Una ficha clave

Carlos Rodríguez Nichols

El primer gran desacierto de la Administración Trump fue despedir a James Comey como director del FBI. El segundo error garrafal sería la destitución del actual Secretario de Estado en este momento que Washington está al vértice de una guerra nuclear con Corea del Norte, y la Casa Blanca cada día más comprometida en una posible obstrucción de la justicia: una coyuntura conspirativa que involucra al círculo íntimo del presidente estadounidense y a altos jerarcas del Kremlin.

Quizás, en un contexto político más diáfano y estable se puede llevar a cabo la restitución de uno de los principales a bordo; pero, dada las actuales circunstancias internas de Washington sería una medida contraproducente para la estabilidad institucional y la impugnada imagen del presidente, cada día más enlodada en la conspiración rusa. Principalmente, después de que Michael Flynn, ex asesor de seguridad nacional de Trump, admitió haber faltado a la verdad sobre sus contactos con diplomáticos rusos, y aceptó cooperar con la justicia en facultad de arrepentido para minimizar las penas por engañar al FBI, malversación de fondos, y negociaciones fraudulentas realizadas por la empresa privada que preside. Sin duda, este nuevo episodio en el culebrón ruso-washingtoniano cambia radicalmente la ecuación!

Destituir a Rex Tillerson de su cargo significa despojarlo del estatus de Secretario de Estado con las extensiones y beneficios correspondientes a la investidura,  convirtiéndolo a calidad de ciudadano común sin inmunidad. En otras palabras, en el momento en que Tillerson fuese destituido de su función inmediatamente sería citado por el fiscal Robert Muller, dado la amplísima información que tiene de las relación de la familia Trump con magnates rusos, políticos cercanos a Putin y las supuestas implicaciones del Kremlin en las pasadas elecciones norteamericanas. Esto, sumado al vasto conocimiento de Tillerson acerca de las negociaciones entre la compañía petrolera rusa y Exxon Mobil; multinacional, en la que escaló por tres décadas hasta ocupar la dirección ejecutiva de una de las empresas más grandes del mundo durante un lustro. De hecho, un prestigio empresarial que le dio reconocimiento como líder corporativo a nivel mundial, y la condecoración de Orden de la Amistad, de manos de Vladimir Putin.

Sin duda, el Secretario de Estado cuenta con una vasta experiencia en negociaciones con gobiernos mundiales y una reconocida exposición global en el mundo petrolero, en el que Rusia obviamente ocupa un lugar preponderante. Por eso, no es casualidad que el ex CEO de Exxon garante de estrechas relaciones comerciales con Rusia y la cúpula del Kremlin, haya sido nombrado el Secretario de Estado de Donald Trump. Principalmente, teniendo en cuenta que la inexperiencia política de Trump carente de contactos en la administración pública lo obligó a rodearse personas recomendadas por figuras de poder tanto del ámbito financiero como de la órbita militar; institución, ésta última, de la que hasta entonces tenía absoluto desconocimiento.

Según se acomodan las piezas de la conspiración rusa, se perfila a Tillerson como ficha clave del anclaje entre Moscú y la actual administración de Washington. El nombramiento de Tillerson resultó idóneo para los peces gordos rusos. Una decisión de conveniencia para Rusia ante la impericia de la nueva administración estadounidense: un maridaje más de carácter sugestivo que una disposición racionalizada del nuevo inquilino de la Casa Blanca y de su joven y amateur consejero Jared Kushner. Ambos, diametralmente opuestos a Tillerson en cuanto al conflicto de Corea del Norte, el pacto nuclear con Irán, los tratados comerciales con el Pacífico y Europa e incluso la crisis del calentamiento global. En síntesis, el Secretario de Estado discrepa del discurso de la Casa Blanca en una serie de álgidos temas, al punto, de verse envuelto en constantes confrontaciones y situaciones engorrosas con el presidente. Una relación extremadamente tilinte según expresan allegados al círculo íntimo del mandatario y los principales rotativos del mundo.

Por otro lado, Rex Tillerson se encuentra en una posición aventajada a nivel internacional debido a la imagen moderada y conciliadora que en última instancia se espera del jefe de la diplomacia de la primera potencia mundial. El Secretario de Estado goza de gran aceptación por su saber estar, muy lejos de la impulsividad, histrionismo y la personalidad estridente del inexperto Comandante en Jefe. Incesantes erratas presidenciales que a la postre intentan encubrir o cambiar el foco de atención pública de la implicación del mandatario en la conspiración rusa, confabulaciones que involucran a la mafia moscovita y a las grandes ligas petroleras. Un enjambre de mentiras y negocios turbios con mucho mayor trasfondo que la supuesta intervención rusa en las elecciones presidenciales.

Ante este sinuoso panorama mundial, cualquier paso en falso, accidente humano o la testarudez de incautos Jefes de Estado puede producir una debacle nuclear con consecuencias a nivel mundial. En este contexto de alto voltaje y peligrosidad político social, es conveniente la permanencia de Rex Tillerson como Secretario de Estado por más bemoles atribuibles al ex CEO de Exxon Mobil. En otras palabras y cómo se dice popularmente, es el mal menor o lo menos malo de todos los males. Una vez más, dado el contexto de Washington y las turbulentas relaciones con Pyongyang, Pekín y Teherán resulta incomprensible destituir al Secretario de Estado a pesar de  las desavenencias y discordancias que existan con el presidente y el círculo de ortodoxos leales al mandatario.

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