Crisis mundial

Carlos Rodríguez Nichols

Hoy el mundo vive una de las coyunturas más desesperanzadoras de la historia contemporánea. Desequilibrio que amenaza la salud física y mental a escala planetaria con consecuencias devastadoras principalmente en los sectores menos favorecidos de la sociedad. El Covid ha azotado a la humanidad produciendo una hecatombe económica y social a escala planetaria. 

Si las naciones más poderosas se han visto afectadas, claramente, las economías en vías de desarrollo están viviendo uno de los descalabros más contundentes del último siglo. En la mayoría de países latinoamericanos el grueso de las poblaciones no puede cubrir las necesidad básicas, y otra gran parte a duras penas llega a final de mes. Esta obscura realidad social que se remonta a décadas anteriores se ha magnificado en tiempos de pandemia. No hay más que mirar alrededor para entender las atrocidades causadas por esta epidemia; enfermedad que ha profundizado la miseria y desigualdad de clases. Es decir, la mayoría de la población mundial naufraga océanos de pobreza en un presente cada vez más pálido e incierto. 

Ante esto hay que preguntarse: ¿es el Covid-19 la causa o la consecuencia de la crisis socioeconómica que vive la humanidad? En el caso que la pandemia sea responsable de la actual debacle mundial, entonces, la vacuna sería la respuesta y solución óptima a un problema transitorio y circunstancial. Es más, si ninguna de las vacunas lograra inmunizar las poblaciones, sin duda la ciencia desarrollaría tratamientos paliativos para alargar la vida de pacientes infectados. 

Pero, y un gran pero, qué sucede si el Coronavirus es consecuencia de los excesos y desmesuras cometidas por el hombre en la última mitad del siglo pasado hasta la fecha. Si fuese así, Covid-19 es la nomenclatura, en sentido figurado, de un encadenamiento de desproporciones, exuberancias y opulencias de un reducido porcentaje de la población mundial tanto a nivel macro político como micro social. 

A escala macro política, los gobiernos de naciones poderosas fabrican armas nucleares y biológicas de destrucción masiva con el único fin de obtener potestad sobre potencias rivales. No importa cuántos mueren o quedan desvalidos, lo único que interesa es el imperioso sello de fuerza y poder sobre posiciones enemigas. 

A nivel micro social existe una pérdida de valores en términos generales, desde los estratos más bajos de la jerarquía hasta los sectores favorecidos con acceso a formación académica, centros educativos y salud de primer orden. En otras palabras, aquellos con la “supuesta responsabilidad” de conducir la sociedad con ejemplo de rectitud y honestidad. Desafortunadamente, en muchos casos no es así. 

El consumismo salvaje y el afán de ascender y pertenecer ha sumido a las minorías en una deplorable desproporción de codicia. Es decir, ha producido una crisis de integridad y desvalorización de los principios éticos y morales ejes de la construcción humana. Al punto que, con tal de salvar los propios intereses económicos, privilegios y favoritismos, muchos de ellos se hacen la vista ciega ante las artimañas de algunos vivarachos que ironizan las normas legales. Aún más, no imputan a los que infringen la ley valiéndose de toda clase de artificios para escabullir obligaciones fiscales. Estos, incluso son vistos como astutos trapecistas en este circo de falacias y mentiras. 

Todo este engaño colectivo ha producido una caída de referentes de autoridad y una desvalorización de los principios universales de honor, lealtad y verdad. Aquel anticuado mandato de limpiar el nombre propio, y actuar de acuerdo a los códigos y ordenanzas establecidos, quedó relegado al pasado. Ahora, los “sin-vergüenza” han llegado a tal extremo que los tránsfugas y delincuentes de cuello blanco hacen alarde de sus perversas destrezas para burlar el ordenamiento civil. Cómo dicen algunos: ¡“la vergüenza pasa, y la plata queda en casa…”!   

Por eso, la crisis mundial no se limita exclusivamente al Covid-19 o a la supuesta vacuna milagrosa pivote de la recuperación económica hacia la entredicha normalidad, al otrora capitalismo salvaje. El Coronavirus es el significante de una enfermedad socioeconómica y la putrefacción del orden establecido por las grandes potencias mundiales; es decir, un sistema económico que no alcanza a solventar la extrema miseria y la altos índices de pobreza que azotan al mundo. Ante todo, es el claro ejemplo de la pérdida de filtros o contenciones que intentan aquietar la bestia, esa animalidad encarcelada en el ser humano. Animalidad travestida de codicia, egocentrismo, decadencia y perversión. 

No se puede seguir haciendo caso omiso y perdonar las fechorías de corruptos gobernantes simplemente por favorecer los intereses económicos de una clase acomodada en un entorno de privilegios. Tampoco, permitir el doble discurso político de la corrupta izquierda o la retorcida extrema derecha involucradas en asociaciones ilícitas con grupos de poder y organizaciones silenciosas: capos de la mafia envueltos en  el lavado de millonarias sumas de dinero a través del tráfico de armas y estupefacientes. Ejemplo de esto es el compadrazgo de Maduro con los altos mandos del narcotráfico colombiano, estos últimos, ligados al mismo tiempo a la estructura política colombiana tradicional. Entonces, ¿es el Covid-19 solamente una virus que ataca el sistema respiratorio de ciertos grupos poblacionales o, más allá del deterioro orgánico, es la viva representación de la descomposición política y socioeconómica a escala mundial? 

