Un secreto a gritos

Carlos Rodríguez Nichols

En la actualidad hay una crisis de valores debido en gran medida a la pérdida de referentes de autoridad. Los principios de honestidad, lealtad e integridad se han desdibujado dando mayor peso al dinero, indistintamente si se trata de capitales hechos de manera honesta o fraudulenta. Esta decadencia ética ha instaurado un doble discurso, una moral permisiva que pretende desoír lo “incorrecto“ y permitir lo indebido. En otros términos, la codicia y ambición material han transgredido los principios que conformaron la columna vertebral en el pasado.

A pesar que la corrupción ha existido a lo largo de la historia, en la actualidad esta toxicidad permea los estratos sociales de manera vertical. Una descomposición que salpica las diferentes instancias del Estado, desde los ramplones ciudadanos envueltos en toda clase de transgresiones, hasta empresarios, mercados financieras, legisladores, jueces, y altos mandos del Poder Ejecutivo. Es tal la desfachatez, que algunos mandatarios mienten de modo compulsivo enredando al electorado en sus patológicas falacias, es decir, se valen de cortinas de huno para velar sus propios engaños.

Claro ejemplo de esta falsedad política es la obstinación del presidente estadounidense acerca del billonario muro fronterizo entre Estados Unidos y México. La insistencia en la muralla fronteriza no se limita exclusivamente a cumplir promesas de campaña o satisfacer las demandas de las bases republicanas con fines electorales. Va más allá de eso. Es la necesidad de crear una estrategia mediática lo suficiente estridente para intentar amortiguar el impacto noticioso de las pesquisas llevadas a cabo por el fiscal Robert Muller. Investigación que involucra a consejeros y jefes de campaña del presidente así como al abogado personal del magnate neoyorkino durante su carrera inmobiliaria: trayectoria empresarial que es todo menos intachable y escrupulosa.

En otros términos, veladuras que pretenden ocultar la interacción del entorno más cercano del presidente con entidades extranjeras de dudosa procedencia, negociaciones, que salpican tácita o directamente a la familia del Jefe de Estado y complican cada vez más al mandatario. Ante todo, es una táctica de la Administración Trump para desviar la atención pública del ojo de la tormenta, de las supuestas conspiraciones entre el magnate neoyorkino y las mafias apadrinadas por el Kremlin.

También, es notorio el proceder de la actual Administración de Washington al hacer caso omiso de la intromisión de potencias rivales en el meollo estatal estadounidense. Un plan estratégicamente diseñado por Moscú para menoscabar el poderío y liderazgo estadounidense: complot a escala  internacional que involucra a las altas esferas rusas, iranís y chinas, los mentores del dictador norcoreano, con posibles repercusiones hegemónicas a mediano y largo plazo. ¡Un secreto a gritos cada día más difícil de acallar!

Además, llama la atención la insistencia del presidente Trump en denigrar los informes de inteligencia estadounidenses acerca de la incursión del Kremlin en el cerebro estatal norteamericano. Esto, no se trata del espionaje al partido opositor como fue el escándalo Watergate durante la Administración Nixon, sino la incursión estratégica de Rusia, archienemigo de Estados Unidos por generaciones, en el foco neurológico de la institucionalidad norteamericana. Entonces, cabe preguntarse ¿por qué el discurso presidencial norteamericano se centra exclusivamente en la amenaza migratoria a lo largo de la frontera sur, y niega hasta la saciedad la intromisión de Moscú en el aparato estatal de Washington?

Es necesario entender que la trama rusa, aparte de haber impactado a favor de uno de los candidatos en las últimas elecciones presidenciales, desnuda la vulnerabilidad de los servicios de seguridad estadounidenses y pone en tela de juicio el dominio de la nación más poderosa del planeta. En otras palabras, una ventana al mundo que muestra las flaquezas de Washington frente a la fortaleza cibernética de las potencias rivales… Dicho en otros términos, una guerra de hegemonías que se libera en espacios virtuales y no en campos de batalla como en siglos anteriores.

Por lo tanto, la supuesta emergencia nacional no es la multitud de hondureños ingresando de forma ilegal a Estado Unidos sino en todo caso la infiltración cibernética de Moscú en la institucionalidad estadounidense. Inteligencia secreta rusa que tiene mayor impacto en la soberanía de la primera potencia mundial que las hordas de ilegales colándose a través de bayas fronterizas. Una vez más, la obcecada insistencia en la construcción del muro es un montaje escénico para encubrir las confabulaciones existentes entre las altas esferas de la Administración Trump y entidades extranjeras inmiscuidas en la médula de la inteligencia estadounidense. Injerencia cibernética liderada por el presidente Putin, que cuenta con la mirada silenciosa de prominentes personalidades de la Casa Blanca. En otras palabras, el mayor ejemplo de deslealtad, deshonor y traición a la patria.

Sin más, deshonras institucionales que corroboran la crisis de valores de la sociedad contemporánea o, dicho de otra manera, la des-valorización del hombre ante la brutal y feroz “materialidad” que caracteriza al siglo veintiuno.

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