Europa en alerta roja

Carlos Rodríguez Nichols

La Unión Europea cuenta aproximadamente con 500 millones de habitantes, capital humano que permite tener importantes cuotas de poder a escala mundial, es decir, una economía lo suficientemente robusta para competir con otras regiones del mundo. Sin embargo, enfrenta varios desequilibrios estructurales. Entre ellos, la heterogeneidad de algunos de sus miembros con realidades tan disimiles como Francia y Serbia o Alemania y Portugal. Naciones que comparten integración comercial, política exterior común y cooperación en materia judicial y seguridad, pero, al mismo tiempo deben responder a constituciones soberanistas y credos culturales muchas veces en clara oposición al corpus ideológico de la UE: visiones de Estado que ponen en evidencia contradicciones económicas y sociales entre los socios europeos.

A pesar que la Unión Europea ha atravesado varios escollos, la crisis financiera del 2008 y sus  secuelas colaterales es una de las flaquezas más contundentes de la historia reciente. Vale mencionar la masiva pérdida de puestos laborales afectando a millones de personas en edades productivas, en el mejor de los casos paliados con insipientes contratos temporales. De igual manera, sectores de la población perdieron su hogar debido a créditos hipotecarios imposibles de solventar con inestables salarios. Esto dicho, sumado a recortes en educación y salud que menoscaban los pilares del desarrollo social. En otras palabras, presentes y futuros truncados ante obscuras maniobras de entidades bancarias en beneficio de pocos a costa de las penurias y limitaciones de una considerable parte de la clase media, si bien, motor del sistema capitalista. Desoladora relaidad que afectó a un vasto segmento de la sociedad que apenas sale a flote después de doce años de incertidumbre.

Por otro lado, el mal manejo de la Unión Europea frente a la crisis migratoria ha cuestionado la competencia de Bruselas ante esta catástrofe humana. Millones de niños y adultos huyendo de guerras y miserias se refugian en naciones receptoras ante el desprecio de ciudadanos y políticos. Más aún, muchas veces  son utilizados por grupos extremistas en carácter de “chivos expiatorios” para nutrir sus tajantes posturas de cara a este cruel éxodo masivo, en todo caso, fruto de un mundo globalizado extremadamente desigual.

Este caos social  se ha convertido en el “leit motiv” de los partidos políticos. Políticos emergentes con verborreas construidas sobre ilusorias propuestas sin medir los posibles perjuicios de sus palabras. Populistas capaces de militarizar masas callejeras pero incapaces de concretar el descontento social en las urnas debido en gran parte a discursos viscerales más que factibles: una guerra abierta contra todo y todos en lugar de ofrecer soluciones a erratas del pasado. En otras palabras, el desequilibrio migratorio sumado a la falta propuestas sostenibles y el descontento con los partidos tradicionales han sido caldo de cultivo de movimientos extremistas europeos. Muchos de ellos, adheridos a organizaciones fascistas de corte neonazi abanderados bajo insignias nacionalistas.

Conservadurismo radical europeo que se han afianzado en los últimos lustros, al punto de situarse entre las primeras fuerzas opositoras con miras a gobernar en un futuro cercano. Vale mencionar el alarmante apoyo recibido por Marine Le Penn en las últimas elecciones presidenciales francesas, el auge del movimiento La Liga italiana, y la escalada de partidos ultraderechistas en Alemania, Austria y Suecia orquestados por lo mismos tutores que llevaron al populista estadounidense a ocupar la Oficina Oval de la Casa Blanca.

Estos, cuentan con el apoyo silencioso de un importante sector empresarial y financiero, si bien, élites oligárquicas que defienden su poder social y económico al precio que sea. Para ellos, es necesario una “profunda limpia”, lo que en sus estrechas visión de mundo y su paradójicas convicciones consideran la escoria de la sociedad. Extremistas que se valen de la codicia de poderosos y la ignorancia de los más necesitados para lograr el anhelado deseo de gobernar. No importa si se trata de ultras o progreso, porque al final buscan lo mismo: el control institucional y robustecer sus egos personales.

