Impacto emocional del Coronavirus

Carlos Rodríguez Nichols

La pandemia COVID-19 toca a la población mundial sin distinción de nacionalidad, clase social o género. Obviamente, las personas con una alimentación equilibrada, hábitos de higiene personal y regulación sanitaria preventiva tienen mayores posibilidades de sobrevivir la pandemia. Es decir, aquellos con mejor nivel de educación y urbanismo cuentan con más herramientas para afrontar con responsabilidad esta crisis.

Sin embargo, las secuelas emocionales del aislamiento impuesto por el Coronavirus afectan a los ciudadanos en términos generales. Dejan profundas huellas psicológicas y psicopatologías fruto de extensos períodos de  reclutamiento. Encierro que amenaza la comunicación y el contacto social inherentes al ser humano, obligando a vivir aislamientos impuestos, pérdidas de libertad y restricciones forzosas que recuerdan tiempos de guerra. No solo se trata de distancias físicas sino, aún más serio, de alejamiento social: separación y apartamiento entre comunidades, amigos y familiares. Abrazos solidarios que la tecnología ni las redes virtuales han sido capaces de remplazar. En fin, el teléfono móvil, la cibernética o la banca en línea no son suficientemente competentes para  sustituir la calidez humana.

Hoy, el mundo está expuesto a una serie de emociones cargadas de negatividad, en gran parte, debido a la falta de transparencia de algunos políticos ante esta epidemia de dudosa claridad. Esto, ha provocado el repudio de los ciudadanos hacia falsos gobernantes que opacan verdades y alteran resultados estadísticos según sus intereses partidistas. En otras palabras, engaños y desfachateces que en última instancia incrementan el irrespeto hacia “supuestos” líderes mundiales.

Ante estas mentiras, gran parte de la ciudadanía vive un desconcierto psicológico. En muchos casos, son víctimas de medios de comunicación amarillistas o de mensajes contradictorios de fuentes gubernamentales. Por un lado, el austero, riguroso y severo discurso: ¡no salgan de las casa!. Y, por otro lado, el pujante mensaje de comerciantes y empresarios:  ¡hay que movilizar la economía, reabrir negocios y servicios al costo que sea! En otras palabras, tanto las noticias sensacionalistas como la desorientación de algunos gobernantes han creado una suerte de miedo colectivo.

Terror a las consecuencias del paro económico, así como a las secuelas sanitarias debido a la temprana reapertura de la economía. Es decir, incertidumbre entre reabrir industrias y empresas o seguir recluidos por períodos indefinidos hasta reducir el número de infectados. Situación perturbadora que se traduce en angustia ante el peligro de salud pública y la eminente falta de insumos económicos: vectores que no son excluyentes y, mas bien, atentan la sostenibilidad personal y familiar.

En otros términos, simbiosis de emociones que alteran la salud mental de las mayorías ante el pánico a un virus de etiología incierta, y, pavor al contagio de una epidemia sin tratamientos eficientes o vacuna a corto plazo. En resumidas líneas, espanto frente a una posible muerte solitaria conectado a ventiladores que faciliten los últimos alientos.

Sin más,  una escabrosa realidad que entrelaza la mediocridad sanitaria de las naciones del primer mundo y los intereses políticos, ideológicos y económicos de las grandes potencias. Intereses financieros que en algunos casos rozan niveles perversos. Es decir, una coyuntura socioeconómica con derivaciones  psíquicas y emocionales sin precedente.

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