Batallas ideológicas

Carlos Rodríguez Nichols

El reciente asesinato del afroamericano a manos de tres déspotas policías blancos es uno de los miles de homicidios en las calles estadounidenses. La muerte de George Floyd no se limita solamente a un problema racial; en todo caso, es el detonante que rebalsó el enojo colectivo contra la barbarie de la autoridad ante la mirada ciega de los sectores privilegiados. En otras palabras, defenestró una manifestación social frente al abuso de poder de las élites políticas, ejes de un sistema que dicta ser igualitario y equitativo, pero, es todo menos imparcial y distributivo. 

Detrás del brutal asesinato de Floyd se esconden una serie de cabos sueltos, que se remontan a décadas y siglos de exclusión. Minorías relegadas a las “segundas filas” del aparato social, en su mayoría proscritas a los anillos marginales escenarios de delincuencia, narcotráfico y prostitución. Realidad social en que la pobreza al rojo vivo es el elemento resonante de ese mundo bizarro. Es decir, entornos en que las poblaciones desfavorecidas son víctimas y victimarios de la umbrosa escoria social. 

Las protestas a lo largo y ancho de Estados Unidos con repercusiones en el mundo entero, no fueron solo actos de duelo por la muerte de un desconocido. Son expresiones del descontento global frente a políticas de orden dictatorial en naciones supuestamente democráticas, aunque en muchas ocasiones  irrespetuosas de los fundamentos y pilares de la república

Este descontento  no se limitó exclusivamente a marchas de orden pacífico. Detrás de ellas habían grupos extremistas de izquierda y derecha, organizaciones antifascistas y grupos neonazis, milicias armadas encubiertas, anarquistas, mercenarios, y también saqueadores de bienes en tiempos de pandemia y altísimo índice de desempleo. Es decir,  movimientos antisistema orquestados por extremistas ideológicos sagazmente infiltrados entre los defensores de la equidad racial y derechos de las minorías. 

Minorías que a la fecha se rigen por cánones impuestos por los sectores dominantes; mayormente hombres blancos, cristianos, políticamente conservadores,  con el poder económico y social para legislar a favor de sus interese personales y las élites privilegiadas a las que pertenecen. Para estos, los “otros” son simplemente sujetos de inferior estatura social a los que consideran y tratan de forma discriminatoria. Aún en el presente, indígenas y negros en países tercermundistas son testigo de escabrosas condiciones semejantes a las que vivían esclavos en siglos pasados. Hoy, los excluidos sociales gozan de una “libertad” que les permite mayor movilidad aunque siempre encadenados a la miseria con escaso acceso a servicios de salud, educación, y, en casos extremos, posibilidad de cubrir las necesidades básicas. En otros términos desechos de la sociedad.

No es suficiente aceptar y confirmar el maltrato de las autoridades y grupos de poder contra las minorías. Se requiere un profundo cambio cultural que respete las diversas identidades y la igualdad de derechos sin distinción de credo, color de piel, preferencia sexual o posición social. Al fin, nadie vale más por tener ventajas socioeconómicas o pertenecer a los sectores de poder. 

Los hombres y mujeres, adolescentes y niños del futuro no pueden volver a presenciar la brutalidad vivida durante las últimas semanas en Estados Unidos, la primera potencia del mundo con la responsabilidad global que esto implica. Para lograr un cambio profundo se necesita, antes que nada, un crecimiento individual y un compromiso ciudadano frente al colectivo social; colectivo, dirigido por  líderes progresistas que apuesten por la vanguardia multicultural. 

Las culturas no son entes inertes. Son procesos humanos dinámicos que evolucionan según las transformaciones y el desarrollo. Por lo tanto, es responsabilidad de cada uno, desde su propia subjetividad, apostar por los derechos y respeto a las minorías; sectores, que deben gozar de las mismas oportunidades que los ciudadanos más favorecidos. Es la única forma de invalidar la exclusión social que vive gran parte de las poblaciones mundiales. Si no, el mundo se convertirá en un campo de batallas ideológicas sin el menor respeto por la vida.

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