El poder de las mafias

Carlos Rodríguez Nichols

Resulta incomprensible que en Argentina aún exista una cuarta parte del electorado que se lanza a las calles en defensa de políticos que por años succionaron las arcas del Estado. Impostores que arrastran a turbas callejeras con falsos ideales sin importarles poner en peligro sus vidas o hacerlos terminar como estropajos en prisiones estatales. Es sorprendente la capacidad de convocatoria de estos militantes para persuadir multitudes, a esas masas de descamisados que se rasgan las vestiduras por farsantes multiplicadores del sinsentido. Lo más insólito de todo, es la ira de este clan de corruptos vociferando como borregos en contra de la justicia.

Poder judicial que finalmente logra desenmascarar una mentira generalizada en la que por más de una década se manotearon los índices de pobreza e inflación amedrantando a todo aquel que intentara denunciar las negociaciones turbias de esta panda de hambrientos de poder y ávidos de un lugar de superioridad diametralmente opuesto a la arenga de igualdad que tanto proclaman. Una falsedad discursiva desde todo ángulo que se mire.

Después de doce años de tergiversar a jueces y fiscales a favor de intereses partidistas, ahora, por fin, se dicta sentencia encarcelando a este puño de estafadores en serie apoderados de fortunas billonarias. Una desfachatez de proporciones inenarrables en la que la alta jerarquía política de la Casa Rosada, valiéndose de toda clase de artimañas, saqueó el jugoso botín estatal con el mayor descaro. Dinero que en vez de nutrir cuentas fantasmas en paraísos fiscales, debió de emplearse en la construcción de quirófanos y hospitales, comedores infantiles, escuelas rurales, universidades, infraestructura y ferrocarriles de primer orden en lugar de los trenes chatarra causante del accidente mortal del Once en el que perecieron más de cincuenta personas. En otras palabras, políticos de quinta categoría que han hecho y deshecho a su antojo sin importar las consecuencias de sus equivocas decisiones ni de sus torpes arbitrajes. Pero esta distorsión de la legitimidad no se limita solamente a la nación argentina y a las repúblicas bananeras tercermundistas.

Estados Unidos, el país abanderado como la sociedad de honestidad, transparencia e impoluta verdad se ha visto envuelta en una serie de escándalos políticos que distan del concepto de nobleza que tanto se han esforzado en cimentar. No es necesario remontarse con exhaustivos detalles al asesinato del presidente de la primera potencia mundial en manos de macabras confabulaciones entre agentes del servicio de inteligencia, notables políticos norteamericanos y personajes del submundo de la mafia. Grupúsculos mafiosos parecidos a los que hoy le pisan los talones al actual inquilino de la Casa Blanca con información secreta que sin duda saldrá a la luz en el momento oportuno. Con la mafia rusa no se juega y menos cuando se desconoce los tejemanejes y sinuosos laberintos del Kremlin, un enjambre de pericias clandestinas fielmente ejemplificadas en Vladimir Putin, el estratega, ajedrecista y campeón de yudo, formado bajo la tutela de los grandes de la KGB durante los años gloriosos de la extinta Unión Soviética. Desafortunadamente, el mandatario estadounidense no cumplió el acuerdo establecido entre Moscú y su equipo de campaña en los meses previos a la controvertida elección presidencial; situación, que indudablemente pone en peligro la inexperta vida política del Comandante en Jefe, al punto, de poder terminar como algunos de los antecesores presidentes. Pero, la corrupción estadounidense no se limita al controvertido magnate neoyorkino devenido político emergente a última hora, sino también a las fundaciones de expresidentes enlodadas con millonarias fortunas de corruptos gobernantes internacionales; al escandaloso Watergate que conllevó a la deplorable renuncia del mandatario de turno; y, la retahíla de mentiras del entonces presidente Bush para invadir Irak: una guerra trillonaria que lo único que consiguió fue el desprestigio de la inteligencia militar de la primera potencia del mundo.

Y del otro lado del Atlántico la coyuntura política no es tampoco digna de ejemplo. Lo que hace un par de semanas se entendió como un proyecto secesionista, en los últimos días ha dado tal giro que, obviamente, pone en cuestión la poca transparencia y los  ideales falsarios de Puigdemont y sus secuaces, algunos de ellos encarcelados pero aún fieles al fugado ex presidente de la Generalitat en Bruselas. Pareciera que el supuesto seudo exilio no fue una media irreflexiva sino más bien orquestada de antemano entre los miembros de la cúpula soberanista. Sabían que la declaración de independencia no sería reconocida por la Unión Europea. También estaban conscientes de las implicaciones y derivaciones de proseguir con el movimiento separatista y de las posibles penas imputadas por la máxima jurisdicción del estado español. Todo parece indicar que existía un plan establecido en el que se proclamaba la independencia de Cataluña y posteriormente desde el exilio belga Puigdemont armaría una especie de contra revolución de cara a la autoridad aplicada por el estado español.

Una vez más, detrás del movimiento secesionista catalán hay peces gordos con mucha espuela interesados en construir una constitución y un orden judicial a la medida de sus necesidades personales. Mafias de cuello blanco que se valen del fervor independista para ensalzar a las turbas callejeras a obstaculizar autopistas y líneas ferroviarias durante días enteros.

Buenos Aires, Washington y Barcelona tiene una álgida coyuntura en común:  son testigos del poder de organizaciones mafiosas tanto locales como extranjeras capaces  de movilizar multitudes en aras de los intereses de un minúsculo grupo de vampiros deseosos de fortunas colosales. Políticos que se enriquecen de forma exponencial, manipulando a masas mayormente ignorantes de la realidad macroeconómica de las naciones y de las atroces implicaciones de sus retorcidas conductas.

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