Siembra vientos y recogerás tormentas

Carlos Rodríguez Nichols

Andalucía vive un atraso económico y social producto en gran medida de las erróneas políticas de los socialistas afincados en el poder desde hace treinta y seis años, y de los desvergonzados casos de corrupción que han desestabilizado el territorio en las últimas décadas. Sin duda, la victoria de la extrema derecha andaluza y el reposicionamiento fascista europeo renace en el seno del inconformismo del electorado. En otras palabras, el voto protesta de los indignados  ha favorecido a la extrema derecha.

Hasta hace poco tiempo, era habitual la magra conexión entre los partidos de derecha y las clases más desfavorecidas. Sin embargo, llama la atención la exigua relación entre los partidos de izquierda y los más necesitados del colectivo social siendo esta población el leit motivo del discurso ideológico izquierdista. Parece que los epítetos venenosos de la extrema izquierda hacia los grupos de poder no fueron lo necesariamente habilidosos para calmar las carencias de millones de españoles: el masivo desempleo, inseguridad laboral y escaso ascenso social de aquellos que conforman el grupo menos beneficiado de la sociedad.

Por eso, el triunfo de la ultraderecha en Andalucía se debe al descontento del electorado con los partidos centristas, y, con  los argumentos populistas de la extrema izquierda personificada en la descreditada figura de Pablo Iglesias, jefe de la agrupación Podemos. El vacío discursivo de la izquierda, sumado a la  soberbia y prepotencia de sus líderes, hizo que el mensaje no calara lo suficientemente hondo en las clases obreras ni en el sector urbano marginal; prueba de ello, es el estancamiento electoral de las asociaciones izquierdistas en los últimos comicios nacionales.

Actualmente, España es testigo de dos realidades que impactan a la sociedad en su conjunto: el movimiento independista de Cataluña, con posibles repercusiones en otras regiones del territorio español, y el descontrol inmigratorio que azota a la mayoría de Europa. Ambas coyunturas afectan al grueso del pueblo español, que apenas empieza a respirar después de la crisis financiera del 2008 y las nefastas consecuencias sociales.

La inoperancia de los partidos centristas frente a los separatistas, y ante la crisis migratoria, es percibida por gran parte de la clase obrera como una amenaza a su seguridad ciudadana y estabilidad ocupacional. Conmoción sociocultural resultado de la incompetencia institucional de las dirigencias políticas que depositan el peso de la migración sobre los ciudadanos.  Pero, antes de señalar al pueblo por su flaco sentido de humanidad se debe en todo caso responsabilizar a las élites gubernamentales por sus erradas políticas tanto hacia al pueblo español como a los extranjeros migrantes: seres humanos a los que hay que darles algo más que un paupérrimo refugio temporal.

Acoger estas multitudes de forma responsable requiere planificación a largo plazo. Un compromiso colectivo más allá del subsidio impositivo que en mayor o menor medida afecta la economía de las familias españolas,  asalariados que a duras penas llegan a final de mes. Por eso, la clase obrera es el sector de la sociedad mayormente opuesto a la inmigración. Los hombres y mujeres de a pie que ven peligrar sus puestos laborales ante la llegada de mano de obra extranjera dispuesta a trabajar por bajas compensaciones salariales.

Estos, los de abajo, son los que han votado a la extrema derecha andaluza. Un voto protesta  en contra de las ambivalentes políticas de los partidos centristas y de la venenosa izquierda comprometida con falaces discursos bolivarianos. Los indignados de las clases menos favorecidas fueron los que le dieron la victoria al ultra derechismo andaluz, el mismo grupo social que apoya a Marianne Le Penn en Francia, a Jair Bolsonaro en Brasil, y a los neofascistas esparcidos por en el mundo entero.

 

Posted in Uncategorized | Leave a comment

Las alianzas mundiales

Carlos Rodríguez Nichols

A pesar del crecimiento económico estadounidense, el liderazgo internacional de Estados Unidos se ha visto debilitado desde la llegada de Trump a la Casa Blanca. El carácter imprevisible del mandatario, sus oscilantes opiniones públicas y la constante necesidad de confrontación han menoscabado la influencia de la primera potencia mundial, provocando una grave crisis de legitimidad. La personalidad conflictiva del mandatario es causa sine qua non del caótico entorno de la casa presidencial, así como del desconcierto diplomático en la arena política internacional.

