Grietas sociopolíticas

Existen profundas grietas sociales producto de violentas confrontaciones entre segmentos antagónicos. Ya no se trata de ideologías marxistas o economías de libre mercado, sino, “ultraderechistas” y “progresistas” luchando por imponer sus agendas sin importar las consecuencias de sus empecinadas posturas. Líderes que se valen de una serie de marañas para movilizar a su antojo a masas de inconformes sin medir las implicaciones a mediano plazo ni mucho menos a futuro.

Por un lado, los gobiernos conservadores favorecen principalmente a las clases privilegiadas y al sector empresarial apadrinados por la banca y redes financieras a nivel global. Políticas que apuestan por ventajas individuales antes que el bienestar colectivo. Por otro lado el ala más progresista del electorado, compuesta en gran medida por socialistas e ideólogos de izquierda con un discurso proclive a los menos favorecidos también ha caído en desafortunados comportamientos. A pesar de las innegables reformas laborales y los beneficios en salud, vivienda y educación llevados a cabo durante el último siglo, los sectores de izquierda igualmente han incurrido en descarados abusos de poder y codiciosos deseos materialistas contrarios a los valores y posturas de sus fundadores teóricos. No hay que ir muy lejos en la historia. Las fortunas de los hermanos Castro, el clan Chaves-Maduro, los Kirchner y sus colegas bolivarianos son de dimensiones incalculables: una vergüenza que pone en entredicho la veracidad de sus postulados, supuestos, que sus rancios opositores conservadores consideran una “falacia de resentidos trasnochados”.

Por eso, unos y otros son responsable de la existente fractura social que cada día se profundiza con mayor obstinación. Brecha que va más allá de diferencias socioeconómicas y sus efectos colaterales; más bien, una irracionalidad que fragmenta la sociedad según el color de la piel, el credo religioso o identificación de género. Sorprende que en la actual era tecnológica existan viscerales movimientos de reaccionarios en franca oposición a cambios y transformaciones sociales. Aún más, es paradójico que se inviertan billonarias sumas de dinero en investigaciones científicas y viajes espaciales cuando gran parte de la humanidad sigue aferrada a mitos y creencias milenarias, divisiones étnicas y comportamientos absolutamente incompatibles con el desarrollo de  inteligencias robotizadas.

Sin duda, los populistas alrededor del mundo son los principales cuasantes de profundizar la grieta sociopolítica. Políticos, tanto de izquierda y derecha, en estrecha relación con medios de comunicación afines a su línea de pensamiento, fomentan sus intereses partidistas polarizando la sociedad entre mis amigos y los “otros” enemigos. En otras palabras, actúan de manera permisiva ante los vicios y erratas de los propios seguidores pero son feroces perros fiscales frente a todo adversario que intente oponerse a su ideología y agenda política.

Ya no se trata del gobernante de una nación, sino un complejo engranaje de actores con importantes cuotas de poder a escala global que actúan en beneficio de determinados segmentos de la sociedad. En décadas pasadas, estos grupos de poder se circunscribían principalmente a una o dos potencias mundiales y a sus satélites económicos. En la actualidad existen ocho naciones nucleares que compiten en la carrera armamentista, económica y geopolítica. Cada una de estos potentados atómicos, con sus respectivos tentáculos multinacionales y compadrazgos silenciosos, rivalizan el espinoso entretejido internacional. Pero eso no es todo.

Paralelamente a los poderes del Estado, hoy coexisten mafias terroristas y organizaciones clandestinas que luchan por un trozo del pastel económico y político planetario. Vale mencionar grupúsculos extremistas responsables de atentados, secuestros, trasiego de armas, personas y sustancias psicoactivas. En otras palabras, un abanico de poderíos que no se limita exclusivamente a Estados Unidos o la extinta Unión Soviética como sucedía en los años posteriores a las Grandes Guerras y en buena parte del siglo veinte. La ecuación cambió por más que unos cuantos testarudos apuesten por la grandiosidad exclusiva de una sola nación. Ante esta innegable coyuntura social,  es signo de miopía aferrarse a políticas y modelos económicos que fueron vigentes en décadas anteriores. Los sujetos y las  economías  no tienen carácter estático ni permanente, por lo tanto, es un error insistir en implementar axiomas que funcionaron en el pasado frente a poblacionales específicas, conflictos humanitarios determinados, o medidas ajenas a la actual y amenazante crisis climática; situaciones, en algunos casos, radicalmente disímiles a las exigencias contemporáneas.

Ahora más que nunca se requiere unir a los diversos grupos que constituyen el colectivo social, indistintamente de sus rasgos culturales, creencias y orientaciones personales. Enjuiciando al diferente lo único que se logra es una sociedad fragmentada en la que el odio, el rencor y la envidia contaminan la humanidad de forma patológica. En un momento histórico de tal fragilidad sociopolítica y la alarmante capacidad de destrucción masiva de los pueblos, es indispensable reducir los niveles de agresión de ambos sectores antagónicos, sino las sociedades serán de nuevo testigos de masacres y genocidios que se pensaban desarticulados en el presente. Desafortunadamente, hoy los grupos extremistas están más fuerte y organizados que en el pasado dado que las tóxicas multitudes reaccionarias cuentan con tecnología que anteriormente era inaccesible a estas violentas poblaciones.

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