Es importante que la ciencia avance en el desarrollo de tratamientos seguros y eficaces para combatir esta epidemia, enfermedad social que ha costado la vida de más de un millón de personas y ha afectado la condición física de una treintena de millones a lo largo y ancho del planeta en los últimos seis meses. Sin embargo, lo más importante es un reposicionamiento del hombre ante una sociedad que se destruye a sí misma, debido a la pérdida de valores y un ordenamiento integral como ser humano. Se requiere una verdadera toma de consciencia: una racionalización del pensamiento y un sólido replanteamiento de los valores universales. 

Si no hay un giro de tuerca hacia la reconstrucción de sociedades más sanas y equitativas, entonces, la humanidad seguirá siendo azotada por virus y pandemias, por epidemias que afectan de forma transversal las economías. Poblaciones donde la gran mayoría son testigo de escases y pobreza mientras las minorías viven inmersas en burbujas de excesos: una dicotomía entre muy pocos privilegiados y miles de millones al borde del hambre. En otras palabras, una umbrosa realidad de muchos cuya única salida es engrosar las filas de la delincuencia, el narcotráfico y toda clase de trueques sigilosos a la sombra de la ley.  

El aislamiento físico y social debido al Covid-19 debe servir como medio de interiorización para reflexionar acerca del futuro a nivel personal, solidario y planetario. Volver a los excesos materiales, la frivolidad social, la promiscuidad y decadencia del pasado sería seguir caminando en arenas movedizas, en ese lodo obscuro y profundo que tarde o temprano termina matando la mente, el cuerpo y lo poco que queda de espíritu.

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China y Rusia: artífices del espionaje internacional

Carlos Rodríguez Nichols

El fin de la guerra Fría dio paso al multilateralismo geopolítico a nivel mundial. Actualmente, los ocho Estados más poderosos del mundo invierten billonarias sumas de dinero en tecnologías y estrategias de espionaje que permiten inmiscuirse, interferir y manipular los escenarios políticos de naciones rivales. El internet se convirtió en el canal de conexión del ciberespionaje; es decir, un medio idóneo para espiar, controlar y beneficiarse de la vulnerabilidad de otras naciones. En fin, piraterías tecnológicas y comerciales que violan los principios básicos del Derecho en aras de determinados intereses políticos. En otros términos, poderosos aparatos de espionaje destinados a robar información militar, nuclear y documentos confidenciales. 

Esto ha dado lugar a nuevas tácticas de confrontación: las guerras cibernéticas. Ya no se trata de hombre en el frente o la conquista de vastos territorios; sino, obtener información secreta de otras potencias para ejercer dominio sobre los recursos naturales mundiales y el liderazgo tecnológico a escala global. Durante siglos, las potencias mundiales han utilizado el espionaje para beneficio propio irrespetando tanto la soberanía de estados enemigos como de supuestos aliados políticos. En la actual era cibernética, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación de masas han servido como maquinaria de influencia masiva; un feroz control social donde la realidad es “trastocada” según el receptor al que se dirige. En otras palabras, “verdades” que no son necesariamente infalibles pero comunican lo que ciertos sectores quieren escuchar, es decir, métodos de desinformación instrumentados para satisfacer la ira y hostigamiento de poblaciones específicas. 

China y Rusia son los paladines de estas maniobras propagandistas o estrategias mediáticas, cuya finalidad es desacreditar las democracias de Occidente. Esto, no significa que los chinos y rusos son más retorcidos o perversos que la casta política occidental, sino, en todo caso, son los artífices del espionaje internacional y las nuevas guerras cibernéticas. Ciberinteligencia actualmente liderada por el bloque nuclear-dictatorial conformado por Rusia y China, estratégicamente aliados con Irán y Corea del Norte. Cuatro estados autócratas que intentan debilitar la hegemonía de Estados Unidos como primera potencia mundial. 

Para ello, se valen de sofisticadas armas tecnológicas capaces de inmiscuirse en la inteligencia estatal, las instituciones gubernamentales y organizaciones financieras; interfiriendo, de esta forma, en las políticas internacionales de Washington. Una guerra cibernética en la que participan hackers altamente especializados en ciberinteligencia, teorías de la conspiración y estrategias destinadas a polarizar las sociedades. Lo que en décadas pasadas se limitaba a la instalación de virus informáticos con fines fraudulentos, actualmente se ha transformado en una compleja red de “delincuentes de la ingeniería” que amenazan la seguridad mundial de forma cada vez más devastadora. Organizaciones clandestinas que han sacado a la luz pública documentos confidenciales acerca de supuestas filtraciones y derrocamientos de políticos opuestos a los intereses de las potencias. Información secreta que si desvela de forma irresponsable puede causar serios daños a las relaciones internacionales y a la comunidad de naciones en términos generales.

Ejemplo de esto dicho es la innegable injerencia cibernética rusa en el cerebro del partido Demócrata durante las elecciones estadounidense del 2016. También, la participación del Kremlin en el referéndum del Reino Unido sobre de la salida de la Unión Europea, y el apoyo de Moscú a grupos extremistas en Francia, España, Italia y Venezuela, para mencionar algunos de los satélites que giran alrededor de las políticas y medidas económicas de Rusia y China. ¿Con qué fin? alterar la geopolítica mundial y el balance de poder de las grandes potencias occidentales a escala global.