Liderazgo cuestionado no solo por las potencias rivales sino incluso por los aliados de Washington en el último siglo, figuras de peso de la estatura política de la canciller alemana, el presidente francés y la jefa de gobierno británica refutan sus inoportunos y desdichados decires. Autoridad menguada debido al irrespeto del presidente a las organizaciones internacionales, tratados multilaterales y acuerdos consensuados por sus antecesores. El desacato presidencial a los pactos mundiales desacredita su conducción como Jefe de Estado y deteriora el equilibrio mundial, una espiral de deméritos en detraimiento de compromisos previamente establecidos entre las naciones a nivel global. Elementos desestabilizadores del orden internacional que han obligado a los bloques económicos a reformular sus alianzas de poder y rediseñar estrategias geopolíticas.

La pérdida de credibilidad de Europa en la Administración de Washington ha exigido un reposicionamiento del viejo continente frente a China, las principales economías latinoamericanas e Irán como potentado en Oriente Próximo. Poder global que extiende sus tentáculos a Rusia India y Japón: una multipolaridad de fuerzas que no se limita exclusivamente a los desplantes de uno de los jugadores del  ajedrez político internacional. Ante la deteriorada relación transatlántica, la Unión Europea ha vuelto la mirada hacia una China en expansión con posicionamientos proclives al libre comercio globalizado y acuerdos multilaterales, posturas antagónicas a la retórica proteccionista del inquilino de la Casa Blanca.

Los lazos económicos entre las naciones europeas y el gigante asiático no son nada desdeñables. Europa es el mayor socio comercial de China y Pekín es el socio más importante del bloque comunitario, dato que los sitúa entre las interconexiones más prominentes del planeta. Ambos suman un veinticinco por ciento de la población mundial y un tercio de la riqueza planetaria; coyunturas, que los impelan a construir puentes entre ambas culturas y participar en la dirección de un mundo más equilibrado. Una restructuración social que requiere de compromisos conjuntos para sanar las profundas heridas que sufre gran parte de la humanidad, la crisis de valores sociales y el desprecio a los referentes de autoridad claramente palpables en la sociedades occidentales.

Estados Unidos es la primera potencia y lo será por las próximas décadas. No obstante, China como potencia emergente está ocupando espacios a nivel internacional que la perfilan hacia un liderazgo mundial, en especial, ante una sociedad estadounidense extremadamente polarizada con notoria orfandad de líderes. ¡Qué más ejemplo de orfandad de liderazgo que la grosera y patológica figura presidencial, intentando orquestar el mundo desde el despacho oval de la Casa Blanca!

Posted in Uncategorized | Leave a comment

El gigante asiático

La relación de China y Estados Unidos es compleja y espinosa en el área comercial y geopolítica. Relación entre ambos Estados que ha adquirido una dimensión de mayor complejidad debido al fortalecimiento de China como poder mundial emergente.  A pesar que EE. UU. sigue siendo la primera potencia mundial, la tendencia dominante es hacia una lógica multipolar en la que Pekín compite con Washington por el liderazgo regional y poder planetario. En otras palabras, una posible reestructuración de los bloques de poder que lideran la arena política internacional.

China está recortando distancias con Estados Unidos principalmente en la fuerza naval en el Mar de China dondeconstruye una marina de guerra oceánica. Una red de bases navales y puertos logísticos conocida como «Collar de perlas», que se extiende desde Camboya hasta Sudán, pasando por Birmania, Bangladesh, Sri Lanka y Pakistán. Ante esta realidad, la marina mercante china ya es la tercera del mundo en tonelaje. Por lo tanto, si China sigue este ritmo de capacidad aeronaval, en las próximas décadas se dará una transformación del gigante asiático a una auténtica potencia marítima. Así, China podría limitar la presencia estadounidense en la región erosionando el poder regional de Washington y menoscabando las alianzas entre la primera potencia mundial y sus aliados.

