El desprestigio de los partidos políticos

Carlos Rodríguez Nichols

Actualmente existe un desencanto con los partidos políticos tradicionales, los gobernantes, y el sistema democrático en términos generales. La espiral de erratas de los partidos centristas ha causado una falta de credibilidad en gran parte de los ciudadanos: hombres y mujeres inconformes ante un futuro sombrío que se vislumbra poco esperanzador para las nuevas generaciones.

El falso discurso benefactor de los grupos de izquierda, así como el oportunismo altruista de las agrupaciones de derecha ya no calan en el grueso de la sociedad ni en los millones de asalariados que apenas llegan a final de mes. Ciudadanos indignados con la verborrea de gobernantes que no cumplen sus promesas a cambio de votos electorales. Esta falsa retórica ha producido un demérito de las clases políticas frente a las poblaciones menos favorecidas. Descrédito que se debe en gran medida a la corrupción de las élites políticas instaladas en posiciones estratégicas para escalar jerarquías de dominio. En otros términos, alianzas silenciosas entre las altas esferas gubernamentales y los grupos de poder, ambos, con insaciable sed de codicia: ¡el desenfrenado deseo de prestigio y dinero al parecer imposibles de aplacar!

Esta farsa política ha causado un desgaste del sistema democrático dando lugar a nuevos modelos ideológicos, principalmente movimientos populistas de corte nacionalista tanto de extrema izquierda como de ultra derecha. Claro ejemplo es la reciente victoria del actual presidente mexicano, después de décadas de gobiernos priistas envueltos en toda clase de espesuras al margen de la ley. Obscuras negociaciones que enriquecieron a un robusto sector del empresariado, la industria petrolera, supuestos abogados respetables y a directores del sistema bancario nacional.

Un enjambre de oportunistas en asociaciones ilícitas con el presidente de turno, los carteles del narco, y redes de la mafia insertadas en la médula del sistema político y financiero con el único fin de saquear las arcas del Estado: reducido fragmento de la sociedad que ha frenado el desarrollo social, potencializando la inseguridad y discrepancias entre los ciudadanos. En síntesis, políticos que por más de medio siglo engrosaron sus fortunas personales en lugar de invertir en ciencia y conocimiento, sistemas de salud, infraestructura y educación pública; ejes del crecimiento y el desarrollo humano que se esperaría de uno de los países latinoamericanos más prósperos en recursos naturales. Pero, la obtusa mirada de las autoridades ha impedido educar al pueblo de forma transversal imposibilitando las oportunidades de ascensos socioeconómicos. Sin duda, la desproporción económica entre los privilegiados y los millones que apenas subsisten en los márgenes de la pobreza es la principal causa de repudio a los partidos tradicionales.

La falta de credibilidad en los políticos ha facilitado el empoderamiento de partidos emergentes muchas veces liderados por “aprendices” con discursos políticamente incorrectos. Encantadores de serpientes lo suficientemente astutos para marear con falsas expectativas a los menos letrados, envolviendo en su mentira a un afluente fragmento del electorado. En otras palabras, la ausencia de alternativas afines a las necesidades de los ciudadanos hace que los votantes busquen otras opciones en outsiders de la política como sucedió en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses. El dominio de Trump del foco público hizo que la contienda electoral se convirtiera en un reality show, un espectáculo televisivo en que él actuaba como magnate, personaje farandulero y hasta payaso circense. Hoy, su borrascoso pasado le pasa cuantiosos importes al punto de encontrarse prácticamente noqueado contra las cuerdas, es decir, en la lupa del Poder Judicial, el fisco, los servicios de inteligencia y el FBI.

Al otro lado del Atlántico, los ciudadanos franceses decepcionados de los clanes de izquierda y derecha también votaron por un outsider de la política europea: Emmanuel Macron. Contrario a su homólogo estadounidense, éste cuenta con una espléndida formación académica, una refinada elocuencia y una exitosa carrera en la banca privada francesa. No es necesario hilar delgado para saber que el presidente francés representa los intereses de las élites y la alta burguesía francesa muy lejos de las carencias de los “chalecos amarillos”. Esos cientos y miles de manifestantes callejeros que claman el malestar de los ciudadanos ante las medidas gubernamentales y las fracciones políticas en general, partidos tradicionales en  franco desgaste después de lustros de excesos y corrupciones impunes.

La negligencia de las autoridades para combatir la escandalosa descomposición institucional ha servido de caldo de cultivo a agrupaciones extremistas, es decir, terreno fértil de movimientos fascistas que se pensaban circunscritos a décadas pasadas. Desafortunadamente, estos recalcitrantes gremios de exaltados fanáticos están más activos que nunca.

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