Ante esto, cabe preguntarse si las próximas elecciones en Estados Unidos estarán intervenidas por la ciberinteligencia china-rusa con el único fin de mantener en la Casa Blanca al actual presidente: un inepto en estrategia política internacional, que en lugar de fortalecer a Estados Unidos como líder del mundo más bien a empoderado a Moscú y Pekín al podio de supremacías mundiales. Hoy, cuatro años más tarde, América está desgastada internacionalmente y el bloque constituido por China y Rusia con el apoyo estratégico de Irán y Corea del Norte avanzan con más fuerza, profundizando la impronta geopolítica de Pekín y Moscú a nivel global. 

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Batallas ideológicas

Carlos Rodríguez Nichols

El reciente asesinato del afroamericano a manos de tres déspotas policías blancos es uno de los miles de homicidios en las calles estadounidenses. La muerte de George Floyd no se limita solamente a un problema racial; en todo caso, es el detonante que rebalsó el enojo colectivo contra la barbarie de la autoridad ante la mirada ciega de los sectores privilegiados. En otras palabras, defenestró una manifestación social frente al abuso de poder de las élites políticas, ejes de un sistema que dicta ser igualitario y equitativo, pero, es todo menos imparcial y distributivo. 

Detrás del brutal asesinato de Floyd se esconden una serie de cabos sueltos, que se remontan a décadas y siglos de exclusión. Minorías relegadas a las “segundas filas” del aparato social, en su mayoría proscritas a los anillos marginales escenarios de delincuencia, narcotráfico y prostitución. Realidad social en que la pobreza al rojo vivo es el elemento resonante de ese mundo bizarro. Es decir, entornos en que las poblaciones desfavorecidas son víctimas y victimarios de la umbrosa escoria social. 

Las protestas a lo largo y ancho de Estados Unidos con repercusiones en el mundo entero, no fueron solo actos de duelo por la muerte de un desconocido. Son expresiones del descontento global frente a políticas de orden dictatorial en naciones supuestamente democráticas, aunque en muchas ocasiones  irrespetuosas de los fundamentos y pilares de la república

Este descontento  no se limitó exclusivamente a marchas de orden pacífico. Detrás de ellas habían grupos extremistas de izquierda y derecha, organizaciones antifascistas y grupos neonazis, milicias armadas encubiertas, anarquistas, mercenarios, y también saqueadores de bienes en tiempos de pandemia y altísimo índice de desempleo. Es decir,  movimientos antisistema orquestados por extremistas ideológicos sagazmente infiltrados entre los defensores de la equidad racial y derechos de las minorías. 

Minorías que a la fecha se rigen por cánones impuestos por los sectores dominantes; mayormente hombres blancos, cristianos, políticamente conservadores,  con el poder económico y social para legislar a favor de sus interese personales y las élites privilegiadas a las que pertenecen. Para estos, los “otros” son simplemente sujetos de inferior estatura social a los que consideran y tratan de forma discriminatoria. Aún en el presente, indígenas y negros en países tercermundistas son testigo de escabrosas condiciones semejantes a las que vivían esclavos en siglos pasados. Hoy, los excluidos sociales gozan de una “libertad” que les permite mayor movilidad aunque siempre encadenados a la miseria con escaso acceso a servicios de salud, educación, y, en casos extremos, posibilidad de cubrir las necesidades básicas. En otros términos desechos de la sociedad.

No es suficiente aceptar y confirmar el maltrato de las autoridades y grupos de poder contra las minorías. Se requiere un profundo cambio cultural que respete las diversas identidades y la igualdad de derechos sin distinción de credo, color de piel, preferencia sexual o posición social. Al fin, nadie vale más por tener ventajas socioeconómicas o pertenecer a los sectores de poder. 

Los hombres y mujeres, adolescentes y niños del futuro no pueden volver a presenciar la brutalidad vivida durante las últimas semanas en Estados Unidos, la primera potencia del mundo con la responsabilidad global que esto implica. Para lograr un cambio profundo se necesita, antes que nada, un crecimiento individual y un compromiso ciudadano frente al colectivo social; colectivo, dirigido por  líderes progresistas que apuesten por la vanguardia multicultural. 

Las culturas no son entes inertes. Son procesos humanos dinámicos que evolucionan según las transformaciones y el desarrollo. Por lo tanto, es responsabilidad de cada uno, desde su propia subjetividad, apostar por los derechos y respeto a las minorías; sectores, que deben gozar de las mismas oportunidades que los ciudadanos más favorecidos. Es la única forma de invalidar la exclusión social que vive gran parte de las poblaciones mundiales. Si no, el mundo se convertirá en un campo de batallas ideológicas sin el menor respeto por la vida.

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Hacia un capitalismo progresista más humano

Carlos Rodríguez Nichols

La humanidad está enferma de codicia, de un insaciable deseo de tener más, cada vez más. Por eso, la gente consume productos innecesarios con el único fin de llenar la falta, ese faltante que nunca termina de satisfacerse. Es decir, se intenta saciar “el interminable vacío” subordinándose a los parámetros consumistas de una sociedad mordazmente neurótica.

El mandato es muy claro: producir, consumir, desechar, y, ante todo, gastar hasta lo que no se tiene. Un derroche de dinero y objetos que movilizan la economía sin importar los efectos colaterales de miles de millones de productos basura que mal-nutren a las mayorías, a multitudes incapaces de ponderar las consecuencias de estas tóxicas ingestas. Miopes industriales cuyas miradas están dirigidas a enriquecer sus intereses personales sin medir los perjuicios socio ambientales: crisis climática, contaminación de ríos y océanos y polución de grandes urbes. Mientras el modelo económico esté enfocado hacia el exclusivo enriquecimiento de un segmento de la sociedad, sin duda, prevalecerá la inequidad de los pueblos, desigualdad cada vez más profunda.