Sin embargo tanto los partidos de extrema izquierda como la derecha recalcitrante, al no alcanzar los resultados esperados, han tenido que hacer un drástico viraje hacia el centro; claro, más por estrategia electoral que convicción ideológica. Afortunadamente el electorado ha sido lo suficiente cauto para leer entre líneas las contradicciones de estos “supuestos antisistema” que después de cinco años peloteando en la arena política ahora son tan “sistema” como aquellos dinosaurios que tanto critican.

Una vez más, la Unión Europea atraviesa uno de los momentos más álgidos y complejos desde su creación: realidad política y social que se vislumbra todo menos positiva a corto y mediano plazo. Aparte de lo mencionado anteriormente, la guerra económica entre Washington y Pekín tarde o temprano le pasará factura a los países miembros de la UE. También, el Brexit dejará huellas profundas en el viejo continente tanto a nivel regional como a las naciones de forma particular. Esto, sin menoscabar el eminente conflicto entre Irán, Estados Unidos y sus respectivos aliados con inevitables repercusiones continentales.

Ante esta alarmante polarización ideológica, el próximo 26 de mayo los europeos tienen que derrocar en las urnas a los movimientos extremistas, a la anacrónica izquierda ortodoxa y al ultra derechismo, que tanto daño causan a las sociedades a escala global. Europa debe luchar por conservar los fundamentos y principios democráticos, su lugar preponderante como potencia regional y el invaluable peso cultural que se remonta a siglos de historia del conocimiento.

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Los socios de Maduro

Carlos Rodríguez Nichols

Rusia y China tienen estrechas alianzas en materia militar y comercial con el régimen chavista, compromisos que se traducen en deudas billonarias a Moscú y Pekín. En otras palabras, Caracas debe alrededor de 17,000 millones de dólares a las dos potencias. En posición de acreedores, apoyan firmemente al gobierno bolivariano e intentan imponer las reglas del juego en el caos venezolano a pesar de tratarse de un conflicto en territorio americano, es decir en el supuesto backyard estadounidense ¡según nomenclaturas imperialistas en décadas de Guerra Fría! Atributos geopolíticos que se han desdibujado en el actual mundo multilateral donde las ocho naciones nucleares más poderosas del planeta controlan la maquinaria mundial.

Recientemente el Kremlin ratificó millonarios contratos de defensa con el gobierno de Venezuela sumado al contundente aporte castrense ruso al régimen autócrata venezolano: bombarderos con capacidad nuclear, maniobras militares conjuntas, y personal especializadoen asesoramiento al ejercito bolivariano. De esta forma se confirma la solidaridad del Kremlin con el gobierno de Nicolás Maduro y al “pueblo venezolano”. Cínico eufemismo dada las penurias que vive gran parte de la población venezolana, masivos desplazamientos a países fronterizos y una pobreza ignominiosa contrapuesta al enriquecimiento vergonzoso de la cúpula chavista.

Por otro lado, la deuda financiera de Caracas con Pekín no es un tema menor. China ha revalidado acuerdos bilaterales generadores de billonarias inversiones en Venezuela, prestamos que ha desembolsado a cambio de exportaciones petroleras al gigante asiático. Ante estas cuantiosas sumas, Pekín se opone a la injerencia occidental en asuntos internos de Venezuela y respalda los esfuerzos del Gobierno venezolano de mantener su soberanía, independencia y estabilidad.

Ante esto, China y Rusia no sólo respaldan incondicionalmente el régimen bolivariano sino emplazan a Washington a derogar los planes intervencionistas militares en Venezuela. Más aún, advierten a Estados Unidos de posibles graves consecuencias si continúa patrocinando a Juan Guaidó y el derrocamiento del “legítimo” gobierno de Nicolás Maduro. En palabras de los Jefes de Estado de Rusia y China, “el apoyo al autoproclamado presidente venezolano es una transgresión a las normas del derecho internacional”.

No obstante, el liderazgo de Guaidó se debilita día a día y su plan de deponer a Maduro se estanca a pasos agigantados. Fracaso del que no se puede responsabilizar exclusivamente a Guaidó o a los diferentes sectores de la oposición sino, en todo caso, a la errónea política de Washington. Estados Unidos ha demostrado total incapacidad en la ejecución de medidas de seguridad en el continente americano, especialmente en la caótica crisis venezolana: vivo ejemplo de los desaciertos de la Casa Blanca.

