El muro de los engaños

Carlos Rodríguez Nichols

Ante la masiva migración de centroamericanos a Estados Unidos, el gobierno estadounidense pretende invertir cerca de seis billones de dólares en la construcción de un colosal muro fronterizo para poner alto a las caravanas migratorias, tropeles humanos a los que tildan en forma generalizada de narcotraficantes y criminales. No obstante, la falta de educación y las escasas posibilidades de movilización social son las principales causas de estas indignas hordas migrantes en busca de algo mejor que sus paupérrimas miserias. Pueblos explotados durante décadas por dictaduras extremistas, muchas de ellas, auspiciadas por Washington. Sin embargo, si Estados Unidos y los gobiernos centroamericanos hubieran construido políticas públicas con una mirada “largoplacista”, ahora, el resultado sería radicalmente diferente.

Por otro lado, las redes de narcotráfico no son monopolio de las bandas al sur de  Estados Unidos. Existen en ambos lados de la frontera. Por eso, es imposible señalar de agresores de la ley exclusivamente a aquellos ubicados en países limítrofes con Estados Unidos. Los estadounidenses no son pobres víctimas embaucadas en el consumo de estupefacientes, sino, los mayores consumidores de psicotrópicos del mundo.

Los servicios de inteligencia regionales y extranjeros cuentan con información exhaustiva de los cultivos de plantas psicoactivas en tierras andinas, así como del procesamiento químico de cocaína en control de las insurgencias colombianas. También conocen las rutas utilizadas en el trasiego de drogas a través de países centroamericanos, los medios de transporte empleados y las diferentes puertas de entrada a Estados Unidos. En otras palabras, un laberinto de complicidades que abarca desde el campesinado amazónico hasta las más altas esferas estadounidenses.

En territorio estadounidense existen redes de receptores que distribuyen las sustancias a lo largo de Estados Unidos; distribución, que produce la mayor ganancia en la cadena mercantil. Se calcula que a Estados Unidos ingresa alrededor de mil  doscientas toneladas de cocaína al año, material que se infiltra por vías terrestres, aéreas, en lanchas de alta velocidad y naves subacuáticas que burlan todos los mecanismos de seguridad de la primera potencia mundial; es decir, frustran las fuerzas armadas, entidades antidrogas, información satelital, tecnología de primer orden e instituciones gubernamentales implicadas, por activa o por pasiva, en el negocio más lucrativo del mundo.

Capitales ilícitos que no quedan exclusivamente en manos de productores y distribuidores de drogas. Estas fortunas mueven mercados bursátiles e inmobiliarios y la economía en términos generales: una incalculable inyección de dinero que permea diferentes sectores del sistema capitalista. Más aún, el hecho de ser productos ilegales se transforman en frutos prohibidos, en mercancías cada vez más accesibles a trasgresores de la sociedad. En otros términos, los comportamientos infractores de un importante sector de la sociedad son explotados “magistralmente” por delincuentes que actúan al margen de la ley; antisociales, tanto sudamericanos como estadounidenses, implicados en este estratégico enjambre de corrupción.

Por eso, la supuesta crisis humanitaria potencializada por el masivo consumo de estupefacientes no se soluciona construyendo billonarias fortalezas de concreto. El gobierno estadounidense, en lugar de invertir casi seis mil millones de dólares en un fortín medieval, debería de erradicar las redes de distribución de drogas dentro del territorio norteamericano. En otras palabras, llevar a acabo una asepsia social que penetre en las mafias bursátiles e imperios inmobiliarios estadounidenses: los mayores beneficiados de la venta de sustancias ilegales a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Obviamente, es más fácil engañar al electorado con murallas de cemento armado que calar de lleno en la médula del billonario negocio de las drogas. Pudrición social que salpica al sistema financiero y a políticos de ambos partidos envueltos en esta vorágine de obscuras negociaciones.

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2 Responses to El muro de los engaños

  1. Pablo Godoy Roman says:

    Gran escritor. Fantástico artículo, tienes toda la razón..un fuerte abrazo desde los andes.fin del mundo…

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