En un esfuerzo por cambiar su imagen ante la comunidad de naciones, con una retórica antiimperialista basada en la no injerencia en los asuntos internos de los Estados, China se está convirtiendo en uno de los principales defensores del libre comercio en el mundo, principalmente, en este momento histórico que Estados Unidos ostenta un ultranacionalismo proteccionista en contra de las organizaciones internacionales y acuerdos multilaterales.

Contrariamente a su homólogo norteamericano, el jefe de Estado chino es un defensor del libre comercio globalizado y del sistema internacional. Pekín apuesta por el liberalismo comercial, apertura de los mercados e interdependencia económica como objetivo más asequible y eficaz que la guerra u otro tipo de conductas coercitivas. Las políticas de China hacia un mundo multilateral globalizado, la ubican dentro de un marco de comportamiento defensivo, facilitando las negociaciones y seguridad entre Estados competidores a nivel comercial y geopolítico. No obstante, China invierte gran cantidad de dinero en su desarrollo económico, social y militar:dedica actualmente cerca de un tercio de su presupuesto de Defensa y más de un millón de efectivos a tareas de defensa territorial.

Por otro lado, Estados Unidos con un comportamiento ofensivo ha incurrido en trillonarias invasiones sin alcanzar las metas propuestas, ejemplo de esto fue la invasión a Irak durante la Administración Bush. Desde esta línea de pensamiento, el único modo de garantizar la seguridad de una gran potencia consiste es acumular una cuota de poder mayor que la del resto. Sin embargo, el resultado crea una competencia interminable porque a pesar de ocupar un lugar de superioridad respecto a las demás, nunca sabe con certeza si es lo suficiente poderosa y cuanto continuará siéndola en el futuro: percepción de inseguridad e incertidumbre que alimentan el afán insaciable de poder.

Siguiendo estos parámetros, Estados Unidos como primera potencia mundial resguarda a ultranza su poder en Asia limitando el liderazgo de China como potencia regional evitando, de esta forma, la supremacía regional del gigante asiático. Principalmente, una China que en las últimas décadas despertó del adoctrinamiento estatal comunista para convertirse en una potencia de libre mercado con capacidad militar en ascenso: coyunturas que la perfilan a ocupar los primeros lugares de la jerarquía mundial en un futuro próximo.

Posted in Uncategorized | Leave a comment

El resurgimiento del fascismo

Carlos Rodríguez Nichols

El movimiento fascista no ha muerto. Igual que las serpientes, cambió de piel adaptándose sagazmente al sistema democrático. En los últimos veinte años el mundo ha sido testigo de un rebrote del fascismo en partidos tradicionales de derecha, así como grupos callejeros causantes de incendios en albergues de refugiados, ataques a inmigrantes y homosexuales, y vergonzosas profanaciones en cementerios y sinagogas judías. Reminiscencias del pasado que el hombre civilizado creía haber superado. Gran falacia. Está tan vigente como hace cien años.

El fascismo se remonta a la protesta ultraderechista francesa del siglo XIX ante el nacimiento de la Comuna de Paris, motor antagónico al orden monárquico y a la gran burguesía. Claro ejemplo fue la revolución bolchevique que transformó la antigua Rusia en la potencia comunista del siglo veinte. Expansionismo ideológico que contó con el apoyo de movimientos obreros, los sectores urbano marginados y grupos intelectuales contrarios a las brechas socioeconómicas imperantes en la Europa de entreguerras; coyunturas, que sirvieron de plataforma al ascenso fascista.

Ante la propagación soviética, las clases industriales europeas permitieron el empoderamiento del ultranacionalismo liderado por Adolfo Hitler y Benito Mussolini, capos por antonomasia del recalcitrante fascismo europeo del siglo veinte. Caudillos con discurso xenófobos y racistas contra todos los “otros”, principalmente, inmigrantes y judíos vedados a ocupar lugares de reconocimiento en las rígidas estructuras fascistas. Escoria que, desde sus obcecadas visiones de la humanidad, debía ser exterminada en condiciones inhumanas, con medidas de extinción tan crueles como las impuestas por Joseph Satalin el mayor déspota de la historia contemporánea.

