Venezuela, la otra Siria

Carlos Rodríguez Nichols

Existen coyunturas políticas, sociales y económica muy similares entre Venezuela y Siria. Las dos naciones están regidas por sistemas autoritarios a la sombra de potencias extranjeras que rivalizan entre sí con fines estrictamente económicos y geopolíticos: actores internacionales que proclaman y destituyen dictadores según sus propios intereses, utilizando las crisis humanitarias como telón de fondo para destronar a regímenes opuestos a sus proyectos mercantilistas.

Ambas economías son comandadas por jerarquías castrenses en estrecha colaboración con organizaciones criminales a escala transnacional. Todo esto, a la luz de una brecha social insostenible fruto de la explotación del sector militar sobre las clases menos privilegiadas a las que fomentan con falsas promesas y venenosos discursos  antiimperialistas. En otras palabras, militares erguidos en el poder a costa de poblaciones carentes de necesidades básicas.

A pesar que Siria no cuenta con riquezas petrolíferas como las naciones circundantes de la región, sin duda tiene una posición estratégica en el mapa de Oriente Medio. Situación que la convierte en diana política de los países occidentales interesados en minimizar los costos del petróleo saudí hacia los mercados europeos. Cadena de producción en la que lucran de forma indecorosa los gobiernos locales, así como las grandes potencias involucradas en la distribución del tan anhelado “oro negro”.

En la última década, Siria se convirtió en el laboratorio militar de las potencias regionales, en otras palabras, en terreno de batalla de Rusia e Irán para poner a prueba equipos armamentistas de última generación sin afectar directamente al grueso de sus poblaciones. Esto, a cambio de proteger al dictador sirio y asegurar la permanencia de este sátrapa en el poder, ¡el mismo, al que hace ocho años la comunidad internacional vaticinó tener las horas contadas!… ¿Error de cálculo o doble discurso político de las potencias involucradas en el conflicto armado?

Debido a la escasez alimentaria y la decadencia institucional, alrededor de quinientos mil sirios han muerto, cinco millones han sido desplazados, y aproximadamente seis millones han buscado asilo principalmente en Europa. Hordas migratorias que han tenido que enfrentar el rechazo de gran parte de la opinión pública europea en franca oposición a las políticas de fronteras abiertas y asilo sin control a refugiados.

Por otro lado, la realidad venezolana es igual de desalentadora. La codicia de políticos envueltos por generaciones en abusos y escándalos de corrupción sirvió de caldo de cultivo a la descomposición social que vive el pueblo venezolano: corrupción generalizada de políticos que han saqueado de forma desvergonzada las arcas estatales de uno de los países más ricos de Latinoamérica.

Venezuela es considerado entre mayores productores de petróleo y derivados del mundo, pilares fundamentales de desarrollo económico de las naciones industrializadas, así como columna vertebral de los mercados mundiales y de la política exterior a nivel global. Sin embargo, a pesar de su abundancia natural, hoy es testigo de una quiebra estatal y desprestigio político a lo largo y ancho del planeta. Debacle económico fruto en gran parte a las irresponsables medidas llevadas acabo por el régimen chavista durante las últimas dos décadas.

En el último lustro, casi cuatro millones de venezolanos han huido del sistema autócrata implantado por los narcodictadores bolivarianos estratégicamente orquestados por  fuerzas militares externas. Según recientes estudios demográficos, gran parte del éxodo venezolano se concentra en los países fronterizos del cono sur. Si bien, lo que en un principio fue visto por estas naciones receptoras como surplus laboral, ahora es considerado una carga financiera para los Estados suramericanos que apenas subsisten a las erradas políticas económicas de gobernantes populistas.

Populistas que de forma estridente aplaudieron las medidas instauradas por el entonces “paladín” de la Revolución Bolivariana, el mecenas de la “década ganada” kirchnerista y de la corrupción generalizada brasileira. En otras palabras, Chávez fue el cajero de esa panda de desvergonzados que se hicieron llamar la nueva izquierda latinoamericana, aunque tienen más de ávidos afanosos que de empáticos benefactores.

