Políticos de cuarta categoría

Carlos Rodríguez Nichols

Vivimos en una era de payasos parlanchines que ensalzan a sus barras bravas con ilusorias y anacrónicas promesas sin importar los paupérrimos y en algunos casos catastróficos resultados. Hablo de los populistas del siglo veintiuno. Esta mara de irresponsables políticos que pululan por todos los rincones y esquinas de la tierra, indistintamente si caminan a la derecha o izquierda de la avenida.

Sencillamente, encantadores de serpientes que atiborran a sus seguidores con mansajes equívocos, a un electorado en la mayoría inculto deseoso de escuchar falsas esperanzas sin darse cuenta que se engullen un vulgar placebo, una de las tantas mentiras disfrazadas de verdad. Estos manipuladores en serie son acróbatas que caminan al vértice del engaño entre realidad y ficción, suficientemente persuasivos para engatusar a sus fervientes incondicionales con ciego convencimiento. Cabreros políticos capaces de doctrinar a sus rebaños con discursos y mensajes distorsionados que, en última instancia, solo sirven para confabular a favor de sus propios intereses y de los grupos de poder responsables en gran medida de sus múltiples erratas. En otras palabras, demagogos que intentan garantizar la sostenibilidad del sistema público con ilusorias medidas, muchas de ellas, absolutamente irrealizables.

Una verborrea populista que trasciende fronteras, influenciando negativamente no solo a los conciudadanos sino también a gobernantes de otras naciones. La historia es testigo de un sinfín de mitos y elucubraciones irracionales que rallan en la psicosis, mentiras y confabulaciones que de tanto repetirlas adquieren credibilidad, al punto, que terminan interiorizándose como auténticas verdades en el imaginario colectivo.

La reciente contienda estadounidense entre demócratas y republicanos estuvo marcada por una singular vileza parecida a cualquier pelea callejera de barrio bajo. Elección que dejó como saldo a un legítimo ignorante en geopolítica y estrategia que insiste en gozar de una mente brillante y un notable equilibrio psíquico: un irrefutable extravío producto de la inmadurez emocional y magro intelecto del inquilino de la Casa Blanca. Este lenguaraz, incapaz de comprender la altura de su investidura, se ha convertido en ejemplo referencial de algunos aspirantes a ocupar la silla presidencial en la región. Es risorio la clonación, a imagen y semejanza del presidente norteamericano, llevada a cabo por algunos candidatos tercermundistas, pretendiendo amedrantar al electorado con propuestas dictatoriales y una verborrea belicosa. Una copia al carbón del insensato jefe de gobierno estadounidense que sin el menor recato se jacta de su potestad nuclear y del supuesto botón detonante de una guerra atómica. Un acto de narcisismo extremo que roza el onanismo mental.

Este impresentable personaje se ha convertido en vivo modelo y paradigma de funcionarios públicos a lo largo y ancho del continente: una portentosa receta demagógica para embaucar al sector menos privilegiado, principalmente, aquellos con una formación elemental. Limitación que a todas luces les imposibilita hacer un análisis medianamente profundo de la realidad económica y social.

Por eso, no es de extrañar la pobreza de las campañas y debates televisivos de los aspirantes a la presidencia de Costa Rica, cuando el mayor referente cultural de los costarricenses es la desvirtuada política norteamericana. Ejemplo de esto dicho es la candidatura del populista costarricense Juan Diego Castro, que entre insultos, amenazas y lanzas venenosas lidera las encuestas presidenciales. Uno de los tantos demagogos que nutren la lista de populistas latinoamericanos.

Farsantes de izquierda y derecha que se valen de las necesidades básicas de los pueblos para alcanzar su cometido: el poder. No importa si se trata de dictadores fascistas o de otrora comunistas disfrazados en el presente de supuestos nacionalistas. Astutos embaucadores expertos en la manipulación de los pueblos, del sector más doliente de la sociedad, con el único fin de lograr la jefatura de estado. Descarados marrulleros que amparándose en toda clase de timos y artificios alimentan sus cuentas personales en paraísos fiscales y, muchos de ellos, en el obscuro submundo delictivo orquestado por la mafia internacional, el narcotráfico y organizaciones terroristas. Un engaño desde todo ángulo que se mire.

Sn duda, somos parte y testigo de una era política liderada por personajes circenses, imprudentes bufones que dirigen esta suerte de teatro del absurdo en el que los espectadores ríen por no llorar de furia, mientras miran el mundo a punto de ser devorado por las llamas de una inminente destrucción nuclear.

 

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