Inequidad ética y desigualdad social

Carlos Rodríguez Nichols

El mundo está inmerso en un torbellino de adversidades debido a la sobre población planetaria, hambrunas, y epidemias resurgentes después de años de erradicación.  En gran parte, fruto de hordas migratorias huyendo de invasiones territoriales y de la crisis climática que amenaza la agricultura y al medio ambiente en términos generales: sequías e inundaciones que desafortunadamente afectan a las poblaciones más vulnerables, esos miles y millones que subsisten, si vale el término, alrededor de ríos desbordados, volcanes en erupción y derrumbes montañosos. Desastres poblacionales que dan pie a infortunios generalizados palpables mayormente en las clases rurales, así como en los sectores urbano marginales.

Hay incuestionables índices de miseria a pesar que el mundo es menos pobre y más desarrollado que en siglos anteriores. Es cierto. Existen avances tecnológicos  inadmisibles en décadas pasadas, sin embargo, también el mundo es testigo de desigualdades e inequidades sin parangón. Esta realidad ha crispado a multitudes a cometer vandalismos, asesinatos, hurtos y actos terroristas que sin duda tienen profundas raíces en estos comportamientos bestiales.

Este innegable descontento popular se ha convertido en piedra angular de movimientos antisistema en diferentes ciudades del mundo: Hong Kong, Cataluña, Líbano, y en varias naciones del cono sur americano. Manifestaciones que semejan maremotos callejeros se han apoderado de las principales vías y ciudades  de Chile, Ecuador y Bolivia, alterando los preceptos cívicos y la seguridad de los ciudadanos. Esto dicho, sin olvidar el malestar generalizado frente a las “calañas” políticas argentinas y brasileiras: corruptas mafias gubernamentales que han conducido las economías según sus intereses personales  y partidistas por generaciones. El desenlace de estos abusos de poder son los múltiples actos subversivos que atentan contra el ordenamiento de la sociedad civil y las garantías institucionales.

¿Son estos multitudinarios brotes producto de hechos contingentes, al azar, o existe una raíz común que fundamenta el descontento popular alrededor del mundo? Sin más, un profuso enfado señalado por “algunos” como viles conductas sediciosas o  comportamientos antisociales de activistas agitadores de masas urbanas. Sin duda los son. Sin embargo, hay que rasgar un poco más a fondo y profundizar en las razones o causantes de esta ira multitudinaria.

Existe un malestar generalizado entre las poblaciones mundiales acerca del abuso de poder de algunos sectores privilegiados tanto en el ámbito público como privado. Pero, la mayor molestia o inconformidad radica en la inequidad y desigualdad entre esa franja acaudalada cada vez más reducida de la sociedad y una apabullante mayoría carente de las necesidades vitales básicas del ser humano, es decir, poblaciones que sobreviven en medio de toda clase de carencias e incluso miseria. En otras palabras, un descalabro social y político que afecta en última instancia a las poblaciones más frágiles y endebles: jóvenes con futuros sombríos, jefes de familia con escasas posibilidades de cubrir insuficiencias alimentarias, y personas de la tercera edad imposibilitadas a sufragar gastos personales con vergonzosas jubilaciones; especialmente, teniendo en cuenta los cuidados requeridos y las necesidades salubres de este grupo poblacional en edades avanzadas.

Todo esto ha producido un furia en la gente de a pie, en los hombres y mujeres “normales y corrientes”, hasta el hartazgo de arbitrariedades impuestas desde arriba. Compadrazgos que benefician a las argollas dirigentes sin importar las consecuencias vitales de los más necesitados a corto, mediano y mucho menos largo plazo. Hoy, las revueltas callejera en Chile y el vandalismo popular vivido en Hong Kong y Bolivia no son más que el resultado de políticas sesgadas, medidas ejecutadas de forma transversal para favorecer una vez más a los sectores prominentes del colectivo social.

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