El escenario venezolano es confuso de todo ángulo que se mire debido a la congruencia de grandes potencias compitiendo por sus propios beneficios. Un abanico de actores que abarca a potestades internacionales salvaguardando sus millonarias inversiones y, por otro lado, a organizaciones criminales intentando convertir a Venezuela en un narco estado petrolero con tentáculos en el mundo entero. Dicho de otra manera, un ajedrez político que incluye a Rusia, China, Estados Unidos, Irán, Hezbolá, Las Farc y la decrépita Cuba castrense, cada uno, luchando por sus utilidades económicas y expansión geopolítica. Solamente el tiempo dirá si la oposición venezolana puede vencer al régimen chavista o, como en el caso de Siria, las fuerzas proclives al dictador terminarán imponiendo su dominio sobre la nación petrolera.

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El crimen organizado

Carlos Rodríguez Nichols

En las últimas décadas, la criminalidad se ha incrementado exponencialmente a nivel mundial. El crimen organizado ejerce control del colectivo social por medio de mecanismos de violencia, secuestro de personas, y extorción a gobiernos y funcionarios públicos. Es decir, la conjunción de tareas criminales llevadas a cabo con estrategias cuidadosamente planificadas a través de redes interconectadas a escala trasnacional.

Existen elementos estructurales que caracterizan el perfil de los delincuentes. Por un lado, son considerados desechos excluidos de la sociedad. Ciudadanos del bajo mundo vistos por la mayoría como sujetos de “segunda categoría” con escasas posibilidades de salir del submundo del que proceden. En otras palabras, sujetos con pobrísimas herramientas sociales carentes de los valores formativos necesarios para integrarse a un bien común y, por tanto, relegados a comportamientos antisociales y conductas delictivas en las que exteriorizan los sentimientos más viles del ser humano: odio y resentimiento. Enojo con el sistema que, desde su perspectiva antisocial, los considera desmerecedores de las necesidades básicas y una vida medianamente digna. En otras palabras, una espiral de sentimientos de venganza contra los representantes del poder político y económico, hacia el amo, en sentido figuradoque los esclaviza al estrato más bajo de la sociedad.

Por otro lado, estas masas de desfavorecidos sin metas ni rumbo definido encuentran en las organizaciones criminales un lugar de reconocimiento y la posibilidad de ascender económicamente. La criminalidad les ofrece la ilusión de ser alguien entre esa multitud de miles y millones de “seres-nadie” que pululan los inframundos de favelas brasileiras, la insurgencia mexicana o las maras salvadoreñas. Ahora, cuentan con una poderosa arma social: la violencia. La violencia como instrumento de dominio les permite acceder a actividades ilícitas, fuentes de riqueza y empoderamiento personal.

Pero, la criminalidad organizada no se limita exclusivamente a los delincuentes marginales ya que toca diferentes aristas del espectro político doméstico e internacional: funcionarios públicos, altas jerarquías gubernamentales y el sistema financiero en sus diversas ramificaciones. Por eso, las organizaciones criminales confabulan con la “delincuencia de cuello blanco” insertada hasta la médula del andamiaje estatal: los senadores y congresistas de turno, jefes de aduanas, cuerpo policial y miembros del ejercito, para mencionar algunos de los “mandos” que se prestan a esta millonaria complicidad. Entonces, surge la interrogante si la inoperancia frente al crimen organizado es fruto de la incapacidad de los servicios de inteligencia ante este carcinoma social o, si más bien, existe un compadrazgo silencioso entre los gobiernos locales  y las organizaciones al margen de la ley.

Hasta el momento ningún gobierno de izquierda o derecha ha podido erradicar las bandas criminales consideradas la mayor amenaza a la seguridad pública mundial. Ejemplo de esto fue la inhabilidad del Partido de los Trabajadores para detener el crimen organizado y la violencia en Brasil, principales razones por las cuales accedió al poder el ultraderechista Jair Bolsonaro con un discurso tan violento como el de las organizaciones delictivas. También, la ineficiencia de los partidos tradicionales mexicanos frente a los grupos criminales permitió el asenso del demagogo izquierdista López Obrador a la presidencia de México. Dos políticos antagónicos, situados en los extremos del espectro ideológico latinoamericano, enfrentados a la misma descomposición social producida por organizaciones delictivas y sus tentáculos criminales.