Sesenta años más tarde, el fascismo resurge en la escena política con otra nomenclatura: neofascismo. Es decir, un nuevo fascismo alineado a los diferentes sectores de la derecha: desde la extrema revolucionara hasta la derecha moderada; si bien, ambas afines a los preceptos nacionalistas del período fascista de entreguerras. Ahora, a diferencia del pasado, las vertientes nacionalistas cohabitan en un contexto “supuestamente” contrario a regímenes dictatoriales, sin embargo, igualmente opuestas a la resolución pacífica de conflictos por medio de organismos internacionales a los que denigran de manera visceral.

Políticas neofascistas que se materializan a través de conflagraciones beligerantes, pugnas intergrupales, técnicas de dominio y estrategias conspiradoras creadoras de antagonismos entre los amigos del proyecto ultraconservador y aquellos vinculados a corrientes ideológicas desacordes al ideario neofascista; al punto, de producir profundas grietas entre sus fervores adeptos y los disidentes de la visión oficialista.

No obstante, hay una clara diferencia entre el fascismo originario de los años treinta y el neofascismo del siglo veintiuno. Aquel fue producto de la amenaza soviética comunista, mientras que la corriente neofascista es consecuencia de un vacío ideológico fruto del fin de la Guerra Fría, la caída de la Unión Soviética y el descrédito mundial del comunismo como ideología política y sistema económico. Una absoluta pérdida de valores éticos y principios ideológicos, excepto por cuatro trasnochados que insisten en aferrarse al discurso comunista para saquear las arcas del Estado. En otros términos, antípodas del auténtico concepto de conciencia social. Líderes disfrazados de benefactores de los necesitados, para ocultar su verdadera naturaleza: ladronzuelos de quinta categoría que no merecen siquiera sus nombres figuren entre las mayúsculas de la historia. Es decir, pandillas delictivas orquestadas por corruptos de la talla de Maduro, Castro y Ortega afianzados al poder y a sus millonarias cuentas bancarias. Corruptos satélites de la extinta Unión Soviética sedientos de fortunas colosales; incluso, peor que los codiciosos financistas del recalcitrante capitalismo, a los que acribillaron en férreo combate verbal durante años y décadas.

Por eso, el fin de la guerra Fría no sólo marcó el final del equilibrio de poder militar entre Washington y Moscú sino también la supremacía del mercantilismo mafioso: capitalismo a cielo abierto sin control ni regulaciones. En otros términos, una bestia desbocada que en el 2008 produjo el mayor descalabro financiero y social de los últimos tiempos, esto, ante la mirada perpleja de millones de hombres y mujeres testigos en carne propia de marginalidades laborales. Crisis socioeconómica que sirvió como pozo de inconformidad para fortalecer a grupos extremistas, principalmente movimientos populistas de corte ultraderechista en estrecha alianza con la industria armamentista, la empresa privada, terratenientes rurales, y los sectores desfavorecidos de la sociedad a los que movilizan no por convicción, sino por desfachatez y grosera conveniencia.

Posted in Uncategorized | Leave a comment

Los vencedores

Carlos Rodríguez Nichols

La reciente elección estadounidense fue un termómetro político para medir la gestión del presidente, congresistas y senadores. Ningún mandatario se salva de esta implacable espada, hierro que en muchos casos termina desangrando al jefe de gobierno. El actual inquilino de la Casa Blanca no fue la excepción a este riguroso escrutinio. Resultado que dejó una profunda grieta en el electorado estadounidense y un Congreso dividido: el Senado en manos de los Republicanos y la Cámara de Representantes en control de la oposición, es decir, una importante pérdida para el oficialismo que tenía el control de ambas cámaras.

En otras palabras, una álgida puñalada al patológico egocentrismo del controversial mandatario por más que él intente disfrazar la retención del Senado como un “tremendo éxito” de los conservadores: resultado nada sorprendente dado que los analistas de ambos partidos habían augurado la victoria de los Republicanos en el Senado. Lo extraordinario fue la manera en que el presidente hizo gala de su victoria ninguneando el triunfo de los Demócratas en la Cámara de Representantes. Astutamente, no solo obnubiló la conquista de la oposición, sino que aprovechó la gloria legislativa de los Republicanos para lanzar su candidatura a la contienda presidencial del 2020. Se autodenominó, una vez más, ¡el mejor presidente de la historia!

