Costarricenses, abramos los ojos.

Carlos Rodríguez Nichols

Costa Rica, el supuesto oasis de la felicidad se ha convertido en una sociedad polarizada de la que supura lo más vil del ser humano: la vulgaridad y la codicia. Sentimientos de rabia y venganza latentes en lo más hondo de cada uno recubiertos con el ilusorio y simplista “puravidismo”. Solo se requería del liderazgo religioso de Fabricio Alvarado para remover el excremento, la podredumbre fétida y las fobias hacia otras razas y minorías, al igual como sucede en organizaciones extremistas y fundamentalismos. Hoy, Costa Rica es escenario de una guerra verbal entre tiros y troyanos muy distante de aquel pensamiento pacífico progresista que situaba al país como uno de los más avanzados en educación y salud pública del continente.

Ese reconocimiento fue el resultado de políticos visionarios que comprendieron la necesidad de construir una sociedad más equitativa con beneficios para los más necesitados: acceso a educación, salud, transporte y vivienda digna, indistintamente del origen social, sexo, color de la piel o el credo religioso. Hombres con una mirada vanguardista para su época tachados de revoltosos y comunistas por los sectores más conservadores de la sociedad temerosos de perder la potestad de sus lujos y excesos. Una derecha recalcitrante incapaz de entender que cuanto mejor esté el pueblo, la fuerza laboral, mayores son los réditos de la clase industrial y empresarial. La guerra al comunismo se gana mejorando las condiciones de vida de los menos privilegiados y no en una lucha abierta contra el Estado benefactor. Eso, lo único que produce es un resentimiento masificado que en última instancia desvaloriza a la colectividad.

La conciencia social que caracterizó al costarricense marcó la abismal diferencia entre Costa Rica y las otras naciones centroamericanas, hoy, violentadas por el narcotráfico, las maras y grupos rebeldes feroces de rencor. Poblaciones que viven en el umbral de la pobreza o subsisten en la extrema miseria mientras el estrato alto de la sociedad es blanco de homicidios, secuestros y constantes extorciones. Sin más, San Salvador y San Pedro Sula son consideradas unas de las ciudades más peligrosas de América con el mayor índice de asesinatos en manos de bandas antisociales. Obviamente, sin olvidar la desfachatez del movimiento sandinista desde hace cuarenta años en el poder a causa de los abusos perpetuados por la dinastía Somoza durante tres generaciones.

Ante el mísero panorama económico y social en que vive una gran parte de las poblaciones de Centro América, es mayormente recomendable estar presididos por gobiernos centristas. Equipos de gobierno capaces de forjar un balance entre la realidad macroeconómica y las necesidades a las que se enfrenta la mayoría del electorado cada día. Si no, es una bomba de tiempo: una explosión molotov que en cualquier momento estalla en las manos de aquellos proclives al capitalismo salvaje garante exclusivamente de la solvencia de determinados grupos de poder. Ahora más que nunca, se tiene que mirar de frente la paupérrima situación de los pueblos y el nefasto sentimiento de envidia que despierta la desigualdad de oportunidades entre los ciudadanos. Es imposible pretender un crecimiento sostenible mientras existan las diferencias sociales y económicas que caracterizan la región.

Los gobernantes no pueden hacer caso omiso al subdesarrollo institucional del cual Costa Rica no está absuelta. Un panorama político y económico que hasta la fecha no ha sido resuelto por ningún gobierno por más eruditos en economía, fianzas y hacienda en sus filas. Sin duda, no han sido capaces de sacar a las naciones centroamericanas del endeudamiento y los alarmantes niveles de corrupción que brutalmente golpea los países centroamericanos.

En el caso específico de Costa Rica, los equipos económicos presididos por Oscar Arias, sin afán de desvalorizar los logros del expresidente, no solucionaron los problemas de fondo ni fueron capaces de marcar un contundente progreso nacional. Tampoco, los gobiernos socialcristianos tutelados por empresarios de alto vuelo seguidores de los acreditados Chicago Boys, consiguieron sacar al país del en-trabamiento político y social. Esto, sumado al asalto a las arcas del Estado y el descarado manoteo a las instituciones pública por altos jerarcas de todos los partidos políticos sin excepción.

