierro que amenaza la comunicación y el contacto social inherentes al ser humano, obligando a vivir aislamientos impuestos, pérdidas de libertad y restricciones forzosas que recuerdan tiempos de guerra. No solo se trata de distancias físicas sino, aún más serio, de alejamiento social: separación y apartamiento entre comunidades, amigos y familiares. Abrazos solidarios que la tecnología ni las redes virtuales han sido capaces de remplazar. En fin, el teléfono móvil, la cibernética o la banca en línea no son suficientemente competentes para  sustituir la calidez humana.

Hoy, el mundo está expuesto a una serie de emociones cargadas de negatividad, en gran parte, debido a la falta de transparencia de algunos políticos ante esta epidemia de dudosa claridad. Esto, ha provocado el repudio de los ciudadanos hacia falsos gobernantes que opacan verdades y alteran resultados estadísticos según sus intereses partidistas. En otras palabras, engaños y desfachateces que en última instancia incrementan el irrespeto hacia “supuestos” líderes mundiales.

Ante estas mentiras, gran parte de la ciudadanía vive un desconcierto psicológico. En muchos casos, son víctimas de medios de comunicación amarillistas o de mensajes contradictorios de fuentes gubernamentales. Por un lado, el austero, riguroso y severo discurso: ¡no salgan de las casa!. Y, por otro lado, el pujante mensaje de comerciantes y empresarios:  ¡hay que movilizar la economía, reabrir negocios y servicios al costo que sea! En otras palabras, tanto las noticias sensacionalistas como la desorientación de algunos gobernantes han creado una suerte de miedo colectivo.

Terror a las consecuencias del paro económico, así como a las secuelas sanitarias debido a la temprana reapertura de la economía. Es decir, incertidumbre entre reabrir industrias y empresas o seguir recluidos por períodos indefinidos hasta reducir el número de infectados. Situación perturbadora que se traduce en angustia ante el peligro de salud pública y la eminente falta de insumos económicos: vectores que no son excluyentes y, mas bien, atentan la sostenibilidad personal y familiar.

En otros términos, simbiosis de emociones que alteran la salud mental de las mayorías ante el pánico a un virus de etiología incierta, y, pavor al contagio de una epidemia sin tratamientos eficientes o vacuna a corto plazo. En resumidas líneas, espanto frente a una posible muerte solitaria conectado a ventiladores que faciliten los últimos alientos.

Sin más,  una escabrosa realidad que entrelaza la mediocridad sanitaria de las naciones del primer mundo y los intereses políticos, ideológicos y económicos de las grandes potencias. Intereses financieros que en algunos casos rozan niveles perversos. Es decir, una coyuntura socioeconómica con derivaciones  psíquicas y emocionales sin precedente.

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