Este unilateral esquema socioeconómico conlleva serias implicaciones. A largo plazo, afecta tanto a las mayorías desfavorecidas como a los sectores privilegiados: aumento de la criminalidad, odio de clase, inseguridad ciudadana, sub economías y actividades al margen de la ley; en síntesis, sociedades malsanas en las que los individuos toman la ley en sus manos con tal de sobrevivir.

Se requiere un contundente cambio sociocultural y una reestructuración del orden global. No se trata de implementar modelos comunistas obsoletos ni izquierdismos venenosos setenteros; sino, más bien, fortalecer el sistema capitalista de forma más humana y progresista. Un capitalismo a favor del desarrollo industrial y tecnológico que beneficie a los sectores privados y al grueso de la población. Un giro socioeconómico que favorezca el bien-estar de los amplios sectores sociales.

Si no se logran estos cambios, el mundo seguirá padeciendo desigualdades, conflictos sociales, destrucción ambiental y epidemias; pandemias, que dejan profundas huellas en los sistemas sanitarios, los mercados financieros y la psique de los pueblos. El COVID-19 es claro ejemplo de esto dicho. Ante esta realidad habría que preguntarse:

¿Volverá el mundo a vivir el mismo desenfreno económico, el excesivo consumo de productos, muchas veces innecesarios, a precios escandalosos? ¿Seguirá la humanidad intoxicando los mares con toda clase de desechos plásticos, y produciendo cuerpos obesos fruto de “alimentos” con grasas saturadas, preservantes químicos y manipulados genéticamente? En fin, ¿continuará el hombre destruyendo-se, envenenado el planeta de forma irresponsable, ahogando a la humanidad en pobreza, y excluyendo a una buena parte de los pueblos de las necesidades básicas?

Una vez más, se necesita dar un paso  hacia un capitalismo más humano y menos egoísta, a políticas públicas que aboguen por la seguridad socioeconómica  de las mayorías y no solo el empoderamiento de unos pocos: ese capitalismo salvaje que ha globalizado el poder de las minorías, de unos cuantos que imponen las reglas de juego pero son incapaces de fortalecer los cimientos de las clases medias y desfavorecidas. En otras palabras, se requiere un nuevo esquema de globalización, un crecimiento más integral e incluyente con mayores posibilidades de asenso profesional y una distribución de ingresos mas equitativa. No es rebosando a la gente con “comidas chatarras”, ni tampoco inundando los mercados con teléfonos celulares y toda clase de baratijas, como progresan los pueblos.

Si se pretende construir pueblos educados, capaces de caminar al ritmo de la vanguardia científico-tecnológica, entonces, hay que proveer formación académica  y servicios de salud pública de primer orden: las herramientas más eficaces para cultivar ciudadanos cultos y responsables. Sin más, un sistema socioeconómico en el cual los ciudadanos tengan mayor acceso a los avances y frutos del desarrollo.

Esto no es comunismo, largo de ello. Es capitalismo inteligente. Un capitalismo con mirada a futuro que beneficie a productores, industriales, empresarios, y también nutra de forma sana y equilibrada las mentes y organismos de las mayorías.

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Las potencias mundiales en tiempos de Coronavirus

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo sufre una crisis sanitaria de alarmantes dimensiones, posiblemente una de las pandemias más severas de los últimos cien años. Las personas que viven en condiciones de hacinamiento y expuestas a multitudes públicas tienen más riesgo de contraer enfermedades infecciosas y padecer serias consecuencias de salud. Esto, sumado a escasos hábitos de higiene personal, obesidad, malnutrición y secuelas patológicas derivadas del brutal desequilibrio e inequidad de los pueblos. Siguiendo esta línea, las personas menos favorecidas están más expuestos a contraer el COVID-19. Pero, las plagas no solo afectan física y económicamente a los ciudadanos, también dejan una profunda impronta en la subjetividad y el colectivo en términos generales.

En este momento, la humanidad gira alrededor de un gran dilema: sacrificar vidas, o, profundizar la crisis económica que significa mayores tazas de desempleo, pobreza e incluso aumento de criminalidad. Una apuesta que afecta el desarrollo y tiene implicaciones  sociales y económicas. ¡Si se reabre la economía a destiempo se perderán vidas, y, si no se abre, las clases menos privilegiadas tendrán que hacer lo imposible por sobrevivir! Este experimento sociopolítico pone en peligro la vida de adultos y niños, en su gran mayoría aquellos socialmente menos aventajados; sin olvidar las derivaciones negativas en las clases medias, motor del capitalismo.

Las pérdidas humanas no se limitan a un número estadístico de ciudadanos fallecidos, también afectan el mercado, la producción, la industria, las empresas y a pequeños comerciantes: a mayor número de bajas en la fuerza laboral, mayores secuelas en el engranaje mercantil y financiero. Es decir, un golpe transversal al sistema capitalista, principalmente a las naciones democráticas occidentales.

