La miopía del costarricense

Carlos Rodríguez Nichols

En Costa Rica se necesita autoridad. Y cuando digo autoridad no me refiero a imposiciones castrenses o dictatoriales, sino a un ordenamiento basado en el respeto a los límites y obligaciones de los ciudadanos. Igual que en una familia, debe de existir un eje parental y una estructura económica que orqueste y canalice los intereses, erratas o desaciertos de sus miembros. Sino, es un claro ejemplo de irreverencia anárquica con nefastos resultados civiles.

Este país se ha convertido en una absoluta algarabía donde todos hacen y dicen a su antojo. Una mediocridad tercermundista que como sombra implacable acosa sin permitir librarse de ella. Y, no nos engañemos con rebuscados conceptos sociológicos de país en vía de desarrollo, somos tercermundistas en todo el sentido de la palabra: en esa chabacanería callejera y en el vergonzoso desorden arquitectónico y urbanístico que lo único que evidencia es una falta de sentido estético generalizado.

Obviamente, sin pasar por alto el claro desacato a las leyes de tránsito causante de un insufrible y enfadoso caos vial en calles, autopistas y hasta en caminos rurales. Las personas continúan conduciendo con altas ingestas de alcohol poniendo en peligro sus vidas y las de inocentes. Tampoco parecen comprender que el carril izquierdo es para adelantar a mayor velocidad, y que conducir en el lado derecho de la carretera no debe de ser causante, en ningún momento, de sentimientos de inferioridad social y económica debido a una menor potencia automovilística. Y, paradójicamente, este país verde que se jacta de ejemplo ecológico, es agredido diariamente por un transporte público que intoxica el espacio con escapes de gases contaminantes. Una falta de educación vial reflejo de la insuficiente formación en términos generales.

La mediocridad de los principales medios de comunicación son una clara muestra de la pobreza cultural. La prensa escrita y la televisión deben ser trasmisores infalibles de educación de los pueblos, y no esta charlatanería amarillista circunscrita a la realidad costarricense, al tico, nombre impuesto por su mirada reducida del entorno, como si el mundo se redujera solamente a estos cincuenta mil kilómetros cuadrados y a los ríos de tinta dedicados al cementazo: una de las tantas sinvergüenzadas de los politiquillos de turno que en cuestión de días pasará a un segundo plano apenas abran el redondel de Zapote, el tope, el avenidazo y, un poco más tarde, las fiestas palmareñas donde cada cuatro años se calientan los ánimos con banderas y colores partidistas.

Sin duda alguna, la naturaleza es prodigiosa. Una fauna y especialmente una flora exuberante protegida por una diversidad de parques nacionales a lo largo y ancho del país. De hecho, una de los proyectos presidenciales más audaces de la década de los setenta, cimiento del desarrollo turístico de futuras generaciones. No obstante, la infraestructura y red vial intra-nacional desmerece el gran esfuerzo de años en aras del desarrollo, una de las principales fuentes económicas del país. Esto, sin dejar de lado el alto costo de la vida que obviamente se refleja en las actividades y sitios recreacionales.

Costa Rica es considerado uno de los países más caros de Latinoamérica, superando en muchos aspectos a aquellos de primer orden como España. Por tanto, las escapadas a playas y senderos naturales se ha convertido en un espacio para muy pocos debido al alto costo de los hoteles y paraderos; y, no me refiero a centros de cuatro y mucho menos de cinco estrellas, sino, a los simple y llanos establecimientos, restaurantes locales y sodas típicas. Una vez más, una actividad que debido a los elevados precios es negada a una importante parte de la población, excepto en Semana Santa y Año Nuevo que el costarricense tira la casa por la ventana, desbordando el turismo nacional y también las tarjetas de crédito hasta reventar. Y, ahí, pagando los mínimos de estas trampas financieras bancarias van sobreviviendo un pasito para delante y otro para atrás, pero siempre con esa filosofía nacional del: “pura vida mae,  diay… todo bien”.

Sí, claro… todo es una pura gozadera. Aquí, en este pedazo de paraíso centroamericano donde la gente es la más feliz del planeta tierra y todos hacen lo que mejor les viene en gana!

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