Brasil y México, independiente de las variables poblacionales, étnicas y económicas, ocupan los primeros lugares en inseguridad ciudadana y homicidios de la región. Estos gigantes continentales son fieles testigos de la intromisión de las bandas del crimen en el aparato estatal de ambas naciones; intrusión que permea a empresarios, abogados, banqueros, las Iglesias según sus diferentes credos e intereses políticos y económicos, y sectores de las fuerzas armadas lucrando del trasiego clandestino de armamento.

Dado la incapacidad de las instituciones políticas para extirpar la criminalidad organizada, se debe de construir redes o rediseñar puentes de información multilateral que actúen como “inteligencia contracriminal” frente a competencias delictivas estratégicamente interconectadas. Eso requiere extraer, de raíz, la putrefacción implantada en las mafias financieras y en los capos del mercado negro armamentista, autores intelectuales y los mayores usureros de esta escoria mundial.

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Las caras del terrorismo

Carlos Rodríguez Nichols

“Cualquier acto destinado a causar la muerte o lesiones a un civil o un no combatiente cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar un acto o abstenerse de hacerlo”. (Kofi Annan, 2005, ex Secretario Naciones Unidas).

A pesar del esfuerzo de la comunidad internacional para regular el sistema financiero y el blanqueo de capitales aún queda mucho camino por recorrer. Porque, así como los extremistas han modificado sus técnicas terroristas también se han “profesionalizado” los mecanismos de financiamiento a estas causas fanáticas. La financiación a actividades terroristas se convirtió en una vía idónea para blanquear dineros procedentes de operaciones al margen de la ley, de transacciones que no pueden reinsertarse en la economía de forma legal. En otras palabras, capitales ilícitos camuflados por medio de operaciones encubiertas y entidades constituidas para enmascarar patrimonios de oscura naturaleza.

El narcotráfico es una de las fuentes más importantes de financiamiento de grupos terroristas, y por eso  existe una estrecha conjunción entre las mafias del narco y organizaciones armadas extremistas. Ambas, operando en la clandestinidad se dan apoyo mutuo a través de redes globalmente interconectadas: una alianza estratégica en materias de información, inteligencia criminal y tecnología que constituye una amenaza permanente a nivel mundial.

En algunos casos, los grupos violentos tienen absoluto control sobre la cadena de producción de estupefacientes. Enlace que abarca el cultivo, el procesamiento químico, y la distribución de sustancias psicoactivas. Así, las utilidades son invertidas en la financiación de sus propios proyectos terroristas sin tener que depender de terceros, es decir, un dominio total de la actividad delictiva y los beneficios materiales. De esta manera, los radicales obtienen unas de las mayores entradas económicas aparte de los aportes devenidos de asociaciones políticas que favorecen móviles extremistas.

Otro de los instrumentos de financiamiento es el tráfico de armas. Material bélico extraído de poblaciones sometidas por ellos mismos en la expansión  político y territorial terrorista. Armamento saqueado de cuarteles militares y posteriormente puesto a la venta o canjeado en el mercado negro según las necesidades inmediatas de estas organizaciones sectarias. Un universo de irregularidades que se extrapola a la tenencia de armas personales en la sociedad civil, si bien, sociedades plagadas de artefactos mortíferos en manos de personas emocionalmente incompetentes para manipular armamento de forma responsable.

Detrás de los negocios delictivos de armas hay un escenario de violencia, exclusión, pobreza y, obviamente, los intereses económicos de las grandes potencias inmiscuidas en esta trama criminal. Los conflictos en Yemen, Irak y Siria, son algunos ejemplos del poder de la industria armamentista y mafias conexas que participan de este festín de corrupción global. Bandos que promueven movimientos bélicos sin importar las pérdidas materiales y humanas de poblaciones avasalladas por sus victimarios.

La trata de personas es otro importante filtro de financiación de los grupos radicales. Jóvenes transferidos a países extranjeros donde se les explota laboralmente y se fuerzan a prostituirse. No importa si son niñas puberales o adolescentes, todos, sin distinción de género son considerados productos negociables en el meat market, en ese mercado humano en que se truecan órganos y personas por otros servicios. ¡Una objetivación de los individuos en que se anula todo rasgo de subjetividad!

Difícilmente, las organizaciones terroristas se habrían expandido mundialmente sin el financiamiento del narcotráfico, el mercado negro y la trata de seres humanos. Mafias empoderadas con capitales ilícitos procedentes de submundos circunscritos a las drogas, las balas y fanatismos religiosos. Grupos legalmente marginales que actúan ante la mirada ciega y cómplice de Estados Unidos, Rusia, China y las naciones poderosas de Europa: las ocho naciones más prósperas del mundo implicadas en activa o por pasiva en esta espiral de convenios al costado de la legalidad, componendas que ellos mismos callan o disfrazan.