China en tanto cuna de la epidemia va un paso adelante de Occidente. Durante semanas, Pekín mantuvo silencio acerca de la nueva cepa del Coronavirus con el único fin de controlar los mercados e intereses financieros del gigante asiático. En marzo, cuando el virus se expandía por el resto del mundo, ya el pueblo chino tenía meses en aislamiento: estrategia que permitió reabrir la economía asiática cuando Europa y América apenas imponían medidas restrictivas y cuarentenas. Esto, claramente puso en jaque a Washington. De esta forma, China presionó a la potencia estadounidense a también reabrir la economía, más allá de las implicaciones sanitarias y posibles consecuencias socioeconómicas de una apertura anticipada. Decisión que, en el  caso de numerosas pérdidas humanas y económicas, afectaría a gran parte de la sociedad estadounidense.

En otras palabras, el Coronavirus se ha convertido en una apuesta ideológica de las naciones más poderosas del planeta por liderar la arena política internacional; sin duda, determinará el posicionamiento de las potencias mundiales del siglo 21. Un ajedrez entre China y sus aliados nucleares contra las naciones de Occidente; dicho en otras palabras, una contienda en la que mentes estrategas asiáticas y rusas intentan debilitar la potestad de Washington. Poder estadounidense en manos de un incapaz Jefe de Estado desconocedor de política internacional y, ante todo, ignorante en temas de Estrategia y Servicios Secretos: materias en las que el Kremlin y el Partido Comunista Chino, ambos regímenes dictatoriales, son los capos y “master-minds” de esta sinuosa ruleta política: curtidos ajedrecistas que al día de hoy lideran la jugada.

¡Ya los dados están tirados! A la humanidad no le queda otra opción que “observar” los estragos económicos y las perdidas humanas causadas por el COVID-19, y, sobre todo, el “cuestionable manejo de las grandes potencias de cara a la pandemia.

A los más ávidos de información, el sistema los “distrae” con noticias sensacionalistas, teorías de la conspiración o, en el mejor de los casos, “permitiéndoles” elucubrar opiniones personales; algunas acertadas, aunque la mayoría carentes de transparencia y veracidad. De igual forma, las líneas editoriales favorecen los intereses ideológicos y económicos de determinados sectores de la sociedad, es decir, les susurran al oído lo único que quieren escuchar. Por eso, ¡la misma noticia tiene tantos vectores como caminos que llevan a Roma! …todo depende del prisma con que se mire.

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Impacto emocional del Coronavirus

Carlos Rodríguez Nichols

La pandemia COVID-19 toca a la población mundial sin distinción de nacionalidad, clase social o género. Obviamente, las personas con una alimentación equilibrada, hábitos de higiene personal y regulación sanitaria preventiva tienen mayores posibilidades de sobrevivir la pandemia. Es decir, aquellos con mejor nivel de educación y urbanismo cuentan con más herramientas para afrontar con responsabilidad esta crisis.

Sin embargo, las secuelas emocionales del aislamiento impuesto por el Coronavirus afectan a los ciudadanos en términos generales. Dejan profundas huellas psicológicas y psicopatologías fruto de extensos períodos de  reclutamiento. Encierro que amenaza la comunicación y el contacto social inherentes al ser humano, obligando a vivir aislamientos impuestos, pérdidas de libertad y restricciones forzosas que recuerdan tiempos de guerra. No solo se trata de distancias físicas sino, aún más serio, de alejamiento social: separación y apartamiento entre comunidades, amigos y familiares. Abrazos solidarios que la tecnología ni las redes virtuales han sido capaces de remplazar. En fin, el teléfono móvil, la cibernética o la banca en línea no son suficientemente competentes para  sustituir la calidez humana.

Hoy, el mundo está expuesto a una serie de emociones cargadas de negatividad, en gran parte, debido a la falta de transparencia de algunos políticos ante esta epidemia de dudosa claridad. Esto, ha provocado el repudio de los ciudadanos hacia falsos gobernantes que opacan verdades y alteran resultados estadísticos según sus intereses partidistas. En otras palabras, engaños y desfachateces que en última instancia incrementan el irrespeto hacia “supuestos” líderes mundiales.

Ante estas mentiras, gran parte de la ciudadanía vive un desconcierto psicológico. En muchos casos, son víctimas de medios de comunicación amarillistas o de mensajes contradictorios de fuentes gubernamentales. Por un lado, el austero, riguroso y severo discurso: ¡no salgan de las casa!. Y, por otro lado, el pujante mensaje de comerciantes y empresarios:  ¡hay que movilizar la economía, reabrir negocios y servicios al costo que sea! En otras palabras, tanto las noticias sensacionalistas como la desorientación de algunos gobernantes han creado una suerte de miedo colectivo.

Terror a las consecuencias del paro económico, así como a las secuelas sanitarias debido a la temprana reapertura de la economía. Es decir, incertidumbre entre reabrir industrias y empresas o seguir recluidos por períodos indefinidos hasta reducir el número de infectados. Situación perturbadora que se traduce en angustia ante el peligro de salud pública y la eminente falta de insumos económicos: vectores que no son excluyentes y, mas bien, atentan la sostenibilidad personal y familiar.

En otros términos, simbiosis de emociones que alteran la salud mental de las mayorías ante el pánico a un virus de etiología incierta, y, pavor al contagio de una epidemia sin tratamientos eficientes o vacuna a corto plazo. En resumidas líneas, espanto frente a una posible muerte solitaria conectado a ventiladores que faciliten los últimos alientos.