A todas luces el mandatario estadounidense carece de posturas coherentes a escala global. Aparte de su bulliciosa verborrea y amenazas inconsistentes  no ha conseguido rediseñar las supuestas erratas del pasado, al contrario, hoy el mundo es más peligroso y polarizado que en años anteriores. Pero, el mayor responsable de las incongruentes acciones estadounidense en Venezuela es John Bolton, Asesor en Seguridad Nacional de la Administración Trump y ejecutor de los desastrosos resultados militares en Irak y Afganistán. Venezuela sería el tercer fracaso de Bolton.

Una intervención militar estadounidense convertirá a la nación petrolera en el campo de batalla de las grandes potencias como sucedió en Medio Oriente durante la última década. Conflicto que no se limita a la lucha de intereses imperialistas, sino a una sangrienta guerra civil donde organizaciones extremistas y redes del narco tendrían importantes cuotas de poder.

Después de las múltiples derrotas de Estados Unidos en Vietnam, Irak, Afganistán, Siria, y la malograda presencia en Centroamérica, parece poco probable una victoria estadounidense en el vasto territorio venezolano, territorio que comprende zonas amazónicas controladas por violentas guerrillas que se gobiernan según sus propios códigos y mandatos, es decir… ¡la ley de la selva!

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“Mastermind”

Carlos Rodríguez Nichols

Admirado por muchos y odiado por otros, Vladimir Putin logró sentar a Rusia a la mesa de las grandes potencias mundiales. En el último lustro consolidó el poder de Moscú a escala inimaginable dos décadas atrás debido al éxito en el conflicto sirio.

Contrario a las previsiones de los supuestos paladines de Occidente, el dictador Bashar al Assad continúa al mando de Siria después de ochos años de guerra frente a organizaciones terroristas auspiciadas por el sector ultraconservador religioso saudí, movimiento extremista orquestado por los príncipes de Riad con el apoyo de las potencias occidentales, sin más, hicieron de Siria el campo de batalla de potencias  rivales como en tiempos de la Guerra Fría.

Indudable paralelismo con la realidad actual de Venezuela donde Moscú protege sus millonarios intereses a capa y espada. Según datos oficiales, Caracas debe aproximadamente siete mil millones de dólares al Estado ruso y casi diez billones a China. Cifras que condicionan la permanencia de Moscú y Pekín en Venezuela. Tanto en el conflicto sirio como el caos venezolano, Putin hace caso omiso a las infructuosas amenazas de Occidente, y, aún más, dobla la apuesta favoreciendo el posicionamiento de Moscú en ambas naciones petroleras. Es decir, no hay sanción económica que impida el avance de Rusia en Oriente Próximo, África y Latinoamérica.  Claro, esto no se logra sin el apoyo de China que al igual que Moscú tiene intereses imperialistas a escala mundial.

En Europa, Pekín se fortalece ante el desequilibrio del Reino Unido y la polarización ideológica que carcomen la institucionalidad democrática, en gran medida, debido a la infiltración electoral del Kremlin. Trama que involucra espionaje, chantajes y obscuras negociaciones para beneficiar a los aliados de Moscú, es decir, a los títeres oficiales del Jefe de Estado ruso y su argolla de oligarcas. Para ello, se vale de medios desinformativos que descalifican a todo aquel opuesto al proyecto expansionista ruso. Inescrupulosos políticos que con tal de ascender al poder se prestan a estas danzas putinescas, sin importar la hostilidad de Rusia hacia la nación que gobiernan. Una vez más, la democracia es la gran víctima de este recóndito ajedrez que contamina los procesos democráticos electorales; contubernios que cuentan con el apoyo de organizaciones al margen de la ley y agencias de contraespionaje.

