Las caras del terrorismo

Carlos Rodríguez Nichols

“Cualquier acto destinado a causar la muerte o lesiones a un civil o un no combatiente cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar un acto o abstenerse de hacerlo”. (Kofi Annan, 2005, ex Secretario Naciones Unidas).

A pesar del esfuerzo de la comunidad internacional para regular el sistema financiero y el blanqueo de capitales aún queda mucho camino por recorrer. Porque, así como los extremistas han modificado sus técnicas terroristas también se han “profesionalizado” los mecanismos de financiamiento a estas causas fanáticas. La financiación a actividades terroristas se convirtió en una vía idónea para blanquear dineros procedentes de operaciones al margen de la ley, de transacciones que no pueden reinsertarse en la economía de forma legal. En otras palabras, capitales ilícitos camuflados por medio de operaciones encubiertas y entidades constituidas para enmascarar patrimonios de oscura naturaleza.

El narcotráfico es una de las fuentes más importantes de financiamiento de grupos terroristas, y por eso  existe una estrecha conjunción entre las mafias del narco y organizaciones armadas extremistas. Ambas, operando en la clandestinidad se dan apoyo mutuo a través de redes globalmente interconectadas: una alianza estratégica en materias de información, inteligencia criminal y tecnología que constituye una amenaza permanente a nivel mundial.

En algunos casos, los grupos violentos tienen absoluto control sobre la cadena de producción de estupefacientes. Enlace que abarca el cultivo, el procesamiento químico, y la distribución de sustancias psicoactivas. Así, las utilidades son invertidas en la financiación de sus propios proyectos terroristas sin tener que depender de terceros, es decir, un dominio total de la actividad delictiva y los beneficios materiales. De esta manera, los radicales obtienen unas de las mayores entradas económicas aparte de los aportes devenidos de asociaciones políticas que favorecen móviles extremistas.

Otro de los instrumentos de financiamiento es el tráfico de armas. Material bélico extraído de poblaciones sometidas por ellos mismos en la expansión  político y territorial terrorista. Armamento saqueado de cuarteles militares y posteriormente puesto a la venta o canjeado en el mercado negro según las necesidades inmediatas de estas organizaciones sectarias. Un universo de irregularidades que se extrapola a la tenencia de armas personales en la sociedad civil, si bien, sociedades plagadas de artefactos mortíferos en manos de personas emocionalmente incompetentes para manipular armamento de forma responsable.

Detrás de los negocios delictivos de armas hay un escenario de violencia, exclusión, pobreza y, obviamente, los intereses económicos de las grandes potencias inmiscuidas en esta trama criminal. Los conflictos en Yemen, Irak y Siria, son algunos ejemplos del poder de la industria armamentista y mafias conexas que participan de este festín de corrupción global. Bandos que promueven movimientos bélicos sin importar las pérdidas materiales y humanas de poblaciones avasalladas por sus victimarios.

La trata de personas es otro importante filtro de financiación de los grupos radicales. Jóvenes transferidos a países extranjeros donde se les explota laboralmente y se fuerzan a prostituirse. No importa si son niñas puberales o adolescentes, todos, sin distinción de género son considerados productos negociables en el meat market, en ese mercado humano en que se truecan órganos y personas por otros servicios. ¡Una objetivación de los individuos en que se anula todo rasgo de subjetividad!

Difícilmente, las organizaciones terroristas se habrían expandido mundialmente sin el financiamiento del narcotráfico, el mercado negro y la trata de seres humanos. Mafias empoderadas con capitales ilícitos procedentes de submundos circunscritos a las drogas, las balas y fanatismos religiosos. Grupos legalmente marginales que actúan ante la mirada ciega y cómplice de Estados Unidos, Rusia, China y las naciones poderosas de Europa: las ocho naciones más prósperas del mundo implicadas en activa o por pasiva en esta espiral de convenios al costado de la legalidad, componendas que ellos mismos callan o disfrazan.

Por eso hay que ir a la médula de esta cruda realidad, a la verdad sin antifaces, y enfrentar a los grupos de poder enlodados en organizaciones promotoras del terror. Movimientos fanáticos, financiados por los paladines del sistema, que anteponen sus causas extremistas a la vida de adultos y niños inocentes. Es decir, grupos extremadamente violentos que se valen de maniobras atroces para extorsionar a personas y gobiernos.

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