Por eso hay que ir a la médula de esta cruda realidad, a la verdad sin antifaces, y enfrentar a los grupos de poder enlodados en organizaciones promotoras del terror. Movimientos fanáticos, financiados por los paladines del sistema, que anteponen sus causas extremistas a la vida de adultos y niños inocentes. Es decir, grupos extremadamente violentos que se valen de maniobras atroces para extorsionar a personas y gobiernos.

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El muro de los engaños

Carlos Rodríguez Nichols

Ante la masiva migración de centroamericanos a Estados Unidos, el gobierno estadounidense pretende invertir cerca de seis billones de dólares en la construcción de un colosal muro fronterizo para poner alto a las caravanas migratorias, tropeles humanos a los que tildan en forma generalizada de narcotraficantes y criminales. No obstante, la falta de educación y las escasas posibilidades de movilización social son las principales causas de estas indignas hordas migrantes en busca de algo mejor que sus paupérrimas miserias. Pueblos explotados durante décadas por dictaduras extremistas, muchas de ellas, auspiciadas por Washington. Sin embargo, si Estados Unidos y los gobiernos centroamericanos hubieran construido políticas públicas con una mirada “largoplacista”, ahora, el resultado sería radicalmente diferente.

Por otro lado, las redes de narcotráfico no son monopolio de las bandas al sur de  Estados Unidos. Existen en ambos lados de la frontera. Por eso, es imposible señalar de agresores de la ley exclusivamente a aquellos ubicados en países limítrofes con Estados Unidos. Los estadounidenses no son pobres víctimas embaucadas en el consumo de estupefacientes, sino, los mayores consumidores de psicotrópicos del mundo.

Los servicios de inteligencia regionales y extranjeros cuentan con información exhaustiva de los cultivos de plantas psicoactivas en tierras andinas, así como del procesamiento químico de cocaína en control de las insurgencias colombianas. También conocen las rutas utilizadas en el trasiego de drogas a través de países centroamericanos, los medios de transporte empleados y las diferentes puertas de entrada a Estados Unidos. En otras palabras, un laberinto de complicidades que abarca desde el campesinado amazónico hasta las más altas esferas estadounidenses.

En territorio estadounidense existen redes de receptores que distribuyen las sustancias a lo largo de Estados Unidos; distribución, que produce la mayor ganancia en la cadena mercantil. Se calcula que a Estados Unidos ingresa alrededor de mil  doscientas toneladas de cocaína al año, material que se infiltra por vías terrestres, aéreas, en lanchas de alta velocidad y naves subacuáticas que burlan todos los mecanismos de seguridad de la primera potencia mundial; es decir, frustran las fuerzas armadas, entidades antidrogas, información satelital, tecnología de primer orden e instituciones gubernamentales implicadas, por activa o por pasiva, en el negocio más lucrativo del mundo.

Capitales ilícitos que no quedan exclusivamente en manos de productores y distribuidores de drogas. Estas fortunas mueven mercados bursátiles e inmobiliarios y la economía en términos generales: una incalculable inyección de dinero que permea diferentes sectores del sistema capitalista. Más aún, el hecho de ser productos ilegales se transforman en frutos prohibidos, en mercancías cada vez más accesibles a trasgresores de la sociedad. En otros términos, los comportamientos infractores de un importante sector de la sociedad son explotados “magistralmente” por delincuentes que actúan al margen de la ley; antisociales, tanto sudamericanos como estadounidenses, implicados en este estratégico enjambre de corrupción.

Por eso, la supuesta crisis humanitaria potencializada por el masivo consumo de estupefacientes no se soluciona construyendo billonarias fortalezas de concreto. El gobierno estadounidense, en lugar de invertir casi seis mil millones de dólares en un fortín medieval, debería de erradicar las redes de distribución de drogas dentro del territorio norteamericano. En otras palabras, llevar a acabo una asepsia social que penetre en las mafias bursátiles e imperios inmobiliarios estadounidenses: los mayores beneficiados de la venta de sustancias ilegales a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Obviamente, es más fácil engañar al electorado con murallas de cemento armado que calar de lleno en la médula del billonario negocio de las drogas. Pudrición social que salpica al sistema financiero y a políticos de ambos partidos envueltos en esta vorágine de obscuras negociaciones.