No obstante, la pérdida de la Cámara de Representantes es un indicador reprobatorio de la Administración Trump en tiempos de auge económico. Saldo electoral inconexo y desarticulado a los índices macroeconómicos en franco ascenso en el último lustro; ascenso, que el presidente adjudicó exclusivamente a su Administración. Sin embargo, su visión de la economía no impactó lo suficientemente en el grueso del electorado, ni tampoco fue un factor determinante en el colectivo social, sobre el modelo construido por Donald Trump. Referéndum en el que gran parte de los ciudadanos preponderaron los valores éticos sobre los pluses bursátiles. En otras palabras, condenaron el matonismo, la impulsividad y las pobres herramientas sociales del mandatario.

Sin duda, los conflictos suscitados por el presidente eclipsaron los resultados positivos de su gestión: incesantes confrontaciones con las potencias rivales a las que denigra y enaltece con la misma mordacidad. Al punto de amenazar al mundo con una posible guerra nuclear y después hacer caso omiso de sus vacilantes intimidaciones. Esto, sumado a la agresión verbal contra organizaciones y tratados internacionales a los que mancilla y agravia en forma permanente. El presidente olvida que una de las principales funciones del líder de la primera potencia es conciliar a las diferentes fuerzas mundiales. En su caso, más bien, confronta a tirios y troyanos creando constantes antagonismos.

Sin duda, su personalidad agresiva y frontal es referente de autoridad para sus obcecados seguidores. En su mayoría el sector conservador de la derecha, así como la población rural con escasa formación académica y una estructura sociocultural ortodoxa reaccionaria. Caldo de cultivo de políticos populistas étnico-nacionalistas, que apelan a la supremacía de grupos determinados de la sociedad, con discursos xenófobos y discriminatorios proclives a medidas autoritarias. Lineamientos neofascistas consensuados por fanáticos deseosos de agresión, sectarismos y violencia social.

Ahora, el presidente tendrá que enfrentar un Congreso dividido y la férrea resistencia democrática opuesta a las recalcitrantes políticas del mandatario, y a su soez comportamiento carente de todo refinamiento y destrezas diplomáticas. Por otro lado, los Demócratas se encuentran ante un seriecísimo escenario: develar los contubernios del presidente y de su entorno más cercano, sin desgastarse políticamente en el intento. Ante todo, deben designar un líder carismático de cara a las próximas elecciones presidenciales, sino el controversial inquilino de la Casa Blanca será nuevamente elegido Jefe de Estado de la primera potencia mundial.

 

 

 

 

 

Posted in Uncategorized | Leave a comment

Brasil: un salto a lo incierto

Bolsonaro será el próximo Jefe de Estado del gigante sudamericano, una nación marcada por la polarización del electorado. Grietas políticas entre los sectores socialistas y sus rivales que abogan por políticas conservadoras. Es decir, una relación pujante entre aquellos determinados a castigar las corrosivas políticas del Partido de los Trabajadores y el resto de la población en franca oposición a la retórica fascistoide del candidato ultraderechista en guerra verbal contra la igualdad de derechos de las minorías. Minorías que, desde la obtusa mirada del presidente electo, atentan contra los preceptos morales del sector productivo de la sociedad.

El futuro mandatario es conocido por su personalidad oscilante, sus inapropiados dichos y conductas impulsivas, así como la notoria inestabilidad personal que da cuenta de tres divorcios y una desacertada trayectoria política por siete partidos diferentes. Esto, sumado a sus anacrónicos discursos misóginos, racistas, homofóbicos, y a su rancia intolerancia al pensamiento progresista del siglo veintiuno.

