El aborto

Carlos Rodríguez Nichols                           DSCF5275 (1)

Argentina recientemente aprobó la interrupción del embarazo voluntario. La ley aprobada por la Cámara de Diputados establece que el aborto es legal hasta las catorce semanas de embarazo, y se aplica solamente si es fruto de violación, peligro de salud de la madre o mal formación fetal. A pesar que la legislación no menciona específicamente los embarazos de menores de edad producto de relaciones incestuosas intrafamiliares, esta realidad es atribuida a un número importante de adolescentes sin distinción de clase social, principalmente en países tercermundistas.

Sin duda, la reforma del aborto abre la posibilidad a un debate participativo de diferentes sectores de la sociedad. En otras palabras, una medida que debe de incluir protocolos del sistema educativo y salud pública, más allá de las valoraciones éticas y morales en cuestión. A estas alturas, no se trata de mitos culposos, pecados y excomulgación cristiana. Es una coyuntura lo suficientemente seria y profunda que no solo atañe los conceptos de bien y mal de los sectores ultra conservadores o, en contraposición, de ideologías permisivas a cambios sociales algunas veces sin mayor evaluación de las posibles consecuencias colaterales.

Por tanto, la ley de interrupción del embarazo de forma voluntaria no puede verse solamente como una victoria feminista o soberanía de la mujer sobre su aparato reproductivo. Claro, es evidente qué desde este punto de vista, la legalización del aborto permite a las mujeres la posibilidad de aceptar responsablemente la maternidad o, en caso contrario, renunciar a ella en situaciones adversas. No obstante, no es una situación que concierne exclusivamente a la embarazada. Hay una vida en proceso de formación.

Un ser meritorio de respeto que se diferencia de los miles de objetos materiales desechables a simple antojo de los usuarios. No es un teléfono móvil en desuso, un mueble apolillado o un saco de ropa vieja. A las catorce semanas de embarazo el feto tiene una estructura interna y externa con funcionamiento cardíaco y renal. Obviamente, un ser en formación aún carente de la madurez de sus órganos vitales necesaria para salir al mundo y constituirse como ser humano en todo el amplio sentido de la palabra: un ser dotado de vida, aunque dependiente de Otro que lo sustente y le facilite un desarrollo óptimo.

Por eso, no se trata solamente de legalizar el aborto. Se requiere un equipo multidisciplinario que formalice la educación sexual desde una perspectiva científica, humanista y emocional. Formación a los niños y adolescentes ante una incuestionable realidad de la vida: la reproducción humana es fruto de las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer. Esto implica preparar a los jóvenes de cara a una paternidad y maternidad responsable en aras de mejores oportunidades para ellos y ulteriores generaciones.

La educación es pieza clave para evitar embarazos no deseados y la interrupción de la gestación de forma voluntaria con las consecuencias fisiológicas y emocionales que esto implica. La educación como instrumento de formación que enseña, instruye, afina, cultiva y civiliza. Por tanto, es inadmisible qué en la era tecnológica actual con una masiva oferta de programas televisivos basura al alcance de gran parte de la población infantil y adulta, aún se pretenda mantener la sexualidad como tabú o un mito del que se evita ahondar. La pornografía existe, las relaciones sexuales adolescentes son una realidad innegable, y el abuso de menores es una verdad tan cruda y perversa que la mayoría rehúsa hablar de ello.

Ante este desfase, la humanidad no puede continuar viviendo en dos frecuencias absolutamente antagónicas: por un lado, la información sin límite en internet y redes sociales y, por otro lado, una anacrónica retórica religiosa como si el mundo se hubiese detenido en pleno siglo diez y nueve. Es necesario entender qué la sociedad occidental contemporánea gira en torno a la libertad y que la estructura familiar se ha des-construido del paradigma tradicional para reconstruirse de maneras inimaginables años atrás. Por eso, ahora más que nunca, es preciso hablar abiertamente de las realidades sociales y no insistir en tapar el sol con el pulgar derecho; eso, solo obstaculiza la propia mirada. Entre más claro y de frente se mire la verdad, mejores herramientas se tendrán para edificar una sociedad digna dentro de los parámetros existentes. Es imposible regresar al comportamiento social y cultural de décadas pasadas, y, el que insista en ello permanecerá rodeado de irrelevantes seguidores. En otras palabras, el mundo no se detiene ni involuciona según los conceptos descontextualizados de muy pocos.

Por lo tanto, la decisión de la Cámara de Diputados de Argentina con una importante repercusión regional debe acatarse según los principios democráticos impuestos por la mayoría. Sin embargo, esta disposición no es motivo de histriónicos festines callejeros ni de victorias de género. Burdas manifestaciones que hacen caso omiso al respeto que merecen las miles y millones de vidas interrumpidas según la voluntad de progenitores incapaces de brindar un entorno físico y emocional adecuado a sus descendientes.

Sin duda, no todas las personas cuentan con las herramientas subjetivas para dar vida y responsabilizarse por la crianza de un hijo. De ahí, la importancia de una instrucción formativa de la sexualidad sin recatos moralistas que impidan comprender las serias secuelas y derivaciones que supone la interrupción voluntaria del embarazo.

 

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