La inteligencia emocional

Carlos Rodríguez Nichols

A lo largo de la civilización el hombre se ha cuestionado el significado de la inteligencia entendida, en un principio, como atributo unitario biológico, congénito o incluso determinado por factores hereditarios. Criterios que han evolucionado en los últimos siglos, pero lejos de construir una definición única y exacta más bien han desarrollado múltiples teorías acerca de este amplísimo axioma del ser humano: potencial que comprende tanto habilidades sociales y mecánicas, así como el entendimiento de conceptos abstractos. Elucubraciones racionales de carácter intelectual sobre realidades tangibles científicamente demostrables, hasta aprehensiones metafísicas vinculadas a necesidades y vacíos subjetivos: ese algo inmaterial que miles de millones conceptualizan como Fe, pero imposible de intelectualizar por más que teólogos y estudiosos intenten racionalizarlo.

Se puede pensar la inteligencia como la capacidad de análisis, adaptación al medio y facultad de discernimiento producto de observaciones y reflexiones preponderadas. Es decir, evaluación de una situación determinada acorde a circunstancias específicas y a las posibles impactos en la propia subjetividad. En sí, la agudeza necesaria para valorar las condiciones que circunscriben la realidad inmediata. Pero, la inteligencia no se reduce exclusivamente a resolver ecuaciones matemáticas, memorizar datos históricos o entender fórmulas químicas. El desarrollo de competencias emocionales es un factor relevante de la capacidad intelectual.

Por eso, la importancia de la inteligencia emocional o lo que muchos llaman sentido común a pesar de ser en muchos casos el menos común de los razonamientos. Esa suerte de sensibilidad o “finesse d´esprit” para no trascender los límites del otro, esas líneas rojas o fronteras tácitas e indecibles que existen entre las personas más allá de cualquier vínculo sanguíneo o amistad entrañable. La capacidad de controlar los pensamientos y, más aún, hacer una conexión entre lo que se piensa y se dice, dado que una palabra de más implica inmiscuirse en la intimidad o el campo existencial del receptor. Traspasar esas sutiles demarcaciones conlleva franquear la emocionalidad del Otro. El otro con mayúscula, porque no solamente tiene un lugar como ser social, sino que requiere el respeto de sus semejantes. Transponer estas barreras inmateriales es signo de pobre conducción y, una vez más, inhabilidad para leer significantes abstractos y sus correspondientes significados; sin más, incapacidad de percibir lenguajes que trascienden palabras, idiomas y vocablos.

No obstante, en algunos casos se transgreden los límites de forma inconsciente. Cargas proyectivas de las propias nimiedades exteriorizadas en otras personas, ya sea por la imposibilidad de reconocer los propios errores y defectos o, en el peor de los casos, por la grosera necesidad de vulnerar emocionalmente a los otros. Una manera de cortarle las alas a quien vuela más alto, rebajándolo a ras del suelo hasta hacerlo sentirse humano, humanísimo, tan humano como el resto de los mortales. Ahí, en ese lugar, donde no existen espejos que reflejen la mediocridad, ¡ese sentimiento de incompetencia que amenaza a los que solo tienen poco más que nada! Por eso, la necesidad de algunos de anular a otros en la medida de lo posible, no tanto por la incapacidad de aceptar el éxito de los demás, sino, más bien, por rechazar su propia nada: eso indeterminado, insulso e incoloro que lo convierte en uno más de la multitud.

Sin embargo, esa nada produce una especie de nausea existencial, un exceso o plus de negatividad que hay que expulsar de cualquier forma, y en muchos casos en perjuicios de los más allegados. Conducta que también se puede entender hinchada de envidia, sin duda el sentimiento más ruin del ser humano, tan desleal y obsceno que rebasa y obscurece cualquier otro valor de nobleza, es decir, la manifestación más prosaica de indigencia interna.

Carecer de inteligencia emocional impide la autoevaluación y por ende la restructuración de sí mismo hacia un crecimiento individual. Introspección en la que se pone en juego la historia personal y las herramientas psíquicas necesarias para lidiar con dichas flaquezas emocionales. Por eso, la importancia de sentir, regular y modificar las propias turbaciones al igual que entender los baches afectivos de los otros. Mirar de frente las propias fragilidades y aceptarlas como parte constitutiva de un cúmulo de méritos y deméritos a los que nadie escapa. Es decir, la destreza para comprender los claroscuros psíquicos tanto propios como ajenos; principalmente, en la sociedad contemporánea marcada por altos niveles competitivos, exigencias de pericias individuales, y el equilibrio emocional para un apto desarrollo de habilidades sociales competentes.

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