Los preceptos económicos de Hitler en tiempos de Trump

Carlos Rodríguez Nichols

La Primera Guerra Mundial hundió a Alemania en una miseria económica y moral con índices hiperinflacionarios, desempleo masivo y pobreza extrema. Esto, sumado a las deudas astronómicas impuestas por los vencedores del conflicto mundial según estipulado en el Tratado de Versalles. Ante este desolado horizonte surge Adolf Hitler, político emergente con un categórico mensaje dirigido principalmente a las clases medias desfavorecidas: “Alemania tiene que volver a ser la más grande de todas las naciones”. Para ello, había que acabar con las abrumadoras cifras de desocupados reactivando la economía con infraestructura y obra pública; medidas que lo consagraron como líder de la mayoría de alemanes. Hitler pensaba que el armazón social se consigue mediante la estabilización de la clase obrera por medio de empleo y estado de bienestar.

Sin embargo, el advenedizo autócrata no podía llevar a cabo su proyecto de manera sostenible sin el apoyo de empresarios, industriales y banqueros: el sector de la sociedad que conformaba la burguesía alemana deseosa de conservar el estatus económico y privilegios al precio que fuera. Por eso, una de las primeras claves del Führer fue bajar los impuestos al sector industrial con el fin de agilizar la economía y tener el respaldo de las clases altas siempre embriagadas de robustas sumas financieras. A estos, no les importó los abusos de poder del tirano o la ruptura de los tratados internacionales, entre ellos el dicho acuerdo de Versalles que obligaba a Alemania a pagar los daños causados en la gran guerra, ni tampoco el incumplimiento de compromisos comerciales previamente establecidos con las naciones europeas. Más bien, aplaudieron la furiosa verborrea del dictador culpabilizando a las potencias rivales de la ruina germana, países a los que masacró con toda clase de epítetos hasta finalmente retirar a Alemania de la Liga de Naciones.

Sus seguidores no vieron más allá de la “recuperación económica” de Alemania, al extremo de cegarse ante uno de los genocidios más vergonzosos de la reciente historia europea. Sin más, se convirtieron en la parte vital de la corte nazi y cimientos del proyecto geopolítico expansionista del maquiavélico dictador. En otras palabras, viles cómplices de este desequilibrado narcisista que llevó al pueblo germano a vivir el capítulo más humillante de la cultura alemana. Es decir, vendieron el honor y distinción de honorables antepasados ante la promesa de una economía boyante ideada por este vulgar palurdo carente de todo respeto por la condición humana: un absoluto desprecio a las minorías que humilló hasta hacerlas cenizas y escombros en escalofriantes cámaras de gas. En otros términos, la nación cuna de filósofos, científicos y músicos prodigios se convirtió en un matadero humano en el que millones de inocentes fueron víctimas de este perturbado mental; quizás, la personalidad política más retorcida y perversa del siglo veinte.

Así, la otrora Alemania estirpe del conocimiento durante siglos de Ilustración se convirtió en una suerte de filosa guillotina de judíos, intelectuales y aquellos que discreparan de los lineamientos dictatoriales establecidos por el Führer. Este masivo crimen estuvo  bajo el control propagandística del Partido Nazi encargado de ocultar el antisemitismo de cara a la opinión pública internacional. Estrategia que explica el  contundente respaldo al Tercer Reich tanto en Alemania como en el exterior, principalmente, entre las células nazis radicadas en Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia y la España franquista.

Setenta años más tarde, el mundo fue testigo de otro atroz atentado perpetuado por fanáticos extremistas, esta vez, contra el corazón financiero de Estados Unidos. Si la Primera Guerra Mundial tuvo repercusiones aniquilantes para la economía alemana, el asalto a las torres Gemelas sumado a la trillonaria guerra de Estados Unidos en Irak y la crisis financiera del 2008 fueron factores desestabilizadores de la economía estadounidense. Esta depresión económica afectó la capacidad de consumo del pueblo norteamericano, rezagó el sector industrial y aumentó el desempleo menoscabando el nivel de vida del pueblo estadounidense. ¡Después de un siglo de grandiosidad, los estadounidenses se vieron ante la inminente desescalada de la primera potencia mundial! Coyuntura económica y social que el empresario neoyorquino astutamente canalizó en campaña electoral, ofreciendo a esas “masas venidas a menos” la esperanza de volver a ser los ciudadanos de la nación más poderosa del mundo. ¡America First Again!

Pero, esto no se puede lograr sin el respaldo del sector empresarial al que favoreció con importantes reducciones de cargas impositivas: paralelismo con las políticas implementadas por el dictador germano siete décadas atrás. Una vez más, las burguesías obnubiladas con las economías boyantes anteponen los réditos financieros a la educación, las formas y el valor de la diplomacia como herramienta política invaluable. Atributos ausentes tanto en el dictador germano como también en el actual inquilino de la Casa Blanca y su horda de fieles seguidores.

En otras palabras, políticos populistas que valiéndose de discursos radicales nacionalistas embaucan tanto a las clases desfavorecidas como a codiciosos oligarcas que con tal de engrosar sus fortunas personales se venden al mejor postor. Demagogos que alcanzan el poder prometiendo hasta lo indecible a los más necesitados, a esas poblaciones estancadas en una inmovilidad social fruto de erróneas medidas e inoperantes Jefes de Estado. Desafortunadamente, hay un extenso camino entre lo dicho y el hecho. Los acalorados mítines en plazas públicas permiten exaltar las emociones y los sentimientos más básicos del ser humano, de esos millones de fanáticos ciegos de lealtad a los que engañan con falsas evasivas, y, más aún, con promesas vacías carentes de soluciones pragmáticas a sus inciertos futuros.

Las erratas comportamentales del Führer llevaron a Alemania a un desprestigio internacional y a una situación socioeconómica incluso peor a la realidad existente antes de su autoritario mandato. En el caso de Estados Unidos, el futuro próximo se encargará de dictar sentencia a los yerros, insultos e improperios que el actual mandatario expele al mundo entero. ¡Un castillo de aire que él mismo bufa y desmorona cada día!

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