El Harold de Salinger

Carlos Rodríguez Nichols

En la década de los años cincuenta, Estados Unidos vivía su mayor auge imperial como potencia capitalista. Prosperidad económica fruto del desarrollo industrial y científico en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Un éxito sin precedente que situó a la nación norteamericana en la cima de la investigación, la medicina, astronomía y primera fuerza militar del mundo. Hasta la fecha, Estados Unidos sigue ocupando posiciones de excelencia en centros universitarios, tecnología, artes y ciencia a escala global; progreso que se debe en gran medida al compromiso de los ciudadanos con el desarrollo del país. 

El estadounidense, indistintamente de su origen o clase social, se identifica con el poderío nacional y la posibilidad de un crecimiento personal, el “american dream” que todos ansían alcanzar. Aquellos que se han revelado a las reglas del juego pagaron con el rechazo o castigo social, especialmente hace setenta años cuando Salinger publicó el Guardián entre el centeno.

Harold, el personaje principal de la novela, personifica la voz antisistema. Se resiste a seguir los códigos de la época impuestos por figuras de autoridad: sus padres, el director y personal docente de la escuela, así como las normas éticas y morales dictadas por el colectivo social. Harold no solo irrespeta los código sociales, sino también encarna al perdedor, el “looser” en la estructura capitalista, el individuo equis que no ansía crecimiento personal ni tampoco representa un plus para la sociedad; dicho de otro modo, carece del valor agregado fruto de una sólida construcción subjetiva. Harold simboliza la otra cara del sistema, es decir, el lado oscuro de la cultura estadounidense. 

Ante la mirada pública, la nación norteamericana está construida sobre mandatos legales y religiosos fusionados en el núcleo familiar tradicional. Y, todo aquel que se revelara contra el status quo era considerado una amenaza al orden establecido, era señalado en categoría de anarquista, rojo o comunista; en otros términos, la escoria social que bracea contra corriente. 

Harold es un poco todo eso, es el vivo retrato de la anarquía y el nihilismo a nivel personal y ciudadano. Es clara demostración del vicio en contraposición a los valores de virtud, deber ser, honor y verdad. A su temprana edad, se escapa del colegio y de casa de sus padres, deambula por bares con prostitutas y profana creencias religiosas con un lenguaje soez. De todo ángulo que se mire, Harold es el semblante de la mediocridad, el revés del éxito o deseo de superación que se espera de los ciudadanos de la nación más poderosa del mundo. Nación donde no había espacio para desechos humanos que cabalgaran a contrapelo de las normativas sociales: prostitutas, homosexuales, alcohólicos, drogadictos y, ante todo, agitadores por activa o por pasiva de los cimientos del capitalismo. 

Hoy, esto dicho resuena a un conservadorismo anacrónico pero así estaban trazados los preceptos ideológicos de Estados Unidos durante buena parte del siglo veinte; especialmente en tiempos de la Guerra Fría, periodo en que los servicios secretor de inteligencia ejercían un control silencioso sobre los ciudadanos. Una vez más, cualquiera que mostrara signos antagónicos frente el orden social simbolizaba un peligro para la sociedad y, por lo tanto, considerado persona non grata. Aún más, era la antítesis de los valores patria. 

Si es así, ¿por qué la novela de Salinger causó tanta convulsión, al punto de haber sido material censurado por muchos años? Sin duda, el personaje de Harold representa al adolescentes temerario y al adulto inconforme con la organización social. Prueba de esto es la influencia que la novela ejerció sobre reconocidos asesinos de figuras públicas, entre ellos el autor homicida de John Lennon y el desequilibrado mental que intentó poner fin a la vida del presidente Ronald Reagan. En los dos casos, ambos insociables fueron fanáticos admiradores de la obra de Salinger. 

También, puede pensarse que Harold es la puesta en escena o, dicho en otros términos, la proyección de ciertos rasgos de personalidad antisocial del mismo Salinger; es decir, el alter ego del autor mediado por los significantes socioculturales materializados en la figura de Harold. Más allá de las particularidades de carácter o el comportamiento misántropo del autor, la obra de Salinger sigue siendo reconocida a nivel mundial. Reconocimiento, no tanto por su talente literario sino por el mensaje subliminal expresado de forma muy sutil; cualidad, que en última instancia, le da un innegable valor narrativo. Además, uno de los principales atributos de la novela es el abanico de interpretaciones que ofrece al lector.

El Guardián entre el centeno puede leerse como instrumento apológico a levantamientos de masas contra el imperialismo estadounidense, nación fabricante de hombres y mujeres masificados que sirven a un bien común: el capitalismo mundial. En otras palabras, todos los ciudadanos son moldeados bajo el mismo paradigma para servir a la misma causa. Por eso, los indeseados que se enfrentan al “establishment” son abortados por el sistema. En el mejor de los casos, terminan sus días auto-eliminados de la luz pública, como fue el final de Jerome David Salinger, autor de una de las novelas más polémicas del siglo veinte.  

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