Sin más,  una escabrosa realidad que entrelaza la mediocridad sanitaria de las naciones del primer mundo y los intereses políticos, ideológicos y económicos de las grandes potencias. Intereses financieros que en algunos casos rozan niveles perversos. Es decir, una coyuntura socioeconómica con derivaciones  psíquicas y emocionales sin precedente.

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Hablemos claro

Carlos Rodríguez Nichols

Hoy, Estados Unidos no es la única potencia del mundo ni es más fuerte que hace tres años. Al contrario, la actual Administración de Washington ha hecho cuatro errores garrafales con seriecísimas consecuencias a corto plazo: amenazó al dictador norcoreano con un conflicto nuclear que, al final,  resultó un pobre espectáculo circense. Declaró la guerra comercial al gigante asiático sin lograr beneficio alguno, y rompió el pacto antinuclear firmado con Irán y las potencias europeas. Y, por si fuera poco, permitió por negligencia o clientelismo el empoderamiento de Rusia en Oriente Medio y a escala mundial. Debido a estas torpezas, China, Rusia, Irán y Corea del Norte orquestados por Bejín, están estrechamente aliados contra las potencias occidentales.

En otras palabras, Beijín y Moscú han ideado un conflicto bélico “no convencional” contra las naciones democráticas occidentales que perjudica mayormente a Washington en tanto supuesto líder o, al menos, cabeza de Occidente. Este conflicto va más allá de bloqueos y tarifas comerciales o hombres muriendo en el frente. Se trata de una guerra epidemiológica planificada y construida cuidadosamente por China y Rusia en aras de un proyecto común: la dominación del mundo.

Estas potencias nucleares con absoluto control del aparato estatal se rigen según órdenes dictadas por las altas jerarquías del Kremlin y el Partido Comunista Chino, sin importar las implicaciones en ciertos sectores de la población. Para estos autócratas, algunas veces es necesario sacrificar un número de ciudadanos con tal de fortalecer el Estado como potencia mundial. En otras palabras: el fin justifica los medios.

El contagioso y letal virus Covid-19 es el medio idóneo para crear una paranoia colectiva a nivel mundial, obligando al mundo a un aislamiento social y económico sin precedente. De esta forma, cercando a las personas de manera masiva ejercen el control social y económico de las naciones competidoras, especialmente, de potencias rivales. En otros términos, un contundente golpe del bloque de naciones autócratas no-occidentales.  Un duelo entre las dictaduras comunistas euro-asiáticos y las potencias democráticas occidentales, éstas últimas dirigidas, si cabe tal nomenclatura, por un desconocedor de política y economía internacional.

Gran parte del desequilibrio mundial es achacable a las torpezas internacionales llevadas a cabo por la actual Administración de Washington. Responsables de la álgida distancia entre la Casa Banca y las potencias aliadas europeas, así como por el menosprecio a organismos internacionales, fundados hace setenta años en aras de la paz mundial.

Todo esto, ante el silencio de un importante sector empresarial que aún alaba al jefe de gobierno estadounidense: una supra proyección de ellos mismos potenciada al más alto rango mundial. Al extremo, que sus fervientes seguidores desoyen las agudas carencias del presidente, sus continuos baches intelectuales y los vergonzosos desconocimientos en temas internacionales. Y, no solo eso. La magra inteligencia emocional del mandatario, ahondado, a una obtusa testarudez e ignorancia global le han impedido escuchar a decenas de consejeros que finalmente perdieron sus investiduras por no acceder a las irracionalidades del explosivo presidente.

Sin mas, un burdo empresario con turbio pasado que logró escalar el pico más alto  de la cima burlando barreras y deshaciéndose de quién estorbe a su lado. Este incapaz “dirige” el mundo en una de las crisis sanitarias y económicas más contundentes de la historia contemporánea: prueba irrefutable de la vulgarización a nivel mundial, de conductas y comportamientos diametralmente antagónicos a los principios de honestidad y lealtad. En fin, filosofías de vida incompatibles con los valores de próceres de la patria, de aquellos hombres y mujeres honorables  que construyeron los pilares de la historia.

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El liderazgo en tiempos de coronavirus

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo está viviendo una de las crisis más amenazantes del siglo. Una guerra biológica en la que jóvenes y adultos sin distinción de género, escolaridad o clase social son víctimas de esta epidemia, que afecta de forma letal especialmente a los sectores más vulnerables de la población. Esta nueva cepa de coronavirus golpea tanto a países del primer mundo como a naciones en vías de desarrollo, estos últimos, con mayores limitaciones económicas, sociales y culturales para hacer frente a emergencias poblacionales. Millones que viven en estado de miseria, hacinamiento y carentes de las necesidades básicas. Esto, sin pasar por alto los cientos de miles apiñados en campos de refugiado sin acceso a agua potable y  mínimas condiciones sanitarias facilitadoras de enfermedades contagiosas. En otros términos, aglomeraciones poblacionales sumado a falta de higiene, precaria alimentación y paupérrimos servicios sanitarios son el escenario perfecto para el desarrollo y dispersión del Colvid-19.

