La corrupta Casa de Saúd

Carlos Rodríguez Nichols

El príncipe heredero de Arabia Saudí se ha proclamado el verdugo de corruptos en una autocracia que es todo menos diáfana e impoluta. La familia real petrolera compuesta por más de siete mil miembros se ha enriquecido de forma escandalosa adueñándose de extravagantes sumas de dinero en una estafa colosal que supera los cien billones de dólares. La gran incógnita es, si se trata de la conducta intachable del joven monarca o, más bien, una turbia maniobra para destronar al resto de la familia gobernante y apoderarse del control absoluto del jugoso botín estatal.

Es difícil creer que de una de las estirpes más corrompidas del mundo, brote un ejemplo de honestidad dispuesto a limpiar la cara de un reinado que por décadas ha ejercido el poder a base de  negocios obscuros y financiamiento a extremistas de forma clandestina. Sin lugar a duda, fue el mayor bastión financiero del Estado Islámico en Siria hasta su pérdida de terreno y poder en manos del eje militar formado por Irán, Rusia y el gobierno de Damasco. Un conflicto con matices nacionalistas, económicos y geopolíticos, más allá del peso religioso con fines populistas explotado hasta la saciedad por chiíes y sunitas.

Sin duda, Arabia Saudí juega un lugar estratégico como socio silencioso y aliado sine qua non de la potencia estadounidense en Oriente Próximo desde la Segunda Guerra Mundial. De hecho, los intereses de Washington y Riad circunscritos principalmente al acceso de petróleo y gas natural de la zona, se vieron truncados ante el fiasco militar en Irak. La fallida invasión norteamericana iraquí fortaleció el posicionamiento de Irán, el avance territorial de Teherán, y un indiscutible golpe a Riad en su conquista hegemónica de la región. Escenario, al que Estados Unidos nunca apostó tal descrédito militar, ni mucho menos a un empoderamiento de los ayatolas en el Golfo.

Frente a la amenaza del expansionismo iraní, Arabia Saudí intenta reformar el aparato estatal anquilosado en una anacrónica ortodoxia religiosa. El príncipe heredero, ávido de asegurar el respaldo de las generaciones menores de treinta años que conforman el setenta por ciento de la población saudí, ha puesto en marcha una serie de enmiendas civiles que permiten mayor espacio laboral y social a las mujeres y menos peso institucional a los imanes islamistas. En otras palabras, está llevando a cabo una profunda transformación de la sociedad y una restructuración estatal que posibilite continuar rivalizando el imperialismo de Oriente Próximo, de cara a un Teherán cada vez más fuerte militar y territorialmente.

Ante este detrimento de poder, el reino saudí orquesta un masivo boicot financiero y comercial contra Qatar señalándolo de financiar a grupos terroristas en la región, como si Arabia Saudí no fuese la principal fuente económica de fanáticos islamistas en el Golfo Pérsico y en gran parte de Europa y América. Un doble discurso que en última instancia pone en evidencia las negociaciones solapadas entre el reinado petrolero, los emiratos árabes, Jordania y los aliados de Occidente. No es casualidad que el nuevo inquilino de la Casa Blanca haya escogido Riad como su primer destino oficial, visita en la que proclamó públicamente la peligrosidad de Irán en el Golfo Pérsico. En otras palabras, es incuestionable el amarre encubierto de las potencias occidentales con el reinado árabe y grupúsculos extremistas que actúan al margen de la ley: un espectro de mafias petroleras que controlan las finanzas del mundo.

No hay ejemplo más claro de las sinuosas maniobras diplomáticas del reino petrolero, que la reciente retención del Primer Ministro de Líbano y su familia en Riad donde el gobernante libanés extendió la renuncia a su cargo por vía telefónica como si pusiera fin a una gerencia empresarial de segundo orden. A todas luces, una artimaña de Arabia Saudí contra el grupo político-militar chiita Hezbolá, estrechamente ligado a Irán y con profundas raíces en el entramado institucional de Líbano. A su regreso a Beirut, el Primer Ministro fue aclamado por hordas de seguidores con un contundente respaldo ciudadano ante la sospechosa renuncia impuesta desde Riad. Sin duda, Líbano es una de las fichas del ajedrez político del Golfo en el que Irán y Arabia Saudí también rivalizan la dominación de Irak, Siria, Yemen y Qatar.

Desde esta óptica, los decretos del príncipe heredero saudí más que un ardid de transparencia y honestidad, son el frío y árido cálculo de Riad ante una implacable decadencia geopolítica y el vislumbre del ocaso petrolero como principal fuente de riqueza del reino del desierto. Por lo tanto, ante esta coyuntura política, el joven dictador intenta tener la potestad absoluta de las billonarias sumas de dinero estatales hasta ahora diluidas entre el extenso círculo familiar. Una manera de poner en orden las cuentas palaciegas, especialmente si en la órbita íntima del monarca se baraja un posible conflicto bélico frente Irán. Amenaza de guerra en la que Riad tendría todas las de perder por más alineamientos tácitos con Washington y algunos pesos pesados mundiales; testigos silenciosos de las ilícitas transacciones de la Casa de Saúd.

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