Pedro Sánchez, más maromero que trapecista

Después de cuatro años valiéndose de toda clase de artimañas, pactos y asociaciones por conveniencia, finalmente logró convertirse en el nuevo inquilino de La Moncloa.  Por esas raras volteretas del destino, uno de sus tantos tiros al aire rozó el vértice de la diana política transformándolo a última hora en presidente del gobierno de España. Su anhelada obsesión se hizo realidad. Aunque, según los nublados del día, se pronostica una engorrosa gestión al tener que gobernar en minoría y depender de otras fuerzas políticas.

Sánchez ha sido considerado un líder de medias tintas incluso dentro de su propio partido. La prueba de esto dicho es que en las últimas dos elecciones obtuvo los peores resultados de la historia del PSOE. Y, la única razón por la cual se pudo volver a postular fue debido a la feroz mediocridad de los otros aspirantes. Al final de cuentas, la insistente y obcecada personalidad del ahora presidente español terminó ganándole a la carambola interna del partido. La moción de censura a Rajoy no fue otra cosa que una maniobra oportunista; la cual, en un principio, ni sus más allegados apostaron por ella. Claro, para conseguir la mayoría necesaria y decapitar a Mariano Rajoy tuvo que hipotecar dignidad, lealtad y principios. En otras palabras, ¡en meretricio de valores y creencias se vendió al mejor postor con tal de pisar moqueta presidencial!

Ahora está obligado a cumplir lo prometido. Esos secretos de alcoba que nunca hizo públicos, pero quedaron estipulados ante la risible nomenclatura de “trato de caballeros”. El problema no es saltarse lo ofrecido, algo habitual en el nuevo presidente de gobierno, sino la urgente necesidad de apoyos de sus convenidos aliados para legislar. Concordados tan diferentes entre sí, como ciudadanos de distintos continentes, razas y costumbres. Un menjurje de independentistas, anticapitalistas, constitucionalistas y comunistas, unidos circunstancialmente para cercenar a Rajoy y truncarlo de la escena oficial.

Por eso, más que un respaldo a Sánchez fue el repudio generalizado a la corrupción escandalosa del partido popular. Descomposición que se remonta a la Administración de José María Aznar en la que el hoy expresidente Rajoy ocupó posiciones muy cercanas al entonces jefe del gobierno. Factura sobre la cabeza de Rajoy interpretada por muchos como complicidad silenciosa o, en el mejor de los casos, un descuido a gritos al no enterarse de las triquiñuelas y abusos de poder en su entorno más cercano. En el fondo, su gran flaqueza fue la absoluta incapacidad para frenar el asalto a las arcas públicas y partidistas llevadas a cabo por ministros y cabecillas de su mayor confianza. Comportamiento que lo involucra, por activa o por pasiva, en la médula de estos tropiezos al margen de la ley. Conductas deshonestas que de igual forma se producen, y con demasía, en el partido socialista español. Pero, que en este último también delinquen, no justifica el acto impúdico y escabroso del partido popular al mando del gobierno durante los últimos siete años. En otras palabras, ninguno de los dos bandos está para dar lecciones de ética ante el vergonzoso historial que cargan sobre sus espaldas: insolentes atracos frente a un electorado cada vez más aprensivo frente a los partidos tradicionales.

Esto hace que el escenario político español se vislumbre todo menos pacífico y halagador. Más bien, una guerra en la que las fuerzas enemigas refugiadas bajo el mismo techo intentan aniquilarse unas a otras de cara a las elecciones generales del dos mi veinte. Sin duda, el partido popular debe realizar una profunda autocrítica y eliminar de sus filas a una serie de actores deshonestos, independientemente que se trate de colaboradores cercanos. Ahora, les queda por delante la ardua tarea de depurar la agrupación, una limpieza que implica terminar de destronar a los supuestos intocables que por años han silenciado los abusos de autoridad; esos, que han hecho caso omiso del peso de la ley y el castigo del electorado.

En la otra vereda, el PSOE lo tiene harto complicado. El partido socialista no está en el poder desde de la Administración Rodríguez Zapatero, la cual, es considerada la peor gestión de la democracia española debido a sus nefastas medidas populistas. Irresponsables políticas que sumadas a la crisis financiera internacional del 2008 dejaron a España al borde de un rescate económico a nivel griego ateniense.

El nuevo inquilino de La Moncloa debe liderar un equipo de gobierno que haga frente a la alarmante situación política y social de Cataluña de acuerdo a los mandatos constitucionales, y, al menos, mantener los ventajosos índices macroeconómicos heredados del anterior gobierno. Coyunturas que no son temas menores. Todo esto, ahondado a un contexto internacional marcado por amenazas nucleares, crisis migratoria, desequilibrio de poder geopolítico, calentamiento global y organizaciones extremistas en estrecha relación con las hegemonías de Oriente Medio.

Ante este panorama, Pedro Sánchez debe dejar egos y vanidades de lado y llamar a elecciones generales anticipadas en lugar de intentar gobernar en minoría con un escaso número de escaños a su favor. Es evidente que los apoyos recibidos de partidos opositores para defenestrar a Rajoy no necesariamente se traducen en votos para legislar. En ese caso, es mejor salir por la puerta grande a tiempo que intempestivamente por el patio trasero a destiempo. Qué lo diga Rodríguez Zapatero, qué debido a su pésima Administración no consiguió el respeto nacional para posicionarse entre los grandes del engranaje democrático español, ni mejor asesoría en el extranjero que la de consejero político de Nicolás Maduro, ¡un desprestigiado sátrapa de quinta categoría!

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