Según los servicios de inteligencia internacionales, el Kremlin intercedió en el referendo del Brexit así como a favor de la candidata fascista Marine Penn en las últimas elecciones francesas. También tuvo injerencia en las revueltas callejeras de Cataluña y recientemente sirvió como anclaje al candidato de Vox, el partido ultraderechista español. No obstante, las políticas infiltracioncitas del Kremlin no siempre logran los resultados esperados. Le Penn fue derrotada en las urnas y Santiago Abascal obtuvo un desastroso resultado en las elecciones generales de España, saldos muy inferiores a lo esperado. Pero, independiente del producto final, la estrategia rusa es desestabilizar el engranaje democrático europeo.

Con este propósito, el Kremlin se vale de “carismáticas” figuras políticas para llevar a cabo esta suerte de proselitismo internacional. Entre ellas, Steven Bannon cerebro de la pasada campaña presidencial estadounidense y eje del renacer neofascista europeo, actualmente, infiltrado en organizaciones ultraderechistas con miras a las elecciones de eurodiputados el próximo 26 de mayo. El fin es expandir los tentáculos fascistas a escala mundial. Bolsonaro en Brasil es claro ejemplo de esto dicho.

Así, Putin y su círculo de influencias ejercen control a nivel internacional. Control que no se limita exclusivamente al aparato estatal ruso, Crimea  y las naciones circundantes. Su proyecto es reconquistar la gloria imperial rusa, y el poder mundial que ostentó la extinta Unión Soviética durante décadas de Guerra Fría. ¡Putin, indistintamente de ser alabado por muchos  o maldecido por millones alrededor del mundo, es sin duda uno de los grandes estrategas de la política mundial contemporánea!

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Hablemos del suicidio

Carlos Rodríguez Nichols

El suicidio existe y se ha incrementado de forma exponencial en la última década. Según la Organización Mundial de la Salud alrededor de 800,000 personas se quitan la vida cada año, siendo la segunda causa de muerte en la población entre 15 y 29 años especialmente en países occidentales en desarrollo. “En Estados Unidos se produce un suicidio cada doce minutos, ubicándose entre las diez primeras causas de muerte en el conjunto de la población” (Clayton, 2019). Esto, sin contabilizar los intentos de suicidio que no se certifican de forma pública. Cifras alarmantes que resulta imposible reducir a simples expresiones de consternación.

Se requiere una mirada realista y acciones contundentes acerca del suicidio en poblaciones infantiles, adolescentes, adultos y personas de la tercera edad: un problema de salud sin distinción de género, edad o clase social. Sujetos que optan por salir de la escena vital ante la perplejidad de familiares, docentes, amigos y compañeros laborales. Por tanto, es necesario tomar conciencia del incremento del suicidio y sus nefastas consecuencias.

El acto de autoeliminación es resultado de la interacción de muchos elementos, coyuntura en que la depresión es factor sine qua non. En muchos casos, estados depresivos fruto de desorganizaciones bioquímicas que afectan el sistema nervioso central, es decir, trastornos mentales que aumentan la posibilidad de conductas suicidas y disminuyen la capacidad de autocontrol frente a acontecimientos determinantes: pérdidas parentales, quebrantos económicos, deudas, mermas laborales o desprestigios personales a escala social principalmente en figuras públicas. Esto dicho, sin olvidar aquellas poblaciones maltratadas o víctimas de abusos durante la infancia que arrastran el pesado lastre del abuso a lo largo de la vida. Desencadenantes de la depresión que en ciertos individuos culmina en intentos de autoeliminación o en suicidios consumados.

Claramente, el acto suicida involucra tanto al sujeto que violenta la propia vida como a su círculo cercano. Terceros, envueltos en un sinfín de inculpas e incriminaciones por no prestar la debida atención a posibles amenazas y advertencias suicidas o incluso por no impedir que el afectado pusiera fin de manera permanente a un problema muchas veces temporal. Por eso, la autoeliminación tiene profundas connotaciones negativas tanto en la persona que se quita la vida como también en los dolientes que por activa o pasiva fueron testigos de estos atroces sucesos. Sin duda, la muerte por autoeliminación tiene un inmenso efecto emocional sobre el entorno cercano del suicida, es decir, una espiral de emociones encontradas hacia la persona que opta por quitarse la vida de forma abrupta.