Jair Bolsonaro se ubica al lado de los grupos de poder contrarios a la crisis climática que amenaza la humanidad, también opuesto a los tratados multilaterales y a negociaciones diplomáticas de entidades internacionales. Posturas abaladas por los círculos más obcecados de la sociedad y por asociaciones de corte populista-religioso implicados en el aparato estatal: mafias envueltas en credos medievales para engrosar las filas evangélicas con dogmas y doctrinas que a la postre menoscaban la razón y objetividad de los ciudadanos, es decir, preponderan la visceralidad de sus seguidores oponiéndose al pensamiento racional.

Por eso, la campaña de mandatario electo estuvo dirigida a exteriorizar los sentimientos más burdos y elementales de los votantes: rabia, rencor, odio y venganza. Estrategia electoral utilizada por líderes neofascistas para aseverar conflictos políticos, dardo, que sin duda penetró en la realidad brasileira hondamente desgarrada por la mayor recesión de la historia y los innumerables casos de corrupción. Coyunturas sociales y económicas que dejaron como saldo la furia colectiva del electorado.

El respaldo al presidente electo se puede entender como el feroz hartazgo de los votantes hacia los gobernantes, y no necesariamente un giro del electorado hacia la ultraderecha. Los brasileiros en su gran mayoría no votaron por Bolsonaro, votaron contra la decadencia y perversión institucional. En otras palabras, un voto que expresa la antipatía de los ciudadanos al sistema, la descomposición de los partidos políticos tradicionales y el abuso de gobernantes envueltos en masivos asaltos a las arcas del Estado; al extremo, de dejar a la prometedora nación brasileira en agonía social. En otros términos, una orgía de impunidades y sobornos que involucra a notorias figuras públicas implicadas en estafas y coimas políticas.

Un abanico de corruptos que incluye al expresidente Ignacio Lula de Silva, líder por antonomasia del PT, e icono de la política progresista latinoamericana, hasta empresarios, banqueros, reconocidas firmas de abogados, ministros, y altos jerarcas de la millonaria empresa petrolera de bandera nacional. Putrefacción social que dista diametralmente de la argumentación ideológica de militancias izquierdistas, “supuestamente” ejemplo sin qua non de consciencia social, cuya principal tarea es escuchar las voces de las clases menos favorecidas, los más necesitados a pesar de ser invariablemente esgrimidos por oportunistas en su ascenso político y enriquecimiento personal.

No hay duda que Bolsonaro supo surfear la ola de rabia del pueblo con firmes propuestas contra los insolentes delitos financieros y la alarmante inseguridad que vive el país; sin duda, metas absolutamente plausibles. Sin embargo, resulta repulsiva la virulenta retórica del futuro Jefe de Estado exhortando a la animadversión y hostilidad entre los ciudadanos, odio que insta a la violencia social principalmente cuando es validado por figuras de poder que impelan a regímenes dictatoriales del pasado.

Ahí, la importancia de demarcar las líneas fronterizas entre la autoridad dentro de marcos constitucionales y democráticos, y, militarismos extremos proclives a brutales torturas, pena de muerte y desaparición de hombres y mujeres que confrontan el proyecto oficialista: inadmisibles medidas de control social, independientemente de la línea ideológica de los líderes que las llevan a cabo. Las dictaduras son abominables en cualquier extremo del espectro político. Poco importa si se llama Ortega, Pinochet, Castro, Hitler, o tantos otros que han ensangrentado la historia con autócratas exigencias. Agrupaciones extremistas defensoras de la supremacía de determinados grupos sociales a los que favorecen con políticas proactivas a sus intereses sectarios y personales.

Una vez más, los mayores vencedores en la elección presidencial de Brasil son los militares, los evangélicos y los hacenderos agrícolas que ciegamente auspiciaron la candidatura de Jair Bolsonaro. En otras palabras, los parlamentarios conocidos como BBB: ¡“las balas, la Biblia y los bueyes”!

Posted in Uncategorized | Leave a comment

Violencia social y política

Carlos Rodríguez Nichols

La sociedad contemporánea está asediada por violentos grupos, muchos de ellos, actuando al margen de la ley. Europa vive bajo constantes amenazas de organizaciones terroristas desestabilizadoras del equilibrio colectivo por medio de subversivos códigos radicalistas. La situación en el otro lado del Atlántico es aún menos alentadora. Latinoamérica es escenario de fuerzas políticas que se desacreditan las unas a las otras, a pesar que ambos extremos del espectro político comparten signos saturados de violencia.

