La democracia en ebullición

Carlos Rodríguez Nichols

Décadas atrás los presidentes se “escogían a dedo” entre aquellos que pertenecían a la oligarquía social, a la elite que decidía y mandaba según sus intereses de clase. Sólo se utilizaba al grueso de la población para legitimar esos mandatos de corte feudal. Esto quiere decir que actuaban según sus voluntades propias y no de quienes los eligían.  Hoy, la ecuación cambió.

Se acabó el tiempo en que las esferas políticas y la Iglesia hicieron de las multitudes incultas sus caballo de Troya para conseguir el poder, potestad, que alimentó la autoridad de los sectores privilegiados, de esa casta de escogidos por nacimiento o azar de la vida que alcanzaron los podios sociales. Desafortunadamente, estas élites en su mayoría carecen de sensibilidad para entender las precariedades de los desfavorecidos. En sus estrechas mentes el mundo esta dividido entre nosotros los muy pocos y ¡esas multitudes apenas visibles sin nombre ni mucho menos apellido!

Por eso, la clase obrera con sueldos muchas veces precarios reclaman exigencias inimaginables años atrás. En otras palabras, pretenden hacer valer su voto a cambio de mejores salarios, transporte público organizado, facilidades a vivienda digna y mayores oportunidades financieras para los pequeños empresarios. Pero ante todo, reclaman un nivel de salud y educación de primer orden. De esta forma, intentan valuar su soberanía a cambio de garantías que protejan los derechos fundamentales y la libertad individual.

Es decir, apelan a una democracia “participativa en la que por medio del sufragio eligen figuras públicas afines a sus prioridades vitales, obviamente en contraposición a las inequidades y desigualdades existentes. Desproporciones que en última instancia son caldo de cultivo de ponzoñosos populistas responsables de intoxicar a poblaciones vulnerables. Desorientación discursiva e ideológica que en lugar de reducir la disparidad y polarización social más bien exacerban las diferencias. Está demás mencionar las “dictaduras-democráticas” de las izquierdas sudamericanas que han llevado a sus pueblos a niveles económicos inenarrables, engaño que ha enriquecido con sumas billonarias a estos vergonzosos lideres supuestamente representantes de poblaciones más desfavorecidas.

Ante esta mentira compulsiva de la izquierda y derecha, una considerable parte de las clases medias han tenido que reducir su nivel de vida, actividades recreacionales y su seguridad laboral. Familias que a duras penas llegan a final de mes. En Europa las tazas de desempleo vuelven a dispararse forzando a las generaciones en edades productivas a conformarse con empleos desacreditados y mal retribuidos. En otros términos, se ha quebrantado el respeto a los gobernantes, al sistema, y ante todo,  desesperanza a posibles asensos sociales. De cara a esta realidad, los estratos medios se encuentran decepcionados frente a un futuro amenazante cada vez más insostenible para la mayorías. Por otro lado, los sectores  populares se ven desorientados ante movimientos de izquierda que resultan tan codiciosos y sedientos de dinero como los más férreos capitalistas.

Todo esto, ha enardecido la furia de importantes sectores alrededor del mundo: los virulentos atropellos en Cataluña, el levantamiento del pueblo boliviano hasta el hartazgo de los abusos de poder, así como las violentas manifestaciones en Santiago que no son más que el ahogo de décadas de inequidad. Esto, para mencionar algunas de las revueltas callejeras de alta peligrosidad.

A pesar que en Chile los niveles de pobreza han disminuido de forma considerable durante las últimas décadas, los beneficios sociales no se equiparan al crecimiento estatal de un país considerado modelo de bonanza macroeconómica a nivel regional.  Por eso, hay que responder estas preguntas: ¿Cuenta Chile con un sistema de educación gratuito de primer orden de acuerdo a su crecimiento económico? ¿Los sistemas de salud y el transporte público son dechados o paradigmas de un país que se afana de ocupar los puestos más respetables de crecimiento en el continente americano? ¿El Estado chileno ha sido lo suficientemente responsable para proporcionar condiciones dignas a la cantidad de refugiados que pululan las calles de Santiago, inmigrantes que han aumentado los niveles de miseria y desigualdad social ya existentes?

Sin duda, los célebres Chicago Boys construyeron una estructura que produjo resultados económicos invaluables, pero y un gran pero, este indiscutible andamiaje no llegó, en la proporción deseable, a los más necesitados, a esos que hoy violentan la seguridad de la ciudadanía con barricadas, incendios, asaltos y asesinatos. Conductas intolerables e inexcusables de cualquier ángulo que se mire. No obstante, estos actos deplorables son achacables a profundos trasfondos sociales de inequidad; es decir, a magras condiciones de vida. Vidas en muchos casos incapaces de solventar las necesidades básicas del ser humano.

Ante esto, la única forma de salvar la democracia es tomar consciencia. Cada uno desde su subjetividad debe fomentar la construcción de sociedades más equitativas, colectivos donde la mayoría tenga acceso a sistemas de salubridad y educación gratuitos y profesionales, es decir, entornos saludables que permitan crecimientos personales y mayores posibilidades de ascenso socioeconómico. Si no, el mundo continuará siendo testigo de constantes revueltas callejera y revoluciones de masas. Indiscutiblemente, el siglo veintiuno es claro ejemplo de un entorno altamente tóxico, insano no solo a nivel ambiental sino, más aún, político y social.

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