Brasil: un salto a lo incierto

Bolsonaro será el próximo Jefe de Estado del gigante sudamericano, una nación marcada por la polarización del electorado. Grietas políticas entre los sectores socialistas y sus rivales que abogan por políticas conservadoras. Es decir, una relación pujante entre aquellos determinados a castigar las corrosivas políticas del Partido de los Trabajadores y el resto de la población en franca oposición a la retórica fascistoide del candidato ultraderechista en guerra verbal contra la igualdad de derechos de las minorías. Minorías que, desde la obtusa mirada del presidente electo, atentan contra los preceptos morales del sector productivo de la sociedad.

El futuro mandatario es conocido por su personalidad oscilante, sus inapropiados dichos y conductas impulsivas, así como la notoria inestabilidad personal que da cuenta de tres divorcios y una desacertada trayectoria política por siete partidos diferentes. Esto, sumado a sus anacrónicos discursos misóginos, racistas, homofóbicos, y a su rancia intolerancia al pensamiento progresista del siglo veintiuno.

Jair Bolsonaro se ubica al lado de los grupos de poder contrarios a la crisis climática que amenaza la humanidad, también opuesto a los tratados multilaterales y a negociaciones diplomáticas de entidades internacionales. Posturas abaladas por los círculos más obcecados de la sociedad y por asociaciones de corte populista-religioso implicados en el aparato estatal: mafias envueltas en credos medievales para engrosar las filas evangélicas con dogmas y doctrinas que a la postre menoscaban la razón y objetividad de los ciudadanos, es decir, preponderan la visceralidad de sus seguidores oponiéndose al pensamiento racional.

Por eso, la campaña de mandatario electo estuvo dirigida a exteriorizar los sentimientos más burdos y elementales de los votantes: rabia, rencor, odio y venganza. Estrategia electoral utilizada por líderes neofascistas para aseverar conflictos políticos, dardo, que sin duda penetró en la realidad brasileira hondamente desgarrada por la mayor recesión de la historia y los innumerables casos de corrupción. Coyunturas sociales y económicas que dejaron como saldo la furia colectiva del electorado.

El respaldo al presidente electo se puede entender como el feroz hartazgo de los votantes hacia los gobernantes, y no necesariamente un giro del electorado hacia la ultraderecha. Los brasileiros en su gran mayoría no votaron por Bolsonaro, votaron contra la decadencia y perversión institucional. En otras palabras, un voto que expresa la antipatía de los ciudadanos al sistema, la descomposición de los partidos políticos tradicionales y el abuso de gobernantes envueltos en masivos asaltos a las arcas del Estado; al extremo, de dejar a la prometedora nación brasileira en agonía social. En otros términos, una orgía de impunidades y sobornos que involucra a notorias figuras públicas implicadas en estafas y coimas políticas.

Un abanico de corruptos que incluye al expresidente Ignacio Lula de Silva, líder por antonomasia del PT, e icono de la política progresista latinoamericana, hasta empresarios, banqueros, reconocidas firmas de abogados, ministros, y altos jerarcas de la millonaria empresa petrolera de bandera nacional. Putrefacción social que dista diametralmente de la argumentación ideológica de militancias izquierdistas, “supuestamente” ejemplo sin qua non de consciencia social, cuya principal tarea es escuchar las voces de las clases menos favorecidas, los más necesitados a pesar de ser invariablemente esgrimidos por oportunistas en su ascenso político y enriquecimiento personal.

No hay duda que Bolsonaro supo surfear la ola de rabia del pueblo con firmes propuestas contra los insolentes delitos financieros y la alarmante inseguridad que vive el país; sin duda, metas absolutamente plausibles. Sin embargo, resulta repulsiva la virulenta retórica del futuro Jefe de Estado exhortando a la animadversión y hostilidad entre los ciudadanos, odio que insta a la violencia social principalmente cuando es validado por figuras de poder que impelan a regímenes dictatoriales del pasado.

Ahí, la importancia de demarcar las líneas fronterizas entre la autoridad dentro de marcos constitucionales y democráticos, y, militarismos extremos proclives a brutales torturas, pena de muerte y desaparición de hombres y mujeres que confrontan el proyecto oficialista: inadmisibles medidas de control social, independientemente de la línea ideológica de los líderes que las llevan a cabo. Las dictaduras son abominables en cualquier extremo del espectro político. Poco importa si se llama Ortega, Pinochet, Castro, Hitler, o tantos otros que han ensangrentado la historia con autócratas exigencias. Agrupaciones extremistas defensoras de la supremacía de determinados grupos sociales a los que favorecen con políticas proactivas a sus intereses sectarios y personales.

Una vez más, los mayores vencedores en la elección presidencial de Brasil son los militares, los evangélicos y los hacenderos agrícolas que ciegamente auspiciaron la candidatura de Jair Bolsonaro. En otras palabras, los parlamentarios conocidos como BBB: ¡“las balas, la Biblia y los bueyes”!

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