Según la Organización Mundial de la Salud aproximadamente un millón de personas alrededor del mundo se han infectado en las últimas tres semanas, dejando un saldo de casi setenta mil muertos a la fecha. Inquietante situación que excede la capacidad de centros hospitalarios y pone en riesgo la vida de amplios segmentos de la ciudadanía, entre ellos profesionales de la salud. En Estados Unidos se registran al día de hoy casi trescientos mil personas contagiadas con el Covid-19 y alrededor de siete mil muertos, es decir, el doble de las víctimas fallecidas en el atentado terrorista de las Torres Gemelas. Pero, no tiene sentido intentar minimizar ni comparar esta pandemia con acontecimientos trágicos del pasado: sería una estrategia fallida y carente de todo respeto. En la actual guerra biológica todo tiempo perdido conlleva un alto costo de vidas y mayor propagación del virus.

Ante esta epidemia global, el mundo requiere de líderes que afronten esta epidemia  de manera responsable. Por lo tanto, no es el momento para disparatadas elucubraciones, ideas irracionales, pensamientos mágicos, ni mucho menos proyecciones anecdóticas. En tiempos de emergencias nacionales se requiere de políticos capaces de trasmitir seguridad a los ciudadanos. Gobernantes capaces de ponerse en el lugar de las familias desoladas, y con la suficiente algidez mental para resolver las consecuencias sociales y económicas que desbordan a una gran parte de la población. Sobre todo, se necesita políticos con inteligencia emocional y habilidades sociales para comunicar mensajes claros a la ciudadanía. Ante todo, gobernantes que  sepan callar cuando carecen de conocimientos profesionales especializados. No son tiempos para imprevisiones, continuas contradicciones ni erratas cometidas por hablar a la ligera.

La emergencia mundial generado por el Covid-19 exige un líder a la cabeza del mundo respetuoso de la rigurosidad científica, en clara oposición a teorías baldías de carácter populista: demagogias infundadas que exponen a sus pueblos a graves consecuencias sanitarias por desoír evidencias de carácter investigativo. Se necesita un líder capaz de unir a la comunidad de naciones bajo un misma metodología de acción, indistintamente de colores políticos o paradigmas ideológicos.

Los países occidentales deben trabajar de forma conjunta para afrontar las derivaciones sociales y económicas que golpean a la humanidad y amenazan un futuro sombrío. Desafortunadamente, muchos van a morir. Los sobrevivientes tendrán que asumir las pérdidas de seres queridos, y los lastres económicos que afectarán a la gran mayoría. En otras palabras, un caos socioeconómico del cual tomará meses o incluso años salir a flote.

Niños y adolescentes, adultos y ciudadanos mayores naufragan en océanos de incertidumbre. Cada uno, carga sobre su existencia la espada de Damocles. Arma filosa que pende sobre la cabeza de ricos, pobres, letrados o analfabetas. No importa el origen ni los muchos o pocos privilegios que tengan. Todos, indistintamente de las cualidades personales, viven esta muerte silenciosa en la soledad de su propio aislamiento.

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Impacto del coronavirus en la economía

Carlos Rodríguez Nichols

El coronavirus ha puesto en jaque a la población mundial. El mundo está expuesto a esta epidemia a nivel global y a serias implicaciones principalmente en salud y economía. Es decir, un problema de salud pública que amenaza la estabilidad política y económica de la comunidad de naciones. También, pone a prueba la eficiencia o más bien la disfuncionalidad de políticas públicas sanitarias para enfrentar el impacto de este virus altamente contagioso que multiplica día a día el número de casos y muertes.

En un principio, se pensó que no era más que una vorágine de noticias amarillistas de medios de comunicación catastrofistas. Algunos gobernantes subestimaron la magnitud de esta epidemia desoyendo las grabes consecuencias. Políticos populistas de izquierda y derecha que culparon a los partidos de la oposición y a la prensa por alarmar a la población. El tiempo ha demostrado las erratas de estos demagogos, desaciertos, que retrasaron  el control del virus en etapas iniciales.  Hoy, la mayoría de los gobiernos, incluso aquellas administraciones que en un principio manifestaron comportamientos irresponsables frente al virus, finalmente han tomado medidas drásticas para controlar la pandemia: regulaciones que desafortunadamente impactan de forma negativa la economías.

Un desequilibrio económico a nivel mundial conlleva repercusiones en comercio internacional y medio ambiente, y abrumadoras consecuencias en la fuerza laboral. En otras palabras, la caída del consumo de bienes y servicios afectará de forma global la agricultura y la cadena de distribución de insumos, así como la industria y el turismo para mencionar algunos rubros; en fin, producirá un estrepitoso descalabro financiero a gran escala.

El cierre de comercios, bares, clubs, eventos públicos y privados, así como la cancelación de vuelos y cierres de centros turísticos crearán una desaceleración económica y una eminente recesión económica a futuro cercano. Escenario en el cual las inversiones extranjeras y el fructífero mercado inmobiliario experimentarán una de las mayores bajas de los últimos tiempos. Esto, sin duda, tendrá serias consecuencias en las clases menos privilegiadas: camareros, cocineros, dependientes de tiendas, hoteles y supermercados, personal de gimnasios, teatros y cines, choferes de buses, taxistas, empleados de líneas aéreas y aeropuertos. En otras palabras, la mayoría de los ciudadanos de países de primer mundo y, aún mas serio, de aquellas naciones en vías de desarrollo. Es decir, el grueso de la población que vive de un salario mensual para cubrir necesidades básicas y obligaciones financieras previamente establecidas: alquileres, hipotecas, deudas y prestamos universitarios.