No se trata de hacer juicios de valor sobre aquellos que en estado de desesperación resolvieron saldar su propia historia. Profundas razones tendrían o suficientes miserias y desdichas habrán vivido para finiquitar su existencia, la vida, lo más preciado de todo ser humano indistintamente de situaciones azarosas del pasado, álgidos presentes o inciertos futuros. Desafortunadamente, no todos los sujetos tienen las mismas herramientas emocionales para enfrentar fragilidades vitales, algunas de ellas intolerables para ciertas personas.

Por eso, la importancia de escuchar el grito muchas veces silencioso en busca de auxilio, las lágrimas del niño asediado por el bullying escolar, el hueco negro en que se encuentra un ser cercano o el desprecio social que experimentan algunos por pertenecer a grupos minoritarios. Ahí, la necesidad de acudir a profesionales de la salud en busca de apoyo y acompañamiento a parientes y cercanos en el proceso de aceptación.

Una vez más, los índices de suicidio no se no reducen culpabilizando al suicida por sus acciones. En todo caso, se debe hacer una revisión escrupulosa de nuestras actitudes y conductas hacia ciertas personas o poblaciones. Ante todo, concientizar el daño irreparable que se puede hacer a aquellos desprovistos de las armas psíquicas necesarias para defenderse de las infamias causantes de profundos sufrimientos. El suicida no es un cobarde que huye de los problemas. Es un ser doliente incapaz de soportar su insostenible infortunio.

Referencias bibliográficas:

-CLAYTON, P, (2019), Conducta suicida, MD, Professor Emeritus, University of Minnesota School of Medicine.

-MAYO CLINIC, (2018), Suicidio y pensamiento suicidas, Mayo Clinic.org.

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El derecho a morir dignamente

Carlos Rodriguez Nichols

Los avances científicos actuales permiten una longevidad impensable en el pasado. A principios del siglo veinte, la expectativa promedio de vida era treinta años menos que en la actualidad y pertenecer a la tercera edad era privilegio de muy pocos, condición que actualmente se percibe dentro de los parámetros normales. Es decir, los adelantos médicos han mitigado la amenaza de muerte en edades productivas facultando a un mayor número de personas a prolongar la vida.

Desafortunadamente, algunas veces se posterga la vida a través de métodos artificiales sometiendo al paciente a obstinadas medidas terapéuticas que alargan la condición agónica. Métodos deshumanizantes que aumenta el sufrimiento del enfermo con tal de no alterar el curso natural establecido: vida, penuria y muerte al coste emocional que sea. Ante estas ortodoxas políticas de salud, han surgido grupos activistas que abogan por el derecho a una muerte digna.

Estos movimientos a favor de la muerte asistida adquieren cada vez más fuerza a escala mundial principalmente en las naciones del primer mundo. Organizaciones enfrentadas de forma constante con grupos de poder  de la sociedad. Por un lado, la Iglesia Católica, organizaciones religiosas y grupos próvida, y por otro lado, entidades que pugnan por el derecho a una muerte “meritoria o laudable” en pacientes terminales.

Pero, y un gran pero, ¿qué derechos jurídicos tienen los enfermos no-terminales, aquellos con pronóstico de vida indefinido superior a seis meses, con padecimientos crónico degenerativos a los que la ciencia no ofrece tratamientos curativos ni el Estado proporciona los cuidados paliativos necesarios para atenuar su condición incurable?Personas incapaces de valerse por sí mismas, en muchos casos sin protección estatal, postergados en una cama a la espera de esa muerte que algunas veces toma años o décadas para ocurrir de forma natural. Seres testigos de condiciones inhumanas, encarcelados en un cuerpo doliente al que la sociedad impide poner fin de forma asistida. En otros términos, sujetos devastados por el dolor sin más sentido de vida que enfrentarse a inenarrables grados de aflicción, es decir, una carga que trastoca la integridad personal desde todo ángulo que se mire.

