La era de la diversidad

Carlos Rodríguez Nichols

En las últimas décadas, las sociedades occidentales han evolucionado de forma cuantitativa legitimando espacios a minorías socialmente descalificadas por siglos y milenios. Ante esta realidad, es plausible la lucha de algunos segmentos de la sociedad en aras de igualdad derechos de los ciudadanos indistintamente del color de la piel, credo religioso o preferencia sexual. En otras palabras, se ha librado una guerra frente al absolutismo de rancios “patriarcas sociales” y ortodoxas arbitrariedades de los pueblos. ¡Lucha que se debe seguir llevando a cabo de forma paulatina y equilibrada!

Los verdaderos avances y evoluciones sociales no se realizan arremetiendo radicalmente de un polo a otro. Tampoco, transitando de un extremo conservador a blancos antagónicos, algunas veces igual de extremistas, que amenazan la estabilidad de considerables segmentos sociales arraigados a reglas y normas tradicionales: creencias religiosas milenarias y principios de urbanidad que datan de siglos de vigencia, es decir estructuras con virtudes e indudables erratas  que han definido el comportamiento de hombres y mujeres a lo largo de la historia.

La transformación social se debe construir sobre cimentos racionales. Esto  exige dejar atrás emocionalidades, conductas y manifestaciones carnavalescas que rallan en lo prosaico, vulgar y circense. Actitudes que en lugar de integrar a las minorías más bien crean muros y abruptos rechazos de los sectores conservadores de la sociedad. En todo caso, se trata de reforzar el lugar de los sectores minoritarios en el colectivo social y no provocar respuestas de repudio.

La única manera de conseguir una revolución sociocultural sólida y respetable es por medio de fundamentos político ideológicos edificados sobre cimientos sensatos que integren de forma racional a los diversos grupos del colectivo.  Construcción social que debe llevarse a cabo con respeto a los otros. En otros términos, buscar un lugar de igualdad de derechos sin menoscabar principios y costumbres que satisfacen al grueso de los pueblos. Si no es así, lo único que se logrará es el contundente rechazo de la mayoría y una respuesta radicalmente opuesta a lo esperado.

No es casualidad el resurgimiento de ultranacionalistas y el despertar de la ultraderecha en Europa y en algunos países del continente americano, naciones del primer mundo que se inclinan por líderes reaccionarios y políticas fascistoides que se creían enterradas en genocidios de décadas pasadas. Hoy, el mundo es testigo de políticas masivas anti inmigratorias, violencias étnicas y supremacía racial como sucedía en los albores y gran parte  del siglo veinte.  Por eso, es importante mirar de forma objetiva las razones del renacimiento de estos movimientos ultra conservadores en franca oposición al desfase comportamental de algunas minorías: conductas altisonantes que en lugar de abrir canales de aceptación más bien han incrementado sentimientos de odio y repulsión de considerables sectores sociales.

Una vez más, es importante superar las llamativas y escandalosas manifestaciones y construir espacios racionales que merezcan el respeto y tolerancia de los diferentes segmentos de la sociedad, comportamientos que contribuyan a la merecedora igualdad de derechos de miles y millones de personas discriminadas por su raza, orientación sexual o credo religioso. No es desde la vulgaridad o el exceso comportamental que se ganan las batallas sociales. Se requiere ir un paso más allá de las callejeras festividades cabareteras, el divertimento o “la pura gozadera”, y construir movimientos intelectualmente más sólidos que legitimen los derechos de las minorías, principalmente si estos grupos aspiran al reconocimiento social en sus diferentes acepciones: uniones matrimoniales entre personas del mismo sexo, adopción infantil, y espacios laborales y gubernamentales en igual medida al resto de los ciudadanos.

Vivir en sociedad exige la coordinación de esfuerzos individuales para construir un mundo de destinos compartidos. Sin embargo, intentar absolutizar los principios individuales sin considerar al grueso de la población puede transformarse en un vil atropello a los fundamentos y bienestar del colectivo.

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