El renacimiento de la ultraderecha

Carlos Rodríguez Nichols

La crisis financiera del 2008 causó un descalabro económico y social en las clases medias, pequeños empresarios y consecuentemente en el sector obrero. En otras palabras, este caos financiero perjudicó la estructura social de forma vertical trastocando de forma directa la población en términos generales. Los partidos tradicionales también se vieron afectados por las pérdida de credibilidad en las filas del electorado, descomposición que hizo tambalear la estructura bipartidista existente durante décadas en la mayoría de las naciones occidentales.

El grueso de la población se hartó de promesas incumplidas, de los partidos de centro derecha y las social democracias enraizadas en el poder. Es decir, jóvenes enojados ante un futuro incierto así como pensionistas que a duras penas llegan a fin de mes con ajustadas jubilaciones. Desde una perspectiva estrictamente económica, el electorado no soporta más el abuso de poder, la corrupción y deslealtad tanto de los partidos conservadores como de corte izquierdista:  desvergonzado asalto a las arcas estatales frente a las carencias de un importantes segmentos de la población. Sin más, Brasil, Argentina, España y México son claros ejemplos de una decadencia de valores que se extrapola a los ciudadanos. Podredumbre de los políticos ahondado a una pérdida de principios éticos y morales que permea la sociedad de forma transversal. Es decir, decadencia de gobernantes, banqueros y abogados ramificada a los diferentes estratos sociales envueltos en tráficos, extorsiones y negociaciones al margen de la ley.

Este menoscabo a las instituciones en última instancia favoreció a populistas de ultraderecha que astutamente supieron acoger a un electorado decepcionado y en algunos casos al borde de la escasez: demagogos nacionalistas en franca oposición a las elites tradicionales y al sistema financiero de la actual era globalizada. En otras palabras, gobiernos conformados por sectores ultraconservadores con una verborrea populista marcada por líneas de pensamientos extremistas con un fuerte poder de convocatoria a multitudes indignadas e inconformes.

Estas masas proclives a la ultraderecha son en su gran mayoría sujetos reaccionarios a cambios socioculturales: diversidad, inclusión social, colectivos a favor del matrimonio igualitario, feminismo, el aborto, igualdad racial y las múltiples identidades que coexisten en sociedades liberales. Grueso del electorado resistente a las políticas migratorias, al ascenso de clases “subalternas o de segunda categoría” así como a grupos minoritarios hasta hace poco carentes de voz social. Es decir, rancios a cambios que amenacen el status quo del cual se benefician, al punto de rechazar de forma visceral aquellos movimientos vanguardistas de sociedades abiertas. Cambios socioculturales que para algunos ralla en el libertinaje y lo perverso y violentan los cimientos de la familia tradicional, los intereses de las clases privilegiadas y su entramado social en términos generales.

En occidente, la Iglesia Católica ha ocupado un lugar preponderante en la educación así como en la “formación moral” de los ciudadanos. Por eso, la estrecha relación entre religión y los gobiernos de derecha, indistintamente sean democráticos moderados o  regímenes de facto radicales. Dictaduras de extrema derecha cercanas a los sectores más ortodoxos de la Iglesia Católica, cada uno haciendo-se la “mirada ciega” ante los abusos de poder y el doble discurso del socio silencioso.

En la actualidad, hay un poderoso andamiaje entre movimientos evangélicos y los gobiernos de ultra derecha. Ambas instituciones comparten la repolitización de sus entidades de acuerdo al naciente extremismo político de corte nacionalista a escala internacional. Movimientos, aunque populistas, son financiados por grupos industriales y empresariales interesados mayormente en los intereses de las clases favorecidas que en el bienestar colectivo. Para este sector de la sociedad, la pobreza y las diferencias sociales no solo son inevitables sino necesarias para el sistema capitalista. Según sus adversarios ideológicos, el capitalismo fomenta la desigualdad porque ¡“sin esclavos, no hay amo”!

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