Violencia social

Carlos Rodríguez Nichols

Sería apocalíptico pensar que la sociedad es violenta en términos generales. Sin embargo, el sector minoritario que actúa al margen de la ley atenta contra el orden y equilibrio de la mayoría. Descomposición social que no se limita exclusivamente a los hampones o estafadores callejeros, en todo caso, esos son los “maleantes visibles”. Más bien, hay que temer a aquellas turbias personalidades infiltradas en las jerarquías políticas, eclesiásticas y organizaciones extremistas. En otras palabras, figuras que se valen de su poder para extorsionan al colectivo según sus retorcidos principios. Personajes públicos en un mundo globalizado que aparte de innegables aportes también ha producido galopantes desigualdades y abruptas polarizaciones ideológicas en el electorado.

No hay más que escuchar la ferocidad de algunos jefes de gobierno esgrimiendo una serie de mentiras, o la mirada distraída de los “supuestos representantes de Dios en la tierra” frente a los escabrosos abusos sexuales cometidos por algunos de los púrpuras militantes. Aversión que intentan disfrazar con ángeles, deidades y santos para cubrir sus aberrantes conductas. Sus más cínicos defensores alegan que este desafortunado comportamiento es la mala formación espiritual de “unos cuantos”.

Sin ir muy lejos en la historia, el reciente homicidio del periodista árabe llevados cabo por altos funcionarios de la Embajada de Riad en Estambul. Una suerte de trituración humana a la usanza medieval orquestada por la casa Real saudí, los mismos que patrocinan a movimientos fanáticos religiosos involucrados con grupos islamistas en la región. Príncipes saudíes protegidos por el Comandante en Jefe estadounidense, especialmente, después de haberles vendido cien mil millones de dólares en armamento bélico para ser utilizado en la invasión a Yemen, el mayor genocidio de la historia contemporánea. Pero, la codicia mercantilista de algunos grupos de poder hace caso omiso a estos atroces crímenes en serie y, más aún, niegan la participación del principado saudí en calidad de actores intelectuales de las masacres. Sin más, los colegas, compadres y socios silenciosos de Washington.

Siguiendo en el campo internacional, qué más paradójico que las sanciones impuestas por Occidente al Kremlin por la “anexión” de Crimea al territorio ruso. Parece que las potencias imperialistas olvidan los abusos cometidos en sus colonias africanas hace menos de un siglo, la explotación de los británicos en Irán, y el adueñamiento de Estados Unidos en una parte de México, hoy el estado texano norteamericano. Claro, siempre se puede atribuir este “mal accionar” a comportamientos del pasado inadmisibles en tiempos modernos, actualmente, regidos por regulaciones internacionales. Derecho Internacional que se respeta o se veta según los intereses de los cinco países más poderosos del mundo: naciones que potencializan conflictos armados para afincar su poder en zonas determinadas o incluso para poner a prueba equipo castrense de última generación. Las invasiones a Irak, Afganistán y Libia son algunos ejemplos de esto dicho. En otras palabras, violaciones a la verdad que violentan al conjunto en su totalidad. Es decir, la violencia de unos pocos carcome al colectivo social produciendo sentimientos de odio, revanchismo y venganza.

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