Crisis mundial

Carlos Rodríguez Nichols

Hoy el mundo vive una de las coyunturas más desesperanzadoras de la historia contemporánea. Desequilibrio que amenaza la salud física y mental a escala planetaria con consecuencias devastadoras principalmente en los sectores menos favorecidos de la sociedad. El Covid ha azotado a la humanidad produciendo una hecatombe económica y social a escala planetaria. 

Si las naciones más poderosas se han visto afectadas, claramente, las economías en vías de desarrollo están viviendo uno de los descalabros más contundentes del último siglo. En la mayoría de países latinoamericanos el grueso de las poblaciones no puede cubrir las necesidad básicas, y otra gran parte a duras penas llega a final de mes. Esta obscura realidad social que se remonta a décadas anteriores se ha magnificado en tiempos de pandemia. No hay más que mirar alrededor para entender las atrocidades causadas por esta epidemia; enfermedad que ha profundizado la miseria y desigualdad de clases. Es decir, la mayoría de la población mundial naufraga océanos de pobreza en un presente cada vez más pálido e incierto. 

Ante esto hay que preguntarse: ¿es el Covid-19 la causa o la consecuencia de la crisis socioeconómica que vive la humanidad? En el caso que la pandemia sea responsable de la actual debacle mundial, entonces, la vacuna sería la respuesta y solución óptima a un problema transitorio y circunstancial. Es más, si ninguna de las vacunas lograra inmunizar las poblaciones, sin duda la ciencia desarrollaría tratamientos paliativos para alargar la vida de pacientes infectados. 

Pero, y un gran pero, qué sucede si el Coronavirus es consecuencia de los excesos y desmesuras cometidas por el hombre en la última mitad del siglo pasado hasta la fecha. Si fuese así, Covid-19 es la nomenclatura, en sentido figurado, de un encadenamiento de desproporciones, exuberancias y opulencias de un reducido porcentaje de la población mundial tanto a nivel macro político como micro social. 

A escala macro política, los gobiernos de naciones poderosas fabrican armas nucleares y biológicas de destrucción masiva con el único fin de obtener potestad sobre potencias rivales. No importa cuántos mueren o quedan desvalidos, lo único que interesa es el imperioso sello de fuerza y poder sobre posiciones enemigas. 

A nivel micro social existe una pérdida de valores en términos generales, desde los estratos más bajos de la jerarquía hasta los sectores favorecidos con acceso a formación académica, centros educativos y salud de primer orden. En otras palabras, aquellos con la “supuesta responsabilidad” de conducir la sociedad con ejemplo de rectitud y honestidad. Desafortunadamente, en muchos casos no es así. 

El consumismo salvaje y el afán de ascender y pertenecer ha sumido a las minorías en una deplorable desproporción de codicia. Es decir, ha producido una crisis de integridad y desvalorización de los principios éticos y morales ejes de la construcción humana. Al punto que, con tal de salvar los propios intereses económicos, privilegios y favoritismos, muchos de ellos se hacen la vista ciega ante las artimañas de algunos vivarachos que ironizan las normas legales. Aún más, no imputan a los que infringen la ley valiéndose de toda clase de artificios para escabullir obligaciones fiscales. Estos, incluso son vistos como astutos trapecistas en este circo de falacias y mentiras. 

Todo este engaño colectivo ha producido una caída de referentes de autoridad y una desvalorización de los principios universales de honor, lealtad y verdad. Aquel anticuado mandato de limpiar el nombre propio, y actuar de acuerdo a los códigos y ordenanzas establecidos, quedó relegado al pasado. Ahora, los “sin-vergüenza” han llegado a tal extremo que los tránsfugas y delincuentes de cuello blanco hacen alarde de sus perversas destrezas para burlar el ordenamiento civil. Cómo dicen algunos: ¡“la vergüenza pasa, y la plata queda en casa…”!   

Por eso, la crisis mundial no se limita exclusivamente al Covid-19 o a la supuesta vacuna milagrosa pivote de la recuperación económica hacia la entredicha normalidad, al otrora capitalismo salvaje. El Coronavirus es el significante de una enfermedad socioeconómica y la putrefacción del orden establecido por las grandes potencias mundiales; es decir, un sistema económico que no alcanza a solventar la extrema miseria y la altos índices de pobreza que azotan al mundo. Ante todo, es el claro ejemplo de la pérdida de filtros o contenciones que intentan aquietar la bestia, esa animalidad encarcelada en el ser humano. Animalidad travestida de codicia, egocentrismo, decadencia y perversión. 

No se puede seguir haciendo caso omiso y perdonar las fechorías de corruptos gobernantes simplemente por favorecer los intereses económicos de una clase acomodada en un entorno de privilegios. Tampoco, permitir el doble discurso político de la corrupta izquierda o la retorcida extrema derecha involucradas en asociaciones ilícitas con grupos de poder y organizaciones silenciosas: capos de la mafia envueltos en  el lavado de millonarias sumas de dinero a través del tráfico de armas y estupefacientes. Ejemplo de esto es el compadrazgo de Maduro con los altos mandos del narcotráfico colombiano, estos últimos, ligados al mismo tiempo a la estructura política colombiana tradicional. Entonces, ¿es el Covid-19 solamente una virus que ataca el sistema respiratorio de ciertos grupos poblacionales o, más allá del deterioro orgánico, es la viva representación de la descomposición política y socioeconómica a escala mundial? 

Es importante que la ciencia avance en el desarrollo de tratamientos seguros y eficaces para combatir esta epidemia, enfermedad social que ha costado la vida de más de un millón de personas y ha afectado la condición física de una treintena de millones a lo largo y ancho del planeta en los últimos seis meses. Sin embargo, lo más importante es un reposicionamiento del hombre ante una sociedad que se destruye a sí misma, debido a la pérdida de valores y un ordenamiento integral como ser humano. Se requiere una verdadera toma de consciencia: una racionalización del pensamiento y un sólido replanteamiento de los valores universales. 

Si no hay un giro de tuerca hacia la reconstrucción de sociedades más sanas y equitativas, entonces, la humanidad seguirá siendo azotada por virus y pandemias, por epidemias que afectan de forma transversal las economías. Poblaciones donde la gran mayoría son testigo de escases y pobreza mientras las minorías viven inmersas en burbujas de excesos: una dicotomía entre muy pocos privilegiados y miles de millones al borde del hambre. En otras palabras, una umbrosa realidad de muchos cuya única salida es engrosar las filas de la delincuencia, el narcotráfico y toda clase de trueques sigilosos a la sombra de la ley.  

El aislamiento físico y social debido al Covid-19 debe servir como medio de interiorización para reflexionar acerca del futuro a nivel personal, solidario y planetario. Volver a los excesos materiales, la frivolidad social, la promiscuidad y decadencia del pasado sería seguir caminando en arenas movedizas, en ese lodo obscuro y profundo que tarde o temprano termina matando la mente, el cuerpo y lo poco que queda de espíritu.

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