El abrazo de las dos Coreas

Carlos Rodríguez Nichols

La reunión del mandatario de Corea de Sur y el líder norcoreano marca el principio de un fin, el desenlace de una guerra comercial y política que dio inicio en la década de las cincuenta del siglo pasado. Un conflicto que dividió el territorio geográfica e ideológicamente y separó a familiares de sus propias raíces culturales. Después de interminables amenazas, finalmente, se percibe una ráfaga de esperanza ante el escepticismo de políticos y analistas alrededor del mundo, que con recelo desconfían de las repetidas e incumplidas promesas del régimen de Pyongyang. En otras palabras, una brillante escenificación que de llegar a concretarse sería un gran paso hacia el equilibrio y concordia en la región.

La amenaza nuclear que se vislumbraba como posible catástrofe regional con graves secuelas mundiales, hoy toma un segundo aire hacia una pacificación e incluso eventual reunificación peninsular a largo plazo. Sin embargo, el escenario es de tal complejidad que cada uno de los actores implicados debe intervenir con enorme cautela dentro de un marco político diplomático. Los insultos y gritería a lo barra brava futbolera deben quedar relegados a la irresponsabilidad del pasado. Ahora, los mandatarios tienen que proceder con un tono acorde a lo esperado de las potencias nucleares, condición, en la que se incluye a China, Estados Unidos y, obviamente, Corea del Norte con la suficiente capacidad nuclear para sentarse a negociar a la mesa de los grandes. Sin duda, este es el gran logro del régimen norcoreano a su haber y lo que explica en gran medida su actitud de complacencia ante la mirada internacional.

Esta realidad obliga a tener un razonamiento pragmático de los tiempos requeridos para la desnuclearizar de la península, y ante todo exige una clara definición del concepto “desnuclearización peninsular”. Según lo insinuado por los mandatarios coreanos en la reunión de la semana pasada, se refiere al desmantelamiento atómico de la península coreana en toda su extensión, y no exclusivamente de Corea del Norte como pretendieron Estados Unidos y las potencias occidentales en un inicio.  Esto, sin duda, puede causar un posible “entrabamiento”a las futuras negociaciones.

Se ha cuestionado repetidamente la veracidad del régimen norcoreano frente a su desarme nuclear, pero, habría que preguntarse si Estados Unidos está dispuesto a reducir su fuerza militar en la región y consecuentemente alterar su poder en la zona asiática. Difícilmente.  En la actualidad, Washington insiste en fortalecer el poderío estadounidense como primera potencia mundial después del fracaso militar en Irak y Afganistán y el desdibujado perfil en Oriente Medio durante la Administración Obama. Es incuestionable el cambio de eje del actual inquilino de la Casa Blanca en materia económica y política en el plano internacional, en el cual, el territorio asiático juega un papel determinante. Por otro lado, el mayor interés de China, mentor político y económico de Pyongyang desde hace setenta años, es consolidar su poder como potencia regional; por tanto, Pekín tiene un rol de notable importancia en la eventual redistribución de fuerzas de la península coreana.

Sin duda, las altas jerarquías del gigante asiático están detrás de cada detalle proclamado por el líder norcoreano y de su meticuloso plan estratégico a futuro. El accionar de Corea de Norte no es un impulso irracional sino más bien una ruta definida y cuidadosamente delineada que cuenta con el respaldo logístico de Pekín, de cara a una posible integración de Pyongyang al crecimiento asiático dentro de un contexto mundial globalizado. El aislacionismo comunista de la era del dictador Mao quedó postergado al pasado, a los anaqueles de la historia. Hoy China apuesta a liderar la economía mundial y para ello necesita el control de la zona asiática y el apoyo de sus aliados más cercanos. Pyongyang es uno ellos. En otras palabras, no se trata solamente de amigar a enemigos legendarios sino de construir una nueva distribución de poderes territoriales marcada por un trasfondo nuclear multilateral. Esto, sin olvidar la relevancia de Tokio y Seúl en el ajedrez geopolítico asiático, que, aunque carentes de potestad nuclear protegen su seguridad e interese económicos a capa y espada. Por lo tanto, la resolución al conflicto peninsular coreano involucra los lucros y provechos de múltiples actores, tanto de las potencias nucleares como de naciones aliadas a ellas.

Ante esta situación convulsa y de enorme peligrosidad no se puede pretender obtener resultados cortoplacistas, ni mucho menos enlodarse en frivolidades egocentristas compitiendo entre mandatarios por el desprestigiado premio Nobel. Tampoco se trata de un atestado en el que se califica la astucia de los participantes; en todo caso, es un reconocimiento a la estrategia y esfuerzo de los Jefes de Estado por intentar la reunificación de las dos Coreas. En este contexto, resulta irrefutable el empeño del presidente de Corea del Sur para llevar a cabo el acercamiento de los dirigentes coreanos: lo que fue su caballo de batalla en campaña presidencial empieza a concretarse y dar frutos. También, atañe un reconocimiento a las medidas impuestas por Washington al régimen norcoreano, tarea que contó con el respaldo de China y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

No obstante, tomará el tiempo necesario consolidar una relación estable entre las dos Coreas. Un territorio dividido por conflictos militares y luchas ideológicas durante décadas, período, en el que se puso a prueba la carrera armamentista y el poder nuclear de Pyongyang al extremo de amenazar el equilibrio y la seguridad mundial.

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