La sinrazón

Carlos Rodríguez Nichols

Si algo caracteriza al siglo veintiuno es la pandemia nacionalista que a codazos se abre campo entre las democracias de Europa y América. Discursos de derecha e izquierda que ensalzan sentimientos de odio, rencor y xenofobias que el hombre civilizado creía haber superado después de los atroces genocidios en la extinta Unión Soviética y la Alemania nazi: desalmados caudillos obcecados con un enfermizo delirio de poder capaces de movilizar masas y a millones de inocentes que terminaron sus vidas en los despeñaderos siberianos y en las cámaras de gas del Tercer Reich. En el fondo, nada ha cambiado y más bien se profundizan las reminiscencias del pasado, de esa lucha insensata que terminó partiendo por casi cincuenta años a la derrotada nación germana y convirtiendo al otrora imperio austrohúngaro en la ruinosa Europa central por más de cuatro décadas. La segunda guerra mundial dejó un saldo de sesenta millones de muertos y un continente resquebrajado: una purga humana de proporciones inenarrables marcó la historia del siglo pasado.

España no fue la excepción. La guerra civil española fue una sangrienta contienda entre altos mandos militares, monárquicos alfonsinos contra republicanos, en la que resultó victorioso el régimen dictatorial franquista hasta la proclamación de la democracia a mitad de la década de los años setenta. Hoy, la democracia española está siendo amenazada por una minoría catalana que intenta imponer un nacionalismo populista sin importar la polarización social ni las consecuencias económicas a corto y mediano plazo. Esta suerte de nacionalismo totalitario es un menjurje ideológico partidista disfrazado de vanguardia republicana: una impronta política y financiera que resulta insostenible al no contar con el respaldo de la Unión Europea, Estados Unidos y la mayoría de las economías latinoamericanas. Discursos irresponsablemente construidos para fanatizar turbas callejeras incapaces de medir el conjuro de sus dichos ante la pasmosa mirada europea y mundial. En otras palabras, una realidad turbia y ensombrecida no tan disímil a los albores de las confrontaciones del pasado.

Puigdemont, en estrecha sintonía con populistas de izquierda de la baja estatura ética de Pablo Iglesias, el ponzoñoso dirigente de Unidos Podemos, se ha prestado a maniobras clandestinas cuyo único interés es destruir el sistema existente sin una estratégica política y económica sostenible. Por eso, después de proclamar la fallida independencia no le queda más que esconderse, cual vil roedor, en el submundo de su propia falacia mientras sus hombres de confianza son sentenciados a varios años de cárcel. La cobardía en su máxima expresión.

Hasta muy poco, Cataluña era considerada una de las regiones más prosperas de España y Barcelona figuraba entre las ciudades pujantes de Europa. Hoy es una sociedad fracturada testigo del éxodo empresarial de casi dos mil firmas que alzaron vuelo en busca de centros urbanos más estables y consolidados, huyendo así del pretendido asalto a la constitución española por  políticos regionales y fuerzas extranjeras interesadas en desestabilizar el continente europeo por los cuatro costados. Sin duda, el Kremlin  y el clan Pujol han sido fichas claves en la orquestación de este caos institucional llevado a cabo  con el único fin de construir un corpus jurídico a la medida de los intereses personales y proyecciones territoriales.

Una vez más, Carlos Puigdemont es una marioneta de estos pesos pesados tan ocultos e insondables como sus fortunas billonarias en paraísos fiscales. Sin más, la cara visible de una insurgencia valida de la insensatez y responsable de enardecer a multitudes con trasnochados discursos que recuerdan las interminables ponencias beligerantes de siglos anteriores. Muchos de ellos, empolvadas remembranzas de los entonces supuestos héroes de la patria, relegados en el presente a los anaqueles de la historia. Con ellos, también, perecieron las masas vociferantes movidas por el odio y la sinrazón de exaltados caudillistas, convertidos ahora a una desdibujada estadística de la memoria colectiva de los pueblos.

No hay que olvidar el desenlace de muchos intelectuales impulsores de la revolución bolchevique desparecidos posteriormente por el régimen soviético sin mayor esclarecimiento. Hoy, en la Rusia de Putin poco se habla de las glorias de Lenin y de Joseph Stalin; esos decoros y virtudes están reservados exclusivamente para el actual pequeño dictador que controla el Kremlin y ha vuelto a sentar a Rusia a la mesa de los grandes del mundo. No es casualidad la tibia celebración para conmemorar el centenario de la caída el imperio zarista, eventualidad que en aquel momento marcó uno de los grandes hitos de la historia política contemporánea.

Y lo que llegó a convertirse en la revolución caribeña del siglo veinte, al inicio fue un movimiento nutrido por una considerable parte de la burguesía cubana que hasta el hartazgo de las maniobras corruptas de Batista y sus antecesores se lanzaron a poyar a un locuaz y farsante político emergente. Sesenta años más tarde, muchos de los impulsores del entonces cínico Fidel Castro no logran superar el veneno que aún intoxica y corroe las desgastadas venas de generaciones en el exilio. Sin duda, la historia parece repetirse con diferentes nombres pero la misma intensidad de mentiras en la Cataluña de Puigdemont.

Hay tantos intereses creados y dinero en juego en la congruencia catalana que difícilmente esta macabra danza llegará a puerto seguro con diálogos forzados o elecciones anticipadas. Sin afán de vislumbrar un escenario fatalista, el pueblo español no debe atenerse a la pasividad de los últimos días después de semanas y meses de tormenta; no hay que pasar por alto ni desestimar el alcance de la coyuntura secesionista de Cataluña. Después de todo, un nada desdeñable número de la población catalana apoya el independentismo, una cifra según las últimas encuestas en ascenso a la raíz de los recientes encarcelamientos a líderes del movimiento soberanista. El estado español debe ponderar sigilosamente cada medida porque el menor paso en falso puede causar la exaltación de las masas y no necesariamente con pacíficas manifestaciones.

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