Ante esto, no hay razón para alargar la angustia o retardar el alivio de una agonía carente de esperanza a menos que el paciente tenga la necesidad de experimentar un sufrimiento extremo según creencias personales o mandatos religiosos. En este caso, personas que se niegan a aceptar el derecho a morir de forma asistida por defender principios que prohíben la intervención humana en los procesos de morir. En otras palabras, detractores de cualquier tentativa humana frente al transcurso natural del lapso vital. Una posición tan respetable como la opinión de aquellos que defienden el derecho a morir con menos ahogos o quizás un poco más de consuelo físico durante el último trance. Es decir, derecho a una muerte digna sin subsistir esclavo de tormentos o subyugado a medios artificiales para prolongar lo poco que queda de vida, a ese pasar que en mucho casos es todo menos plausible.

Los defensores de esta línea de pensamiento sostienen que ¡el derecho a vivir también comprende el derecho a morir de manera decente y decorosa! Por eso, la importancia de establecer protocolos que permitan el acceso a una muerte asistida, que cuente con el consentimiento previo del paciente en pleno uso de sus facultades mentales. Esto supone la renuncia a tratamientos experimentales, la prolongación de la permanencia a través de instrumentación y mecanismos respiratorios, así como el consentimiento para aplicar métodos de sedación con el fin amortiguar el dolor y sufrimiento de una agonía irreversible e inalterable. Así, una muerte digna permite afrontar el suceso final con el debido acompañamiento de profesionales de la salud y el apoyo emocional de familiares o seres queridos.

Ante esta posibilidad, un importante sector de los ciudadanos está a favor de impulsar el debate público respecto a la muerte asistida en pacientes con enfermedades incurables. Para estos, el deseo de una muerte digna es facultad irrefutable de todo ser humano, si bien, derecho personal que merece respeto y protección estatal. Dicho de otra manera, las personas en estado terminal o crónico degenerativo deben tener la competencia para decidir sobre lo más íntimo de su ser: la propia vida.

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Educación sexual

Carlos Rodríguez Nichols

El sexo tiene un lugar relevante en las interacciones humanas. El ser humano es producto de relaciones sexuales entre un hombre y una mujer, y durante nueve meses de gestación se desarrolla en el cuerpo materno. Los primeros meses de vida depende de los nutrientes y el sostén emocional de la madre, al punto de producirse una suerte de simbiosis entre el neonato y la figura materna. Una interacción que de no evolucionar a las siguientes etapas del desarrollo permanecería en esta suerte de relación unísona entre el recién nacido y la progenitora, impidiendo su construcción subjetiva en tanto ser social.

El recién nacido en el mejor de los casos es fruto del amor, la fidelidad y compenetración espiritual. Sin embargo, no siempre es así. Hay embarazos no deseados, gestaciones adolescentes, embarazos interrumpidos y preñeces vergonzosas resultado de abusos y violaciones intrafamiliares. Más aún, hijos de padres que a pesar de ser adultos no tienen la madurez emocional o la estructura psíquica para constituir una familia y mucho menos educar y dar formación integral a sus descendientes.

Por eso, no se puede esquematizar la paternidad exclusivamente desde la propia mirada o escala personal de valores, si bien, no todos los sujetos cuentan con las mismas herramientas para defenderse en la vida. Ahí, la importancia de educar a jóvenes de forma abierta, amplia y sin tabúes acerca de la diversidad sexual y las consecuencias de conductas íntimas llevadas a cabo de forma irresponsable.

Es hora de superar prejuicios y creencias medievales y afrontar la sexualidad de manera consecuente con los avances científicos de las sociedades occidentales. La formación sexual debe ser pragmática y despojada de cualquier atisbo pecaminoso o visión moralista. Es necesario construir puentes entre los logros tecnológicos y el discurso pedagógico, porque insistir en asociar el pecado con el sexo resulta tan anacrónico como negar la evolución de las especies; en fin, permanecer circunscritos a historias mitológicas lejos del pragmatismo que se espera de las sociedades desarrolladas del siglo veintiuno. Si es así, entonces, sería vivir en realidades paralelas.