Así que mirar exclusivamente al vergonzoso caso del cemento sería miopía o senilidad mental, olvidando los escándalos en el seno del Partido Liberación, dos expresidentes encarcelados y otro prófugo de la justicia durante una década. A tal extremo, que el último candidato liberacionista señaló a su propio partido como un nido de ratas corruptas. Epítetos que reflejan la podredumbre de los partidos tradicionales por más que se intente borrar lo ocurrido de un solo zarpazo. Por eso, ningún político puede pretender ser cartujo porque todos están muy lejos de encarnar deidades, aunque sean dioses hechos a la medida para la ocasión. Y mucho menos estos nuevos pseudo santulones que pretenden convencer a las masas con ficciones y realismos mágicos que apenas alcanzan para adornar las narrativas tercermundistas. Estrategias políticas barriobajeras que alimentan el populismo y polarizan la sociedad, y, más aún, cuando se intenta amalgamar la dirección del Estado a mandatos religiosos: un candil de doble mecha capaz de arrasar con todo pensamiento racional.

Como costarricense siento la necesidad de hacer público mi adhesión al grupo conformado por Carlos Alvarado, Rodolfo Pisa, Edna Camacho, Ottón Solís y André Garnier, miembros de diferentes partidos reacios a votar por el predicador evangélico contrario a todo movimiento intelectual, a los derechos humanos de las minorías y a una visión de mundo progresista. Un discurso de corte medieval, que en su momento sirvió para ejercer control y dominio de los pueblos.

Hoy, hay que asentarse en la realidad del siglo veintiuno altamente tecnológico e industrializado en la que impera el conocimiento científico y la investigación. El mundo gira en la órbita de la revolución de las comunicaciones y la inteligencia artificial y no en la Edad Media, la brujería, los hechizos y la irracionalidad que caracteriza el perfil psicopatológico de Fabricio Alvarado. Porque nadie, medianamente equilibrado, puede creer en ese puño de disparates, hablar en lenguas y hacer construcciones delirantes con seres inventivos de fábulas milenarias. ¡Basta de estupideces!

Costa Rica requiere de mecanismos de autoridad eficientes para controlar el narcotráfico, la violencia y la inseguridad a escala nacional. Coyunturas de alto voltaje que amenazan la sociedad costarricense de forma alarmante. Por eso, el país no puede permitirse un presidente de la República con una formación académica mediocre y una pobre exposición a la sociedad contemporánea más allá del cuadrilátero costarricense.

Asimismo, es irresponsable apostar por el equipo económico orquestado por Oscar Arias a cambio de otorgarle al predicador evangélico la facultad de fortalecer sus anacrónicas creencias. La historia es testigo de candidatos que en campaña se prestaron a esta clase de triquiñuelas, y una vez en el poder terminaron gobernando a sus anchas. La historia perdona, pero no olvida.

Arias en muchas oportunidades ha visto a sus propios pupilos, a los que el mismo ungió, cerrarle las puertas de la Casa Presidencial. Sin ir muy lejos, hace cuatro años el expresidente Arias suscitó una polarización de fuerzas dentro de Liberación Nacional al punto de debilitar el partido y finiquitar con las aspiraciones presidenciales del candidato liberacionista, obviamente, contrario al movimiento arista. Este prosaico zafarrancho facilitó la elección de Luis Guillermo Solís, un hombre sin experiencia política ni conocimiento de la administración pública. Ahora, el Premio Nobel intenta tutelar el gobierno del indocto y fanático religioso Fabricio Alvarado con tal de conservar una significativa cuota de poder dentro del tinglado político nacional.

Costa Rica no puede apostar por un capitalismo ciego a la realidad social ni olvidar el aporte de aquellos visionarios que lucharon por las garantías y derechos de la población. La situación que viven las naciones centroamericanas es un claro ejemplo de las nefastas consecuencias de las desigualdades.

Costarricense abramos los ojos. Aún estamos a tiempo.

 

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