México da un paso a la izquierda

Carlos Rodríguez Nichols                           DSCF5275 (1)

López Obrador finalmente logra la presidencia de una de las economías más medulares de Latinoamérica. Después de dos frustrados intentos, a partir del primero de diciembre será el nuevo inquilino de Los Pinos. Según cifras oficiales, es el candidato más votado de la historia mexicana con un amplio respaldo en las dos Cámaras. Sin embargo, sus opositores lo tildan de farsante nacionalista por confabular con poblaciones tan diversas como intelectuales, por un lado, e incultos religiosos populistas, por otro, con tal de conseguir su afanosa meta presidencial.  Al final, recibió un contundente apoyo de diferentes sectores de la sociedad, mayormente de aquellos entre veinte y cuarenta años, y del grueso de la ciudadanía hasta el hartazgo de abusos y excesos de los partidos tradicionales. A partir de hoy, su mayor reto es unificar a tirios y troyanos en una nación convulsa desde diferentes aristas. Es entonces, cuando se pondrá a prueba su habilidad conciliadora sin que lo obnubile el éxito electoral. ¡La historia es testigo de personajes qué encandilados por su propia luz, de tanto esplendor, terminan dando palos de ciego!

Su controversial carrera política evolucionó de aquel discurso de izquierda extrema a una retórica izquierdista más moderada, aunque defensor sine qua non del Estado proteccionista. El tiempo dirá si se trata de uno más de los tantos anacrónicos izquierdistas regionales o de un político de izquierda con una visión contemporánea del mundo globalizado. Su gobierno, según propone, estará dirigido al sector menos privilegiado de la sociedad, a las futuras generaciones, a los pequeños empresarios y agricultores, y también a la infraestructura, industria y producción petrolera como principales fuentes de crecimiento económico y laboral. En otras palabras, López Obrador parece ser una suerte de relectura del populismo izquierdista latinoamericano con una visión menos radical que la de los déspotas venezolanos y sus oportunistas aliados. Sin más, una insondable caja de pandora de la cual puede salir tanto sapos y culebras como un cúmulo de beneficios.

Le espera enfrentarse a un país con altos niveles de violencia y corrupción, calles llenas de delincuencia, organizaciones criminales dirigidas por caudillos del narco, y secuestros y extorsiones que convierten a México en una de las naciones más peligrosas del mundo. Por tanto, el recién elegido candidato presidirá un país marcado por una impunidad generalizada que atraviesa la colectividad de forma transversal. Despotismo e ilegalidad que permea la institucionalidad nacional desde las cumbres de la casa presidencial hasta los desprestigiados medio mandos intentando enriquecerse en cada sexenio. En otras palabras, México estrena cada seis años una nueva casta política de nuevos ricos.

Sin afán de ensombrecer al futuro presidente, difícilmente podrá escapar a una estructura política a la que se le adjudica toda clase de atributos menos transparencia y rectitud. Una dinámica que involucra “compadres” y negocios al margen de la ley en un verdadero festín de tramposas utilidades personales y partidistas.

En el campo internacional, la relación de Trump y López Obrador se perfila no menos que agria, áspera y sinuosa. El incierto entendimiento entre ambos Jefes de Estado dependerá en gran parte de la facultad negociadora y las herramientas diplomáticas del próximo presidente mexicano; capacidades que el gobernante estadounidense a todas luces carece. Sin duda, López Obrador no será una ficha plegable ni acomodadiza a las exigencias de Washington, si bien, en repetidas ocasiones ha manifestado una postura muy crítica hacia los abruptos y conjeturadas medidas impuestas por el inquilino de la Casa Blanca.

En todo caso, se esperaría un fortalecimiento de las relaciones entre México y las naciones miembros de la Alianza del Pacífico, como también un acercamiento comercial con Brasil y Argentina, las economías sudamericanas de mayor peso continental, aunque gobernadas por mandatarios con ideologías contrarias a la del reciente electo presidente mexicano.

Ideológicamente, Andrés López Obrador no cuenta en la actualidad con el respaldo de una izquierda regional fortalecida. En el último lustro, la mayoría de los países de América del Sur han girado políticamente hacia la derecha, dejando atrás las décadas kirchneristas, el auge y decadencia del Partido de los Trabajadores brasileño, los mandatos de Correa en Ecuador y, obviamente, la fracasada, pero aún en pie, revolución bolivariana auspiciada por el extinto Hugo Chávez y sus farsantes secuaces; entre ellos, el dictador nicaragüense luchando por todos los medios posibles para conservar su corrupta armazón gubernamental.

Ante el convulso panorama interno y extrafronterizo, López Obrador tendrá que decidir si apuesta por una apertura global con los defectos y bemoles que esto implica, o presidir un Estado proteccionista en la que el abuso y el exceso no se diferencia del más desvergonzado de los capitalismos. La gran incógnita es si realmente tiene la capacidad para controlar la corrupción de uno de los países más corruptos del planeta, beneficiar a los menos privilegiados, frenar la narcoviolencia y, al mismo tiempo, mantener los resultados macroeconómicos que se espera de una de las economías más importantes de América. Ardua tarea de llevar a cabo que fácilmente puede desdibujarse en ilusorias promesas de campaña imposibles de concretar.

 

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