Por un lado, el exceso de información al alcance de menores, adolescentes y adultos sin ninguna clase de filtros ni censura. Navegar en internet permite adentrarse en el oscuro mundo de la pornografía, para todos los gustos, sin el menor recato ético o moral. Y, por otro lado, el sector ultraconservador de la sociedad que aboga por medidas punibles entorno al sexo, el pecado y la culpa: ¡ese mal que condenan radica más en la mirada del malicioso que en el acto sexual que tanto injurian! En otras palabras, discursos enfermizos que propagan una visión distorsionada del sexo y de las relaciones sexuales en términos generales.

Claro, sería idóneo vivir en un mundo de espiritualidad absoluta en el que no existe la avaricia, la mentira ni la deslealtad. Pero esa no es la realidad. El mundo está compuesto de miles de millones de personas; unos más rectos y verdaderos y otros retorcidos, falsos y corruptos. Entonces, educar no es trasmitir un mensaje ingenuo, iluso o soñador sino la imagen real del colectivo social. La educación debe mostrar las crudezas y desigualdades así como la sensibilidad, la grandiosidad de la naturaleza y la potencialidad del ser humano para crecer y desarrollarse de forma sana y productiva. La vida sexual no es la excepción a la regla.

Por lo tanto, seguir el camino de la ignorancia lo único que consigue es más embarazos no deseados, gestaciones interrumpidas, maternidades infantiles y enfermedades de transmisión sexual que ponen en riego a millones de personas. Todo esto, por no encarar la sexualidad de forma natural, de frente y sin prejuicios o por continuar apegados a supuestos castigos divinos. Dios no castiga por tener relaciones sexuales. Si fuera así, la gran mayoría de la humanidad viviría en pecado mortal o excomulgada según los preceptos eclesiásticos. El castigo lo impone el sector reaccionario de la sociedad al impedir salir del oscurantismo cultural, de la ignorancia colectiva que las masas iletradas muchas veces pagan con sus propias vidas.

La educación sexual se debe implementar –paulatinamente- durante los años escolares. Se debe formar a la población ante las transformaciones físicas y emocionales que suceden durante la adolescencia: pérdida de la ingenuidad infantil, cambios hormonales, interacciones eróticas y, sin duda, el despertar de la sexualidad en tanto uno de los acontecimientos más relevantes de la etapa adolescente. Poco sirve educar adultos cuando muchos jóvenes han vivido sus primeras experiencias sexuales carentes de una guía formativa, es decir a “tientas y oscuras” de todo conocimiento sexual.

El sexo es principio de vida y una de las mayores fuente de placer del ser humano. Por tanto, hay que vivir la sexualidad de forma sana y libre de esclavismos moralistas, entuertos que ha arrastrado la humanidad por siglos y generaciones. Una vez más, educar es despertar a la verdad. Verdad que conlleva aspectos sutiles como amargas asperezas, pero permite trascurrir por este mundo sin ese cúmulo de pecados y culpas infundidas que solo anidan ignorancia.

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La educación, pilar del desarrollo

Carlos Rodríguez Nichols

La educación incrementa el conocimiento y fortalece la interacción personal de los ciudadanos. A mejor educación mayor crecimiento personal y desarrollo de la colectividad. En otras palabras, la educación está estrechamente ligada a la prosperidad individual y consecuentemente de los pueblos. Para ello, hay que dejar atrás anacronismos milenarios y tabúes que interfieren con el pensamiento creativo y científico de las personas. Es necesario construir sociedades que promuevan igualdad de oportunidades sin distinción de genero y fomenten  sólidas formaciones pedagógicas en poblaciones infantiles, ejes del progreso integral de una nación. Educar, entonces, es transmitir conocimiento, valores ciudadanos y la capacidad de discernimiento: elementos esenciales del sentido comunitario.

La educación fomenta la apertura mental de los individuos, el deseo de aprender y expandir el mundo personal más allá del entorno inmediato, es decir mayor comprensión de otras culturas, orígenes y formas de vida. El mundo es mucho más amplio que el circuito familiar, el barrio, el pueblo o la ciudad natal, por tanto, romper con este estrecho patrón circunscrito a un específico país, color de piel, credo religioso o inclinación sexual permite una visión más profunda del ser humano. El hombre, antropológicamente hablando, según se culturiza se aleja del estado instintivo, del ser primitivo reducido a un limitado perímetro existencial. Dicho en otros términos, la educación es una puerta hacia un vasto mundo de información que permite ampliar horizontes personales y entender la variedad de etilos de vida más allá de los conceptos inculcados en el seno íntimo de crianza.