Debido a esta categórica desaceleración económica muchas personas tendrán que alejarse de sus fuentes de trabajo, lo que aumentará radicalmente los índices macroeconómicos de desempleo. Paralización económica que producirá millonarias quiebras materiales sumado a pérdidas de vidas, algunas en edades productivas. Sin más, una crisis socioeconómica que afectará a la población mundial de manera transversal sin distinción de clase social o escolaridad. Todos, de alguna forma, ya somos o seremos testigos de esta pandemia.

Y, lo más serio está por venir. La mayoría de la gente aún no ha vivido los nefastos alcances de este virus en carne propia, dado que la epidemia todavía no ha aquejado a sus familias, amigos, vecinos y compañeros de trabajo de manera directa. El día que empiece a verse el entorno inmediato disminuido por este contagioso virus,  entonces, la incertidumbre y el pánico profundizarán en mayor grado las derivaciones económicas de los ciudadanos. Una vez más, ¡lo peor está a la vuelta de la esquina!

Sin duda, el mundo se perfila hacia una recesión económica sin precedentes, mucho más profunda que la vivida décadas atrás. Ejemplo de esto, es el desplome de mercados bursátiles alrededor del mundo que han llegado a trastocar los peores índices desde aquel lunes negro de octubre del 87. Un panorama sombrío más allá de ideologías políticas o adhesiones partidistas: una escabrosa realidad que coacciona la salud mundial amenazando vidas de miles de hombres, mujeres y jóvenes, así como el equilibrio económico y financiero de la comunidad de naciones.

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Epidemias del siglo 21

Carlos Rodríguez Nichols

En los últimos veinte años han aparecido enfermedades infecciosas de múltiples etiologías causando un impacto en la salud y en los patrones de mortalidad a nivel global. En muchos casos, epidemias transmitidas al hombre por una diversidad de animales: cerdos, aves, y murciélagos que constituyen el reservorio de ciertos virus. Entre ellos, vale mencionar el SARS que emergió de China extendiéndose por varios países afectando a miles de personas y dando muerte a centenas de inocentes. Asimismo, en 2011 apareció en México una epidemia ocasionada por la influenza porcina dejando su huella en más de 120 países. También, en 2013 se propagó un virus causante de enfermedades respiratorias identificado como una variante de la influenza aviar. Siguiendo esta línea, se puede identificar la estrecha relación entre enfermedades virales y alguna especie animal. Ante esto, la utilización de animales por el hombre es un irrefutable factor de propagaciones epidémicas.

El crecimiento de la población mundial, los cambios climáticos, la apertura de fronteras comerciales y la masificación de viajeros, son indudablemente otros de los  factores atribuibles a las epidemias mundiales. Esto, sin olvidar la manipulación de microorganismos como armas biológicas contra poblaciones y  potencias enemigas. Así como el mundo está globalmente interconectado por medio de redes comerciales, financieras y medios de comunicación que condicionan a las poblaciones bajo una misma estructura de comportamiento, de igual forma se propagan pandemias afectando la salud mundial a gran escala, es decir, epidemias de rápida extensión que infectan a miles y centenares de miles. Las poblaciones al carecer de protocolos inmunológicos son altamente susceptibles a las diferentes cepas de virus, lo que complica el conocimiento y gravedad de las epidemias. Por eso, la contención de brotes epidémicos en sus inicios es una de las estrategias más efectiva para combatir los virus. Competencia que exige una interacción multisectorial de expertos de la salud, medios de comunicación, entidades gubernamentales y una sostenible inversión financiera en investigación epidemiológica.

La actual pandemia del coronavirus, hasta ahora de origen desconocido y sin vacuna a corto plazo ni un tratamiento específico, aumenta a mas de cien mil casos confirmados. Esta crisis sanitaria que afecta a poblaciones sin distinción de raza, género o clase social alrededor del mundo requiere políticas públicas globales, en otras palabras, coordinación internacional para controlar el virus. Realidad mundial en la que debe entrelazarse el campo de la salud, políticas públicas y medidas económicas a corto y mediano plazo. En otros términos, pone a prueba la capacidad de los centros sanitarios y el equipo hospitalario necesario para hacer frente al creciente número de personas infectadas o en proceso de observación. Para ello, se necesita mayor interacción investigativa entre entidades académicas, tecnología e instituciones científicas, sabiendo de ante mano que los virus causantes de epidemias y pandemias en la actualidad no son estrictamente virus  nuevos, sino en muchos casos diferentes cepas de virus anteriormente existentes.

Por otro lado, los gobiernos deben implementar campañas educativas para que los ciudadanos se comprometan a realizar una constante higienización personal y  lleven a cabo las medidas recomendadas con el fin de evitar una mayor propagación del fenómeno pandémico. También, se requiere el correcto liderazgo de jefes de estado y sus equipos de gobierno para atacar esta epidemia de alcance pandémico: reto político que exige asumir con responsabilidad las pérdidas humanas así como las consecuencias económicas estrechamente ligadas al pánico colectivo mundial frente a este fenómeno epidemiológico. En otras palabras, pavor a lo incierto y a la génesis de la pandemia. Especialmente, su acelerada y amenazante circulación producto en gran parte de las ineficientes políticas unilaterales y poca transparencia de algunos gobernantes de cara a esta epidemia de fácil contagio.

Es hora de dejar de lado discursos vacíos y verdades a medias. Cada día que se pierde significa mayor propagación del virus, el eminente colapso de centros sanitarios y consecuentemente pérdidas humanas. El mundo está en alerta roja, quien no lo quiera entender atenta contra su propia vida y desafía el entorno de forma irresponsable.

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