Las sanciones de Estados Unidos a Europa

Carlos Rodríguez Nichols

Las penalidades impuestas por Washington deterioran el crecimiento económico de Irán y erosionan la interacción comercial de las naciones europeas con las economías de Oriente Medio. Por tanto, la salida de Estados Unidos del pacto de seguridad nuclear no solo rompe el compromiso de la primera potencia mundial de cara a la no proliferación atómica de la nación persa, sino que perjudica los intereses mercantiles y financieros de la Unión Europea, inversiones, que rondaron los veinte mil millones de euros en el último año. Una cifra nada desdeñable para Europa y quizás uno de los motivos del amargo recelo de la administración estadounidense. ¿Será esta cifra billonaria a favor de los inversionistas europeos lo que tanto irrita a la Casa Blanca?

Washington, valiéndose de discutibles argumentos al programa balístico iraní a largo plazo, desechó unilateralmente el tratado anti nuclear respaldado por las otras potencias suscritas. Es notorio que de todos los firmantes del tratado solamente Estados Unidos rompiera el pacto, aplicando sangrientas sanciones a Irán y a las compañías europeas que establezcan relaciones comerciales con el régimen islámico. La disolución del acuerdo es una medida incendiaria que en lugar de aportar estabilidad más bien desestabiliza política y socialmente una de las regiones más complejas sino la más beligerante del mundo. Medida que, en última instancia, lo único que logra es un rechazo visceral hacia Washington.

Por el momento, no existe un plan alternativo de la Casa Blanca al pacto nuclear ni mucho menos una estrategia a largo plazo. A menos, que lo que esté en ebullición a fuego lento sea un desequilibrio intencionado de la región para favorecer los intereses hegemónicos de Arabia Saudí, el socio sine qua non de la actual Administración estadounidense, y el reposicionamiento regional en beneficio de Israel: ¡fortalecimiento de la alianza Washington, Riad y Jerusalén en la zona más fructífera del planeta!

Pareciera que la salida del pacto nuclear con Irán y el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén no son casos al azar. Al menos, de esta forma, libera a la primera potencia para actuar a sus anchas a favor de los príncipes petroleros saudíes y del Jefe de Estado israelita. Para ello, era necesario desacreditar el pacto anti atómico iraní poniendo en tela de duda la veracidad de los ayatolas y la credibilidad y profesionalismo de las agencias internacionales responsables de vigilar la carrera anti nuclear de Teherán. Una vez más, Estados Unidos demoniza los regímenes del Golfo para excusar su intromisión en la región: intervenciones militares cuyos objetivos principales son adquirir mayor espacio territorial y control político, especialmente, en zonas de abundancia petrolera y riqueza mineral. Política expansionista puestas en práctica a lo largo del último siglo. Aunque los despliegues de fuerzas militares en Afganistán, Irak y Siria, finalmente no dieron los resultados esperados, al menos valieron como plataforma para poner a prueba el equipo castrense de nuevas generaciones y mantener activa la industria armamentista. Producción que no se limita exclusivamente al armamento, sino que conlleva una serie de ramificaciones que abarca desde la construcción de cuarteles, municiones, desplazamientos de los efectivos, servicios alimentarios, organización de las tropas e inteligencia militar para mencionar algunos de las empresas de guerra.

No es de extrañar que Irán esté en la mira de Washington. A pesar que el régimen de los ayatolas aún no posee poder atómico, el expansionismo de Irán y su cercanía política y militar con Moscú y Damasco es lo suficientemente fuerte para encender las alarmas estadounidenses: alianza que sin duda menoscaba el poder geopolítico de Washington y sus socios regionales. A este punto, entonces, se entiende el alcance de las feroces medidas impuestas por Estados Unidos a Irán y las amenazas financieras implementadas a compañías europeas que comercialicen con Teherán. Sin más, una mentalidad colonialista decimonónica en la que se evidencia la retórica económica imperialista antes que la seguridad global: políticas antagónicas a los acuerdos y esfuerzos multilaterales logrados en las últimas décadas por los líderes del mundo.

Si Estados Unidos sigue el camino aislacionista implementado por el actual inquilino de la Casa Blanca tendrá que hacer frente a bloques rivales liderados por China y Rusia en defensa de sus propios intereses económico. Sin duda, Europa será una pieza clave en la reconstrucción de los equilibrios de poder mundiales, coyuntura, en que se pondrá en juego las relaciones financieras y comerciales del viejo continente con las naciones de Oriente Medio, Moscú y el gigante asiático. No hay que olvidar que en materia de estrategia geopolítica los que ayer eran enemigos, hoy, con tal de salvar sus economías territoriales se convierten en cercanos cómplices convenidos. La historia es testigo de desavenencias y reencuentros entre las potencias mundiales. Sin duda, no sería el primer caso. En otras palabras, las naciones más poderosas del mundo se verían obligadas a formar casa aparte frente a la mentalidad fascistoide del Jefe de Estado de la primera potencia mundial. Parafraseando a la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright: ¡“la actual Administración de Washington es la menos liberal y la menos democrática de todas las administraciones estadounidenses”!

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