La educación no se limita a conocimientos matemáticos, datos históricos o el uso y manejo de información memorizada. Educación es comprender y aceptar que la sociedad contemporánea está compuesta de miles de millones de hombres y mujeres con idiosincrasias tan distantes como la del hombre noruego, la mujer de Nairobi, o el niño en la pampa argentina; cada uno, expuesto a diferentes condiciones climáticas, razas, historias y entornos. Esto implica interiorizar el ínfimo lugar que ocupa la propia subjetividad en la inmensidad humana.

Aceptar esta realidad permite comprender las limitaciones de ese “supuesto podio cultural” en que algunos nacieron, o la necesidad de otros de escalar mejores oportunidades de vida. Comprender estas disimilitudes facilita la convivencia entre las naciones. Para eso, es necesario tender puentes comunes entre los pueblos: luchar por el medioambiente, respetar las diversidades y diferentes manifestaciones culturales, y, ante todo, superar pensamientos medievales absolutamente descontextualizados de la realidad del siglo veintiuno. Ahí, el lugar preponderante de la educación como herramienta de apertura global.

El Estado tiene que ofrecer educación pública de primer orden a sus ciudadanos indistintamente del origen social. Esto, requiere inversión material sostenible en capacitación del personal docente, es decir, un riguroso escrutinio de maestros y profesores en tanto forjadores de cimientos patria. La enseñanza es una vocación que exige un alto nivel de sacrificio, paciencia, tolerancia y habilidad para empatizar con poblaciones algunas veces muy complejas. Por tanto, si se quiere un resultado satisfactorio de educación ciudadana los instructores deben de ser sometidos a evaluaciones periódicas con el fin de valorar la labor profesional y la habilidad para transmitir conocimiento.

También, es necesario realizar inspecciones institucionales para medir la competitividad de coordinadores, dirección y cuerpo administrativo. Lo público no necesariamente significa desorden, desfalco o desorganización institucional. Esta forma de pensar es lo primero que hay que corregir para sanar el carcinoma de las entidades públicas. Muchas naciones del primer mundo han conseguido una educación pública ejemplar. Revisar estos modelos pedagógicos sería el primer paso para lograrlo porque es imposible pretender salir de la mediocridad con un sistema educativo “apenas pasable” o pobre en muchos aspectos. Un buen nivel de educación implica tener acceso a instalaciones bien equipadas, tecnología, información, archivos bibliotecarios y laboratorios científicos.

Invertir en la educación de los pueblos es la prioridad principal de los países en vías de desarrollo, para ello, hay que poner un freno a la corrupción de los gobernantes que se enriquecen desvergonzadamente a costa de manipular las arcas del Estado. Latinoamérica es ejemplo de esto dicho. Venezuela, uno de los principales países productores de petróleo del mundo, debería tener un sistema educativo modelo y excelentes centros de investigación a escala continental. México, en lugar de pasar el bastón de plata entre “desvergonzados y cínicos” cada sexenio, tendría que tener una de las mejores educaciones públicas de la región. Y, sin ir muy lejos, la primera potencia mundial debería proporcionar educación de primer orden a sus ciudadanos sin distinción distrital ni relegarla exclusivamente a instituciones que favorecen a sectores determinados de la población.

Esto no es comunismo, muy lejos de ello. Es responsabilidad ciudadana y sentido común comunitario. Mientras los políticos busquen favorecer a grupos categóricos para multiplicar su poder y tener control de las masas, la mayoría de los ciudadanos seguirán teniendo una educación mediocre y reducidas oportunidades de ascenso social: realidad que los inhabilita a salir de la escasez, la pobreza o incluso extrema miseria. Desafortunadamente aún existen millones de personas, multitudes alrededor del mundo, que se encuentran más cerca del instinto que de la cultura.

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