Por un lado, las naciones afines a la filosofía represora bolivariana ejercen políticas públicas sin el menor respeto por las carencias de sus ciudadanos, ni tampoco un ápice de observancia por la condición humana. Ejemplo de violencias discursivas recalcitrantes y de violaciones a los derechos básicos de los más necesitados. Ante este desolado panorama, hordas migratorias de venezolanos se ven obligados a dejar familias y raíces culturales en busca de algo más que esa paupérrima nada a la que el egocentrismo de sus obtusos mandatarios los dirigió. Incompetentes gobernantes deslumbrados por la codicia hundieron al pueblo venezolano, una de las naciones más ricas del mundo, en un profundo fango. Este almacigo de resentidos se valieron del dolor de los menos privilegiados para construir imperiosas mentiras y ostentosos porvenires diametralmente opuestos a lo que atacan sin comedimiento. Una mediocre perorata de venenosas injurias para encubrir la desfachatez de estos desalmados dirigentes.

Por otro lado, reaccionaros ultraderechistas de corte fascistoide con discursos anacrónicos intentan legitimar el proyecto político con verborreas impregnadas de irracionalidad y violencia. Fuerza y poder utilizados a ultranza para violentar el equilibrio colectivo en sociedades marcadas por abruptas diferencias étnicas y sociales, con una inseguridad galopante causada por corruptos Jefes de Estado, grupúsculos de mafiosos religiosos y bandas de criminales en control de los estratos más bajos de la jerarquía: sociedades en franca descomposición hundidas en una miseria de valores y en la pérdida de los referentes de autoridad. El próximo presidente de Brasil ha prometido militarización de la sociedad no sólo en términos de seguridad ciudadana sino también en preceptos morales; los cuales, desde su reaccionario pensamiento tiñe de homofobia, irrespeto a las igualdades de género y a los derechos de las minorías. Extremismo político en el que se inmiscuye fuerza, poder, autoridad y violencia. Desafortunadamente, una realidad que no se limita en exclusiva a la idiosincrasia de los países emergentes o en vías de desarrollo.

Estados Unidos, nación que por décadas ha sido ejemplo del andamiaje democrático, hoy se desgarra en una violenta polarización más allá del color partidista del electorado. Creencias y percepciones ideológicas instan al odio entre grupos de ciudadanos, es decir, a la hostilidad como elemento instigador de conflictos políticos. En otras palabras, la puesta en marcha de una constante guerra sin cuartel entre un sector de la sociedad que puja por un modelo económico y social de carácter ultra conservador, y el grueso restante de la población que apuesta por un colectivo progresista y justo sin distinción de raza, credo o género. Dos aristas del electorado qué a pesar de ser excluyentes en muchos aspectos, siempre lucharon por preservar los valores democráticos e integradores que han caracterizado a la primera potencia mundial.

Por eso, no hay que perder de vista los estragos llevados a cabo por dicotomías extremistas que lideraron el mundo durante buena parte del siglo pasado: el comunismo soviético marxista leninista y el fascismo nacionalsocialista de la Alemania nazi. Fuerzas ideológicas que determinaron el pensamiento político de Occidente en tiempos de guerras mundiales y, posteriormente, durante la bipolaridad hegemónica soviética-norteamericana en los años de la Guerra Fría. Coyuntura política y económica que a la postre evolucionó hacia la díada izquierda-derecha, dentro de parámetros democráticos de pacificación por medio de tratados y acuerdos multilaterales.

Sin embargo, en el último lustro las organizaciones internacionales han visto una pérdida de poder institucional frente al re-surgimiento de partidos de extrema izquierda de corte leninista, y nacionalismos populistas con tintes neofascistas. Violencia discursiva legitimadora de políticas públicas autoritarias que evidencian un retroceso o involución social: guerras ideológicas en las que elementos de violencia ponen en riesgo  los pilares democráticos que han definido el pensamiento político filosófico de las naciones occidentales durante los últimos setenta años.

DSCF5275 (1)

Posted in Uncategorized | Leave a comment