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Las huellas de Putin

Carlos Rodríguez Nichols

Putin adquiere cada vez más fuerza. Poder que no se limita exclusivamente a Moscú y al Kremlin, sino que extiende sus tentáculos a Medio Oriente y Latinoamérica. Sin duda, la intervención en Siria marcó el inicio del expansionismo ruso: injerencia que posicionó a Rusia como potencia emergente entre los grandes potentados  mundiales.

En 2015, Vladimir Putin se convirtió en el estratega militar del dictador sirio. Al punto que Bashar al Assad tras casi ocho años de guerra conserva su autoritario régimen, recuperó el territorio en manos de grupos extremistas y consolida el reconocimiento entre las fichas políticas regionales: un triunfo para el autócrata sirio en estrecha relación con el binomio militar ruso-iraní. En otras palabras, una alianza que potencializa los intereses hegemónicos de Moscú y la carrera imperialista de lo ayatolas en la región.

Sin embargo, este éxito político y militar no se limita a las tierras del Éufrates. En la actualidad, Putin pone su mirada e inversiones millonarias en Venezuela, en el fracasado proyecto económico bolivariano que aún cuenta con las mayores reservas de crudo del mundo. Ante esto, el hombre fuerte de Rusia se convierte en mecenas de Nicolás Maduro a cambio de importantes cuotas de poder en la industria petrolera. En otros términos, Maduro le entrega a Moscú cruciales activos energéticos, campos petrolíferos y yacimientos de gas a cambio de un supuesto rescate económico y su sobrevivencia política.

También, Rusia apostó por el abastecimiento de armamento bélico ruso al gobierno dictatorial venezolano, una audaz maniobra política que asegura la territorialidad militar de Rusia en Latinoamérica. Ahora, las fuerzas armadas venezolanas están equipadas con armas, tanques y aviones rusos de primer orden; bastimento militar anteriormente suministrado por Estados Unidos y las potencias occidentales. De esta forma, Rusia marca su sello comercial, militar y geopolítico en la región. Porque, más que una coyuntura ideológica, es una fría y calculada intromisión en terreno americano, en el backyard estadounidense, el patio trasero ahora en franca desatención de Washington debido a los intereses de la primera potencia en otras zonas del mundo.

Paradójicamente, mientras Washington se distancia de su aliados amurallándose de los vecinos más cercanos, Rusia se inmiscuye en los lodos de culturas coetáneas, obviamente, con fines económicos y militares. No obstante, la estrategia rusa en Venezuela no se limita a prestamos y rescates sino más bien a posiciones significativas en la industria petrolífera. Así como sucedió en Siria, salvar al Estado venezolano de la bancarrota se paga con el control de activos energéticos y el acceso directo a las decisiones internas gubernamentales. En palabras del jefe de la diplomacia rusa:

“Rusia cooperará estrechamente con Venezuela, con su pueblo y sus autoridades legítimas y seguirá profundizando sus relaciones de socios estratégicos con Caracas. Continuaremos ayudando a Venezuela para que salga de la compleja situación económica en que se encuentra”.

Por eso, una intrusión militar de Estados Unidos en Venezuela no se limitaría a un conflicto entre las fuerzas armadas estadounidenses y venezolanas. Fácilmente se podría convertir en “otra Siria”, en el escenario de potencias regionales y extranjeras, principalmente de Rusia en su expansión geopolítica a escala mundial. Esto, sin olvidar las políticas expansionistas del gigante asiático; la complejidad diplomática entre los gobiernos de Caracas y Bogotá; el compadrazgo de las organizaciones narco militares en ambos lados de la frontera colombiana-venezolana; y las amenazas del recién electo presidente brasileiro: amenazas que no pasan de un retórico sofismo debido a la deteriorada situación económica que atraviesa la nación carioca. Es decir, el panorama económico  de Brasil no está para millonarias guerras en aras de salvaguardar discursos ideológicos extremistas.

Ante estas circunstancias, una posible intervención de Estados Unidos en Venezuela sería un error cardinal dado los intereses de las potencias emergentes en los campos petrolíferos venezolanos y en las reservas de crudo como telón de fondo. Por otro lado, el desgaste político del presidente Trump, el absoluto desconocimiento del Comandante en Jefe estadounidense en materia de guerra, y su incapacidad para escuchar a expertos y estrategas militares obstaculizarían una posible victoria de Washington en la región. Realidad diametralmente antagónica a la de Vladimir Putin: ex soldado con rango de teniente, espía, director de la KGB y Jefe del Kremlin por casi dos décadas. Adorado por muchos y detestado por otros, Putin es mundialmente reconocido como el gran estratega del siglo veintiuno.

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La salida de Estados Unidos de Siria

Carlos Rodríguez Nichols

Estados Unidos perdió las guerras en Irak y Afganistán hace más de una década. Sin embargo, la presencia de la primera potencia mundial es necesaria como fuerza de poder en una de las zonas más conflictivas del planeta.

La salida de Estados Unidos de Oriente Medio crea sin duda un vacío en la región, vacío militar y político explotado por Rusia y China como potencias emergentes. Influencia, que permite el empoderamiento de Moscú en el ámbito político internacional y el liderazgo del Kremlin en tanto protector del dictador sirio. También, fortalece la carrera imperialista de Teherán en una de las zonas más fructíferas en petróleo, gasoductos y minerales del mundo.

Ante este des-equilibrio de poder vale preguntarse las razones de Washington para retirar el apoyo tecnológico y castrense al conflicto sirio, especialmente, en este momento que Moscú y Pekín están colaborando mutuamente en materia económica y militar: una relación bilateral estratégica frente al orden proteccionista de Estados Unidos. En otras palabras, las medidas comerciales impuestas por la Administración de Washington a China, así como las  diferencias geopolíticas entre Estados Unidos y Rusia en torno a Irán, Ucrania y la guerra siria, han contribuido a apuntalar la estrecha cercanía entre el gigante asiático y el Kremlin.

En el ámbito internacional, Rusia y China comparten posiciones similares. Ambas naciones favorecen los tratados comerciales y el intercambio de tecnología, ciencia, inteligencia y seguridad: una cercanía política, económica y militar con proyección global. Y, aunque Rusia tiene un rol más agresivo que China en Oriente Medio, Pekín se beneficia de la cercanía comercial y diplomática con Teherán y los aliados de Moscú.

Por otro lado, China cuenta con una fuerza naval y aérea cada vez más sofisticadas al punto de desafiar militarmente a Estados Unidos. En otros términos, una modernización militar y restructuración de las fuerzas armadas que la convierten en un rival amenazante a pesar de la supremacía militar estadounidense.

Sin embargo, mientras Estados Unidos se involucró en billonarias invasiones infructuosas, China se proyectó hacia un mercado armamentista a nivel global. Es decir, Pekín incrementó considerablemente la venta de armamento bélico alrededor del mundo a precios más asequibles que la industria occidental transformándose en el quinto exportador mundial de armas. Coyuntura que no solo aumenta los ingresos económicos, sino, también, la influencia militar del gigante asiático en el mundo.

Es decir, las dos potencias emergentes han tratado de crecer ante el desgaste de Estados Unidos como primera potencia mundial. Por eso, mientras Washington desacredita acuerdos internacionales y rompe con sus más fieles aliados, Moscú y Pekín se afanan en construir puentes con naciones del primer mundo, y con aquellas regiones que en décadas pasadas giraban exclusivamente en la órbita de Washington. Claro ejemplo es el creciente posicionamiento de China y Rusia en África y Latinoamérica.

Ante esta realidad, la primera potencia mundial estadounidense no puede retirarse de conflictos en zonas de alta peligrosidad, ni de regiones en las que se pone en juego los intereses económicos y políticos globales. Por tanto, en cada paso que Estados Unidos da un lado se crea un vacío de poder: vacío del cual China y Rusia sacan máximo provecho en aras de sus propios intereses hegemónicos.

Sin duda, cada errata de Washington es observada de forma minuciosa  por las potencias rivales; fuerzas emergentes que constantemente miden las contradicciones dictadas en la Oficina Oval. Por eso, las recomendaciones de Estado deben de ser expuestas cuidadosamente por expertos en inteligencia militar y servicios de seguridad en alianza con las naciones de Occidente. Si no, Moscú y Pekín seguirán escalando posiciones en la arena política internacional.

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Decisiones basadas en falsas apreciaciones

Carlos Rodríguez Nichols

La historia es testigo de dictadores y jefes de gobierno que han proyectado sus desbalances personales en las políticas de Estado. Líderes que escalaron prestigiosas posiciones a pesar de inestabilidades personales, desequilibrios que pudieron capotear a lo largo de la vida. Sin embargo, los constantes desafíos gubernamentales y los altos niveles de estrés fácilmente se traducen en erradas apreciaciones y equívocas decisiones. Desbordes que se manifiestan en oscilaciones temperamentales y conductas impulsivas difícilmente inadvertidas ante la pericia del foco público: ¡esa mega lupa que mide hasta el más recóndito pliegue de la consciencia!

Claro ejemplo es la obstinada personalidad del mandatario estadounidense. El inquilino de la Casa Blanca insiste en imponer su obcecado criterio desoyendo las implicaciones de sus arbitrajes. Políticas implementadas muchas veces en función de sus bases electorales, esos millones de fervientes devotos que de manera constante retroalimentan su patológico ego. En su mayoría, fanáticos extremistas ávidos de medidas radicales contra aquellos  opuestos a sus rígidas estructuras de pensamiento.

Entre las erratas decretadas por el mandatario en los últimos dos años, vale mencionar el retiro de Estados Unidos del Tratado de Pacífico, el enfriamiento diplomático con los aliados europeos, el descrédito a la crisis climática y la insensata retirada de las tropas de Siria. Conflicto que, aunque Estados Unidos perdió hace diez años, aún exige la presencia de la primera potencia en Oriente Medio, zona extremadamente conflictiva considerada uno de los focos más virulentos del planeta. Esta determinación ejecutiva fue refutada por los grandes Generales del Pentágono, en especial por el Ministro de Defensa, James Mattis, quien renunció a su cargo al objetar de forma tajante las desvirtuadas políticas presidenciales.

Una vez más, los constantes “pasos en falso” de la Casa Blanca no solo desacreditan al mandatario sino debilitan la imagen de Estados Unidos como primera potencia mundial. La decisión presidencial de retirarse del conflicto sirio supone una importante pérdida de poder de Estados Unidos en la región y consecuencias negativas para el conflicto armado, si bien, la principal función de los efectivos estadounidenses es brindar apoyo tecnológico y servicio de inteligencia a fuerzas contrarias a organizaciones extremistas.

Sin duda, la salida de Washington de Damasco posibilita el empoderamiento de Moscú como mecenas del dictador sirio y socio militar de los ayatolas iraníes en la carrera armamentista de la región. Ante esto, cabe preguntarse qué hay de fondo en la determinación del presidente estadounidense de abandonar Siria y Afganistán dejando un vacío político y militar en Medio Oriente. Vacío del cual Putin sacará provecho extendiendo su red influencia a la escena mundial, escenario internacional  que Washington rivaliza con el gigante asiático y con una Rusia restablecida después de la derrota sufrida en la Guerra Fría.

En la actualidad, Estados Unidos, China y Rusia  conforman el triángulo de equilibrio de poder. Sin embargo, así como en décadas pasadas se gestó una alianza estratégica entre Estados Unidos y Pekín para contener el poder de la antigua Unión Soviética, en los últimos años, la dinámica de contrapesos se modificó dando lugar a un intercambio comercial y cooperación militar entre Pekín y Moscú. Transformación geopolítica en la que China y Rusia comparten un objetivo mutuo: limitar la hegemonía y el nacionalismo proteccionista de Washington en Asia, Medio Oriente y Europa.

En otras palabras, una relación estratégica para contrarrestar el orden mundial liderado por Estados Unidos por medio de políticas arbitrarias y amenazas punitivas como si el planeta girara exclusivamente alrededor de la órbita de Washington. No es así. Hoy el mundo se rige por una estructura multilateral conformada por ocho actores nucleares con capacidad militar de proyección global. Por lo tanto, ahora más que nunca, las políticas de la Oficina Oval deben de ser fundamentadas con datos ponderados por expertos, agencias de inteligencia y servicios de seguridad. Determinaciones que no pueden ser fruto de los desequilibrios presidenciales ni de la ignorancia del mandatario en política exterior.

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